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Archive for the ‘Contemplaciones 2009’ Category

Llamarle la atención a Dios

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó,
uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»
El les dijo entonces:
«Cuando oren, digan:
Padre
¡Que sea santificado Tu Nombre!
¡Que Venga Tu Reino!
El pan nuestro, el necesario para la existencia, dánoslo cotidianamente,
Y perdónanos nuestros pecados,
Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe;
Y no nos metas en la prueba.
Jesús agregó:
«Supongamos que algunos de ustedes tiene un amigo
y recurre a él a medianoche, para decirle:
“Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle,” y desde adentro él le responde:
“No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.”
Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 1-13).

Contemplación

El dibujo de Fano con esa María pequeñita que, con sus manitos juntas y su mirada pícara, “capta” la atención del Espíritu, me conmovió el corazón. La mente me decía que no era el dibujo que correspondía, ya que no aparecían ni Jesús ni el Padre y el evangelio era justo el del Padrenuestro, pero ¡quién mejor que María para rezar el Padrenuestro, quién mejor que ella para sentir lo que significa que el Padre da su Espíritu a quienes lo desean! Guiándome más por el gusto que por la razón, comencé a mirar bien el dibujo. Primero el espacio: en ese espacio entre la Altura del Espíritu y las rodillas en tierra de María, se hacen sentir Jesús y el Padre. ¡Y están! Los podemos descubrir, pequeñitos también ellos, en la imagen del Triangulo con dos Remienditos –esa Trinidad Remendada- que es como le gusta representar a Fano a Dios.
Advertimos también la perspectiva en la que nos sitúa el autor: nos pone entre María y el Espíritu y, entre los dos, más cerca del Espíritu, que gira su cabecita porque algo le tocó el corazón.
Al mencionar el corazón se ilumina María arrodillada en la Sombra de un Corazón grande. Eso remite a un Sol que está más Alto y nos recuerda la frase del Arcángel: “el Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cobijará con su sombra”. Esa es la escena que dibujó Fano y es lo que acontece cada vez que alguien reza con fe, como dice Jesús: “¡Cuánto más vuestro Padre celestial dará desde el cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidan!”.
Nos detenemos un instante en el giro de la cabecita del Espíritu. Con su vuelo surca el Reino a gran altura y sin embargo la oración de María le hace girar la cabecita “para mirar con bondad su pequeñez”.
Es como otra faceta de la escena, que la vuelve casual, cotidiana. No es un vuelo teledirigido y planeado sino una advertencia al pasar. Esto pinta muy bien lo esencial de la escena en la que Jesús está rezando y los discípulos le piden “Enséñanos a rezar”. Por un lado, el Maestro les regala las palabras infinitas del Padre Nuestro, que abarcan el Reino en toda su amplitud, altura y profundidad, y por otro lado les cuenta la parábola del amigo hincha que despierta a su amigo a medianoche para pedirle tres pancitos para otros amigos que cayeron de visita.
Nos enseña así Jesús que la oración es para las cosas grandes y para las cosas pequeñas. Para pedir la justicia del Reino y para encontrar el botón que se perdió. Lo que importa es la fe, esa confianza filial de los hijitos con su Padre Y la fe de los niños se consolida tanto con los gestos grandes con que los papás los cuidan y los defienden de los peligros y con los gestos pequeños que les prometen un regalito y se lo dan luego de un jueguito de escondidas.
La confianza filial se teje en lo grande y en lo pequeño. Por eso el Padre nuestro hay que aprender a rezarlo para el pan de cada día y para que venga el Reino y su justicia en todo el esplendor de su gloria y su poder. Jesús nos enseña a rezar deseando lo grande en lo pequeño, conectando mi pancito con el pan de todos, mi perdón de las pequeñas deudas cotidianas con el perdón de las deudas grandes, no solo las sociales sino las definitivas, el perdón de las deudas que nos apartarían del cielo.
En el pan de cada día bendecido y hecho Eucaristía, está el deseo multiplicado del pan que sacia todas las hambres de todos los hombres del mundo.
En el perdón de las ofensas personales está el deseo de la paz que calme todas las violencias y agresiones del mundo.
En pronunciar el Nombre del Padre, bendiciéndolo e invocándolo en secreto muchas veces, está la Gloria inabarcable de un Dios cuyo corazón se ensancha si se puede decir así cuando el hombre, su hijo querido, vive y ama.
En el deseo del Reino, con sus semillas que dan ciento por uno, sus ovejitas encontradas, sus tesoros escondidos y sus fiestas de bodas, están unificados en una misma dinámica el Bien grande y el bien pequeño.
En el “hágase tu voluntad” expresamos claramente la voluntad definitiva del Cielo y la cambiante de esta tierra y de nuestra historia.
De la misma manera está unida la petición de que nos libre del Maligno y del Mal mayor con la petición de que no nos deje caer en cada tentación.
Lo grande y lo pequeño, lo definitivo y la fugaz, lo serio y lo “sin importancia” van de la mano en la oración de los hijos.
Le pedimos al Señor y a María que nos enseñen a rezar de tal manera que nuestra oración le “llame la atención a Dios”, que haga que el Espíritu se de vuelta en su vuelo y obediente a la Voluntad del Padre atienda los deseos de sus hijos y nos llene con su Llenura.
Diego Fares sj

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Las cosas del Padre son “cosas de familia”

El Niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría,
y la gracia de Dios estaba sobre él.

Sus padres iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, y sus padres no se enteraron de ello.
Suponiendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.
Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo:
«Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, angustiados, te andábamos buscando».
El les dijo:
«¿Y por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo tenía que estar en las cosas de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón.

Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 40-52).

Contemplación
«¿Y por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo tenía que estar en las cosas de mi Padre?» Así responde Jesús preadolescente a la pregunta de su Madre. José con la mirada y María con palabras le reprochaban: «Hijo, ¿por qué nos hiciste esto? No ves la angustia con que tu padre y yo te andábamos buscando».
Jesús parece dejar de lado lo de la angustia para centrarles el corazón en lo de la búsqueda. Les retruca, “por qué me buscaban”, haciéndoles ver no solo para atrás sino también para adelante: “Dense cuenta que yo tengo que estar, sí o sí, siempre, en las cosas de mi Padre.

El diálogo es típico. Los hijos responden con un “obvio que estaba en tal lado” a los reproches angustiados de sus padres cuando no los encuentran. En Jesús, este “obvio” adolescente son “las cosas del Padre”.

Un adolescente “tiene que estar con sus amigos”. Ese “tengo qué” es tan fuerte que les hace saltar a veces todos los códigos. Es el impulso a crecer, a independizarse, a encontrar su propia identidad. Por supuesto que nuestros jóvenes no siempre terminan “en el templo” o “en las cosas de Dios”. Los que lucran con todo lo humano saben de este impulso irresistible y fabrican para los jóvenes todo tipo de “templos” y todo tipo de sustitutos para saciar artificialmente este deseo hondo del corazón humano cuando apenas despierta. Nos austa este impulso porque el riesgo es grande, pero sin ese impulso nadie saldría del resguardo de la vida familiar. El impulso a “salir” para “estar allí donde se plenifica nuestro ser” es el impulso más fuerte de la vida. Y Jesús vive este comienzo de la adolescencia con una radicalidad plena.

Hago aquí un paréntesis para que nos admiremos: es increíble el evangelio! Cómo nos hace entrar en una escena cotidiana y las palabras comunes que utilizamos todos los días adquieren una apertura a lo profundo y una transparencia tal que se vuelven inagotables. Si alguien nos cuenta una situación familiar similar a esta, enseguida uno ve dos límites: lo que es típico de los problemas con adolescentes y lo que es especial de esa familia. La escena del evangelio, en cambio, asume lo típico y lo original de cada uno y, vivido por Jesús, todo adquiere un sentido pleno.
Las angustias de todos los papás, por ejemplo, pueden encontrar en María y José un lugar seguro donde descargarse. Con ellos podemos decirle a Jesús “Por qué nos hacés esto”, cuando no entendemos lo que nos hacen nuestros hijos. Y encontrándolo a Él, junto con Él, podemos sentir que está con nosotros “en las cosas del Padre”, buscando a los que se pierden, sanando a los enfermos, perdonando a los pecadores, evangelizando a los pobres…
Con María y José encontramos a Jesús y con Jesús “sujeto a nosotros” nos metemos a buscar a los demás. En la vocación de Jesús todos podemos encontrar nuestra propia vocación.

Lucas nos narra cómo un Jesús preadolescente actúa y formula su vocación: estar con el Padre. La actúa obedeciendo a ese “llamado” que se le despierta en esta visita al Templo, con una obediencia que no mira a nada ni a nadie. Jesús siente que tiene que estar en las cosas del Padre y al pasar por algún aula donde los maestros están discutiendo acerca de algún punto de la ley, se mete y se queda allí. Y luego se pone a conversar con ellos, con tal intensidad que nadie se pregunta cómo es que este jovencito no se vuelve a su casa… Las preguntas y respuestas los envuelven a todos de manera tal que cuando sus padres lo ven –a los tres días-, Jesús está sentado en medio de los doctores y maestros de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.
Algo especial pasó en esos dos días para que el jovencito que entró al aula discretamente haya terminado en el centro de la sala con todos a su alrededor.
Martini se pregunta por qué será que Jesús eligió del Templo las aulas de estudio y no el lugar de los sacrificios y de la oración. Y responde que en las aulas “el tema central era el de la interpretación de la voluntad de Dios”. Eso debe haber atraído como un imán su corazón de Hijo. “Se hablaba de la voluntad de su Padre, de aquella voluntad de la que Él, como Hijo, tenía una inteligencia profunda, ese conocimiento habitual que se llama Sabiduría”.

Hay un momento en el que uno descubre lo que más desea en esta vida. El descubrimiento consiste en que se vuelve reflejo algo que se vivía como normal y uno siente una invitación a apropiarse líbremente de ese deseo. Uno siente “tengo que ser esto dado que es lo que más amo”. Algo así debe haber sentido Jesús al escuchar hablar de “la voluntad de su Padre”. “Tengo que estar aquí, metido en esta discusión, porque están hablando de algo que Yo conozco con transparente claridad y se ve que estos maestros no terminan de ver”. Es más, quizás fue alguna interpretación desacertada lo que motivó que Jesús se metiera. Como cuando leía las mentes de los escribas y fariseos y se daba cuenta que estaban interpretando mal lo que él hacía bien. Jesús, tan discreto, en esto no se aguantaba y hacía público lo que los otros malinterpretaban de su manera de ver las cosas con los ojos del Padre. Algo así debe haberle pasado por primera vez a Jesús al escuchar las discusiones de los doctores de la ley. Quizás el shock provino de haber estado siempre con José y María, quienes le responderían muy normalmente a sus preguntas siempre según Dios. En cambio en el Templo le debe haber pasado como le pasa a nuestros chicos cuando escuchan criterios raros en la escuela o en los medios yeso les produce un shock que los lleva a reflexionar por sí mismos.

De toda la riqueza de este pasaje, en la fiesta de la Sagrada Familia, me quedo con este punto, el de estar en las cosas del Padre. Hago algunas afirmaciones y las dejo para meditar.
Para poder responder por sí mismo, libre y concientemente, a ese “tengo que” estar en las cosas de mi Padre, Jesús necesitó primero los doce años de ir con sus padres al Templo, al comienzo en brazos, como nos narra el misterio de la Presentación, y luego de la mano de José y María.
Para poder sentir la disonancia de las interpretaciones de los doctores de la ley, de manera tal que pudiera por sí mismo, con sus propias palabras, ponerse a dialogar con ellos, Jesús necesitó de la catequesis de sus papás y maestros, que lo formaron en la verdad y el bien y en la belleza de dar culto a Dios. Si no las discusiones lo hubieran “aburrido” o le hubieran “lavado la cabeza” tal como sucede a muchos jóvenes cuya fe no bien formada, al chocar con los criterios del mundo hace que el volverse reflexivos y autoconcientes los lleva a la confusión mental y hacer suyos los criterios más disparatados.
Para haberse quedado lo más pancho dando clase a los doctores, Jesús preadolescente tuvo que haber estado seguro de que contaba con unos papás que lo buscaban. Por algo volvió en su compañía y siguió viviendo sujeto a ellos. Más allá de la “incomprensión” –que es también generacional -,Jesús cuenta con la cercanía y la presencia de sus padres. Hoy que los valores se han licuado, los niños y jóvenes necesitan que alguien esté a su lado para dialogar cada vez que se produce un cortocircuito de criterios o un valor es asesinado públicamente sin que a nadie se le mueva un pelo.

En las interpretaciones de este pasaje el haberse quedado Jesús en el Templo suele verse como opuesto al quedarse en la familia. Pero Jesús no dice “por qué no me buscaron en el Templo” sino que se asombra de que lo buscaran. Como si sintiera que Él nunca se les fue ni se les perdió.
“Estar en las cosas del Padre” es lo habitual en él. De hecho se encarnó sin dejar de “estar en el seno del Padre”. Por eso me parece que la enseñanza es más honda. Les hace ver a José y a María que “estar en las cosas del Padre” es algo dinámico:
que se amplía a veces hasta extenderse al Templo (y a todo el mundo) y se concentra por momentos a un único lugar, allí donde alguien necesita la misericordia del Padre.
Estar en las cosas del Padre tiene también sus tiempos. Y ellos (y nosotros) debemos notar cuándo Jesús se “tiene que quedar más tiempo” en un lugar, o porque está en juego la “interpretación de las cosas del Padre” o porque un gesto de la misericordia del Padre requiere más tiempo para ser recibido y para dar fruto.
Por eso Jesús “rechaza” el reproche de la angustia que les sobrevino al tener que buscarlo. Debían saber (debemos saber de ahora en adelante) dónde es que él está. Siempre, en todo momento.
El tiempo que nos lleva acercarnos será el mismo que nos llevó alejarnos o el que requiere que de fruto lo que en su nombre sembramos. Pero no es que no se sepa dónde está Jesús.
El tiempo que nos lleva ser iluminados por este criterio absoluto, claro y cierto, tiene que ver con el tiempo que nos pasamos sin rezar, incorporando inconcientemente esos otros criterios, complicados y retorcidos –esas falacias, diría Ignacio- que los hombres inventamos para justificar nuestro egoísmo.
Hoy Jesús sigue estando en las cosas del Padre, que siempre son cosas de familia.
Jesús está allí donde una familia está dialogando con sus pequeñitos de manera que nada ni nadie impida “que se acerquen a Dios”.
Jesús está allí donde uno de la familia cierra la puerta de su cuarto y reza en lo secreto, adorando al Padre en espíritu y en verdad.
Jesús está allí donde uno de la familia da limosna en lo secreto y suple con cariño lo que otro no hizo.
Jesús está allí donde alguien de la familia padece amando y hace un sacrificio en lo secreto por los demás.
Jesús está allí donde uno de la familia salió a buscar a otro que andaba perdido.
Jesús está allí donde uno de la familia está cuidando a uno enfermito…
Jesús está allí donde hay obras que son como una extensión de este espíritu de familia que le agrada al Padre, porque las cosas del Padre son cosas de familia.

Diego Fares sj

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Ejercicios sencillos para “apesebrar el corazón” en Nochebuena

Misa de Nochebuena

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,
ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.
Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.
Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.
José, que pertenecía a la familia de David,
salió de Nazaret, ciudad de Galilea,
y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,
para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.
Y aconteció que estando ellos allí, se le cumplieron a ella los días del parto; y dio a luz a su Hijo primogénito, y lo envolvió en pañales
y lo acostó en un pesebre,
porque no había lugar para ellos en la hospedería (Lucas 2, 1-14).

Contemplación

La contemplación del Pesebre es como la contemplación de la Cruz. Hace bien repetirla; porque, si al mirar de paso, tal vez los pesebres parecen siempre lo mismo, al inclinarnos para mirar de cerca el Niño del pesebre nos ilumina los ojos con la fe de la infancia y nos sacia el hambre de ternura que inquieta nuestro corazón.
Es que el pesebre – la patena para la Eucaristía- está siempre en el centro de nuestra oración de Navidad. Y hace bien “rumiarlo”, que para enseñarnos a rumiar están allí el buey y el burrito dando calor al Niño; y hace bien volver sobre las mismas cosas, esas que “María, su Madre, guardaba rumiándolas en su corazón”. Contemplar al Niñito Jesús en el Pesebre de Belén – la Casa del Pan- hace que nos llenemos de ganas de apesebrar el corazón para recibirlo.

Recordamos algunos ejercicios sencillos para “dejarnos apesebrar el corazón”

Para apesebrar el corazón tenemos que aceptarlo tal como es
El pesebre es como es: rústico, práctico, no decorativo, útil para usar, sin pretensión de notoriedad ni de protagonismo… humilde. El pesebre sabe que es Jesús el que lo hace importante.
Y que fueron María y José los que lo eligieron para poner allí al Niño Jesús.
Si María lo recostó en el pesebre fue por que vio en él algo familiar, algo simple y seguro, como su corazón. Si no no hubiera puesto allí a su Hijo.
¿Qué vio en vos María, pesebrito de Belén, para confiarte a Jesús recién nacido?
El Pesebre es como nuestro corazón, el lugar humilde y pecador que Dios ama para venir a salvar.
Y si Jesús lo acepta, si María y José le confían al Niño, nosotros también podemos aceptar nuestro corazón y el de los demás –la realidad toda, tal como es- como lugar para que venga a nacer Jesús. Hogar de tránsito, es verdad, pero Hogar al fin, gracias al cariño y los sacrificios de María y de José y de todos los pastores que ayudaron a hacer más cálido el pesebre de Belén.
Al poner al Niño en el pesebre, María y José nos transmiten un mensaje claro y consolador: el Señor quiere comenzar a salvarnos en centro mismo de nuestra realidad-pesebre, con todas sus precariedades y crudezas.
Basta pues ser lo que somos, mantenernos pesebre – o mejor, dejarnos apesebrar el corazón- para que María nos ponga al Niño y nos lo confíe.

¿Y cómo se hace este ejercicio de “apesebrar el corazón?

El corazón se apesebra dejando que San José nos lo afirme
Nuestro corazón es vacilante. Se agita por todo, todo lo teme y todo lo desea. Para que María ponga al Niño en nuestro corazón, tiene que estar firme, sin temblequeos, en paz.

Imagino a José que ajusta las tablas con dos o tres golpes de sus manos carpinteras y afirma el pesebre en el suelo, para que no esté tembleque.
El pesebre son cuatro tablas o troncos, bien calzados pero ajustables. Cada tanto requiere unos golpes que encajen bien los encastres y también requiere que se busque su posición en el suelo, para salvar desniveles.
Así pasa con nuestro corazón. Si en algo se asemeja a un pesebre es en que en él resuena todo lo humano y todo lo divino. Nuestro corazón es el lugar misterioso donde encajan nuestra carne –con sus pasiones- y nuestro espíritu –con sus consolaciones y desolaciones. Y los encastres se desvencijan y necesitan ajuste, para que el corazón no ande tembleque y con una pata más corta que la otra.
De frágil equilibrio el pesebre, sin embargo, en manos de un buen carpintero, es fácil de ajustar y de afirmar.
Por eso, al contemplar cómo María reclina al Niño en él, advertimos el detalle de un José que se le adelanta y en un instante lo ajusta y lo afirma bien en el piso con cuatro palmadas y buscándole la posición.

Que San José nos apesebre el corazón, para que “no temamos recibir al Niño”. Que San José nos apesebre el corazón, para que el Niño pueda reposar en nosotros en paz.
Como dice el Salmo: “Mi corazón está firme y se mantiene en paz”.
El signo de que tu corazón está apesebrado es la paz:
Que sobre tu alegría y tu fatiga reine la paz.
Que tu trabajo tenga esa tranquilidad del buen orden en la que consiste la paz.
Que tu fiesta familiar transcurra en paz: que ayudes en paz a hacer las cosas y aprendas a corregir en paz…
Que proyectes en paz tus planes y que recuerdes en paz el año que ha pasado,
¡Y, por sobre todo esto, que al besar al Niño El te transmita su paz!
La paz es la gracia del bebé recién nacido, del que duerme envuelto en pañales sobre el pesebre afirmado: Él es el que nos trae la paz.

El corazón se apesebra dejando que María nos lo ahueque y lo ponga mullido
Nuestro corazón tiene sus pinches, sus rispideces, sus durezas y cerrazones. Pero si nos encuentran la vuelta con cariño, nuestro corazón se deja moldear.
Como el pesebre, que se deja ahuecar.
Tiene forma ahuecada pero, además, las ramitas de paja se dejan moldear y por eso son aptas para contener al Niño en paz.

Imaginamos a María, que moldea suavemente el huequito quitando alguna rama pinchuda para que no lastime el pañal, y juntando el pastito para que la dureza de las tablas no moleste al Niño.
Mantenerse en paz es también dejarse ahuecar el corazón, dejar que nos ablanden las aristas –angustias, pensamientos obsesivos, miedos, necesidad de controlar todo…-, que pueden molestar al Niño.

Es el peso del Niño el que da la medida de cuán mullido debe estar el hueco del corazón. No las circunstancias de la vida.
La paz es poder hacer las cosas sin perder el sentido del peso del Niño que reposa en nuestro corazón.
Por eso, cuando miramos a María que reclina al Niño en el pesebre, advertimos el detalle de cómo no lo pone directamente sino que al ponerlo aplasta un poco la paja y hace un huequito acogedor.

Que María nos apesebre, pues, el corazón, para que el Niño se acomode a gusto y encuentre su centro, su lugar justo para estar.
La miramos cómo se aleja un poquito, y se queda junto a José, contemplando a su Niño en torno al cual todo comienza a girar distinto: ordenado en su paz.
María fue la primera en realizar este gesto trascendente. Y al reclinar al Niño en el pesebre centró el mundo y la historia en su quicio. Al tener en sí a Jesús, ese pesebrito marginal, se convirtió en el centro del Imperio y de la historia. No es que fuera por sí mismo más que antes, pero el amor de Dios el Padre que lo centró todo en Jesús, lo centró con pesebre incluido. Así, todo cristiano que lleva a Jesús en sí camina en paz, porque es el centro del mundo y de la historia. Centro no para ser admirado sino para poder actuar con amor. Y por eso cada cristiano puede desarrollar en paz mil pequeñas acciones, limitadas y pobrísimas exteriormente, pero llenas de caridad, y hacerlo con los mil estilos distintos propios de cada uno –así como cada quien arma su pesebrito particular-: la paz brota del centro que todo lo ordena y todo lo bendice y ese centro es Jesús –con pesebre (nosotros) incluido-.
Algún día nos daremos cuenta de que el universo entero es eso: pesebre en el que está recostado Jesús. Eso somos nosotros: lugar para que se recueste Dios. Morada de Dios. Su casa. Donde quiere habitar. Por eso nos atrae tanto el pesebrito. Porque es lo que somos. Y quisiéramos serlo más, para que habite Jesús en nosotros.

Que el Niño nos apesebre el corazón con su paz, para que obrando en paz Él pueda centrar todo lo que hacemos en sí.

Centrado en el pesebre, el Niño se convierte en alimento.
El pesebre es donde comen paja el asno y el buey.
Es verdad que tiene forma de cuna, pero en realidad es mesa: la mesa de los animales que sirven al hombre, del de carga y del de yugo.
Allí va a ser recostado el que se convertirá en nuestro alimento.
La primera patena para el pan de la eucaristía es un pesebrito (phatne en griego, de allí “patena”).
Al recostar al Niño en el pesebre María ya nos puso el pan a la mesa, en Belén, la casa del pan. Jesús ya es Eucaristía desde el primer momento.
Es Nochebuena.
Los ángeles nos dicen:
“Paz a los hombres que le caen bien al Señor”.
Y con este anuncio, la Esperanza
–ese hueco que nada ni nadie puede llenar en el corazón del hombre-
se vuelve gesto sencillo:
el gesto de dejarnos apesebrar el corazón
por las manos de José y de María.
Para que el Niño se acomode bien
y con su peso leve y tierno de Eucaristía
nos quite los temores y nos llene de paz el corazón.
Diego Fares sj

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María, ese espacio seguro de la visita de Dios

Levantándose María en aquellos días
se encaminó con premura
a la montaña, a un pueblo de Judá
y entró en la casa de Zacarías
y saludó a Isabel.
Y aconteció que, apenas esta oyó el saludo de María,
exultó el niño en su seno,
e Isabel quedó llena del Espíritu Santo,
y levantó la voz con gran clamor y dijo:
– ¡Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre!
¿De dónde a mí (esta alegría): que la madre de mi Señor venga a mí?
Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos,
exultó de alegría el niño en mi seno.
Dichosa la que creyó que se le cumplirían plenamente
las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1, 39-45).

Contemplación

La Visitación: “¿De dónde a mí esta alegría: que la Madre de mi Señor venga a mí?”
María con Jesús en su seno visita a todos.
María visita a Isabel, su prima anciana, y hace que todo el Antiguo Testamento se convierta en Precursor en la persona de Juan Bautista y cobre sentido si se orienta a Jesús, el Esperado.

María visita a Juan, se va a su casa, enviada por su Hijo en la Cruz, y apacienta a los discípulos hasta la Visita del Espíritu Santo en Pentecostés.

María visita a su pueblo fiel y lo invita a visitarla a ella en sus Santuarios, apacentando a todos. Como dice hoy Miqueas:
“Los apacentará con la fuerza del Señor,
con la majestad del nombre del Señor su Dios
y ellos habitarán tranquilos su tierra y él mismo será su paz”

Visitando y siendo visitada María nos apacienta en Jesús.

Jesús ha prometido claramente la gracia de estas visitas:
“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre,
y el que en mí cree no tendrá sed jamás”
“Todo aquel que el Padre me da, vendrá a mí,
y al que a mí viene, no lo echo fuera.
Escrito está en los Profetas: “Y todos serán enseñados por Dios”.
Así que, todo aquel que oye al Padre y aprende de él, viene a mí” (Jn 6, 35-45).

En María todo va y viene hacia Jesús.
Ella ha nacido del Espíritu que “sopla donde quiere” (Juan 3, 8)
y la lleva a visitar a Isabel, la lleva a centrar a los discípulos, la lleva a apacentar a su pueblo .

En este Adviento hemos estado contemplando los espacios donde Dios viene a nosotros:
el cielo y el desierto.
Y el espacio del Espíritu en el que el Señor nos mete:
el espacio común y jerárquico de la Iglesia.
Hoy contemplamos a María como espacio de Dios.
En ese pequeño espacio que ocupa una persona
se abre un espacio espiritual infinito para Dios:
en el seno puro de María viene a habitar el Verbo hecho carne,
el Hijo del Padre Altísimo.
María se convierte así en Templo vivo,
en Iglesia que camina y sale a visitar a sus ovejitas.
Ella, la Pastora, es espacio de pastura en el desierto para los corderitos del Señor.
Ella, la Mujer de carne como la nuestra, es Puerta abierta al espacio del Cielo, a lo gratuito de la gracia del Señor.

María es espacio abierto para Dios y crea espacios de adoración y de alabanza con su presencia y con sus visitas.
Sus pequeñas imágenes que están constantemente visitando nuestras casas van creando ese espacio común y santamente ordenado en torno al bien, a la verdad y a la belleza, que llamamos el reino de Dios.

En María nuestro pueblo fiel siente que “llega a un espacio seguro”.
No hay torno a ella nada que sea barrera o exclusión.
En ella es verdad que Jesús “no rechaza a ninguno de los que, porque n en su interior la enseñanza del Padre, vienen a Él”.

María es espacio jerárquicamente ordenado.
El aparente “desorden” que reina en los santuarios, en los que parece que todas las ovejitas andan por donde quieren en el corral, es sólo aparentemente desordenado.
Si uno pudiera ver los corazones (y a veces se ven clarísimamente en los ojos iluminados de la gente que mira a la Madre), vería que están cada uno en su sitio, en la cercanía justa entre Ella y los demás.
Los más sinceros y amantes, imantados por ella hasta esa cercanía que los hace girar en torno al Amor como un planeta en torno a su Sol.
Los más lejanos, visitados por el cariño y la palabra de Ella que los apacienta, que sin dejar de girar en la órbita de su Amor a Dios, se inclina y se acerca a sus pequeñitos: “De dónde a mí que la Madre de mi Señor me venga a visitar”.

A los que como Isabel anciana, su peso excesivo no los deja salir a Jesús atraídos por la enseñanza del Padre, María les acerca a Jesús visitándolos ella misma.

Ir a visitar o recibir la visita, la alegría y el gozo es el mismo.

Salir a apacentar o ser apacentados son dos caras de la misma moneda, ya que siempre somos discípulos misioneros.

María la primera: la visitada por el Espíritu y la que visita llenando del Espíritu a los demás.

La invitamos a nuestra casa, para que nos ensanche el corazón esta Navidad y podamos hacernos un lugarcito para recibir la visita del Niño Jesús.
Y le pedimos la gracia de salir, con ella, a visitar a los que no pueden responder como tanto desearían a esa atracción del Padre hacia su Hijo Amado.
Salir a visitar a los pobres de Dios,
salir con el deseo de apacentar de María,
creando esos espacios comunes y ordenados en torno a la bondad y a la belleza, que son pesebres –casas, hogares e iglesias- donde nace y si ha muerto resucita el Reino de Dios.
Diego Fares sj

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El espacio del Espíritu, en el que Jesús nos sumerge

La gente le preguntaba a Juan:
– «¿Qué debemos hacer entonces?»
El les respondía:
– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene;
y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.»

Algunos recaudadores de impuestos
vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron:
– «Maestro, ¿qué debemos hacer?»
El les respondió:
– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley»

A su vez, unos militares le preguntaron:
– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?»
Juan les respondió:
– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.»

Como el pueblo estaba a la expectativa
y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías,
él tomó la palabra y les dijo:
– «Yo los bautizo con agua,
pero viene uno que es más poderoso que yo,
y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias;
él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego.
Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era
y recoger el trigo en su granero.
Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.»
Y por medio de muchas otras exhortaciones,
anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

Contemplación
Hemos identificado y resignificado dos “lugares de Adviento”, dos espacios o ámbitos donde Jesús viene a nosotros: el cielo y el desierto.

Que Jesús viene del cielo quiere decir que viene “desde más allá de lo esperado”. Y en nuestro mundo en el que todo es negociable, lo único inesperado es lo gratuito. Por eso decíamos que para ver venir a Jesús debemos fijar la mirada en los espacios de de no-negocio, en los lugares de gratuidad que hay en nuestra vida: la familia, la amistad, la eucaristía, el voluntariado…

Que la Palabra viene a nosotros en lo desierto quiere decir que viene “en lo que es capaz de ser consolado”, en lo que con nuestras solas fuerzas es estéril pero se vuelve capaz de florecer y dar frutos con la gracia, como los desiertos florecen con las lluvias.
Y decíamos que pueden florecer en Dios los corazones y las obras que permanecen fieles al compromiso de su amor,
los corazones y las obras que no aceptan consolaciones artificiales,
los corazones y las obras en los que hemos sembrado semillas verdaderas que cuando las visita la consolación florecen y dan fruto. Mantenerse paciente y fielmente en lo desierto implica no querer otro consuelo que no sea el de Jesús.
Allí donde hemos sido enviados por él, allí donde están los que amamos, allí esperamos la consolación que nos haga florecer.
No queremos consolaciones artificiales.

Hoy el evangelio nos habla de un espacio totalmente especial, un espacio donde sólo Jesús puede sumergirnos: “El los bautizará en el Espíritu y en el fuego”, dice Juan Bautista.
Este espacio no existe como parte de la naturaleza.
Es un espacio sobrenatural, espiritual; un espacio que Dios crea, que sólo él abre y delimita con su presencia.
Es el espacio del Espíritu.

Se puede hablar del Espíritu en términos de espacio.
El territorio del Espíritu es lo que llamamos “Reino de Dios” o “Reino de los cielos”.
Es un espacio que “viene”.
Por eso rezamos al Padre: “venga a nosotros tu reino”.
Cuando el Señor envía su Espíritu, la presencia del Espíritu crea un ámbito especial. No es algo puntual sino una realidad que se expande. Esto es tan así que la presencia del Espíritu en un corazón siempre lo lleva a “hacer lugar”, a crear lugar, a transfigurar lugares, como hizo José con el pesebre de Belén, como hacemos nosotros con nuestras casas y hogares.

Este espacio del Espíritu tiene sus características especiales.
Se me ocurren algunas muy lindas y espero que cada uno aporte lo suyo.

El espacio que se genera cuando viene el Espíritu y cuando aceptamos bautizarnos en Él es siempre un Espacio Común.
En el territorio donde reina el Espíritu del Señor no hay sitios exclusivos –ni countries ni villas ni ningún tipo de lugar reservado sólo para algunos o que se puedan reclamar como “propio”: todo es común, eclesial, comunitario.
Debemos tener cuidado sin embargo en malinterpretar este espacio común con criterios mundanos. Como nuestro mundo se ocupa constantemente de crear espacios exclusivos para negociarlos, lo común está desvalorizado, se convierte en tierra de nadie. Lo vemos con tristeza e impotencia en nuestras ciudades: las plazas, los parques, los lugares públicos, son objeto del descuido y el maltrato.

En el Espacio común del Espíritu no es así. Lo más común es lo más sagrado: en vez de ser tierra de nadie es tierra de todos, pero de todos jerárquicamente organizados. Es decir, espacio común que todos cuidamos respetuosa y organizadamente. Con caridad discreta, diría Ignacio. Caridad que brinda su servicio en el tiempo oportuno y con la distancia óptima.
Así, el espacio que se genera cuando viene el Espíritu y nos dejamos bautizar en él es siempre un Espacio Jerárquico. “A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para el bien común” (1 Cor 12, 7).

Jerarquía significa “principio santo” u “orden sagrado”. Es un orden que se establece teniendo en cuenta lo principal, lo más santo. Cuando la jerarquía es artificial o se utiliza para los negocios y la fama de algunos en desmedro de otros, es detestable. Pero cuando la jerarquía es verdadera, cuando se distribuyen los cargos y roles de acuerdo al mayor servicio, a la mayor belleza y al mayor conocimiento, entonces es amable y defendible a toda costa.
Si hablamos en términos de belleza es muy claro. En una fiesta de bodas los tiempos y espacios deben estar ordenados para realzar a los novios: la mesa principal, destacada, el momento del vals, momento en que se deja todo lo demás de lado…
Si hablamos en términos de salud, también es claro: en un hospital todo se organiza para el bien del enfermo, tanto los lugares como los roles de los que deciden qué hay que darle, cómo y cuándo.
Y así también en una universidad… el que más sabe hace valer sus conocimientos ordenadamente, para bien de los que aprenden…
Resulta obvio que si la vida social y política no está organizada según las jerarquías de la verdad, el bien y la belleza, no es porque carezca de orden. El problema no es el “desorden”. Lo que sucede es que en vez de jerarquía –orden sagrado- hay “negociarquía”, por usar un neologismo. Y el orden de los negocios es impiadoso: no deja lugar para la gratuidad, que es propiamente “lo sagrado”, la “gracia”, lo “no-comprable ni controlable”.
Por eso el espacio del reino choca –a veces de manera manifiesta y otras (muchas más) de manera sorda y tapada- con los espacios de los negocios. Cuando alguien está defendiendo el espacio de sus negocios causa interferencias de distinto tipo y grado con los que están cuidando los espacios del Espíritu. Dos señales son el boicot al espacio común y al orden que busca la verdad, el bien y la lindura.

Para no abundar, destaco otra característica del espacio del Espíritu.
Si los espacios humanos tienen límites inciertos y fluctuantes, el espacio del Reino en el que nos bautiza Jesús es un ámbito de certeza.
El espacio del Espíritu tiene una sola ley, la caridad, y la caridad no tiene límites ni condicionamientos.
Por eso su fruto y corona, la alegría del espíritu, se expande de manera tal que nada ni nadie nos la puede quitar.
Todas las alegrías humanas tienen como contrapartida algún miedo o tristeza, real o posible, pasado o futuro.
El gozo del Espíritu, la alegría de tanta alegría de Jesús resucitado, no tienen límite que los amenace, no son gozo mezclado con angustias.
Pablo es el que mejor se anima a formularlo como es él, sin medias tintas: “No se angustien por nada”, le dice los Filipenses.
“Alégrense siempre en el Señor. Insisto, alégrense”.
Este es el mensaje de Juan el Bautista, el Precursor, el Amigo del Novio que se alegra con su alegría: Jesús los bautizará en este ámbito del Espíritu: espacio común, santa y hermosamente ordenado, donde la caridad reina y la alegría es cierta.

Adviento es tiempo de dejarnos bautizar por Jesús en el Espíritu para que “venga a nosotros el Reino del Padre”.

Diego Fares sj

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Jesús viene en lo desierto, “en lo que es capaz de ser consolado”

El año decimoquinto del reinado del Imperio de Tiberio César,
cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea,
siendo Herodes tetrarca de Galilea,
su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide,
y Lisanias tetrarca de Abilene,
bajo el pontificado de Anás y Caifás,
vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán,
anunciando (kerygma) un bautismo de conversión para la remisión de los pecados,
como está escrito en el libro de los discursos del profeta Isaías:
“Voz de que clama en el desierto diciendo:
Aparejen el camino del Señor, rectifiquen sus senderos.
Todo barranco se rellenará, y todo monte y colina se humillará.
Y lo tortuoso se volverá recto, y lo áspero, camino llano.
Y toda carne verá la Salvación de Dios” (Lucas 3, 1-6).

Contemplación
En la contemplación anterior interiorizamos la imagen del cielo. Con la nube, los antiguos querían significar que Jesús viene desde lo no esperado y decíamos que en nuestra época “inesperado” es todo lo que no se puede contabilizar, todo lo que no es negocio, …
El cielo es por tanto “no negocio”, el cielo es gratuidad. El cielo del que viene Jesús es un espacio físico que se abre en el mismo espacio en que estamos cuando lo transfigura la mirada gratuita de la fe que opera por la gratuidad del amor.
¿No es verdad que cuando hay alegría y gratuidad la casa se expande, uno se siente como a sus anchas y el aire vibra distinto con las sonrisas…?
Ese es el cielo del que viene Jesús cada día, el cielo de la gratuidad, el cielo del don de sí y de la alegría.

Hoy el evangelio nos propone la imagen del desierto.
─ “La Palabra de Dios vino sobre Juan en el desierto”.
Si el cielo es “el no negocio” ¿qué será el desierto para nosotros?

Primero una dificultad. No se si les sucede lo mismo pero a mí, cuando oigo que Dios viene en el desierto las imágenes que me vienen son de soledad, de no confort, de sed, aridez y desolación… Me viene a la mente que hay que hacer sacrificio, dejarlo todo y quedarse vacío para que Dios venga.
Todo esto está, por supuesto, en la imagen del desierto.
“La inmensidad del desierto, que no es otra cosa que ella misma, sin adornos, es un símbolo de la perfecta pureza” (P. Charles sj). El desierto nos posee, no podemos hacerlo a nuestra imagen. Y nosotros no queremos perdernos sino encontrarnos por doquier y hacer nuestro mundo a nuestra imagen. En nuestro mundo tecnológico nos encontramos a nosotros mismos. En el desierto nos encontramos al Señor.
Pero hay más.
Buscando imágenes del desierto donde vivía Juan el Bautista, se me cambió la perspectiva. O más bien se me completó: la imagen de desolación se puso en tensión con la de consolación.
Me explico.
Como bien dice un autor: “Los habitantes de Palestina están acostumbrados a una doble imagen de sus desiertos, que son cambiantes sin que por ello pierdan su identidad. En la corta estación que sigue a las lluvias torrenciales del invierno, el desierto se viste de pasajero, pero encantador, ropaje. Es completamente el reverso de la imagen del verano. Los arbustos reverdecen y una alfombra de tímida hierba verde salpicada de infinitas florecillas de colores variados e intensos hace sonreír al desierto. Y los autores sagrados, abiertos siempre a ver en todo la obra salvadora de Dios, aprovechan esta nueva imagen del desierto como símbolo de esperanza: “No teman animales del campo, que reverdecerán los pastizales del desierto y darán fruto los árboles” (Jl 2, 22). “Chorrean los pastizales del desierto (midbar) y las colinas se embellecen de alegría” (Sal 65,13).

El desierto no son meras dunas de arena, no es lo opuesto a un jardín.
El desierto del que habla el evangelio es una realidad que cambia de acuerdo a la época de lluvias. Cuando la Biblia dice que “reverdecerán los pastizales del desierto” y que “las colinas se vestirán de flores”, no está utilizando imágenes irreales sino que habla de una experiencia hermosa y esperanzadora de la vida cotidiana, que sirve para despertar la esperanza en Dios.

Si la Palabra viene en ese desierto que es capaz de florecer ¿qué es ese desierto para nuestra cultura actual? ¿Qué lugares encierran semillas de flores siendo que en la superficie parecen pura esterilidad?

La primera imagen que se me ocurre es la de nuestro pueblo fiel peregrinando a Luján. ¿No sucede lo mismo que con los desiertos de Palestina? Cuando camina hacia María nuestro pueblo florece. Uno siente que esa noche somos otro pueblo: un pueblo fiel, capaz de sacrificio, alegre, solidario, esperanzado. El que no interpreta que es verdada que somos así cuando nos visita la consolación del Padre a través de su hija predilecta, no entiende. Piensa que es un fenómeno superficial! Cuando en verdad es al revés: es un fenómeno profundo, que brota cuando es visitado por la gracia. Lo superficial es el resto, esa vida hecha de la arena siempre igual de lo autoreferencial en la que no pueden brotar los valores profundos.

Me viene también la imagen de la inauguración de la Casa de la Bondad. Cinco años caminando en el desierto y de pronto una Casa florecida y esplendente, llena de gracia, que luego de esa Eucaristía vuelve a recuperar su paso anónimo y esforzado del trabajo cotidiano.

También es desierto el trabajo paciente del Hogar, que de golpe florece unas horas, cuando celebramos los cumpleaños de nuestros comensales. Basta ver el rostro de los que soplan su velita, con el brillo de una lágrima en ojos que hace tiempo no lloraban de alegría, para renovar la fe profunda en que toda persona puede renacer cuando es querida.

El desierto es imagen de nuestra alma. Cuando el Señor nos consuela, florecemos. ¡Qué distintos somos cuando estamos consolados y cuando estamos desolados! Salvo algunas personas muy santas, en las que siempre florece la sonrisa y sus frutos son siempre amables, en general en nuestra alma el paisaje que predomina es el de los grises de la rutina y el de la aridez de lo poco interesante. Nuestra alma suele presentarse como una especie de desierto en el que rondan las fieras de los temores y las alimañas que molestan, con algunos oasis en los que hay agua y alegría…
Sin embargo, toda alma cuando es visitada por la consolación, florece como esos desiertos de Palestina.
Hay una secreta relación entre la lluvia que viene de lo alto y las semillas que están en lo profundo. En la superficie, en cambio, prevalece lo desértico.

Jesús viene, pues, en ese espacio humano que son las almas, las comunidades y los pueblos consolados. Su venida misma crea la consolación.
Cuando una persona está consolada, siempre brotan de sus labios y de sus acciones, semillas del evangelio.
Hace tanto bien escuchar al que sale consolado de Ejercicios, por ejemplo.
Uno se admira que de una persona común salga evangelio puro. Es que la Palabra ha hecho florecer su “desierto” y el Espíritu hace brotar frutos inesperados. Cuando más sencillas las almas, mejores frutos y flores brotan.
Por eso es bueno “ayudar a que las personas sean consoladas”, porque un consolado alegra la familia, revitaliza la comunidad, cambia el rostro y el ánimo a la Iglesia.
Eso es lo que quiere decir Juan citando a Isaías cuando habla de “preparar el camino del Señor”. Preparar el camino es preparar la consolación. Y la consolación se prepara con las actitudes que uno tiene cuando camina por el desierto.
Ignacio dice que la consolación se prepara “esperándola” y “ansiándola”, se prepara cuando un trabaja por estar en paciencia en la desolación.
La consolación se cuida “empequeñeciéndose y abajandose” lo más posible, humillándonos como María en el Magníficat.
Sentido de la propia pequeñez, paciencia, sentido de la inmensidad de Dios, caminar y perseverar… son actitudes propias del que va por el desierto.

El Señor viene en ese desierto que son un alma, una comunidad y un pueblo trabajando por estar en paciencia en medio de las espinas, arideces y sinsabores de la vida cotidiana.
La paciencia es aridez en la superficie, pero este desierto que significa abandono del éxito superficial, es porque el paciente está poniendo en contacto las zonas profundas de su corazón, allí donde están las semillas valiosas, con la gracia que espera de lo alto.
El que no entiende este trabajo maravilloso de la paciencia solo ve lo superficial del desierto y se pierde la fecundidad que esconde.

El Señor viene, pues, en el desierto de la paciencia, en lo que en nosotros “es capaz de ser consolado”. Y cuando llega: todo florece.

Adviento es tiempo de paciencia, espera de lluvias que anhelan nuestras semillas profundas para dar sus flores apenas Él venga.

Diego Fares sj

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Jesús que viene desde más allá de lo esperado

Jesús dijo a sus discípulos:
– “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas;
en la tierra habrá angustia de la gente,
y desesperación por el sonido del mar y del oleaje,
los hombres perderán el sentido por el terror y la ansiedad
de lo que va a sobrevenir al mundo,
porque las fuerzas del cielo se conmoverán.

Y entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande. Comenzando a acontecer estas cosas, pónganse de pie y alcen la cabeza, porque se aproxima su redención.

¡Guarda! que no se les embote el corazón con los excesos, con el alcohol y con las preocupaciones de esta vida, no sea que ese día les caiga de repente, como un lazo, porque sobrevendrá a todos los que habitan sobre la faz de toda la tierra.

Velen en todo tiempo rogando para que tengan fuerza para escapar de todas estas cosas que van a suceder y puedan mantenerse en pie en presencia del Hijo del hombre» (Lc 21, 25-36).

Contemplación

“Verán al Hijo del hombre viniendo en una nube, con potestad y gloria grande…”.
“Padre, venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…”

Las imágenes evangélicas nos hablan de un lugar –el Cielo- y de un tiempo –el futuro, el porvenir-.
Jesús nos manda estar atentos a ese cielo y a ese porvenir.
Jesús nos revela que nuestro modo de vida, lo que tenemos que hacer, reciben su norma no del ahora ni de lo cotidiano y terrenal, sino de ese cielo y de ese porvenir en el que El volverá en una nube a redimirnos.

¡Guarda! que no se nos embote el corazón.
¡Velemos, para tener fortaleza en ese día!

¿Qué nos quiere decir Jesús, el Señor con su lenguaje apocalíptico?
Nos quiere decir que la vida que Él enseña, recibe su criterios y sus normas del Cielo y del porvenir. Por eso quiere que alcemos la cabeza y levantemos la mirada de los pensamientos en los que estamos sumergidos y, mirando al azul del cielo, abramos el corazón a esa Palabra suya que ilumina nuestro corazón viniendo desde su Libertad.

El problema, Señor, es que nos han robado no sólo el mes de Abril, como canta Sabina, sino también el cielo entero y el porvenir.

Más que robar, no los han numerado: ya no podemos contemplar el cielo y el futuro sin hacer estadísticas. Y los números que dicen 100.000 millones de galaxias en expansión, más que admiración producen vértigo.

¿Qué han hecho los números?
Han logrado que la imagen del Padre de los cielos y de su Hijo amado Jesús viniendo en una nube no despierten ya ninguna esperanza real.

Esto hay que afrontarlo, porque si estas dos imágenes ya no deslumbran con su belleza, la moral cristiana se queda sin su gloria y deja de atraer a los hombres.
Al robarnos la imagen bella nos roban el contenido bueno.
Y si nuestro corazón se queda sin cielo y sin porvenir, deja de ser un corazón humano.

¿A dónde alzar la cabeza, cuando vemos tantos desastres apocalípticos, si no hay cielo para que “esté nuestro Padre”, ni porvenir desde el que “venga el Señor Jesús”?

A veces pareciera que ya no hay gente que alce la cabeza, que ya no hay hombres como Ignacio, al que lo reconocían como “el vasco de los ojos alegres que siempre anda mirando al cielo”. Ignacio confesó que su mayor gozo –del que obtenía un grande esfuerzo y deseo de servir a Dios- se lo daba quedarse largo rato mirando al cielo.

Adviento era el tiempo para mirar al cielo y para otear el porvenir. Por eso la Iglesia canta:
“Rociad cielos de lo alto,
nubes lloved al justo…
y que se abra la tierra
y brote el Salvador,
como una flor…”.
¿Podemos seguir imaginando y gozando lo que las imágenes del cielo y del porvenir nos regalan? ¿O tenemos que renunciar a ellas, reemplazándolas por imágenes más “tecnológicas”?

Tomemos la imagen de Jesús viniendo en una nube, con gran potestad y gloria. Es imagen de cielo y de porvenir.
El Señor nos promete que lo veremos.
No hay pues que renunciar fácilmente a este imagen.
En las contemplaciones del cuadro de nuestra Señora de Guadalupe, se nos dice que para la cultura náhuatl, “venir sobre las nubes” era una manera metafórica de decir “que alguien venía desde más allá de lo esperado, para hacer algún bien al reino”.
Para los antiguos, el cielo y el futuro, eran un lugar y un tiempo que venía desde más allá de lo visible y de lo esperado.

Nos quedamos sólo con esto.
Dicen que hoy los cristianos no hablamos del cielo ni decimos que esperamos de verdad a Jesús por temor a causar “la risa de los atenienses” (los que se le rieron a Pablo cuando les anunció la resurrección).
Para nuestra cultura, el cielo y el porvenir se han convertido en lugares y tiempos inspeccionables, predecibles, al menos hasta extremos en que ya no deseamos seguir mirando más. No esperamos nada que venga de allí.

¿Qué significa entonces para nosotros “que alguien venga –en una nube- desde más allá de lo esperado”?

¿No es verdad que lo que no se expresa de manera cuantificable nos parece poco realista? ¿No es verdad que cuando nos prometen algo enseguida exigimos precisiones numéricas: cuánto costará, cuándo llegará…?

Por tanto, si Jesús viene de algún cielo y en alguna nube, si Jesús viene desde más allá de lo culturalmente esperado, vendrá en una manera de presencia que no será cuantificable. Es más, puede que ya esté presente, viniendo a cada instante, pero si los números nublan nuestra mirada, no lo veremos. (La expresión “nublar la mirada” es elocuente. Los deseos pueden nublar la mirada o limpiarla si son deseos puros, de los que permiten “ver a Dios”).

Concretemos un poco más qué implica “alzar la cabeza de lo cuantificable”. Algo “no cuantificable” es algo muy subversivo para el mundo en que vivimos. Porque la norma de nuestro mundo viene de los negocios y como a algo que no es cuantificable no se le puede poner precio, resulta que es algo con lo que no se puede negociar. Y eso le molesta a mucha gente.

Decir que nuestro Padre está en el cielo equivale, para nosotros, a decir que está “en un ámbito donde no hay negocio posible”.
El Cielo donde vive el Padre es un ámbito que se abre apenas uno deja de negociar. Así de simple. Tan cerca está el Cielo! Basta dejar de negociar.
Es un ámbito donde el Padre, desde su libertad, hace salir el sol para justos e injustos, manda que se pague a los últimos igual que a los primeros, exige que se perdonen las deudas y sueña con que todos los invitados acudan al banquete de las bodas de su Hijo…

Señalamos que lo que espera nuestra cultura, lo que envuelve todos los deseos y proyecciones de nuestro paradigma es “negociar más”.
¿Es así?
Creo que sí. Que “la posibilidad de negociar todo” es lo que oscurece el cielo. Hasta no hace mucho, los negocios requerían más tiempo. Negociar una cosecha requería un año. Hoy se negocia a futuro! Y cada aparato que compramos viene con el mensaje “acordate que me tenés que recargar”, “estate atento que pronto me tendrás que cambiar”. ¿No nos llama la atención el lenguaje de los aparatos? Es el mismo que utiliza nuestro Señor. Los aparatos hablan como si fueran nuestros dioses. Exigen que estemos a su disposición. Nuestro mundo no tiene descanso, no hay lugar para el ocio. Todo es negocio.
El problema es hondo porque no solo negociamos cosas, sino que hemos invadido también el espacio y el tiempo y uno tiene la sensación de que no hay nada “inesperado”. Como que tenemos “medido” el cielo y la tierra, el pasado y el futuro. La consecuencia de esta “mirada negociadora” es que todo se convierte en gestión.

El mundo natural tenía su límite. Si uno carneaba un ternero cuando no había heladera, como cuenta Menapace, tenía que compartirlo con sus vecinos. Esto tenía como consecuencia una solidaridad como natural. En el mundo tecnológico que hemos inventado, los aparatos no sólo no se pudren sino que el próximo siempre es mejor que el anterior –más veloz y más potente.
Discernido bien este “horizonte” de “infinitos negocios”, imitación tecnológica de lo que sería la eternidad, es bien sencillo descubrir la puerta del cielo y divisar la nube en la que viene Jesús.
Jesús si viene de algún lado debe ser de lo que está fuera de los negocios esperados.
Cielo será entonces un espacio y un tiempo en el que el negocio no existe. No tiene validez.
El que entra en ese reino no tiene moneda para negociar porque todo lo que allí se obtiene e intercambia es gratuito.
El Padre y Jesús habitan en lo gratuito y vendrán de lo gratuito.

¿Podemos alzar la cabeza y poner la mirada en lo gratuito?
Alzar la cabeza significa sacar la mirada de los números, alzar los ojos y dejar de contar –codiciosa o angustiosamente- números: cuánto ganaste, qué tan alto te dio el colesterol, cuántas horas durará el viaje, qué velocidad tiene la memoria ram, cuántos gigabytes…

Pobres números! No seamos injustos con ellos. El cielo está más allá de los números usados para negociar. Pero los números tienen también una dimensión de gratuidad y amor. En el cielo dos son Uno y Uno es Tres. Justamente porque entre ellos hay un espacio que es el espacio abierto del amor y no el espacio cerrado del negocio.

Para decirlo ya de una vez: el cielo es “no negocio”. Está en lo alto, pero no en la altura espacial sino en la altura del que no negocia sino que se da gratuitamente.

Jesús en este Adviento vendrá del no negocio.
Vendrá de allí donde uno se anima a darlo todo y no mira si gana o pierde .
Vendrá en esa nube que está “por sobre nuestros cálculos”, en la altura de lo gratuito, de lo que cae de arriba y se nos brinda como don.

¿Querés ver a Jesús viniendo en una nube lleno de poder y gloria?
Esa imagen de cielo, de altura, de algo que viene desde más allá de toda expectativa interesada, está unida a otra imagen de la que es inseparable. Así como los negocios requieren dos partes interesadas, así también la gratuidad del amor. La imagen del cielo se despeja cuando abrimos bien los ojos para mirar la tierra. El Jesús de la nube –inesperado- tiene de la mano al Jesús del pesebre –siempre a mano, requiriendo de nuestro amor y servicialidad.

Cuanto más mires al Jesús del Pesebre –y lo beses y lo abraces y lo sirvas en los jesusitos pobres que encontrás en tu vida cotidiana- más se te abrirán los ojos para ver al Jesús del cielo.
Cuánto más creas con obras que de verdad ya ha venido y está en tus hermanos a los que cuidás y servís, más fe tendrás en que volverá sobre una nube lleno de poder y gloria.

Diego Fares sj

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La verdad es el Amor del Padre

Entró de nuevo Pilato en el Pretorio y llamó a Jesús.
Y le preguntó:
– ¿Tú eres el rey de los judíos?
Jesús le respondió:
– ¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?
Pilato replicó:
– ¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?
Jesús respondió:
– Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo:
– Entonces, ¿tú eres rey?
Jesús respondió:
– Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo:
para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz.
Le dice Pilato
– ¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38).

Contemplación
Para contemplar a Jesucristo Rey del universo, la liturgia de este año nos sitúa en el drama de la Pasión. Entramos en la escena en el preciso instante en que Pilato está interrogando al Señor y le pregunta: “¿Tú eres el rey de los judíos?”.
Jesús atado de manos, de pie ante el Procurador romano, que lo interroga. Esta es la “composición del lugar” para contemplar, como dice Ignacio en los Ejercicios.

Martini muestra que toda la escena del juicio en el Pretorio tiene un ritmo marcado por las 7 entradas y salidas de Pilato. Todo este pasaje de Juan apunta a revelarnos cuál es la verdadera realeza de Jesús.
Las 7 entradas y salidas de Pilato, si se leen circularmente tienen en su centro la escena 4ª: la coronación de espinas. Allí se nos revela que Jesús es Rey coronado de espinas.
No emana de su cabeza una corona de gloria propia sino que su corona es hacer la voluntad del Padre y como el Padre respeta la libertad de los hombres que no reconocen su amor, este amor rechazado y burlado se convierte en espinas. Jesús es Rey haciendo reinar el amor del Padre, perdonando y redimiendo, sin imponerse por la fuerza, es Rey padeciendo.

Si leemos el pasaje en la línea de un dramatismo que crece, la escena culminante nos muestra una paradoja: Pilato, intentando burlarse, en realidad profetiza. Saca afuera a Jesús y lo hace sentar en el trono, justo a la hora sexta (en que el cordero pascual era inmolado) y dice a todos: “Aquí tienen a su Rey”.

Este es el marco del diálogo que escuchamos hoy en la fiesta de Cristo Rey. Nuestro diálogo corresponde a la escena 2ª, paralela con la 6ª y en ambas se trata el tema del poder (en la escena 6ª Pilato le dirá a Jesús “¿A mí no me hablas? ¿No sabés que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?”).

Lo que nos interesa contemplar es, como decíamos, cuál es la verdadera realeza de Jesús. Cuál es su poder. Sobre quiénes reina y cómo reina. Y para esto, Pilato es un interlocutor ideal.
Si alguien ha sabido lo que es el poder en este mundo ese es Pilato.
Jesús de alguna manera se lo reconoce cuando le dice: “no tendrías ningún poder contra mí si no te hubiera sido dado de arriba”.
Pilato era un Procurador, tenía el poder absoluto del Emperador por delegación (de hecho todo poder humano es “delegado”). Y en el caso del juicio de Jesús, el mismo Padre Altísimo le “delegó” de alguna manera, el poder de decidir sobre el destino de su Hijo amado.
Pilato fue aquel día el hombre más poderoso del mundo y en sus idas y vueltas manifiesta cómo se dio cuenta de que la situación lo superaba. Si uno lee bien a Juan notará que no pone la escena en la que Pilato se lava las manos. Tampoco se dice que haya dictado sentencia sino que “les entrega a Jesús para que fuera crucificado”. Además Pilato pone el cartel “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. A los que habían confesado “no tenemos otro rey sino al César”, Pilato les encaja el “Rey de los judíos” en la Cruz. Estos detalles nos llevan a conjeturar que Pilato tuvo por unos instantes el poder más absoluto del mundo y patéticamente lo usó para dejar que las presiones de los intereses demoníacos hiceran su obra: crucificar a Jesús.

Pilato es la contraimagen de Jesús Rey. El poder real lo tiene Jesús, que dejando hacer también, convierte la circunstancia de la cruz en redención de la humanidad.

¿Dónde reside, pues, el poder verdadero del Señor?
Reside en el testimonio que da de la verdad.
¿Y qué es la verdad?
Esta pregunta que formuló Pilato en medio de la situación en la que se encontraba, yendo y viniendo, y que no quiso escuchar, es la pregunta clave de la vida. Pilato no escuchó la respuesta de Jesús porque en su mundo político la única verdad es el negocio. No escuchó porque estaba negociando y para poder escuchar tendría que haber estado amando.
Si hubiera escuchado a Jesús en vez de irse, si hubiera escuchado la voz del Rey que musitaba algo perceptible sólo para los que son de la verdad, hubiera escuchado esta respuesta: la verdad es el amor de mi Padre por el mundo. Y Yo doy testimonio de la verdad de ese amor misericordioso, infinitamente tierno y compasivo, dando mi vida por todos.

La verdad del amor del Padre.
Esa es la verdad que reina en el corazón de Jesús
y que va a dejar sembrada en los corazones de los que lo aman.

¿Qué quiere decir Jesús con que “la verdad es el amor del Padre”.
Quiere decir que el amor del Padre es la clave para entender todo y para hacer todo.
Y el amor tiene sus condiciones y sus exigencias, que brotan de su mismo ser.

La primera condición del amor del Padre es la gratuidad. Como es gratuito, puro don libremente donado, hay que recibirlo y darlo también gratuitamente. Como dice el Cantar: “Si uno quisiera comprar el amor solo se ganaría el desprecio”.
El amor del Padre brota de su Libertad inefable. El Padre nos creó y nos ama porque quiere. Jesús da testimonio de esta Realeza y verdadero poder que se muestra en no condicionado por nada. Y el Padre pone todo el poder en manos de Jesús que también se muestra libre de amar hasta el extremo, todo lo que desea, sin que nada ni nadie le ponga límites a su amor. En esto consiste su realeza. Esta característica del amor del Padre y de Jesús, la libertad y gratuidad, contiene una exigencia: que le respondamos también líbremente, no por obligación sino por gusto y libre decisión.

Ya estamos con esto en la segunda condición del amor del Padre: su infinitud, su incondicionalidad…El Padre nos ama cuanto quiere y nadie puede ponerle límites a su amor. De eso vino a dar testimonio Jesús con su vida y con su muerte. Por eso no habrá excusa para el que se haya dejado amar poco y perdonar poco. Podremos pedir perdón por no habernos dejado amar más, pero no podremos decir que nadie nos dijo que teníamos un Padre que nos ama incondicionalmente. La vida entera de Jesús es un testimonio patente de algo así como un Amor infinito e incondicional. No otra cosa grita el silencio de Jesús crucificado, abandonado en las manos del Padre. Esta característica del amor del Padre contiene una exigencia: la de no ponerle límites a su amor. Esto implica dejar que el Padre que es más grande que nuestra conciencia nos perdone siempre y que como él perdona a todos también nosotros perdonemos a los demás.

Con esto estamos en la otra condición del amor del Padre que es la omni-inclusividad, el que no se pierda ninguno de sus pequeñitos. Jesús vino a dar testimonio de que el amor del Padre, gratuito e incondicional, es para todos. Dios no excluye ni discrimina. Y el que es de la verdad, el que no está negociando sino que está abierto al amor, sabe que tiene lugar en la fiesta del Padre. Esta característica del amor del Padre y de Jesús Rey contiene una exigencia: la de trabajar por incluir a todos. Y esto implica creatividad, paciencia y humildad para perdonar y comenzar de nuevo cada día.

Nos quedamos con la imagen de Jesús atado a quien Pilato acaba de dejar solo un momento y dejamos que nos mire a los ojos y nos diga que la verdad es el Amor de nuestro Padre. Jesús es Rey de esta verdad. Está dispuesto a reinar crucificado si nosotros no nos abrimos a este amor y permitimos que lo crucifiquen. Pero le agrada más reinar glorioso si escuchamos sus palabras y lo recibimos líbremente como Rey en nuestro corazón.
Diego Fares sj

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Jesús orando

Sólo el Padre

    (Después de salir del templo, fueron al monte de los Olivos y habiendo llegado, Jesús, se sentó mirando a lo lejos, hacia el templo. Pedro especialmente, pero también Santiago, Juan y Andrés, le preguntaban: Dinos ¿cuándo será el fin, y cuál la señal de que todas estas cosas están por cumplirse?)Y Jesús comenzó a decirles….:
    -En aquellos días, después de la tribulación
    (en que los discípulos serán perseguidos
    y aborrecidos por todos a causa del nombre de Jesús)
    el sol se entenebrecerá
    y la luna no dará su esplendor,
    las estrellas irán cayendo del cielo
    y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán.

    Entonces verán al Hijo del Hombre
    viniendo sobre las nubes, con gran poder y gloria.
    El enviará a los ángeles y congregará a sus elegidos desde los cuatro vientos
    desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.

    Aprendan esta parábola, tomada de la higuera:
    cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas,
    ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
    Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas,
    dense cuenta que está cerca, a la puerta (el reino de Dios).
    Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.

    El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
    En cuanto a ese día y a la hora,
    nadie las conoce,
    ni los ángeles del cielo
    ni el Hijo, nadie
    sino el Padre.
    (Mc 13, 24-32)

    Contemplación
    El Padre. Sólo el Padre.
    Es la última palabra de este evangelio.
    Esa “Palabra de Jesús que no pasará”.

    Jesús grabó en el corazón de la humanidad la Palabra Padre.

    Y quizás lo más lindo de este evangelio con imágenes apocalípticas es que Jesús nos diga lo más pancho que Él no lo sabe todo, que hay cosas que son sólo del Padre.
    El Señor les revela muchas cosas a sus amigos pero la más hondo que les revela es cómo Él tiene su corazón metido en el del Padre. Jesús vive su vida humana centrado y abandonado en el Padre, pendiente de su voz, dejando que lo inunde su Misericordia, disponible para hacer lo que el Padre le mande…

    Jesús les revela a sus amigos cuatro cosas: que el universo terminará, que él volverá, que podemos leer bien las señales de los tiempos y que el Padre es más grande que todo.
    última verdad es la más profunda y la más cercana.
    Afirmar que la hora, el tiempo, sólo lo conduce el Padre, es como ponerlo al alcance de la mano.
    Porque no sabemos lo que pasará dentro de un minuto. No solo dentro de un día, una semana o un año.
    No sabemos qué será de nosotros en el próximo instante,
    no sabemos qué nos espera en el próximo renglón…

    Mostrando este límite Jesús se revela como Señor de la Historia porque nos enseña a sumergirnos íntegramente con todo el corazón, con toda el alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas, en el Padre nuestro.

    Amar a Dios con todo el corazón y en todas las cosas
    es como dilatar un poco el tiempo.
    en vez de volcar nuestro deseo inmediatamente en lo que proyectamos,
    hacer una pausa y nombrarlo a Él
    –Padre nuestro, santificado sea tu Nombre-,
    hace que pasemos primero por el Corazón del Padre
    antes de ir a las cosas.
    Como Él es el Padre de todos y está en todas las cosas,
    bendecir su Nombre y detenernos en el deseo
    de que venga su Reino y se haga su Voluntad,
    no nos quita tiempo
    sino que lo dilata.
    Al nombrar al Padre y ponerlo antes que nada y por encima de todo
    las demás cosas no se posponen sino que se centran.

    La confidencia de , de que ni siquiera Él controla su tiempo, pone freno a nuestro universo desenfrenado que corre de aquí para allá, de deseo en deseo y de proyecto en proyecto.
    Adorar al Padre en Espíritu y en verdad se convierte entonces en la actividad fundamental de nuestra vida.
    Con cada suspiro podemos invocarlo:
    Padre nuestro, que estás en los cielos,
    Santificado sea tu Nombre…
    Entonces nuestro tiempo se serena:
    no brota ya –preocupado y angustioso- desde nuestros múltiples anhelos,
    sino que brota de la Fuente de la Santidad,
    brota de la Providencia de nuestro Padre
    que ha preparado todas las cosas para el bien de los que lo amamos.

    Nombrar al Padre es la verdadera conversión.
    Es frenar nuestra carrera ciega en pos de deseos vanos (ya que no sabemos si los podremos llevar a cabo) y partir desde el Padre.
    La conversión es el camino de vuelta del hijo pródigo:
    “Volveré junto a mi Padre”.
    El que corrió y se dispersó siguiendo sus deseos vanos regresa al abrazo del Padre que lo espera con el banquete de su misericordia preparado.

    Decir “Padre nuestro” es como decir “Tiempo nuestro” o “Vida Nuestra”.
    Es lo mismo que decir “danos el pan nuestro de cada día” o “hágase ahora mismo tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, o “líbranos del mal” (ahora, de este mal, y no nos dejes caer en esta tentación”).
    Con sólo afirmar que hay algo –el día y la hora” (que es la manera concreta que tiene un judío de decir “el tiempo”)- que sólo el Padre conoce, Jesús detiene el tiempo y lo centra en su quicio: la Voluntad del Padre siempre más grande que todo lo que podamos pensar.
    Es como cuando a una persona le dicen que no tiene más tiempo (como Kazantzaki que se sentía morir y ansiaba terminar su “Carta al Greco” y decía: “«Tengo ganas de bajar a la esquina, extender la mano y mendigar, a los que pasan- ‘Por favor, dadme un cuarto de hora’.»). Cuando no queda tiempo se frenan de golpe todas las ansias y nuestra mirada se alza al cielo y el corazón se centra en el amor: todos nuestros recuerdos y proyectos se ordenan como por arte de magia de lo más amado a lo que se ama menos, y uno sabe lo que tiene que hacer y lo que tiene que dejar.

    Decirnos que sólo el Padre conoce el tiempo es equivalente a decirnos que “se nos acabó el tiempo”, en el sentido de que no lo poseemos y, entonces, debemos … ¿preguntar…?
    Sí, si no somos dueños de un instante de nuestra vida debemos preguntar al Padre “Qué quieres Señor de mi. Muéstrame tu voluntad”.

    Pero antes de preguntar debemos abrir el corazón al don del tiempo y agradecerlo.

    Porque aún para preguntar necesitamos tiempo y por eso la actitud primera es de receptividad humilde y confiada: “Hágase en mí según tu Palabra”.

    Como dice hermosamente Isaías:
    “Señor, tú eres nuestro Padre,
    nosotros somos la arcilla y tú el alfarero,
    somos todos obra de tus manos (Is 64, 7).

    Antes de preguntar, entonces, agradecemos el don del tiempo que nos modela como arcilla en las manos del alfarero. Y luego de agradecer, ponemos en las manos del Padre nuestro futuro, con esa oración tan profundamente filial de Carlos de Foucauld:
    Padre, me pongo en tus manos.
    Haz de mí lo que quieras.
    Sea lo que fuere,
    por ello te doy las gracias.
    Estoy dispuesto a todo.
    Lo acepto todo,
    con tal de que se cumpla Tu voluntad en mí
    y en todas tus criaturas.
    No deseo nada más, Padre.
    Te encomiendo mi alma,
    te la entrego con todo el amor de que soy capaz,
    porque te amo y necesito darme,
    ponerme en tus manos sin medida,
    con infinita confianza,
    porque tu eres mi Padre.

    Ignacio resume la adoración al Padre y la entrega del propio tiempo con su:
    “Tomad Señor y recibid toda mi libertad…”. Con su libertad Ignacio entrega su deseo, con su deseo su tiempo y con su tiempo todo lo demás: –“mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo diste, a Vos Señor lo torno. Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esta me basta”.

    Diego Fares sj

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dos moneditasOlvidada de sí, notada por Jesús

Jesús enseñaba a la multitud:
«Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad.»
Jesús habiéndose sentado frente a la sala del tesoro del Templo, contemplaba atentamente el modo como la gente iba echando monedas de cobre en la alcancía. Muchos ricos echaban mucho. Y llegando una viuda pobre echó dos moneditas de cobre.
Ahí llamó Jesús a sus discípulos y les dijo:
─ «En verdad les digo esta viuda pobre echó más que todos los que echan en la alcancía, porque todos los demás echaron de sus sobrantes, pero ella, de su indigencia echó cuanto tenía, todo el sustento de su vida» (Mc 12, 38-44).

Contemplación
Jesús se sienta a contemplar a la gente “cómo da limosna”.
No mira simplemente, contempla con atención. Se fija en el modo como la gente echa las monedas de cobre en los tambores que hacen de alcancía. Las monedas pesan y hacen ruido. Los que echan mucho, vacían sus bolsitas de golpe y hacen que se note un poco. Cuando llega la viuda pobre echa sus dos moneditas de una manera especial. ¿Habrá tenido algún gesto distinto? ¿Las habrá echado sin hacerse notar? Creo que echó primero una y luego la otra, porque Jesús las distinguió perfectamente.

Cuando uno contempla a la gente que pasa por San Cayetano o en San Expedito se ven muchas cosas. Gestos intensos, íntimos, personales… Cada persona se comporta de manera especial cuando hace sus visitas a los santos y les expresa su devoción, pone sus peticiones, agradece, deja una ofrenda. Uno ve de afuera y aún así es mucho el cariño y la fe que se perciben.
Imaginemos lo que vería Jesús, si leía los corazones aún de lejos, si pescaba en un gesto de la cara los pensamientos íntimos de los corazones, lo que habrá visto en la viuda pobre cuando con cariño echó sus dos moneditas en la alcancía. Jesús vio todo su corazón, escuchó el tintineo nítido de cada una de las dos moneditas. Se ve que la viuda las echó de a una. No vació una bolsita ni echó un puñado. Primero una y luego la otra. Y tintineó cada una en el corazón de Jesús.

Siempre llama la atención que Jesús no hable de premio.
No hay ningún “tu fe te ha salvado”,
no hay ningún “qué quieres que haga por ti, mujer”.
No hay ninguna exposición pública que ayude a sanar un pecado (Mujer, ¿nadie te ha condenado?) o a terminar de perfeccionar la fe (¿Quién me ha tocado?) como con la hemorroisa, que le sacó una fuerza sanadora y Jesús la hizo confesar en público la fe de su gesto de tocarle el manto.
Nada de eso. La viuda pobre ni se entera de que el Señor la pone como ejemplo.
Jesús la deja perderse entre la multitud, con su dignidad inmensa y anónima a los ojos de la gente y resplandeciente de gloria a los ojos del Padre que ve en lo secreto, y de Jesús su Hijo encarnado, perdido también igual que ella, como uno más, entre la gente que entraba y salía del Templo.

No hay premio porque, como nos damos cuenta todos, el premio es el gusto de poder darlo todo, el sabor hermoso de poder donarse a sí misma dando todo lo que tenía ese día para vivir.

El premio de la viuda pobre es “estético” en el sentido de “agrado por el brillo de algo que se hace gratuitamente para Gloria de Dios”; el premio es cómo se le unifica íntegro el corazón bajo la mirada de Jesús en el momento en que suelta –una después de la otra- sus dos moneditas, y queda su vida toda –ese su día- en las manos del Padre. Ella sale del Templo sin nada, cantando quizás como cantaría un día Teresita:
“Vivir de amor
es darse sin medida,
sin reclamar salario aquí en la tierra.
Yo me doy sin cuento
segura de que en el amor el cálculo no entra.

Lo he dado todo,
al corazón divino que rebosa ternura.
Nada me queda ya, corro ligera.
Ya mi única riqueza es y por siempre será,
vivir de amor.

Vivir de amor “oh que locura extraña” me dice el mundo;
cese ya tu canto: no pierdas tus perfumes, no derroches tu vida,
aprende a utilizarlos con ganancia.

Jesús, amarte es pérdida fecunda.
Tuyos son mis perfumes para siempre”.

También Teresita pasa del amor a la belleza, del darse entera, a los perfumes. El premio del amor es un aroma, que al expandirse expande el alma, llena la casa como el perfume de Nardo de María cuando rompe el frasco para ungir a Jesús.
El premio del amor es sólo amor. El amor como don es desprendimiento, trabajo, cruz muchas veces.
El amor como premio es gusto, perfume, alegría y belleza.
Y ambas cosas se dan al mismo tiempo –cruz y gloria-, no sucesivamente.
Por eso el Señor contrapone el ejemplo del don de la viuda pobre al vedettismo de los fariseos, porque el problema es cuando a uno le comienza a gustar más hacerse ver que amar. Señal de que se ha desplazado el eje esencial de la vida: al pasar de ser actores a ser espectadores nos perdemos lo mejor de la vida.
La viuda pobre es protagonista absoluta de esta escena contemplada sólo por el ojo atentísimo de Jesús gracias al cual quedó filmada y estampada en el evangelio de Marcos. Lo ha dado todo y no mira si la miran. Ya había entrado olvidada de sí al Templo, concentrada en lo que quería dar y en darlo bien –una monedita y luego la otra-, en darlo con intención de dar y con buen deseo. Y sigue luego su camino, invisible a todos porque invisible para sí. Sigue adelante –corre ligera- con la mirada puesta en que tiene que seguir trabajando para ganar su sustento del día, alegre de tener que comenzar de cero.

Me la imagino como tantas mujeres de nuestro pueblo que limpian por hora… Estuvo limpiando, ganó unos pesitos, fue a la Iglesia, los dio todos y sale corriendo a la otra casa para tener su platita para el día.
Teresita tenía estas cosas desde pequeña. Cuenta que “como premio ( a una buena nota), papá me regaló una preciosa monedita de veinte céntimos
que eché en un bote destinado a recibir casi todos los jueves una nueva
moneda, siempre del mismo valor… (De este bote sacaba yo dinero en
determinadas fiestas solemnes, cuando quería dar de mi bolsillo una
limosna para la colecta de la Propagación de la Fe u otras obras
parecidas)”.

Me queda retintineando lo de que dio las dos moneditas una a una, no las soltó las dos juntas. Se ve que venía dándolas vuelta en la mano, como cuando uno repasa las monedas con los dedos y las separa subiendo una con el pulgar contra el índice y dejando la otra entre los otros tres dedos y la palma… Las repasaba porque eran las únicas que tenía. Cuando uno tiene muchas monedas no se fija tanto. Y al llegar su turno echó primero una y luego la otra. Y ya está.
Quizás habrá pensado en quedarse una…
Pero cuando se tiene tan poco es mejor darlo todo
¿Qué iba a hacer con una sola? De todos modos tenía que volver a trabajar para poder comprarse algo para comer. La cuestión es que echó las dos, lo dio todo.
Se me ocurre esto de que volvía a trabajar para desdramatizar. No es que lo dio todo y se murió de hambre.
Trabajó una hora, cobró, fue al Templo, dio de limosna lo que tenía y se volvió a trabajar. Sacrificó el almuerzo, diríamos.
Después de imaginar esto me fijo bien en las monedas del tiempo de Jesús y veo que el salario por el día de trabajo era un denario (parábola de los contratados último que reciben cada uno un denario igual que los primeros). Los dos leptones de la viuda son la 128ª parte de un denario. Para uno que cobra quince pesos la hora (como los que hacen changas con el flete al lado del Hogar), las dos moneditas de la viuda serían como dos pesos: el decir, el cafecito y la factura de la media mañana… En vez de tomarse el café, los dio de limosna y se volvió a trabajar.
Este fue el gesto. Bien preciso. Sin romanticismos. Sacrificó la media mañana. El cafecito entre un trabajo y el otro.
Y Jesús lo pone como cierre y punto conclusivo supremo de todos sus discursos y acciones (como ejemplo del mandamiento del amor que acaba de promulgar) antes de entrar en la Pasión.

El puro don de sí por agradar sólo a Dios sin esperar premio ni fijarse siquiera en ello, es el punto más alto de la enseñanza de Jesús, la bienaventuranza de la viuda pobre: “feliz el que, olvidado de sí, lo da todo cada día por puro amor”.

En la vida de Teresita este punto es central. Cuenta ella:
“Como era la más pequeña, no estaba acostumbrada a arreglármelas yo sola. Celina arreglaba la habitación donde dormíamos las dos juntas, y yo no hacía ni la menor labor de la casa. Después de la entrada de María en el Carmelo, a veces, por agradar a Dios, intentaba hacer la cama, o bien, cuando Celina no estaba, le metía por la noche sus macetas de flores. Como he dicho, hacía esas cosas únicamente por Dios, y por tanto no tenía por qué esperar el agradecimiento de las criaturas. Pero sucedía todo lo contrario: si Celina tenía la desgracia de no parecer feliz y sorprendida por mis pequeños servicios, yo no estaba contenta y se lo hacía saber con mis lágrimas…
Debido a mi extremada sensibilidad, era verdaderamente insoportable. Si, por ejemplo, sucedía que hacía sufrir involuntariamente un poquito a un ser querido, en vez de sobreponerme y no llorar, lloraba como una Magdalena, lo cual aumentaba mi falta en lugar de atenuarla, y cuando comenzaba a consolarme de lo sucedido, lloraba por haber llorado. Todos los razonamientos eran inútiles, y no lograba corregirme de tan feo defecto. No sé cómo podía ilusionarme con la idea de entrar en el Carmelo estando todavía, como estaba, en los pañales de la infancia…
Era necesario que Dios hiciera un pequeño milagro para hacerme crecer en un momento, y ese milagro lo hizo el día inolvidable de Navidad. En esa noche luminosa que esclarece las delicias de la Santísima Trinidad, Jesús, el dulce niñito recién nacido, cambió la noche de mi alma en torrentes de luz… En esta noche, en la que él se hizo débil y doliente por mi amor, me hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas, y desde aquella noche bendita ya no conocí la derrota en ningún combate, sino que, al contrario, fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, «una carrera de gigante ». Se secó la fuente de mis lágrimas…
Fue el 25 de diciembre de 1886 cuando recibí la gracia de salir de la niñez; en una palabra, la gracia de mi total conversión. Volvíamos de la Misa de Gallo, en la que yo había tenido la dicha de recibir al Dios fuerte y poderoso. Cuando llegábamos a los Buissonnets, me encantaba ir a la chimenea a buscar mis zapatos. Esta antigua costumbre nos había proporcionado tantas alegrías durante la infancia, que Celina quería seguir tratándome como a una niña, por ser yo la pequeña de la familia… Papá gozaba al ver mi alborozo y al escuchar mis gritos de júbilo a medida que iba sacando las sorpresas de mis zapatos encantados, y la alegría de mi querido rey aumentaba mucho más mi propia felicidad. Pero Jesús, que quería hacerme ver que ya era hora de que me liberase de los defectos de la niñez, me quitó también sus inocentes alegrías: permitió que papá, que venía cansado de la Misa del Gallo, sintiese fastidio a la vista de mis zapatos en la chimenea y dijese estas palabras que me traspasaron el corazón: «¡Bueno, menos mal que éste es el último año…!» Yo estaba subiendo las escaleras, para ir a quitarme el sombrero. Celina, que conocía mi sensibilidad y veía brillar las lágrimas en mis ojos, sintió también ganas de llorar, pues me quería mucho y se hacía cargo de mi pena. «¡No bajes, Teresa! -me dijo-, sufrirías demasiado al mirar así de golpe dentro de los zapatos». Pero Teresa ya no era la misma, ¡Jesús había cambiado su corazón! Reprimiendo las lágrimas, bajé rápidamente la escalera, y conteniendo los latidos del corazón, cogí los zapatos y, poniéndolos delante de papá, fui sacando alegremente todos los regalos, con el aire feliz de una reina. Papá reía, recobrado ya su buen humor, y Celina creía estar soñando … Felizmente, era un hermosa realidad: ¡Teresita había vuelto a encontrar la fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la conservaría ya para siempre…! Aquella noche de luz comenzó el tercer período de mi vida, el más hermoso de todos, el más lleno de gracias del cielo… La obra que yo no había podido realizar en diez años Jesús la consumó en un instante, conformándose con mi buena voluntad, que nunca me había faltado. Yo podía decirle, igual que los apóstoles: «Señor, me he pasado la noche bregando, y no he cogido nada». Y más misericordioso todavía conmigo que con los apóstoles, Jesús mismo cogió la red, la echó y la sacó repleta de peces… Hizo de mí un pescador de almas, y sentí un gran deseo de trabajar por la conversión de los pecadores, deseo que no había sentido antes con tanta intensidad… Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz…!

Diego Fares sj

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