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Archive for the ‘Contemplaciones 2012’ Category

Se nos ha perdido Jesús

El niño perdido y

El Niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él.
Sus padres iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, y sus padres no se enteraron de ello.
Suponiendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.
Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo:
«Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, angustiados, te andábamos buscando».
El les dijo:
«¿Y por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo tenía que estar en las cosas de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó en su compañía y fue con ellos a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón.

Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 40-52).

Contemplación

¡Se nos ha perdido Jesús! Hay que anunciarlo.

Los que venimos de familia católica y habitamos en un país mayoritariamente cristiano, vamos tomando conciencia, en el camino de vuelta de alguna de nuestras Fiestas Navideñas, de que se nos ha perdido Jesús, en la familia, en la Patria, en nuestro corazón.
Algunos todavía lo buscan entre parientes y conocidos, pero hay que aceptar el hecho en todas las dimensiones, ciertamente angustiantes, que tiene una pérdida tan grande. Jesús no está como antes en el ambiente familiar, personal y social. Y esto es un signo también de un fenómeno amplio: la mente de los integrantes de cada familia y de cada país no se alimentan de la misma fuente, y a veces hay años luz entre lo que piensan los abuelos, los papás y los hijos. Queda el cariño, eso sí, pero asediado por muchas ideas fragmentadas y contrapuestas.

¿Y es bueno o malo que se nos haya perdido Jesús?
Creo que es bueno constatar que no se puede seguir el camino “entre familiares y amigos” si no está Jesús.
Hay que volver a la ciudad a buscarlo.

Por supuesto que hablo de los que amamos a Jesús y creemos que Él es la Luz, la fuente de la Amistad social, el Camino que nos lleva al Misterio del Padre Creador, la Vida que brota del Espíritu.
No hablo de los que dicen “si se nos perdió en el camino mejor, así vamos más libres. Con Jesús venía una serie de deberes imposibles de cumplir, un montón de clérigos indeseables, una historia mitad mojigata mitad inquisitorial. Mejor caminar hacia el futuro sin todo lo que rodea a ese Jesús (una especie de mito snob, como decía un estudiante chino, al que muchos orientales miran hoy con cierta simpatía dada la carencia de espiritualidad que pesa sobre su sociedad atea)”.

Antes de hablarles a los que piensan así, antes hablar “urbi et orbi” y de que la Iglesia tenga una palabra para todo y para todos” quizás es bueno sentirnos, por un tiempo, como María y José cuando perdieron al Niño Jesús. Sentir, digo, que se nos ha perdido a nosotros, a los que lo amamos. No al mundo, no a los que no lo conocen, no a los que no les interesa. Se nos ha perdido a nosotros, a nuestra familia, a mí, que recibí la fe, que voy a misa, que confieso y comulgo.

Si uno se anima a ir por este lado pronto siente: “Y claro. Si se les perdió a María y a José, quizás no sea tan escandaloso que se me haya perdido a mí”. Pero hay que reafirmar esta intuición, porque si no uno cree que Jesús siempre anda por ahí cerca, en la caravana familiar, entre los conocidos del pueblo… Y si en esta Navidad no lo sentí tanto, ya volverá la gracia…

La imagen de un Jesús “encontrable” cuando quiero (cuando me da la gana de confesarme o de volver a rezar) vs la imagen de un Jesús “perdido”, al que hay que salir a buscar “angustiados”.

José y María también pensaron “ya aparecerá”. Pero bien rápido cambiaron esta manera de pensar. Cuando después de caminar una jornada vieron que Jesús no estaba, dejaron la caravana como si fuera un tren que corre hacia el abismo (aunque iba a su propio pueblo, con la gente amiga, por las rutas acostumbradas, según la tradición) y se volvieron a buscar a su Hijo a la ciudad de Jerusalén. Está claro que no les interesaba nada de todo lo acostumbrado si no estaba Jesús.

Esta es la angustia que hay que dejar que se apodere de nuestro corazón. No hay que taparla: hemos perdido a Jesús. “No sabemos donde lo han puesto”, como dirá la Magdalena al jardinero la mañana de la resurrección.

Hay que dejar un rato al mundo con sus discusiones sobre valores y antivalores y decir: “perdón, pero yo, antes de enseñarle nada a nadie ni de confrontar con nadie, me tengo que volver a buscar a mi Jesús, porque se me ha perdido y no puedo seguir con ustedes en la caravana esperando que él aparezca”. Si se me ha perdido a mí, yo tengo que ponerme a buscarlo.

La actitud de la que hablo tiene que ser algo así como la de Susana Trimarco, la mamá de Marita Verón, que dejó la caravana y se metió a buscar a su hija en las redes de la corrupción. Mientras la caravana de la sociedad sigue su camino, imparable, dejando atrás a los perdidos y avanzando hacia nuevas pérdidas.

Los papás de las víctimas “paran su mundo” y tratan de frenar el nuestro (cuyos frenos no funcionan: ni los de los trenes, ni los de los autos, ni los frenos morales que no se detienen ni ante los menores…).

Ellos tienen claro lo que es la vida, lo que vale en la vida. La vida a veces hay que pararla, detener el mundo, para buscar al que se ha perdido. La burla de los comerciantes no importa. Ya se sabe que para el que quiere ganar plata “el espectáculo debe continuar”. Sí da pena, en cambio, la manada de ovejas consumistas en las que nos transformamos cuando acatamos esta “ley del progreso”, de que “hay que ir para adelante”, caiga quien caiga y cueste lo que cueste.

¡No es verdad! La vida no es así. La vida a veces se detiene. La vida a veces hay que volver a buscarla atrás, donde se nos perdió alguno, donde equivocamos el camino de la solidaridad y agarramos por los atajos del egoísmo. La vida a veces hay que pararla hasta que lleguen los que vienen más atrasados. La vida no se puede seguir como si no hubiera pasado nada. Es cierto que hay que mirar para adelante, pero no sin “detenernos” todo lo que haga falta, todo lo que ttarde otro en llegar, todo lo que dure un juicio por un hecho que fue injusto; hay que parar y poner toda nuestra atención para esclarecer bien un hecho y dictaminar en la medida de lo posible qué fue lo que pasó.

En el evangelio, Jesús nos da una clave para “encontrarlo” toda vez que se nos pierde. Por supuesto que primero hay que “cambiar nuestra imagen de Dios” como la de Alguien siempre a mano –posponible y urgible de acuerdo a mis deseos- e incorporar la imagen de un Dios que “se me pierde”.
La clave para encontrar a un Dios que se nos pierde libremente (y por eso es que “no lo sentimos”, que “no nos conmueve”, que ”parece que no responde a lo que necesitamos” como antes) es la de buscarlo “en las cosas del Padre”, como les dice muy fresco y firme el Niño Jesús a sus padres que lo retan apesadumbrados por lo que les hizo.

¿Qué son y donde acontecen esas “cosas del Padre”?
Esa es la pregunta. Y hace falta leer todo el evangelio para ir descubriendo cuáles son las cosas del Padre en las que está ocupado Jesús.

Una pista para el que lo quiera salir a buscar, dejando por un tiempo “la caravana”.

Jesús nos reveló que el Padre habita en lo secreto.
Esto es importante para no desilusionarse de que “haya desaparecido de lo público”. Es más, para no escandalizarse de que el espacio público se burle de las maneras que teníamos de hacerlo visible (liturgia, templos, declaraciones, fiestas, manifestaciones de fe, imágenes…). El imaginario construido en estos dos mil años en occidente hoy está “cuestionado”. Cada valor, cada expresión cristiana tiene su “demonio que le muerde los talones y lo tergiversa”.

Pero esto, al Padre que habita en lo secreto, no le hace mella.

Ahora, convengamos que no es sencillo entablar comunicación con uno mismo y con los demás en este ámbito íntimo, porque estamos muy invadidos de exterioridad, pero es un hecho que la vida sigue decidiéndose en lo secreto de cada corazón.
En la historia de cada persona de bien hay una decisión tomada en lo secreto: decisión de estudiar, de servir, de dar…
En la historia de cada persona que obra mal hay una decisión postergada en lo secreto que la lleva, una y otra vez, a negarse a dialogar (todavía) con su Padre, que siempre lo espera y sale a buscarlo.

El desafío, entonces, para los que sentimos que hemos perdido a Jesús, para los que preferimos “pecar de exagerados” a “pecar de ingenuos” (recordemos que vivimos en una sociedad en la que “se pierden los niños” -cfr. Missing children-), el desafío, digo, es volver a buscar al Niño en lo secreto.

Pero en lo secreto de la ciudad misma, allí donde Jesús está “escuchando y preguntando a los maestros”.
Es decir, tenemos que salir a buscar a la Palabra profundizando en el diálogo, hablando, rezando sobre lo que verdaderamente cuenta, exponiéndonos en la confrontación de las ideas, escuchando atentamente los “quejidos” de la gente, esos que brotan del fondo del corazón. Preguntando a fondo, aunque las respuestas duelan.
Lo secreto donde habita el Padre no es lo intimista como huida de lo social, sino lo íntimo del corazón donde se deciden y sostienen los comportamientos sociales masivos.

¿Cómo hay que alimentar y cuidar en lo secreto –ante el Padre, l buen deseo y la decisión honda de colaborar en obras solidarias para que esa semilla arraigue profundo y no se queme rápido por el calor de las disputas ni se vea ahogada por la cizaña de las maledicencias?

¿Por qué no apoyamos más en lo secreto –ante el Padre, a los que luchan por algo justo? ¿Qué cálculo ha realizado nuestro corazón en lo secreto que lo lleva a no jugarse, a posponer, a atrincherarse en su seguridad y a pensar: “mientras no me toque a mí”?

¿Qué imagen del futuro nos frena en lo secreto –como si no estuviera el Padre- para no tener esperanza de un futuro mejor, más justo, más solidario?

Así, cada uno puede hacerse las preguntas de fondo que sienta que tiene con la confianza de que, “escuchando y preguntando a su vez” estará Jesús, porque Él está cerca de los que buscan estar en las cosas del Padre.
Diego Fares sj

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Navidad C 2012

presebre 3l“Nadie piensa en nosotros…”

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,
ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David,
salió de Nazaret, ciudad de Galilea,
y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Y aconteció que estando ellos allí,
se le cumplieron a ella los días del parto;
y dio a luz a su Hijo primogénito,
y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en el albergue.

Había unos pastores, en aquella misma comarca,
que custodiaban y velaban por turno sobre sus rebaños durante la noche.
De pronto, se les apareció el Angel del Señor
y la gloria del Señor los envolvió con su luz.
Ellos sintieron un gran temor, pero el Angel les dijo:
«No teman, porque les traigo una buena noticia,
una gran alegría para todo el pueblo:
Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador,
que es el Mesías, el Señor.
Y esto les servirá de señal:
encontrarán a un niño recién nacido
envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»
Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial,
que alababa a Dios, diciendo:
«¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!»
Después que los ángeles volvieron al cielo,
los pastores se decían unos a otros:
«Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido
y que el Señor nos ha anunciado.»
Fueron rápidamente y encontraron a María, a José,
y al recién nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño,
y todos los que los escuchaban
quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios
por todo lo que habían visto y oído,
conforme al anuncio que habían recibido (Lucas 2, 1-20).

Contemplación

En el Hogar, esta mañana, hicimos un almuerzo especial. Como era feriado convocamos a los colaboradores que desearan y pudieran venir y ofrecimos un choripán y medio, helado (medio derretido por el calor agobiante), pan dulce y regalito. Abrimos más tarde y con más de veinte colaboradores recibimos a nuestra gente que casi llenó los dos turnos. Fue muy lindo, especialmente la comprensión que todos mostraron cuando explicábamos por qué no podíamos abrir antes o que el helado se había derretido… Uno me dijo: “Uds. siempre piensan en nosotros”, y me conmovió.

Después reflexionaba y creo que ahí está el sentido profundo de la Navidad –la buena noticia que traen los ángeles a los pastores y que ellos comprueban por sí mismos, acercándose al pesebre de Belén. En Jesús estamos seguros de que Dios piensa en nosotros. En todos, en vos y en mí. En los más desamparados, en los que están lejos, en los que no pueden creer…
Y pensaba también que detrás de todos los saqueos y de nuestro malestar social y, me atrevo a decir, mundial, hay un reclamo a veces no expresado pero sugerido de muchas maneras por la sociedad en la que vivimos.

“Si total nadie piensa en vos…”.

Los violentos sacan esta conclusión: “Por qué no voy a tomar por mí mismo lo que nadie me va a dar, si total nadie piensa en mí”. Si en el reparto de los bienes está calculado que no alcanza para todos. Que el país no es para 50 millones. Que el mundo no es para 6.000 millones.
Otros, que no son violentos, sacan otra conclusión, también muy triste: “Y para qué me voy a esforzar, si total a quién le importa”.

“Si total nadie piensa en mí…”
Esta frase nefasta también la susurra el mal espíritu en los oídos de mucha gente sola, en mucha gente que se cansó de dar y de esperar…

Pero si uno se anima a levantar la mirada al cielo, si uno aguza el oído del corazón y se acerca a algún pesebrito (si es de los que prepararon en su casa, mejor) y tiene el coraje de “pensar en alguno que sabe que está pensando que nadie piensa en él”, verá cómo es todo verdad lo que nos cuenta el evangelio. Es más verdad que todo el negro y espeso escepticismo del mundo actual, amurallado en su frivolidad.

Por eso, creo, que me conmovió tanto lo que me dijo ese comensal: “Uds. siempre piensan en nosotros”. Porque para anunciar eso me hice cura. Porque yo siempre sentí que en torno a Jesús, hubo tantos que “pensaron en mí” que no puedo vivir sin juntarme con la gente que se la pasa “pensando en los demás”: cómo hacer para acogerlos, cómo lograr que se sientan dignos, queridos, apreciados, respetados, considerados, bien saludados… Y al planear estas cosas uno se da cuenta de que lo que más ayuda es dar un espacio y un momento para que los que hemos servido puedan expresar su agradecimiento y sientan –mirada a los ojos de por medio- que nos hace bien que nos agradezcan. Tanto como a ellos les hace bien que los sirvamos.

Que alguien piense en mí y me obsequie un regalito, es muy lindo.
Pero más lindo es que alguien piense en mí y me regale una familia, su vida entera y su amor para siempre. Eso es ser hijo: no pensarse a sí mismo sin saber que un padre y una madre me piensan en todo momento.

Que alguien piense en mi situación –de calle, de enfermedad, de soledad- y prepare lugares, actividades y estrategias para darme una mano, es lindo. Y más lindo todavía es que mucha gente “no se piense a sí misma, ni piense su vida, sin pensarme a mí”.

Por aquí va lo de “la buena noticia” de Jesús. Jesús tal como nos lo revelan sus amigos es Alguien que llamamos Dios sin saber bien lo que decimos. Porque hay muchas caricaturas de “ese señor que llamamos Dios”.
De las muchas definiciones de Dios yo me quedo con la de “un Jesús que no se pensó a si mismo sino con nosotros”.
No sé cómo será lo que llamamos Cielo o Vida eterna, cómo se la puede uno imaginar “físicamente”. Pero sí tengo claro que, sea lo que sea, es y será algo que Jesús pensó “para nosotros”. Por eso lo de “voy a prepararles un lugar” tiene que ver con que primero “vino a poner su carpa entre nosotros”.

Sea lo que sea el cielo, él lo pensó juntos.
Y aunque parezca poco, a mí me basta con que esta noche muchos “me piensen” (en italiano es muy lindo cómo dicen “te extraño” o “te quiero”: dicen “ti pensó”) y lo que llamo “rezar” es eso: pensar a los que quiero y extenderlo a todos aquellos en los que nadie piensa.

Por supuesto que como somos tan pequeñitos, no nos da para pensar en muchísima gente. Pero justamente por eso, cada uno pensando en su pequeño rebañito, y en los que puede “pensar con nombre y rostro”, siente que es lindo que haya otros que piensen en otros y estar unido a ellos sin conocerlos.
Y también viene aquí el agradecimiento a María, que nos piensa a todos: eso es quizás lo que la hace más parecida a su Hijo en quien fuimos pensados y creados y que “nos conoce a todos” y nos espera a todos.

No es verdad que nadie piensa en nosotros. Hay muchos, muchísimos, que piensan en nosotros. Es más, que no se piensan a sí mismos, ni quieren hacerlo, sin pensar en todos.

Ojalá que reforcemos esta gracia los que ya la tenemos y se la hagamos extensiva a algún otro que ande necesitando esta buena noticia, esta gran alegría para todo el pueblo: nos ha nacido “el que siempre está pensando en nosotros”, el que mucho nos ama y quiere compartir nuestra vida: Jesús.

La señal es un Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, a quien todos los que se le acercan y lo rodean, no pueden dejar de contemplar encantados y atentos, gente que ya no se piensa sin pensar en ese Niño, y en él, a los demás.
Diego Fares sj

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Realidades de Adviento: la fe de María

 

Marívisitacion5a se levantó y fue con premura
a la montaña, a un pueblo de Judá,
y entró en la casa de Zacarías
y saludó a Isabel.
Apenas esta oyó el saludo de María,
exultó el niño en su seno,
e Isabel quedó llena del Espíritu Santo,
y levantó la voz con gran clamor y dijo:
– ¡Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre!
¿De dónde a mí (esta alegría): que la madre de mi Señor venga a mí?
Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos,
exultó de alegría el niño en mi seno.
Dichosa tú que has creído que se te cumplirían plenamente
las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1, 39-45).

Contemplación
Ya está cerca la Navidad y no hablamos más de “metáforas” sino de la realidad de la fe de María, que recibe una felicitación de su prima anciana Isabel: “dichosa tú que has creído”. Y que has creído “plenamente”, que se te cumplirían todas las cosas que te fueron dichas de parte del Señor.
Esta bienaventuranza en labios de Isabel –que representa a todo el Antiguo Testamento y también nos representa a nosotros, que venimos después- es una gracia que el Padre da a los pequeñitos: la gracia de reconocer el valor de la fe de María.
Cuando nuestra Señora dijo muy sencillamente: “hágase en mí según tu Palabra”, todos los bienes de Dios se concentraron en ella y verdaderamente Dios hizo maravillas. Por la fe de María Dios nos dio a Jesús y con Él nos vinieron “gracia sobre gracia”.
Nosotros también reconocemos que la fe de María es la respuesta que todos quisiéramos dar a Dios cuando se acerca a nuestra vida con alguna propuesta: “hágase en mí todo lo que Vos Señor deseás y tenés planeado y querés bendecir”.
¡Feliz de mí, Feliz de vos!, cada vez que creemos, cada vez que confiamos así, de todo corazón, y dejamos que Dios haga su voluntad en nuestra vida.

Y como en nosotros los actos de fe a veces son algo débiles y tenemos poca memoria, con María, de su mano, con su ayuda, nuestra fe se siente confirmada. Ella nos confirma para que actuemos con fe, susurrándonos muchas veces: “hacé como Jesús te dice”.

Ahora, ¿qué es lo que percibe Isabel que hace que valore tanto la fe de María? Creo que se da cuenta, por su propia experiencia y la de Zacarías, su marido, que la fe de María es como debe ser. Ellos habían pedido toda la vida que se les cumpliera la gracia de tener un hijo y cuando Dios les anuncia que se la concede no terminan de creer. Al menos Zacarías, que se queda mudo hasta que nace Juan.
Gracias a su “poca fe” (pero que es fe verdadera) Isabel puede reconocer una fe simple e integra como la de María y felicitarla como “bendita entre todas las mujeres”. ¿Por qué? Porque el que tiene una fe así es una bendición para sí mismo y para todos los demás. La fe hace feliz al que la profesa porque Dios le “cumple” todo lo que pide y desea. Y si uno es “visitado” por alguien que tiene una fe así, es una gracia inmensa porque a través de esa persona uno recibe muchas bendiciones. Por eso Isabel se asombra y dice: “¿de donde a mí que la Madre de mi Señor me venga a visitar?”

Pero ¿qué es la fe, que merece tantas alabanzas y que causa tanta alegría?

En primer lugar, la fe no es “una varita mágica” que obtiene milagros y conjura todos los temores. Es cierto que estas gracias son parte de la fe. Jesús dice y repite muchas veces: “no teman”, “basta que crean”, “pidan con fe y recibirán”.
Los efectos milagrosos de la fe y la fortaleza interior de quien cree son cosas notables, pero por ahí nos distraen. Porque si uno se fija demasiado en los resultados exteriores y no obtiene ningún milagro por ahí piensa o que la fe no es tan eficaz o que es cosa de los santos y no de la gente común.
A mí me iluminó mucho leer desde la perspectiva de lo que significa tener fe la 1ª Carta a los Corintios, en la que Pablo habla del cuerpo y dice que el Espíritu, “a unos los ha establecido como apóstoles, a otros, en segundo lugar como profetas y a otros, en tercer lugar como doctores. Después vienen los que tienen el don de hacer milagros, el don de curar, el don de socorrer a los necesitados, el don de gobernar y el don de lenguas” (1 Cor. 12, 28 ss).

¿Qué es lo que me iluminó? Que muchas veces unimos la fe sólo al don de hacer milagros y al don de curar. Y son sólo dos frutos de la fe. Me llama la atención cómo Pablo los pone al lado del “don de socorrer a los necesitados” y del “don de gobernar”. ¿Cómo entra la fe aquí? Entra muchísimo, porque el don de socorrer a los necesitados implica una fe capaz de ver a Cristo presente en el necesitado. Esta fe “nos sensibiliza” a nosotros, de tal manera que “nos igualamos al necesitado”. No se trata de una fe en la que uno realiza un milagro y el otro experimenta una curación. En esta relación el “sanador” suele quedar en una posición especial, como la de alguien con un poder único y sobrenatural, lo cual es bueno para despertar la fe en ciertas personas y también tiene su cruz, ya que los curas sanadores sufren el desgaste de las multitudes que los quieren sólo para una cosa. El don de socorrer a los necesitados, en cambio, nos abre a otro aspecto de la fe. Más allá de lo que te doy (asistencia) importa el cómo te lo doy (no hiriendo tu autoestima ni consolidándote en la postura del que sólo recibe). Esta fe que iguala, que hace lleva a buscar la promoción del otro y la propia, es una fe que no brilla en efectos espectaculares pero que es profundamente humana.

Y aquí está la clave. La fe es lo más propio del ser humano. Creer y confiar y optar por la confianza jugándose por el otro, es lo que despierta el amor y la lealtad incondicional y sella las amistades entre las personas.
La fe de María es una fe “continuada”, para expresarlo de alguna manera. Dios no le hace un milagro “espectacular” sino que entra en su vida como naturalmente y la fe de ella es la que le permite ir “creyendo” en Jesús en cada momento de su vida, desde su concepción hasta la resurrección, pasando por la Cruz y la vida pública.

Evidente que la Encarnación fue un hecho “milagroso” y “único”. Pero el Hijo se “encarnó” tan encarnadamente, se hizo “historia” de tal manera que María sólo veía muy de vez en cuando “cosas espectaculares” de Jesús. Más bien al revés, la presencia misteriosa del Hijo de Dios, vivida con fe pura y simple y plena, hacía que la vida cotidiana se convirtiera toda ella en milagro y en algo especial, digno de Amor.

Lo que quiero resaltar es que así como la fe tiene algunas expresiones “especiales”, como son los milagros y las curaciones, tiene muchas expresiones en las que externamente no hay nada especial y es eso “ordinario”, precisamente, lo que da más valor humano y divino a la fe. Esta fe está al alcance de todos. La de hacer milagros, sólo es para aquellos a los que el Espíritu se lo concede para el bien común.

¿Qué características tiene esta fe “no espectacular”?
Me quedo en lo de “socorrer a los necesitados” y “gobernar”.
Socorrer a quien lo necesita, si bien se aplica en particular a casos de necesitados muy pobres, es algo que caracteriza todo trabajo. Todo trabajo es hacer algo para satisfacer una necesidad de alguno. Hacerlo y vivirlo desde la fe, creyendo que “colaboramos con un Jesús que siempre trabaja, lo mismo que su Padre” es un don que abarca grandísima parte de nuestra vida. La fe viene a darle un sello personal a nuestro trabajo y a todo nuestro “accionar”. El sello personal de creer que estamos “sirviendo a Cristo” y que “estamos trabajando con Cristo”. El plus de “hacer todo lo que hacemos en su Nombre”, eso es esta fe de la que hablamos.
Todos distinguimos perfectamente cuando alguien que hace algo “lo hace con una dedicación especial para nosotros”. Aunque el resultado sea el mismo, hay gestos, hay sonrisas, hay detalles, que a uno le hacen sentir, en un trabajo realizado objetivamente, algo más: el corazón del otro que lo hizo por nosotros y para nosotros. A Jesús esto le agrada particularmente. Y distingue entre los que hacen las cosas por sí mismas, por deber, los que las hacen por fama, para gloria propia, y los que las hacen por Él, por amor a Él y para gloria del Padre.
Las otras acciones tienen su premio en sí mismas o tienen el aplauso que brindan los hombres. La acciones hechas “en nombre de Jesús”, Él mismo las premia. No con premios exteriores sino con “más confianza”, con más amistad. “Bien servidor bueno y fiel, entra a participar del gozo de tu Señor”.

La otra característica de esta fe “no espectacular” es la del gobierno espiritual. Gobernar y conducir en la fe es una gracia que muchos no notan, justamente por la ausencia de “frutos espectaculares”. Cuando una familia o una institución es gobernada en la fe, hay frutos que se ven con el tiempo (se trata de obras bendecidas que perduran a lo largo de la historia y de familias en las que la fe se transmite como una herencia preciosa de padres a hijos y nietos).
Además de este fruto de la “perdurabilidad” (pensemos en algunas órdenes y congregaciones religiosas que se renuevan y convocan nuevas vocaciones y de obras que atraen colaboradores…), están también otros frutos.
Uno es la paz (en la medida en que depende de cada uno, ya que la paz siempre se da en medio de luchas).
Otro fruto es el “llegar efectivamente a los necesitados” de caridad y de evangelización.
También está el fruto de la “paciencia en los sufrimientos”, cuyo sentido salvífico sólo es captable gracias a la fe.
Y otro fruto, no menor, es el que me hacía notar un amigo hablando de nuestras obras, que son fruto de decisiones de gobierno espiritual en la fe y no de prudencia humana, ya que si así fuera ni hubieran empezado: hay algo que todos los que participamos en estas obras podemos constatar y es que, cada uno en su medida, por el simple hecho de que estas obras existan y de que estemos colaborando en ellas, nos hacemos mejores personas. Y cuando no es así, por el pecado que a veces hace que en obras buenas estemos con actitudes malas, siempre es claro y constatable que se trata de un pecado, de no querer participar de los frutos grandes y comunes que vienen de Jesús por preferir “nuestra parte de la herencia” como el hijo pródigo o por estar resentidos, como el hijo mayor.
Diego Fares sj

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Metáforas de Adviento: el don del fuego

fuego

La gente le preguntaba a Juan:
– «¿Qué debemos hacer entonces?»
El les respondía:
– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene;
y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.»
Algunos recaudadores de impuestos
vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron:
– «Maestro, ¿qué debemos hacer?»
El les respondió:
– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley»
A su vez, unos militares le preguntaron:
– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?»
Juan les respondió:
– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.»
Como el pueblo estaba a la expectativa
y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo:
– «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.» Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

Contemplación

¡El fuego!
Francisco nos lo hermanó en su cántico de las creaturas:
Alabado seas mi Señor
por el hermano fuego;
con él alumbras la noche,
y es alegre y robusto
y fuerte y bello.
Escribe E. Galeano:
El mundo es eso: un montón de gentes,
un mar de fueguitos. El mundo es eso.
Cada persona brilla con luz propia
entre todas las demás, cada persona.
No hay dos fuegos iguales.
Hay fuegos grandes, fuegos chicos,
hay fuegos de todos colores.
Hay gente de fuego sereno,
que ni se entera del viento,
y gente de fuego loco,
que llenan el aire de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos,
que no alumbran ni queman,
pero otros arden la vida
con tantas ganas
que no se puede mirarlos
sin que nos quemen y quien se acerca, se enciende.

Hurtado era de estos últimos; era “un fuego que enciende otros fuegos”.
Madre Teresa también expresó su “fuego secreto” como una sed, la sed de Jesús por las almas de la cual la hizo partícipe y ella le respondió “no negándole nada a Jesús” cada vez que le pedía algo.

Esta del fuego es una linda metáfora de lo que vino a traer Jesús, que dijo:
“He venido a traer fuego a esta tierra y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo”.

El Señor vino a traer fuego y la poesía de Galeano ayuda porque habla de que hay muchos tipos de fuego. Me gusta la primera imagen: la de la gente del mundo como un mar de fueguitos. Y también la de esos “fuegos que arden (toda) la vida con tantas ganas que quien se acerca, se enciende”.

Creo que el cristianismo fue y sigue siendo cuestión de un fuego que enciende a quien se acerca. A quien se acerca en persona, digo, porque no se puede encender un fuego desde un pantalla (¿o sí?).
Hay una calidez y un fervor que sólo se experimentan desde muy cerquita, en los detalles, allí donde alguien, en vez de apagar la velita humeante la re-enciende; allí donde alguien, en vez de dejar, retoma, pone un poquito más de sí.

El fuego, con su capacidad de comunicarse entero, es la imagen perfecta del Don. En filosofía se dice que el Bien es perfección y que hay muchos tipos de perfección. Está la perfección de una flor, que brilla en la armonía de sus pétalos y en la belleza de su color; está la perfección de una danza, en la que los movimientos se suceden constituyendo un todo sin rupturas (perfección operativa); y está la perfección de quien alcanza su fin propio, la perfección de un hombre santo, por ejemplo, cuyas acciones y juicios muestran una madurez y una plenitud sin defecto.
Pero entre todas las perfecciones, la mayor es una que no se queda en sí misma sino que logra perfeccionar a otro. Es la que se llama “perfección perfectiva”. Y el fuego es la imagen perfecta de perfección perfectiva, porque una llamita puede encender muchas otras, idénticas a ella, puede darse entera sin perder nada de sí.

Esto es lo que hay que saber para gustar la metáfora en su justa medida y en toda su fuerza expansiva.
El Espíritu Santo no es fuego por que sea potente o invasivo. No es la imagen del fuego devorador lo que importa. No. Lo que importa es la capacidad de don. Puede ser un fuego chiquito , una fogata o un incendio. Lo que cuenta es que el Espíritu se dona entero, se comunica íntegro y tiene la capacidad de donarnos su perfección plena y total. Por eso las imágenes que utiliza Jesús, para expresar el don de sí, son imágenes de gestos pequeños (un vasito de agua, dos moneditas…). Es que lo que le interesa es el don total de sí. Y el don total muchas veces sólo puede realizarse con verdad en cosas pequeñas. No depende de uno “dar la vida entera”. El martirio no se presenta a cualquiera, así nomás. En cambio, hay mil oportunidades cada día en las que uno se puede dar por entero en algún pequeño gesto.

Lo bueno –buenísimo- de Jesús es su entrega, su capacidad de dar la vida y de darse hasta el fin. Esto queda plasmado en la Eucaristía y en el Espíritu. La Eucaristía es el don total de sí hecho carne, hecho pan, para que nadie se confunda en cuanto a la materialidad de la comunión que el Señor viene a establecer. Por eso el cristianismo no es “espiritualista”, en sentido peyorativo, sino encarnado: es lavado de pies, tuve hambre y me diste de comer, perdón de las deudas (plata contante y sonante). Pero el don de sí de Jesús es también Espíritu y fuego. Es lo más intangible y lo puramente espiritual, tanto como puede serlo ese don de sí que uno pesca en un gesto de otro y que nada ni nadie sino la balanza exactísima del corazón humano puede medir y pesar.

Charlando con un cura amigo, me contaba de otro que celebraba la misa medio apurado y me decía que él sentía como que “habíamos perdido el fuego”. Me impresionó que no dijera que “el otro había perdido el fuego” sino que “lo habíamos perdido nosotros”, nos incluía y se incluía a sí mismo y está muy justo esto porque el fuego no se pierde “individualmente”. Así como basta que haya una velita prendida o esté encendido el calefón para que uno sienta “que hay fuego” en la casa, así, si en una comunidad o en la iglesia entera, hay uno que tenga el fuego, los otros sentimos que lo tenemos, porque en cualquier momento nos podemos encender en él y, como decíamos, el fuego se transmite entero.
Por eso esto tan terrible –lo de que todos (nuestra patria Argentina, por ejemplo, en muchos de sus estamentos) hayamos perdido el fuego- esto tan terrible, digo, es también esperanzador. Porque como se trata del fuego, basta que uno lo recupere de algún lado, de quien sea (una llamita), para que todo se vuelva a encender.

Jesús es el que siempre “tiene encendido el Fuego” y lo puede comunicar.
“El los bautizará en Espíritu Santo y fuego.”
El Fuego de su Palabra, ardiente de evangelio.
El Fuego de la Eucaristía, pan que energiza y vino que alegra el corazón.
El Fuego de la confesión, donde podemos quemar nuestros pecados y salir purificados y retemplados.
El Fuego de la misericordia, que se apasiona y padece con el que sufre.
El Fuego de la alabanza y la adoración, que consume el propio narcisismo y nos abre al Padre.
El Fuego de “lo común”, que es la Iglesia.
Nos detenemos en este fuego: el de la Iglesia.
El que no ama apasionadamente (apasionadamente quiere decir sin peros) a la Iglesia como Institución humana querida por Jesús es porque no aprecia lo que significa que exista a lo largo del tiempo una “comunidad donde siempre se puede reencender el fuego del Espíritu-común”. La Iglesia es la que garantiza que el fuego que se enciende en ella es el Fuego común, el que el Espíritu enviado del Padre y de Jesús, encendió en Pentecostés y que se mantiene idéntico en todo el mundo. Y lo que permite que este fuego esté ardiendo es el carácter “personal” de la Iglesia. Que es precisamente también la fuente de todos los pecados y debilidades de la Iglesia.

Lo que quiero destacar es que un Fuego “que se dona entero”, como es el Espíritu, necesita, para darse, que lo reciban “personas”. Un don “total” solo lo puede comunicar una persona y sólo lo pueden recibir “personas”. Por eso es que, más allá de defectos y virtudes, lo que importa es que la Iglesia es sujeto. Todo en la Iglesia es personal: los sacramentos tienen este sello personal (se hacen “en la Persona de Cristo”): yo te bautizo, yo te absuelvo de tus pecados…, esto es mi cuerpo…; las decisiones de los concilios ratificadas personalmente por los papas, tienen también este sello de la responsabilidad personal. Más allá de lo acertado del contenido objetivo, que siempre permanece abierto e investigable, lo que importa es que cada hecho, cada gesto, cada declaración de la Iglesia, lleva el sello humano y personal de alguien concreto que se hace cargo. Y esto permite que intervenga el Espíritu Santo.

Para que me encienda el Fuego que vino a traer Jesús necesito la comunidad en la que se mantiene encendido. Al fin y al cabo, cuando se corta la luz, lo primero que uno hace es “encender no una vela sino varias” y asegurarse que no se rompa la cadena. Es que el fuego es lo más personal y, por eso, lo más comunitario a la vez.

Diego Fares sj

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Metáforas de Adviento: preparar el caminocamino adviento

El año decimoquinto del reinado del Imperio de Tiberio César, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los discursos del profeta Isaías: “Voz de que clama en el desierto diciendo: Preparen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos. Todo barranco se rellenará, y todo monte y colina se abajará. Lo tortuoso se volverá recto, y lo áspero, camino llano. Y toda carne verá la Salvación de Dios” (Lucas 3, 1-6).

Contemplación

Adviento es tiempo de preparación. Y cualquiera comprende lo que es preparar algo. Preparamos el arbolito y el pesebre, preparamos la comida para las fiestas, preparamos los regalos, preparamos el ánimo para pasar la nochebuena en paz, aceptando a toda la familia…
Hay algo, sin embargo, en el que nuestra vida actual se diferencia de la época de Isaías y de Jesús. En aquellas épocas había que preparar no sólo las cosas sino también el camino. Había pocos caminos para ir de un pueblo a otro y, muchas veces, uno solo. Y la comunicación se daba únicamente a través de personas que recorrían ese camino, las que por sí mismas ban a visitar a otro o las que enviaban algo por medio de un mensajero.

Hoy, nosotros, tenemos todo tipo de caminos y hasta un exceso de medios. Lle-gamos por tierra o por aire, en auto o en transporte público, mandamos mensajes por internet y celular, nos hacemos presentes virtualmente, mandamos tarjetas al instante…
Como que el camino lo damos por descontado. Y por eso, cuando se atasca el tránsito o no salen los vuelos, para el subte o se cae el sistema, nos ponemos tan mal. Recién ahí valoramos “los medios”, valoramos el camino.

Para valorar la metáfora del camino hay que tomar conciencia de que nuestro mundo surcado de caminos de todo tipo –globalmente conectado, en tiempo real- es fruto del trabajo humano. Cada adoquín, cada calle asfaltada, cada autopista, cada vía de tren, cada cable de teléfono, cada satélite que transmite información, ha sido puesto en su lugar por la mano del hombre.
En uno de los frecuentes cortes de luz que padecemos, un grupo de vecinos de nuestra cuadra se puso al lado de los obreros (todos bolivianos), que rompieron nuestra vereda en tres lugares para encontrar dónde estaba quemado el grueso cable que daba luz a varios edificios. Digo que se les puso al lado como una ma-nera suave de decir que no dejó que “se fueran” hasta que la empresa no se hizo presente con la cuadrilla de remplazo. La gente obligó a la empresa a salir del anonimato tras el que se escudan –contestadores automáticos, cuadrillas de obreros tercerizadas…- y luchó para que una mano tan humana como la que puso el cable defectuoso pusiera el nuevo.
Nuestro mundo mágico, en el que todo se “prende” y se conecta, sigue y seguirá dependiendo del trabajo unipersonal del que pone el adoquín o cambia el chip que permite la comunicación.

¿A dónde quiero llegar? A decir que valorar la materialidad del camino (de los medios, de los procesos) es clave para mantenernos y crecer como seres huma-nos.

Hoy, una visita, así como puede llegar en un rato, también se puede ir a su casa o cortar el chat en un segundo. Antiguamente, si uno iba de un pueblo a otro, no siempre se podía volver en el día. Una visita era todo un acontecimiento; implicaba armar el día contando con varias personas más para la comida y el descanso. Y cada pueblo, me imagino, tenía que arreglar sus caminos si quería ser visitado y poder salir con sus carros y sus cosas. Por eso Isaías habla de “rectificar senderos, rellenar pozos, aplanar lomas, enderezar vueltas y allanar asperezas”.

Esto, a alguno, le dará la impresión de que era lentísimo. Para hacer una visita había que “rellenar” los baches del camino. Así no darían muchas ganas de visitar a nadie. Puede ser, pero por otro lado, ¡qué valiosa cada visita! Detrás de un encuentro entre dos familias, cada uno valoraba lo que había implicado de “preparación del camino”. El que viajaba de un lado a otro lo hacía “sacando piedras” y tapando algún pozo, no sólo para sí sino para los demás. Se viajaba “haciendo camino”. Y lo que quiero decir es que esto sigue siendo así. El que no viaja mejorando el camino para sí y para los demás, lo empeora. Y en el fondo, es alguien que no valora ni su viaje ni su “humanidad”.

Hoy todo el mundo anda apurado, de aquí para allá, no solo no mejorando los caminos y los medios sino convirtiendo la calle en un chiquero, en un atolladero de gritos, humo y bocinazos. Todo el mundo “quiere llegar” ¿a dónde? A su casa, a su trabajo, a “lo suyo”. Llegar y volver a salir lo más rápido posible. Conectándose con todo y con todos y comunicándose con muy pocos. Haciendo y deshaciendo caminos que se borran al instante y luego hay que preguntar cómo se hacía tal cosa o cómo funcionaba tal otra, porque todo se sabe y no se sabe nada. Uno termina no encontrando el camino para llegar a los fusibles de la luz de su casa y a tener que llamar al técnico para que le recuerde la manera de encontrar un archivo que se le perdió en la compu. Las cosas se van haciendo a los empujones, porque, apurados por llegar rápido, no cuidamos “el camino”. La ciudad caótica en la que vivimos es el resultado de 2.890. 000 personas con esta mentalidad que viven en la capital y de otros 3 a 5 millones que entran y salen cada día con la misma mentalidad: hay que llegar, no importa cuidar los caminos.

Esta mentalidad “macro-social” se contagia a lo micro, a la vida de todos los días. En el Hogar, por ejemplo, es muy notable cómo uno tiene que explicar muchas (literalmente más de cuatro veces) a algunos colaboradores de buenísima buena voluntad y gran creatividad y bondad, por qué es bueno (buenísimo, sanador, fuente de alegría y de gusto por lo hecho en común, para nada exagerado ni neu-rótico ni autoritario ni controlador) cuidar un caminito de trabajo, que lleva a dar dos o tres sencillos pero insalteables pasos de consulta, permiso y rendición de cuentas para comprar algo o para realizar una tarea.

La mentalidad instituida es “lo que puedo hacer por mi cuenta, rápido y como salga” por qué lo voy a demorar. Más allá de lo práctico, que luego de algunas correcciones, todo el mundo entiende, la conversión de fondo que hay que hacer es a sentir que “cuidar el camino” es “cuidar lo humano…, y lo divino”.

Jesús quiso venir al mundo transitando un caminito que su gente le había prepa-rado. De hecho, no le prepararon mucho, porque tuvo que nacer en un pesebre de animales. Pero precisamente eso, la falta de lugar público preparado, fue lo que llevó a José y a María a preparar “con nada” un lugar cálido y humano para él.
El camino que recorrieron y (sin saberlo ni quererlo) establecieron ellos dos para que él llegara, se convirtió en modelo de lo que significa cristianamente prepararle el camino a Jesús.
José tuvo que apurar su decisión y elegir entre lo material que había para no apurar a María que como embarazada no podía caminar más. José tuvo que sua-vizar las pajas del pesebre y afirmar los troncos para poner allí a Jesús sin tiempo para lamentar lo que faltaba. El Señor se vino nomás, como sucede en los partos que se dan a veces en un taxi o en la calle, y lo mejor de lo humano se mostró en la pobreza de los recursos. La ternura y la alegría de José y María, por el Niño que nació en lo que le pudieron preparar, es la contra-imagen de la aspereza y el enojo que tenemos y expresamos mientras vamos apurados de aquí para allá renegando por todo lo que obstruye nuestro trajinar.

La mentalidad del mundo es: hay que llegar, hay que producir resultados, por eso, no nos podemos fijar mucho en los medios, si no, no se hacen las cosas.
La mentalidad cristiana, por el contrario es: el Señor viene, sí o sí, se nos regala. Lo nuestro es prepararle el camino, hacer las cosas en paz, ordenada y solida-riamente, construyendo caminitos que, a la vez que le hacen fácil a él la venida, a nosotros nos permiten andar en paz, sin ansiedades, gozando de un trabajo en el que el mismo caminar y arreglar el camino es la meta.

Diego Fares sj

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Metáforas de Adviento: la nube

apple-en-la-nube

Jesús dijo a sus discípulos:
– “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas;
en la tierra habrá angustia de la gente,
y desesperación por el sonido del mar y del oleaje,
los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad
de lo que va a sobrevenir al mundo,
porque las fuerzas del cielo se conmoverán.

Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube,
con gran potestad y gloria.

Cuando estas cosas comiencen a suceder,
Pónganse de pie y alcen la cabeza,
porque se aproxima su redención.

¡Estén atentos! que no se les embote el corazón
con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida,
no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo,
porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velen en todo tiempo rogando
para que logren escapar de todas estas cosas que van a suceder
y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre» (Lc 21, 25-36).

Contemplación
Nuestra fe es fe en una Persona. Creemos en Alguien que ya vino –el Niñito Jesús, el Hijo amado del Padre y de María-; creemos en Alguien que vendrá –el mismo Jesús, que vendrá como Señor, con gran potestad y gloria ,en una nube.
Nuestra fe es adhesión con toda la mente, con todo el corazón y con todas las fuerzas a Jesús de Nazaret, adhesión total por el cariño que Él nos tiene y a Él le tenemos como persona.
Nuestra fe es esa inteligencia honda que nos hace conocer cuando una persona actúa gratuitamente, por puro amor. Con esa inteligencia nos jugamos a afirmar y testimoniar que Jesús vino “porque nos quería” y volverá “cuando él lo considere”, que son dos maneras manera de decir “libremente”.

¿A qué viene esto de lo personal y lo gratuito?
Cuando hablamos de creer, lo gratuito viene al caso porque mucha gente se burla o es escéptica cuando decimos que Jesús vendrá en una nube. Son gente seria que cree en la metáfora del dinero (un papelito que dice 100 pesos y que se nos propone que creamos que vale 100 pesos aunque cuando lo sacamos para pagar sabemos que vale 30 y bajando), gente, digo que cree en la metáfora del dinero y se burla de la metáfora de la nube. Alguno me dirá “es cierto que el dinero se devalúa pero algo siempre vale, en cambio la nube…”. Por si alguno no lo experimentó todavía, Jesús nos recuerda que con el dinero no podemos “comprar” ni un minuto de nuestra vida. Pero vamos a la metáfora de la nube. Recordemos que “venir en una nube” es una metáfora para expresar un “venir desde lo no esperado”. Lo cual, para nuestra mentalidad científica que lo calcula todo en números y lo convierte en negociable, significa “venir desde lo gratuito”, desde lo que no se puede calcular matemáticamente (no sabemos ni el día ni la hora) y por lo tanto no se puede manipular ni negociar.
En el año de la fe, los cristianos anunciamos y damos testimonio con nuestras obras gratuitas de que creemos en el Dios Trino y Uno que nos regaló la vida por amor, nos redimió con puro amor y se nos dio como Espíritu de amor. Esto es vivir en una nube y la metáfora no sólo no es ridícula sino que tampoco es antigua, ya que ahora “todo lo importante” se pone en la nube (por ahora gratuitamente, aunque sean pocos gigas) para que esté disponible en cualquier dispositivo. Curiosamente, los publicistas que saben más de nosotros que nosotros mismos, utilizan con éxito la manzanita mordida del Génesis y la nube del Apocalipsis. Creo que el único símbolo “no manipulable” es, ha sido y será, sólo la Cruz.

Y aquí viene lo de lo personal. Porque lo único verdaderamente gratuito (la única nube) es lo que pasa por la decisión y el compromiso de un corazón libre. Nosotros creemos que las cosas “vienen y pasan” de un corazón y por un corazón, que no son naturales ni automáticas.

Nuestra mentalidad actual está dispuesta a aceptar cierto tipo de gratuidad como fuente de la existencia del universo y del hombre. Pero enseguida surge el fantasma de una gratuidad sin rostro, de un azar, de un infinito número de combinaciones moleculares y de explosiones de estrellas, de las que surge este pequeño planeta en el que vivimos, protegiéndonos en la burbuja de la tecnología. Digamos que no es fácil creer de corazón que Alguien como Jesús tenga ese poder y gloria del que Él mismo habla en el evangelio. Ya no resulta fácil para muchos, actualmente, creer que existió Alguien como Jesús, con su humildad y su amor incondicional por los hombres. Aunque algunos agnósticos, como Humberto Eco, dicen que “si no hubiera existido habría que inventarlo”, en cuanto modelo de cómo quisiera ser todo corazón humano. Pero creer en un poder personal sobre la naturaleza es casi inaceptable para nuestra mentalidad actual.
Esto tiene un aspecto positivo y uno negativo. El positivo es que la ciencia no se siente todopoderosa y toca cada vez más sus límites ante la inmensidad de las fuerzas naturales. No sólo los huracanes y los terremotos nos muestran nuestro poco poder sino que los últimos descubrimientos de inconmensurables agujeros negros –como el que se chupa literalmente más de la mitad de una galaxia- nos hacen sentir insignificantes. Al menos a los que creen ciegamente en la metáfora de los números.

Lo negativo es que, hoy en día, la creencia en el poder anónimo de las fuerzas naturales, es algo alimentado por los poderosos, que lo utilizan para trasladarlo al mercado, haciéndonos creer que la inflación y las debacles financieras son “como terremotos” y “Tsunamis” cuando en realidad son fruto de decisiones personales tomadas detrás de un escritorio por personas con nombre y apellido que vive espléndidamente su corta vida mortal.

Remontar la utilización política de la metáfora de los poderes anónimos es algo positivo socialmente.
Nos pone a cada uno frente a nuestra propia responsabilidad personal, sin excusarnos de que “estamos peleando” contra fuerzas superiores que vienen de no se sabe cuándo ni de cómo se desencadenaron”.
Lo personal es siempre aquí y ahora.
Lo personal asume todo lo que hay: lo heredado y las consecuencias futuras, y se hace responsable, buscando hacer bien el bien.

Esta actitud bien concreta, este desafío cotidiano, de hacer bien el bien, es la bajada práctica totalmente opuesta a la que dice “no se puede hacer bien el bien porque…. (hay fuerzas anónimas que lo impiden)”. Nadie está “a favor del aborto”, dicen todos, pero…. dada la situación actual nadie se puede hacer responsable de esa vida si la madre no la quiere y por tanto hay que legislar para que “anónimamente” (sin responsabilidad penal) se interrumpa el proceso del embarazo.
Ir sacando la responsabilidad de todos los ámbitos de la vida parece muy liberador. Y quizás lo es al comienzo, porque ante un exceso de la sociedad de hacer que el individuo responda de todo, el que cada uno haga lo que quiera parece una conquista de la libertad privada frente a los poderes del estado, de la Iglesia y de las corporaciones.
Pero no muy a largo plazo se comienza a ver que lo que parece libertad es en realidad abandono de personas. El estado te da todos los medios para que abortes a tu hijo, pero no para que lo críes bien. Si a los bebés de madres solteras se las tratara como al de la película “Hijos del hombre” (la que cuenta que en la tierra había dejado de haber nacimientos –el último había sido en Buenos Aires, 15 años atrás- y la única mujer embarazada es protegida por todos como algo de valor infinito), no habría presupuesto que alcance, dicen como obvio.

Reflexionado un poco lo importante que es, a nivel social, la afirmación de la responsabilidad personal y visto cómo se busca diluirla para manipular la vida política, queda más despejado el camino para “recibir la invitación a creer que realmente existe Alguien como Jesús que se hace cargo personalmente de la historia.
Ese es el mensaje de fondo del cristianismo: en Jesús –que vino y que vendrá- Dios nos dice que Él se hace responsable de la historia: de todo lo que pasó y de cada uno de nosotros.
Creer esto tiene una consecuencia más inmediata que hacer un clic y encender nuestro celular: si Dios se hace responsable de todo yo puedo hacerme responsable de lo mío y nosotros -cada nosotros comunitario- de lo nuestro. Entonces…
Cambia la historia.
Cambia el presente.
Cambia la familia.
Cambia la Iglesia.
Cambia la política.
¿Cambia todo?
Sí. Aunque no se vea inmediatamente afuera, cambia el ánimo y cambia el sentido.
Nuestras obras de caridad actuales son el fruto de esos “clics” en los que un grupo de personas decidió hacerse responsable de aquello que nadie se hace responsable (de las personas en situación de calle, de los niños abandonados, de los enfermos terminales, de los abuelos solos…).
Y en lo interior, cambia nuestro discurso. Uno siempre está “hablando” interiormente ¿nos es verdad?.
¿Con quién hablamos?
Uno dice “con nosotros mismos” y, desdoblándonos, con las personas con las que interactuamos. Si voy a tener una entrevista de trabajo con alguien voy “dialogando” internamente con esa persona, diciéndole mis ideas e imaginando lo que me dirá.

Pues bien, el cristiano es una persona que cuando habla interiormente se dirige a Jesús.
El es nuestro principal interlocutor. El interlocutor último –como Juez- ante el cual confrontamos nuestras ideas y tanteamos si están de acuerdo con sus criterios últimos (la misericordia, el perdón, la caridad, la fe).
También el interlocutor cotidiano, en la medida en que damos espacio a sus Palabras y las rumiamos como María en nuestro corazón hasta que dan como fruto decisiones prudentes y llenas de amor.

Eso es la fe: una palabra lanzada a Jesús y esperando respuesta. Junto con muchos otros –muchísimos- doy un testimonio más de que a mí siempre me responde. Y que por eso me voy animando cada vez a hablarle más (confieso que con algunos olvidos cuando la vida fluye bien, y con algunos miedos cuando hay que tomar decisiones…). Pero sin duda que creo que hablarle a Él y esperar sus “venidas más allá de lo que esperaba” es el motor y la sal de mi vida. El es al que espero y a su corazón subo todo lo mío, por encima de todas las nubes.

Diego Fares sj

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Maniatados por la Verdad

Entró de nuevo Pilato en el Pretorio y llamó a Jesús.
Y le preguntó:
– ¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le respondió:
– ¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?
Pilato replicó:
– ¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?
Jesús respondió:
– Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo:
– Entonces, ¿tú eres rey?
Jesús respondió:
– Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz (Jn 18, 33-37).

Contemplación
Jesús maniatado ante Pilato. ¡Qué imagen de nuestro Rey!
¿Y de qué hablan? Del poder y de la verdad.
¿Eres el Rey de los judíos?, le pregunta Pilato.
¿Lo preguntas por ti mismo o porque te lo dijeron…?
…………
El Señor sale con los tapones de punta –justo Él, que después entrará en un silencio impenetrable para los que lo condenan-.
Pilato no se pudo sustraer a este hombre que con una frase lo implicó personalmente. Eso era justamente lo que Pilato no quería. El quería zafar. Eso se ve claro después, cuando haga la pantomima de lavarse las manos. Esta era su intención desde el comienzo, igual a la de tantos políticos cuya principal preocupación no es el bien común sino cómo queda su poder y su imagen.
Pero a su primera pregunta (quizás se descuidó y en vez de citarle los cargos “se le acusa a ud. de…” sintió curiosidad por el personaje) el Señor le retruca: “esto te interesa a ti o simplemente es una manera de expresar lo que otros te dijeron”.

Pilato se defiende instintivamente, mostrando la hilacha. Decir “¿Acaso soy yo judío?” es una manera muy despectiva de decir “la cosa no me interesa en absoluto personalmente”, es un problema entre ustedes: “Tus compatriotas y tus autoridades te han entregado a mí”. Y agrega “qué hiciste”, con lo cual termina de tomar infinitas distancias y poner todas las murallas posibles entre este judío y él.

Pero ya es tarde, porque el Señor ahora le responde su primera pregunta. Le dice: “mi realeza no es de este mundo…”, y lo torea de nuevo: “si no, mi gente hubiera combatido”. Y Pilato vuelve a “entrar” como decimos. Porque no hace caso a lo de que los partidarios de Jesús pueden tener capacidad de combate sino que vuelve a preguntar, no sabemos si con curiosidad personal o con ironía de juez que constata la confesión del acusado: “¿Entonces Tú eres Rey?”.

Por la respuesta de Jesús podemos deducir que el tono fue el del juez que piensa que el acusado ha confesado su culpa y piensa “el pez por la boca muere”, porque el Señor vuelve al ataque diciendo “eso lo dices tú” como quien dice “no me hagas decir lo que vos querés”. Y sin esperar respuesta el Señor avanza más hondo: “para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” y lo interpela de nuevo: “el que es de la verdad escucha mi voz”. Aquí Pilato zafa con el famoso “y qué es la verdad” y se escapa sin esperar respuesta.

Cada vez que uno se mete en la escena y revive el diálogo entre el Jesús y Pilato la realeza del Señor se agiganta.
A veces, en los debates entre grandes personajes, uno admira al que se enseñorea del diálogo y marca la diferencia no solo por lo que dice, sino por el tono, por los gestos, por el manejo de los tiempos, por la agudeza para captar a dónde va el otro… Aquí Jesús se revela como Señor y Rey del diálogo. En general, los diálogos del Señor en el evangelio son cortos. La gente sencilla y sus amigos le hacían una pregunta, dos a lo sumo, y luego recibían la enseñanza y la explicación. Con Pilato, las preguntas y los retruques son varios. Es que no era cualquiera, representaba a Roma, lo que equivale a decir “El poder”. No se si ha habido poder más grande en la historia. Quizás hoy hay más concentración de poder militar o económico en las grandes potencias, pero la conciencia que tenían los funcionarios romanos del poder que representaban y ejercían no tiene parangón con la conciencia y el manejo del poder de los funcionarios actuales. Tal vez por eso el Señor entabla diálogo con Pilato y lo sostiene. Como ejemplo de cómo debe ser nuestro diálogo con el poder, con todos los poderes de todas las épocas.

Aquí nos quedamos.

¿Cómo debe ser nuestro diálogo con el poder en la actualidad?

Hay un aspecto, el de la fuerza de los que ejercen el poder, frente a la cual no podemos hacer mucho. Estamos a merced de poderes inmensos, capaces de desencadenar guerras, de hacer desaparecer gente, de consumir en poco tiempo la vida del planeta sin importarles las próximas generaciones. Aquí quizás nos ayude la imagen de Jesús maniatado y a merced de lo que decidan otros. Aunque el discurso público de los poderosos afirme que nadie está maniatado, que cada ciudadano es libre y que no existe la esclavitud, es bueno agudizar la conciencia de las esclavitudes modernas. Para no enojarse mal cuando el sistema “no funciona como tendría que funcionar” (uno encuentra que los hospitales son para todos pero sacar un turno requiere semanas, que lograr justicia lleva a veces la vida entera, que no es verdad que los impuestos que nos han sacado del sueldo han ido para que haya luz, limpieza y no se inunde la ciudad, que los transportes no tienen mantenimiento…). Uno se da cuenta cuando ve las guerras que se desatan y toma conciencia de que los mismos que ordenan esas guerras son los que “negocian” en supuesto pie de igualdad con los países pequeños. Pues bien: el Señor no enfrentó a estos poderes con sus legiones de ángeles. La fuerza de los poderosos acabó con su vida como con la un innumerable cantidad de personas a lo largo de la historia. Jesús maniatado ante Pilato es una imagen de las víctimas de la tragedia de Once –maniatados como ganado en el tren que no frenó-, de todas las María Soledad, Candela y Marita Verón, maniatadas para ser sometidas, de todos los trabajadores y trabajadoras esclavos, maniatados a sus máquinas de coser, de todos los ancianos y ancianas de tantos asilos, maniatados a sus camas porque no hay quién los cuide de noche…

Sin embargo, el Señor que no lucha por desatarse las manos y comparte la suerte de todos los maniatados de la historia, tiene un rol muy activo en lo que hace a la verdad. Y siguiéndolo a Él, también cada uno de nosotros, allí donde se ve maniatado, puede dar testimonio de la verdad. No se trata de una tarea menor o poco efectiva. Jesús dice que en realidad para realizar esa misión vino el al mundo. Para eso he nacido y vine al mundo: para dar testimonio de la verdad.

¿Qué verdad?
En primer lugar, se trata de “escucharla”. Jesús dice que “el que es de la verdad escucha su voz”. O sea: lo contrario de lo que hizo Pilato. Los poderosos “no escuchan” ninguna verdad. Establecen la suya y nos hacen tragar sus discursos por todos los medios. Nosotros, como discípulos de Cristo, en cambio, somos gente que tiene abierto el oído a la Verdad, gente que tiene sed de escuchar la Verdad de labios de Jesús. Esta es la primera verdad. Antes que este o aquel contenido, la verdad requiere gente con un oído que se agudiza y se ensancha, atento y esperando siempre a que el Señor haga oír su voz. Eso es “ser de la verdad”.

¿Sirve de algo ser de la verdad? ¿Sirve de algo ser de los discípulos que “escuchan la voz de Jesús”?
Vaya si sirve. El Señor dice que “la verdad nos hará libres”. La verdad sirve para ser personas libres. Personas dueñas de su historia y de su propia vida, que se hacen cargo de sí mismas y de los que aman, personas que piden perdón de sus pecados, porque se hacen responsables de sus acciones, personas que se hacen responsables de las obras que encarnan el amor a los pobres, personas que tienen pertenencia y se juegan por los demás.

Hay que saber que detrás de todo sometimiento a un poder que esclaviza hay una mentira (no solo se trata de ignorancia o de errores sino de mentira). Y “estar abierto a la verdad, escucharla con fe y ponerla en práctica con amor nos hace libres”, nos libera de la mentira, del autoengaño, de la máscara y del lavado de manos.

¿Qué más?
No solo podemos escuchar –más y mejor- la Verdad sino que podemos dar testimonio de la verdad.
Dar testimonio de que Jesús es la verdad: sus palabras y su vida entera son La Verdad. ¿Cuál Verdad? La Verdad que nos pone en sintonía con Jesús.
Jesús nos revela que el Padre nos creó por amor y que él vino a este mundo a testimoniar que este amor es verdad y lo hizo amándonos hasta dar su vida por nosotros.
Escuchándolo hablar con Pilato, uno siente que no es un diálogo inventado. En ese diálogo podemos entrar en contacto con el que es –precisamente- la Palabra, la Verdad.
Eso es la fe: el cariño y la adhesión incondicional que suscita Jesús maniatado dando testimonio de la verdad.

Esta Verdad nos saca todos los miedos, nos potencia todas las esperanzas, le da sentido a todos nuestros sufrimientos y nos activa el deseo de darnos a los demás.

Fijate dónde estás “maniatado” por tu amor a los demás, dónde te maniató el poder anónimo que rige este mundo por no ser de los que zafan sino de los que se comprometen. Allí, maniatado de pies y manos, tu corazón está libre, y podés dar testimonio de la Verdad. Que sos muy amado y que amás a Dios y a los demás.
Diego Fares sj

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Wi Fe

(Después de salir del templo, fueron al monte de los Olivos y habiendo llegado, Jesús, se sentó mirando a lo lejos, hacia el templo. Pedro especialmente, pero también Santiago, Juan y Andrés, le preguntaban: Dinos ¿cuándo será el fin, y cuál la señal de que todas estas cosas están por cumplirse?) Y Jesús comenzó a decirles….:
-En aquellos días, después de la tribulación el sol se entenebrecerá
y la luna no dará su esplendor, las estrellas irán cayendo del cielo y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán.
Entonces verán al Hijo del Hombre
viniendo sobre las nubes, con gran poder y gloria. El enviará a los ángeles y congregará a sus elegidos desde los cuatro vientos
desde el extremo de la tierra asta el extremo del cielo.
Aprendan esta parábola, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas,
dense cuenta que está cerca, a la puerta (el reino de los cielos).
Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
En cuanto a ese día y a la hora, nadie las conoce,
ni los ángeles del cielo ni el Hijo, nadie sino el Padre
(Mc 13, 24-32).

Contemplación
Miramos a Jesús, que se ha sentado en el monte de los Olivos y contempla el Templo de Jerusalén. Los discípulos más amigos aprovechan el momento para preguntarle acerca del fin. Y el Señor apela a su sentido del tiempo: el sentido del clima y de las estaciones, que nos hace “sentir” cuando “se viene una tormenta” o “que ya se anuncia la primavera”, y el sentido de la vida: cómo “se nos pasa”. Sentado allí, poco antes de su pasión y de su partida al Padre, el Señor le abre el corazón a sus tres amigos y les revela (apokalipsis) que hay algo que “no pasa”, algo que está escondido en lo íntimo del Cosmos y de toda vida humana. ¿Qué es eso que no pasa? Sus palabras. El evangelio. Por eso está tan lindo el dibujo de Fano, que nos invita a estar “conectados a la Palabra”. En vez de Wi Fi se trata de Wi Fe. Una Fe viva –conectada en la cercanía- que le permite al Señor actualizar nuestra mentalidad cada semana y hacernos participar de todos los tesoros de su gracia.
…….
Hoy, nuestra concepción de la “palabra” requiere una actualización. Es sencilla y uno se actualiza rápido, pero no es opcional. Si uno no se actualiza puede tener problemas para “conectarse a la Fe”.
El primer paso consiste en “sintonizar” con la mentalidad apocalíptica. Era propia del tiempo de Jesús, desapareció del mapa en cierta época, con todos los progresos de la ciencia y hoy vuelve a influir en nuestra vida con mucha fuerza. Hay épocas en las que la humanidad mira más para adentro: se fascinó con sus avances científicos y con el progreso. Y hay otras épocas en las que miramos más hacia fuera: al planeta – con sus terremotos y tsunamis – y al cielo – silencioso, inabarcable para la imaginación, magnífico y terrible-. Desde hace unas décadas, la preocupación por el planeta –la ecología-, resuena con más fuerza entre las cosas que nos ocupan todos los días. Y lo apocalíptico – lo que se refiere a las cosas últimas- se hace presente en la vida cotidiana. Uno lo puede notar en el lenguaje de los chicos, a los que les preocupa el planeta que les dejamos. En este sentido no estamos lejos del lenguaje del evangelio de hoy.
El segundo paso de la actualización consiste en notar las diferencias. Para decirlo de manera simple, en la antigüedad, la mentalidad general era mítica. El sentido profundo de la realidad se expresaba en gran medida mediante relatos míticos y el Señor utiliza imágenes míticas: “el sol se entenebrecerá y la luna no dará su esplendor, las estrellas irán cayendo del cielo y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán”.

En la actualidad el lenguaje es científico. Pretende ser “estrictamente científico” aunque también utilice mucho lo mítico. Por un lado, es verdad que todo se “cuantifica”: el grado de radiaciones que emite el sol, la velocidad de la luz a la que una galaxia se aleja de otras…; pero, por otro lado, incluso la ciencia termina hablando con imágenes “metafóricas”: la hipótesis de una explosión inicial se llama el Big Bang, el universo se describe como la superficie de un globo que se infla…, se habla de “rebaños de galaxias” y de “nidos de estrellas”.

El tercer paso de la actualización es una breve reflexión sobre los efectos del lenguaje científico, que es un lenguaje “matemático” (números estadísticos, medición de procesos…). Simplemente nos fijamos en que los números que le ponemos a la realidad nos inquietan más que las palabras. Basta pensar en los números de nuestros análisis médicos, cómo necesitan de la palabra humana del médico.
Esta inquietud es algo propio de los números: ellos “no se detienen”. Por eso ¿qué nos dan?: nos dan una imagen de la realidad constituida por millones de fotos que se suceden una a otra a cada instante y que producen vértigo. Los números se nos escapan de las manos. Por eso nuestro gobierno “se apodera políticamente” del Indec y no deja que ese instrumento de poder esté en manos de sus adversarios, que reclaman “objetividad científica”. Al menos no hay que ser ingenuos, hay que saber que todo manejo de los números es político y que no existe un Ente Objetivador Neutral que constate los números “reales” sin interés ni pasión sectorial. Pero no nos vayamos de nuestra actualización de hoy. “Los números inquietan” y quizás por eso el Señor se sale del lenguaje de los números y dice que nadie, ni siquiera Él, sabe el día ni la hora del fin del universo. Sólo el Padre. Esta revelación del Señor, su ponerle freno a la sed de números, es un gesto más poderoso que el que hizo cuando detuvo la tormenta en el lago extendiendo su brazo. Hacerle caso, relativizar nuestras preocupaciones estadísticas, nuestros cálculos y proyecciones, más que una actualización es una conversión, implica un salto a la Fe y un abandono total en las manos de la Providencia.
Seamos conscientes de que es más difícil que en otros tiempos. Cuando no se disponía de muchos datos, parecía sensato fiarse de Personas como Jesús. Hoy, con tantos datos a nuestro alcance y teniendo que utilizarlos en nuestro trabajo, pareciera más difícil esto de la Fe. Aquí es donde necesitamos “actualizarnos” y saber que no se trata de ignorar los números sino de profundizar más todavía.

El cuarto paso, de profundización, consiste en revalorizar las palabras en general y las de Jesús de manera especialísima.
Las palabras, al revés que los números, tienden a fijar la realidad, por eso nos sitúan en una escala más humana: son fotos más panorámicas. La ciencia con su millón de fotos instantáneas y sin fin, se burla un poco de los mitos, que muestran en una sola foto, el sentido profundo de la realidad. Sin embargo, los que por un lado sonríen ante el relato de la manzana de Eva, por otro, la elevan al rango de “Logo” para captar a su público con una sola imagen.
Las palabras de los relatos míticos son como una propaganda: breve y cargada de sentido. La ciencia, en cambio, se parece más a una sucesión de películas paralelas que no tienen principio ni fin: asombra en cada episodio, luego desilusiona y comienza con otro nuevo, como pasaba con la serie Lost. Pero volvamos al punto: cuando necesitamos comunicarnos a nivel profundo, para expresar nuestra amistad y nuestro deseo de compartir una misión en la vida, usamos palabras y no números. Te amo cien por cien, no va. Te quiero hasta el cielo, sí. (Notemos que cuando el Señor utiliza números es para hacerlos “explotar”: valor de 1 oveja vs 99, rinde del 100 x 1…).

Reivindicadas las palabras contra la invasión de los números pasemos al núcleo de la actualización de hoy: valorar de tal manera la Palabra de Jesús que estar conectados a ella nos implique reorganizar todas nuestras actividades en torno a este nuevo “programa” de vida.
Las palabras son importantes pero ¿qué tienen de especial las palabras de Jesús?
Que no pasan.
¿Que quiere decir?
Quiere decir que son un punto de referencia Absoluto que nos permite entrar en contacto con todos los hombres. ¡Nada menos!
Con la clave “Jesús” podemos entrar en el corazón y en la mente de un Agustín, de Ignacio, de Teresita…
Con la clave “Jesús” podemos “recuperar” los dos mil años de historia de la Iglesia, aprovechar lo bueno, corregir lo malo, sabernos en comunión, retomar el diálogo con la iglesia de Oriente y con nuestros hermanos evangélicos.
Con la clave “Jesús” podemos “religarnos” con las otras religiones.

Tomemos como ejemplo el evangelio de hoy. No pareciera ser el ejemplo más adecuado de una palabra que todos puedan entender. Cuando uno le da una primera leída a este pasaje, da la impresión de muchas frases sueltas a las que resulta difícil seguir el hilo. Von Balthasar dice que ahí está la clave: hay que “escucharlas dejando que estén todas juntas, sin tratar de controlarlas”.
Una indicación pertinente, tipo “siga los pasos”, diría:
Seguirle la corriente al evangelio es mejor que seguirle la corriente al discurso de los medios.
Jesús va diciendo muchas cosas que el evangelista deja fluir y pone juntas hasta que, de repente, una frase se ilumina: “dense cuenta de que el reino de los cielos está a la puerta”.
Otra indicación sería:
Dese cuenta de que las palabras de Jesús siempre acercan.

Aquí viene un “reinicio”.
Leamos de nuevo el evangelio
En aquellos días, después de la tribulación
el sol se entenebrecerá
y la luna no dará su esplendor,
las estrellas irán cayendo del cielo
y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán.
Entonces verán al Hijo del Hombre
viniendo sobre las nubes, con gran poder y gloria.
El enviará a los ángeles y congregará a sus elegidos desde los cuatro vientos
desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
Aprendan esta parábola, tomada de la higuera:
cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas,
ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas,
dense cuenta que está cerca, a la puerta (el reino de los cielos).
Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
En cuanto a ese día y a la hora, nadie las conoce,
ni los ángeles del cielo ni el Hijo, nadie sino el Padre.

Sin dejar que se dispersen los temas, notemos los énfasis del discurso del Señor; aprendan, dense cuenta, ustedes se dan cuenta, confíen (les aseguro).
El Señor habla tomando apoyo en nuestra fe y confirmándola.
Despejando el tema del día y de la hora nos centra en el presente: date cuenta, vos, de lo que no pasa, tomá conciencia de que mis Palabras son únicas y de que te dan vida.
¿Cómo es que nos dan vida?
No sólo por lo que dicen de cada realidad por separado sino por cómo su discurso nos centra en lo esencial.
¿Y qué es lo esencial?
Su Palabra. Él mismo. Jesús.
Un Jesús que está, que vino y que vendrá.
Un Jesús que no sabe “científicamente” el día ni la hora, pero sí sabe “prepararse” para que el día y la hora lo encuentren atento, disponible, íntegro, para realizar su misión.
Un Jesús tan parecido a vos y a mí, que podemos entrar con diálogo con él, a través del evangelio.
La gente, todos, tenemos imperiosa necesidad de entrar en diálogo. Por eso llaman tantos a la radio y expresan sus opiniones. O hablamos entre nosotros de las noticias y necesitamos “expresar” nuestra opinión personal ante tanto que se nos dice.
Pues bien, con Jesús se puede dialogar. Y bien.
El Señor, al entrar en diálogo familiar y profundo con cada uno, nos abre un presente rico de sentido y en el que podemos ser protagonistas.
Nos invita a “actuar”, no a ser espectadores.
Nos da un papel, secundario si se quiere, a la mayoría, pero real e imprescindible en un Drama lleno de sentido.
El final es abierto y uno siente que no importa tanto dejarlo en sus manos ya que, como buen director, él saca en cada escena, lo mejor de cada uno y eso le da sal a la vida de cada día.
Estas palabras “que no pasan” porque se hospedan en nosotros y están disponibles para dialogar en cualquier momento, son las Palabras de Aquel en quien creemos. Palabras que dan vida. Palabras con las que queremos estar conectados para que nos actualicen.
Diego Fares sj

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La fe que obra por la caridad no necesita aplauso

Jesús enseñaba a la multitud: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad.»
Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 38-44).

Contemplación
Esta contemplación es de las más lindas del evangelio y releyendo las de años pasados encontraba muchos tesoros a los que agregar las dos moneditas de una nueva contemplación.
Por refrescar la memoria, nomás, en el 2006, las manos de la viuda soltando sus dos moneditas, una por una, de manera tal que, sin hacer ruido en la alcancía, retintinearon con su música en el corazón de Jesús, me habían hecho contem-plar las manos de los integrantes de la Camerata Bariloche, en el concierto de Manos Abiertas de aquel año; cómo sin decir palabra entre ellos, habían hecho trabajar sus manos regalándonos un hermosísimo concierto. Pedía la gracia para nuestras obras de ser obras de manos que se dan por enteras, sin vedetismos como el que Jesús les reprocha a los escribas, que hacían las cosas para hacerse ver.

También me gustó recordar, en la del 2009, la precisión económica que tenía el gesto. Las dos moneditas (dos leptones) venían a ser unos cuatro pesos de un jornal de 250. La mujer sacrificó todo lo que tenía para el cafecito de media maña-na y se volvió a trabajar. Notábamos que Jesús coronó su discurso sobre la cari-dad en Marcos con este pequeño gesto de una humilde mujer del pueblo fiel de Dios (en Lucas lo corona con la parábola del buen Samaritano, nada menos).

En estos días reflexionaba sobre la fe que obra por la caridad, como dice Pablo. Es notable como esta fe no necesita aprobación explícita por parte del Señor. En las curaciones milagrosas, Jesús tiene que confirmar que el asunto no es magia sino fe diciendo a los que han sido curados: “tu fe te ha salvado”. En este pequeño gesto de caridad de la mujer la fe se reafirma por sí misma. Es la fe la que lleva a dar con amor y la que se ve confirmada interiormente por la alegría que brota del acto de donarse por entero. Por eso el Señor la pone como ejemplo ante los discípulos pero a ella no la va a buscar para decirle nada. En todo caso es el mismo Padre que ve en lo secreto el que la confirma compartiendo con ella, en pie de igualdad- el gozo de su Ser Dios: Amor que se Dona por entero.

En al Taller de Ejercicios el ejemplo de la viuda salió en el contexto de la medita-ción de Ignacio que se llama “Tres maneras de humildad”. El hecho de que el Señor no la felicite a ella, el hecho de que ella ni se entere de que fue puesta como ejemplo de un don total (quizás si los periodistas la hubieran ido a entrevistar “¿sabe que el Maestro la puso como ejemplo?” ella hubiera respondido, sorprendida, “¿por dos moneditas?”…), nos hacen reflexionar.
En la tercera manera de humildad, que es humildad perfectísima, Ignacio habla de actitudes enteramente gratuitas, realizadas por “más imitar” a Jesús nuestro Señor pobre y desvalorizado. Y pone una frase muy suya: “siendo igual alabanza y gloria de Dios nuestro Señor”. ¿Qué quiere decir esta frase? Si la pensamos bien es muy misteriosa. ¿Está diciendo que hay acciones valiosas que no “agregan” nada a la Gloria de Dios? Parece contradictorio: si no agregan nada ¿por qué se las propone como más perfectas? Si a Dios le agradan estas acciones igual que las otras ¿por qué elegirlas? Aquí Ignacio da el motivo: “para parecerme más a Cristo que fue pobre, pasó humillaciones y fue tenido por vano y loco”. Uno dice: bueno, parecerse más a Cristo es más digno de alabanza que no parecerse tanto. Ignacio retrucaría: en algunas situaciones, puede ser que imitar al Señor implique un grado mayor de Gloria para Dios, pero yo estoy hablando de situaciones en las que imitar al Señor no altera la balanza de la Gloria de Dios. ¿Por ejemplo? Hacer una limosna mínima como la de las dos moneditas, que no pesan nada en medio de las grandes monedas de oro, ni tampoco ocasionan una gran pobreza a la viuda, ya que las recupera con un rato de trabajo. Uno dice, sí pero Jesús se fijó y valoró el acto interior con que ella las donó. ¿Cómo concebir ese acto de donación total en un pequeño gesto de amor si no es diciendo que da mayor Gloria a Dios?

Se me ocurren dos cosas. Una, que quizás hay que cambiar ese modo de mirar tan nuestro que conecta lo mejor con lo cuantitativo, con el más y el menos. Esta mentalidad va bien para el dinero y para la tecnología: cuanto más mejor. Pero en el amor de amistad, por ejemplo, lo mejor es “la igualdad”.
Uno goza “igualándose” con los amigos. ¿O no?
La dinámica de la amistad se mueve en este campo: los más y los menos se qui-tan y lo que alegra es la igualdad.
Por aquí va la intuición de Ignacio que quiere hacernos notar el valor de la igual-dad: hay actos que nos igualan a Jesús y, en ese sentido, no dan “más” Gloria a Dios porque comparten “toda la Gloria”.
Apenas expreso esta característica de la amistad se me impone como muy verda-dera y consistente. Y al mismo tiempo siento lo combatido que está este valor en la mentalidad común y corriente.
No digamos nada del mundo de la política, de los negocios y de la fama, sino que este combate se da incluso dentro de la vida de la iglesia. A mucha gente, por ejemplo, le llama la atención que entre jesuitas amigos “nos igualemos” en mu-chos campos, que no compitamos. Algunos lo juzgan como un acto de humildad del “más famoso” hacia el “menos”. Y es humildad, ciertamente, pero “perfectísi-ma”, diría Ignacio. Humildad de ida y vuelta, de los que “se igualan”. Digo de ida y vuelta porque puede haber falta de humildad tanto de parte del que no quiere “condescender a la igualdad” como de parte del que no acepta “subir a la igual-dad”. La mujer del evangelio tiene conciencia clara de su dignidad y de su pobre-za y “no menosprecia sus dos moneditas” –no es de las que dicen “cuando me gane la lotería daré una suma digna”- sino que se da entera en su indigencia.
Darse entero es cuestión de nobleza, no de riqueza o pobreza.
Lo que quiero decir es que igualarse en la amistad no implica fingir que uno es más o menos en lo propio. La igualdad se da en la acción, es voluntad y gozo de igualarse. Dios no deja de ser el Todopoderoso ni la viuda deja de ser una humilde mujer, pero el acto de darse por entero es igual en ambos: puro amor. Esto es lo que “pesca” Jesús en el gesto de la mujer y aprovecha enseguida para mostrar qué es lo que él quiere, lo que nos viene a revelar: que cualquiera puede igualarse con el Padre del Cielo, ser perfecto como es Perfecto el Padre.

La otra cosa que se me ocurre es que este igualamiento de Gloria, propio del amor que se da por entero, es algo tan especial que no se puede dar en todos los ámbitos de la vida. Una, porque se malentiende. Para el ojo ventajista, el que se iguala pierde, se desvaloriza, incluso es peligroso, porque desjerarquiza el escalafón y hace que se pierda la avaricia que mueve al mundo. En política, lo vemos claro: alabar algo bueno en el adversario es casi impensable: todo lo malo es ajeno, todo lo propio es bueno. Y aunque por afuera protestemos contra el discurso único y autoritario, apenas alguien reconoce una culpa, lo destrozamos mediáticamente. Hay algo en nuestra cultura argentina que, cuando se trata del poder, desprecia al que se muestra “débil” o dubitativo, y, aunque despotrique, admira (o envidia) al que va por todo. Se trata de una mentalidad “timbera”, que proyecta la pasión competitiva propia del juego, a otros ámbitos de la vida.
Por eso, el igualamiento Jesús lo propone en gestos muy especiales, cuya carac-terística, diría, es la de ser “pequeñísimos”, “ocasionales”, no estandarizables. De allí los ejemplos de “dar un vasito de agua”, o el poner como el ejemplo más alto el gesto de dar dos moneditas.
Son gestos pobres, al alcance de los más pobres.
Y lo mismo pasa con la bienaventuranza de las humillaciones. Un ejemplo que pone Jesús es el del saludo (¡!). También dice el que es calumniado por practicar la justicia, pero a la hora de ejemplificar pone el saludo, o qué asiento elegís en una reunión. En esas cosas se juega la vida cotidiana. Quién saluda y quién no. Quién saluda bien y quién te hace sentir la distancia, con quién te sentás y con quién no, qué puesto elegís… Ignacio dice que pobreza y humillación son los escalones para la humildad. Decodificado con las claves de este evangelio me animaría a decir que la limosnita en el tren y el saludo en el trabajo muestran el corazón del que está en la dinámica del igualarse, donándose por entero (humildad perfectísima) y del que está en la dinámica del aparentar (compitiendo por figurar).

Los pequeños actos pequeñísimo de amor total al otro son la semilla del Reino que desarma por completo toda la parafernalia del mundo y del Demonio, que está construida en la dirección totalmente opuesta de ganar poder, figurar y vaciar el corazón de amor.
Estos pequeños actos de imitación del Señor, al alcance de todas las almas pe-queñitas, como bien nos enseñó Teresita, cuanto más pequeños mejor: más totalizan el corazón en torno al amor único y exclusivo del Señor. Por eso Jesús pone ejemplos pequeñísimos y ocasionales, para que cada uno, sea quién sea y como sea que haya sido, encuentre a cada rato una oportunidad de igualarse con el Padre Misericordioso y Perfectísimo, mediante la realización perfecta de peque-ños actos de amor en los que, en su indigencia, se brinde por entero: en un sa-ludito, dos monedas, un vaso de agua o eligiendo el último asiento.
Diego Fares sj

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Amar con toda la inteligencia

Acercándose a Jesús uno de los escribas, que les había oído discutir (acerca de la resurrección), viendo que les había respondido bellamente (a los saduceos), le preguntó: «¿Cuál es mandamiento primero de todos? .»
Jesús respondió:
«El primero es: Escucha, Israel:
el Señor nuestro Dios es el único Señor; y amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón y con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás al que está cerca de ti como a ti mismo.
Mayor que estos, no hay otro mandamiento.»
El escriba le dijo:
«Muy bien, Maestro, con verdad dijiste
“Uno es y no hay otro más que él”,
y el “Amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas”,
y el “Amar al prójimo como a sí mismo”,
vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios.»
Jesús, al ver que había respondido sensatamente, le dijo: «No andas lejos del Reino de Dios.» Y nadie ya osaba cuestionarle (Mc 12, 28b-34).

Contemplación
Algunos me dijeron que la contemplación del Ciego Bartimeo -“elegir en quién creer”- fue difícil.
Por un lado, la dificultad me sorprende, pero, por otro, me confirma la intuición de lo dadas vuelta que tenemos las ideas; tanto que nos resulta extraño esto de que alguien nos diga que si elegimos bien en quién creer somos las personas más inteligentes del mundo, y si no sabemos bien en quién creer, somos las personas más estúpidas e infelices del mundo.
Perdón por el insulto pero como es uno que utiliza mucho Jesús en el evangelio, me animo a decir que es de esos reproches que abren los ojos y no de los que dan bronca o causan pena.
Aclaremos que para recibir bien el reproche del Señor –“qué estúpidos y tardos de corazón que son” (Lc 24, 35)- hay que unir “estupidez” mental y “lentitud de corazón”. Cuando nosotros le reprochamos a alguien que “cómo no se dio cuenta” y le decimos “estúpido”, apuntamos, no sólo a la inteligencia sino a la mala voluntad: “no puede ser que no registres, que no te des cuenta. ¿sos o te hacés? Si no ves esto, es porque no querés, no le eches la culpa a tu inteligencia que para otras cosas bien que te hace ver…”.

Bueno, en estas reacciones espontáneas la cultura moderna es sólo barniz y todos los hombres de todas las épocas unimos el buen criterio con la bondad de corazón y la estupidez con la mala voluntad.

La diferencia es que en la cultura bíblica toda la educación apunta a unir la sabiduría con la bondad y las distingue claramente de la maldad que va unida a la necedad. En cambio nuestra cultura nos induce de muchas maneras a pensar que los malos son vivos y los buenos más tontos. En esto me quisiera detener a reflexionar.
Pero antes de ir al punto, me surgió una objeción: el mismo Jesús hacía este reproche a los suyos cuando decía que hay veces en que los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz. Pero este cruce es del mal espíritu. Porque aunque utilice el mismo ejemplo la intención de Jesús no es hacer sentir que la fe te vuelve más tonto. Todo lo contrario: el Señor eleva la inteligencia de la fe a un nivel tal que puede aprovechar hasta las astucias del enemigo y volverlas en su contra. El prudente sabe que no se las sabe todas y está siempre atento a no pisar el palito. Además, el reproche de Jesús no va dirigido a “los pequeñitos a los que el Padre les revela las cosas del Reino” sino a la clase media de los discípulos, a los que no tienen el corazón encallecido y la mente ciega como los fariseos pero por ahí coquetean con las ideologías de moda y no se consolidan en la fe total y simple del que dice: “sé en quién me he confiado” (2 Tm 1, 12).

Este pensamiento que me surgió como objeción y me llevó a responderle en un largo párrafo (esas vueltas que doy y que a muchos les hacen difícil la lectura) viene justo, porque nuestra cultura a casi todas las afirmaciones del evangelio les ha puesto un pero.
Es bueno tomar conciencia de estos “obstáculos intelectuales” que nuestra cultura pone en el camino del que quiere creer en Jesús. Así como nuestra ciudad es tan hostil para las personas que tienen alguna discapacidad, también (y en mayor medida, sin duda) nuestra cultura es hostil para el que quiere creer.
Lo paradójico es que la mentalidad actual nos trata a los creyentes como discapacitados (me imagino en silla de ruedas queriendo subir el cordón de la vereda) cuando en realidad, el que tiene fe, no solo no se atranca sino que trota y avanza a buen ritmo por la vida, sorteando con solvencia los obstáculos y yendo para adelante (independientemente de las capacidades o discapacidades físicas).

Con Bartimeo, el obstáculo mental que vimos fue el de la desvalorización de las personas en quienes podemos creer y la idea establecida de que hay una especie de “verdad periodística” que está por encima de las personas y que le permite a cualquiera decir cualquier cosa. Digámoslo claramente: hay gente que le cree más a Elizabetta Piqué, la reportera de La Nación, cuando habla del Vaticano, que al padre Lombardi sj, el vocero del Papa.
Obvio, pensará más de uno, para cuya mente domesticada por los medios le lleva a unir naturalmente “vocero” con “vocero presidencial” lo cual equivale a ser un versero del discurso oficialista contra el “pensamiento libre” de los periodistas.

Pues bien, no sólo que el Papa Benedicto es digno de toda confianza (todos concuerdan con que nunca se rebajó al conventilleo vaticano sino que lo sufre y lo supera con altura y honorabilidad evangélica) sino que su vocero es un hombre cabal, que siempre tiene una palabra lúcida, fiel y equilibrada. La Piqué, en cambio, a veces tiene apreciaciones profundas y otras parece pagada por Hollywood pensando en la próxima película tipo Código Da Vinci.

Cuando uno confía en una persona de fe y la sigue fielmente a lo largo de su historia, su inteligencia se va aclarando, se va volviendo más serena y sabia para pensar las cosas de la vida y, en los momentos difíciles o de crisis, inmediatamente uno sabe con quién ir a charlar, a quién consultar, con quién dialogar.
Hay gente en cambio que camina por la vida picoteando criterios de aquí y de allá que le bastan y sobran para desenvolverse normalmente sin desentonar, encontrando respuestas más o menos adecuadas para todo, pero sin tener referentes últimos.
En las crisis fuertes –personales, familiares, eclesiales…- si uno no ha cultivado el diálogo con algunos referentes dignos de fe, se queda sin poder dialogar con nadie de esas cosas de la vida que no tienen respuesta “anticipada” porque la vida es “nueva”, se recrea, está abierta al misterio, es con final abierto (esto tan evangélico, a algunos les escandaliza: sienten “que la vida los engañó” cuando encuentran cosas que no tienen respuesta en google, siendo que es la primera verdad que nos propone Jesús: la fe en su persona supone la inteligencia de darse cuenta de que la vida es dramática, hay piezas que faltan y que sólo en diálogo con Jesús se pueden unir –“era necesario que el Mesías padeciera…”).

Hoy escuchaba en la radio que los médicos enfrentan un gran desafío ya que los pacientes consultan todo por internet y desconfían de los profesionales. Contra esto me quedo con lo que me decía mi amigo Domingo cuando me tuve que operar hace un tiempo: mejor con un médico amigo. Porque, como en todo, puede ser que se equivoque, pero estás seguro de que hizo todo lo mejor posible para ayudarte.

Bueno. Punto final para lo de “elegir en quién creer”. Y un pequeño avance en dirección a consolidar lo de la inteligencia de la fe. El mandamiento dice: Amar a Dios con todo el corazón, con toda la inteligencia (psicológica y espiritual) y con todas las fuerzas y al prójimo como a uno mismo.
Jesús unifica indestructiblemente y sin fisuras todo lo que el mundo separa.

Simplemente invito a que cada uno note lo fragmentado que está nuestro pensamiento.
¿No pensamos que el amor se opone a la inteligencia?
¿No aceptamos como un hecho constatable que “el amor se termina”.
¿No creemos que la teoría va por un lado y la práctica por otra?
¿No tenemos claro que “creemos” pero que “hay muchas cosas de la fe que no se pueden sostener científicamente”?
¿No damos por sentado que la moral de la Iglesia está caduca? (Puede ser verdad que la iglesia no tenga respuestas a muchos problemas morales a los que nos enfrenta la vida actual, pero eso implica que nosotros –o los que hablan por tv y votan en el senado- tengan las cosas más claras. Constatar que la iglesia no tiene respuestas adecuadas no significa que las respuestas contrarias a las que propuso hasta ahora sean absolutamente verdaderas!!!).
Bueno, vamos a seguir viendo estos “obstáculos intelectuales” a medida que salgan. Por hoy basta plantear el tema y hacerlo sin grises:
Jesús une amor, inteligencia y práctica. Lo hace de manera absoluta con respecto a Dios –con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas- y lo concreta en un amor al prójimo basado en una relación de justicia, comparativamente: “como a uno mismo”.

La fe que Jesús busca en el interior de todo hombre, como un tesoro escondido que todos tenemos (e intuimos que lo tenemos) es una fe que brota creativamente de una decisión libre. A Jesús le encanta que uno elija creer y confiar en él.

La fe a la que Jesús apela es el acto de mayor inteligencia que todos podemos hacer: elegirlo a Él como Persona, elegir confiar en Él, el único que tiene palabras de vida eterna.

La fe que Jesús valora y anima es una fe que se traduce en obras, en vida concreta: “el que me ama, cumple mis mandamientos”. Los cumple, no como quien obedece a desgano a un imperativo sobrenatural, sino porque “cuando uno piensa bien a fondo las cosas” capta con su inteligencia que esos mandamientos son el mejor camino para realizar sus deseos más hondos.

Creer no es “creer en lo que no se entiende”. Todo lo contrario: creer es jugarse por la verdad más inteligible –la de la Persona que nos ama- y comprobar luego en la práctica, que esa verdad que parecía imposible es la más constatable.
La fe no se saltea ningún paso lógico ni ninguna comprobación empírica.
Lo único que se saltea, a veces, es una foto de la realidad. Y se la saltea lúcidamente, porque la fe ve “procesos”: en la semilla ve el cedro, en una verdad evangélica ve a toda una comunidad trabajando unida. La fe tiene la inteligencia de María que dice “sí”, “hágase” y mira la historia de todos los que la llamamos “qué dichosa” por haber creído.

Diego Fares sj

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