Teologías de la ascensión (C 2022)

            Jesús dijo a sus discípulos: «Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré al Prometido de mi Padre. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto.» Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, mientras los bendecía, se desprendió de ellos y era llevado en alto al cielo. Los discípulos, que lo habían adorado postrándose ante El, volvieron a Jerusalén con un gozo grande, y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios (Lc 24, 46-53).

Contemplación

Vemos en el icono a los apóstoles que se salen de la vaina, inquietos por salir a predicar; vemos a un Jesús que tiene abierto el círculo del cielo -que los ángeles parece que tiran para abajo más que para arriba- y está listo para enviarles su Espíritu. Y en medio de todos a nuestra Señor, poniendo paz en todo y todos.

Con la Ascensión termina de alguna manera la vida que el Señor quiso llevar “como uno más entre nosotros” y comienza la vida apostólica de la Iglesia, con un Señor que acompaña “de otras maneras”. Es un misterio cómo será la vida del Señor junto al Padre, pero algunas certezas tenemos: 

  • Se llevó las llagas

Una, que se llevó las llagas. Para “sentirnos”. Su humanidad no fue un “traje”; el Señor no regresó como vino, volvió “marcado” en su cuerpo. 

  • Su oficio es consolar

Sabemos también que su oficio es interceder al Padre por cada uno de nosotros, su oficio es consolar, como dice Ignacio en los Ejercicios. Así que si alguno anda desolado puede levantar la mano. El Señor viene. 

  • Está en la eucaristía

También nos aseguró que, aunque no lo veamos, en la Eucaristía Él está todos los días “con nosotros”. Lo que pasa es que eligió quedarse no en las bibliotecas y templos sino al aire libre y de camino a la frontera. Eligió quedarse “afectivamente”, en repetidos actos de encuentro y de comunión. Si aun así, viendo que se hizo pan, un pan que hay que renovar la comunión cada día porque el pan de ayer se pone duro, nosotros insistimos en “guardarlo” para adorarlo con los ojos en vez de comerlo para adorarlo con la boca (ir-oris , boca, tiene que ver con besar y con adorar), es que todavía no entendemos nada. 

  • No hace falta refugiarse en una “religión”

Quizás es que usamos nuestra religión para refugiarnos del mundo. Y lo de Jesús resucitado es mucho más que “prácticas religiosas” que buscan unirnos a Dios. Esto no es bueno aunque la nuestra sea verdadera y esté llena de cosas buenísimas y que hacen bien. Si nos refugiamos en vez de salir a misionar con un Jesús viviente, que no solo viene con nosotros, sino que nos espera en la fe de los pueblos a los que vamos, estamos depreciando el valor de la resurrección. En este tiempo largo -hasta que vuelva definitivamente- Jesús se queda mucho en silencio. Amando. Intercediendo. Consolando nuestro corazón. Al Espíritu le toca la tarea de “recordar” todas sus cosas y de “enseñárnoslas”. 

  • Él está a nivel del corazón

Jesús se queda a nivel del corazón. Este “nivel” es nuestro centro personal y lo más propio nuestro como personas. Es lo más alto en el ser humano. Y lo más tentado y embarullado por el mal espíritu que no quiere que estemos alegres y en paz en este nivel en el que el Señor se nos comunica. Jesús está siempre ayudando a sentir, ayudando a poner una imagen evangélica a los que nos va pasando. La certeza de que quiere comunicarse con nosotros a este nivel, al que cualquiera accede, lo muestra el hecho de que su única “aparición” haya sido para mostrar su Corazón. El Sagrado Corazón de Jesús. Que no anda colgado en cuadros de dudoso gusto, sino latiendo vivo por la calle, allí donde están los hombres, especialmente los más necesitados. 

  • Quiere que anunciemos que resucitó

Sabemos también que Jesús resucitado desea ser objeto de anuncio por parte nuestra. Le urge que le anunciemos a todos que Él ha resucitado. Pareciera que esto le basta para iniciar el camino que tiene que iniciar con cada persona. No quiere que agreguemos muchas cosas. No dice que haya que “estudiarlo”. Tampoco lo niega, pero lo esencial es anunciar: “¡El Señor ha resucitado!”. Esto nos debe llevar a pensar si no metemos en el anuncio muchas cosas que son nuestras, de nuestra cultura, de nuestro paradigma de pensamiento. Y en realidad, la gente no “necesita” estas cosas, sino usar las propias mientras va relacionando su cultura con un Jesús resucitado.

  • Dejemos que el Espíritu nos revista con su fuerza que viene de lo alto

Esta frase, este kerygma, predicado por testigos que han sido “revestidos con la fuerza que viene de lo alto”, con el Espíritu, tiene una fuerza particular que va sumando corazones a la Iglesia y va permitiendo al Señor “crear” obras y carismas al servicio de los más pobres. 

  • Urge anunciar: “¡Hay de mi si no evangelizare!”

Mientras se hace teología (un rato) debemos ser conscientes de que los pobres tienen necesidad del kerygma más que de los dogmas, de las bienaventuranzas más que de la sistematización de las verdades que surgen de Cristo, de las parábolas más que del Derecho canónico. Sin negar todo lo bueno de estas cosas, lo que urge es anunciar. Crear una masa crítica (que pueden ser dos o tres a los que se les despierta la fe, como le va sucediendo a Pablo) que cambie un ambiente, un grupo, un pueblo… Urge anunciar que Jesús ha resucitado y nos ha enviado a evangelizar, a enseñar todo lo que nos enseñó. El Espíritu será el que lo vaya dosificando de manera tal que los otros lo puedan asumir. 

La resurrección trae consigo su propia teología

La importancia de anunciar este hecho -Jesús ha resucitado- trae consigo ya su propia “teología”. Pero hay que tener cuidado de no apurarla ni desordenarla. En esta teología lo importante son, en primer lugar, las personas: los testigos.

  • Pedro

“El Señor ha resucitado…. y se ha aparecido a Simón Pedro”, dicen los discípulos a los que se habían rajado de la comunidad y ahora han vuelto corriendo a ella. Quieren contar su experiencia, pero como han vuelto consolados y más humildes, como “no se la creen”, escuchan ahora a la comunidad que les anuncia la aparición a Pedro. 

  • Los de Emaús

Luego sí, los dos de Emaús cuentan lo suyo, cómo este resucitado mientras caminaba con ellos les “calentaba” el corazón. ¡Quién les dirá a ellos que no era Jesús! Las experiencias que un tiene en su corazón se disciernen por los frutos (alegría, amor, hacer pasar a Jesús aquella tarde, volver corriendo a la comunidad). Lo que pasa es que hay que revalorizar el lugar de las experiencias afectivas. La antropología no cristiana no es capaz de “verlas” y las menosprecia. Pero “hay sentimientos del corazón que son superiores a la inteligencia con todas sus lógicas científicas y paradigmas y a la voluntad, con todo su deseo de poder y de bien. Son los afectos del espíritu”. La inteligencia y la voluntad (y las pasiones) no constituyen lo más alto en nosotros: no son la persona que somos. Nuestro corazón sí. Y uno sabe cuando obra de corazón o cuando recibe un regalo de otro corazón (¡imaginemos que es Jesús el que te va rescaldando el corazón!). 

  • Magdalena

“El Señor ha resucitado”, dice la Magdalena, “y me ha dicho que les diga que lo verán en Galilea”. Esto -Galilea-, el Papa Francisco lo traduce diciendo que hay que llevar siempre un Evangelio chiquito y leer un párrafo por día. Porque ahí nos sale al encuentro Jesús, como lo hizo al comenzar su vida pública partiendo de Galilea. Hay que releer todos los evangelios como el trabajo de “rescaldamiento del corazón” que fue haciendo Jesús con los discípulos y el pueblo fiel, a lo largo de su vida, para que luego el fuego de la resurrección lo templara para siempre.

  • La comunidad

El Señor ha resucitado y entrar en nuestra vida le supone cosas: “comer pescado”, aparecer según un ritmo, cada ocho días, dar la Eucaristía. La teología de estes signos que hace el Señor, manejando los tiempos de la Iglesia, nos dice que Él es el Señor del tiempo y que no solo hay que saber “donde” está o estará, sino también “cuando y cada cuanto viene”.

Resurrección va unida a paz, indisolublemente. El Señor da la paz muchas veces. Este signo del Señor es para hacer buena teología: todo lo que nos haga recibir, recuperar y gozar de la paz del resucitado es de buen espíritu.  

La resurrección va ligada, por tanto, a la paz, a Galilea, al corazón rescaldado, todo lo cual es como decir (y esto también es buena teología, teología de los afectos, como dice Fiorito) que la resurrección va ligada a la primera vocación, al primer deslumbramiento, al primer amor. No hay que perderlo, nos advierte el Apocalipsis. Pero se trata de “nuestro amor de jóvenes”, de un amor que nadie nos contó, sino que lo vivimos. 

  • Las discípulas

El Señor ha resucitado y se ha aparecido a las santas discípulas. Es la suya una 

resurrección que tiene que recorrer varios caminos todavía: debe subir al Padre, tiene que buscar a los perdidos, debe visitar y consolar a la comunidad presidida por Pedro. 

Siempre me hace ilusión “encontrarme a Jesús un día cualquiera por ahí, saliendo a la calle”. En los veinte años en el Hogar lo vi muchas veces en otros ojos, en un brillito de un pobre dando las gracias, en un bajar humildemente los ojos de un voluntario que hizo bien las cosas sin que nadie lo viera. He visto al Señor en tantas espaldas dobladas y en tantas “llagas escondidas”. No sé si saben que todos (todos; y lo digo con lágrimas) todos los pobres tienen llagas. La mayoría las esconde bastante bien, pero si uno mira con humildad las ve. ¿Y si hiciéramos “revisación general” la que se armaría! Por eso es que el papa no habla de otra cosa, sino de misericordia. Porque él es uno que sabe ver las llagas de la gente. 

  • Los más cercanos

El Señor ha resucitado y se mete en la vida cotidiana, ayudándolos a pescar, preparándoles el desayuno, preguntando por la amistad… Cómo me cae bien este Señor resucitado de la vida cotidiana (un lindo nombre para alguna congregación de curas o monjas). Es un signo también de que a Él le gustaba nuestra vida cotidiana, le gustaba su casa, le gustaba el taller de José, le gustaba la barca de sus amigos… Le gusta el cielo, ciertamente, pero lo estiró todo lo que pudo y clavó su tienda entre nosotros. Por eso es que no necesitamos contemplar las alturas celestiales, sino que tenemos para hacer dulce con las bajuras a las que lo trajo el Señor. Con su andar levantando caídos y tirados al borde del camino… 

  • Pedro, nuevamente… y Juan

El Señor ha resucitado y le dice a Pedro: “A ti que te importa (lo que le suceda en su vida a Juan). Tú sígueme a mí”. Jesús es un resucitado que se hace seguir, que sigue caminando, que se manifiesta de dos maneras: interiormente, a través de su Espíritu en la oración personal de cada uno; y exteriormente, en medio de la realidad cruda y dura de la vida actual, donde hay que seguirlo discerniendo los “signos de los tiempos” (que hemos visto más arriba, es decir: 

Signos

Signo de la comunidad: de la gente que en cuanto puede “corre a la comunidad”

Un signo de los tiempos (una marca que el Espíritu pone en nuestro hoy) lo da la gente “que no se la cree” sino que siempre anda corriendo a buscar al Jesús amigo íntimo en la comunidad eclesial que le toca, sin quejarse; 

Signo de la paz: de la gente que trabaja por la paz y se la pasa desatando nudos

Otro signo de los tiempos está allí donde hay gente y estructuras que “dan la paz muchas veces”, como hacía el Resucitado; gente y estructuras que no se cansan de “trabajar por la paz” y son felices con ella.

Signo de la gente “Galilea”: que vuelve en la memoria agradecida a repasar el evangelio

Otro signo de los tiempos está en la gente que sabe “volver a Galilea”. Es decir, gente que lee su evangelio chiquito porque allí, más que recetas, encuentra a Jesús vivo en alguna palabra que “el Espíritu le da a sentir y gustar” y que le rescalda el corazón.

Signo de la gente seguidora, como las discípulas, que eran de fierro

Otro signo es la  gente “seguidora”. Que no afloja, que está, que vuelve, como las discípulas. El resucitado, aunque tiene la Agenda llena, siempre les hace un huequito, y si uno les anda cerca, a estas personas fieles, seguro que algo pesca.

El signo de la pesca, símbolo del trabajo cotidiano de la gente que sale a pescar

Decíamos que al Señor resucitado lo vemos en medio de la vida cotidiana. El dejó esto como un último signo de dónde lo tenemos que buscar. Y lo hizo no como obligación sino porque le gustaba la vida cotidiana, el templo de la intemperie. Le gustaba más que los templos romanos que le construimos después (aunque son hermosos y sólidos y han custodiado el culto por dos mil años, pero ahora se acabó: terminaron siendo museos y en un museo no encontraremos al resucitado). 

El signo del seguimiento. Seguir a los que siguen, a los testigos, a los mártires. 

Decíamos que así como dejó el signo de que lo encontraríamos en la vida cotidiana (la del antes de la Galilea, con su primer amor, y la de ahora, con todo lo que conlleva de conflictivo la cultura actual. También dejó Jesús un signo en esto de andar “en camino”: yendo al Padre, buscando perdidos, y haciéndose seguir por Pedro Él como persona: vos seguime a mí. 

Todos estos hechos, simples y potentes, son verdades teológicas. Sin dogmatismo, son signos para quedarse haciendo teología espiritual. Son verdades para “comer”, para comulgar con Jesús que se hace cercano gracias a estos “modos de proceder” tan suyos. Cada una de sus palabras, cada uno de sus gestos, sus tiempos y los lugares que elige para aparecerse, todo es para ser contemplado y meditado como un signo, pero no para quedarse dando vueltas abstractamente a las palabras y llenar el hueco con otras palabras, sino para pasar encontrar el Corazón en cada signo y con este sentimiento espiritual pasar a la acción, al anuncio y al servicio de los demás. Los Hechos de los apóstoles dan cuenta de esta “teología nueva” que trae el Señor resucitado. Que incluye también todas nuestras prácticas religiosas tradicionales, propias de toda religión, pero releídas a la luz del Resucitado que las toma y las deja según convenga. 

Diego Fares sj

Sér fieles es sentir y obrar «de corazón» (Pascua 6 C 2022)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. 

El que no me ama no es fiel a mis palabras. 

La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. 

Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. 

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. No se inquieten ni teman! Me han oído decir: «Me voy y volveré a ustedes». Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. 

Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean» (Jn 14, 23-29).

Contemplación

Armado solo de Palabra

Jesús es uno que está armado de palabras. Solo con sus Palabras cuenta nuestro Señor para llegar de la mejor manera a nuestro corazón. Son Palabras que testimonian un gran amor, no son solo palabras lindas, no son literatura, como diría Madeleine Delbrêl. No tiene otra cosa que darnos. Sus Palabras son su manera de darse. ¡Con cuanta atención y cariño inventó sus parábolas que siguen tocando el corazón de generación tras generación! Sus palabras son el mandamiento del amor: que nos amemos como Él nos amó. Sus Palabras son Eucaristía, acción de gracias al Padre con la que nos hace comulgar, comiendo una y otra vez su Cuerpo y bebiendo el vino de su Sangre, derramada en la cruz por todos. Y nos dice el Señor que si le somos fieles a sus Palabras, el Padre nos amará y vendrán a habitar en nosotros. 

Ser fieles es obrar “de corazón”

¿Qué significa ser fieles a sus Palabras? Sabemos qué es ser fiel: no basta solo serlo cumpliendo externamente. Ser fiel es serlo “de corazón”, cuando nadie nos ve, corrigiendo la intención más honda cada vez que se desvía un poco. Ser fieles es discernir en cada momento qué y como haría las cosas Jesús en mi lugar.

Cada vez que siento deseo de ver a Jesús es como que Él me remite a sus Palabras. Hay que tener paciencia y tratar de comprender sus Palabras y de aplicarlas a la vida concreta para que Él se nos haga presente de la mejor manera posible. Él y el Padre. No bastaría una presencia externa. También ella necesitaría, finalmente, de sus Palabras. Por eso el Señor le dice a Tomás: felices los que sin ver creen. Porque se vea o no se vea, la fidelidad es creer en la Palabra del otro.

Con un Ayudante se puede

Cuando uno trata de hacer lo que Jesús dice, de llevar a la práctica de corazón sus Palabras, se da cuenta que necesita ayuda. Jesús también se dió cuenta, digamos así, de que no bastaríaa dar testimonio de su amor por la humanidad y expresarlo en las parábolas más bellas del mundo y en la bienaventuranzas y dando la vida en la cruz. No bastaría.  

Por eso preparan todo con el Padre para mandar el Espíritu. El Espíritu Santo de ambos es el que dispone y arregla las cosas para que tengan nuestra medida, la de nuestra cultura, la de nuestra capacidad. 

Hay que ser lo bastante humildes

Si somos lo bastante humildes para desear verla, la acción del Espíritu es esplendorosa. Tanto en la vida de los pueblos y de la Iglesia como en la de nuestra propia vida. Pero tiene un sello, el de ser un esplendor silencioso, que requiere de nuestro asentimiento y de nuestra fidelidad. En la vida de los santos se ve este esplendor del Espíritu. Se ve no solo en los grandes milagros o visiones que tuvieron (y tienen los santos actuales) sino sobre todo en los pequeños detalles de cada día. El Espíritu es el Paráclito, el que está nuestro lado y nos acompáña, nos enseña todo, nos da la palabra justa en cada momento si nosotros tenemos una actitud de oyentes de la Palabra. Pensaba en las misas de Ignacio. 

Ignacio y Jesús en la misa

Y ya que estamos en el año ignaciano leamos un poquito cómo celebraba Ignacio sus misas de “discernimiento”, en este caso lo que ponía sobre el altar era la pobreza de las Iglesias de la Compañía, si debían cobrar algo o ser totalmente gratuitas…

Dice así (lo modernizo un poco porque es un español un poco duro):

“Ya vestido, en cámara, y al prepararme en ella para ir a celebrar la misa, con nueva devoción y mociones interiores a lagrimar al acordarme de Jesús, sintiendo mucha confianza en Él y pareciéndome que me sería propicio y que Él intercedería por mí, no queriendo ni buscando yo más ni mayor confirmación de lo pasado (Dios le había hecho sentir que confirmaba su discernimiento de una pobreza más total), quedando quieto y reposado en esta parte, venía a demandar y suplicar a Jesús para conformarme con la voluntad de la Santísima Trinidad por la vía que mejor le pareciese”. 

En lo que nos fijamos no es tanto en el tema que trata Ignacio, sino en el modo de “sentir a Jesús” y de “tratar amigablemente con Él” en la Misa.

“Después al revestirme (con los ornamentos) iba creciendo este representarme el socorro y el amor de Jesús. Y comencé la misa no sin mucha, quieta y reposada devoción; y con algún modo tenue a lagrimar (…) satisfecho y contento en dejarme gobernar por la divina majestad (Jesús), de quien es el dar y retirar sus gracias, según y cuando más conviene; y con esto después, al fuego, creciendo este contentamiento, con una nueva moción interior y amor a Jesús”.

“Después así mismo sentir a Jesús haciendo el mismo oficio de pensar  y de orar al Padre (por mí), pareciéndome y sintiendo dentro que Él hacía todo delante del Padre y de la santísima Trinidad”. 

Esto como un ejemplo de cómo se puede ir creciendo en el modo como vivimos la Eucaristía, metiendo en ella nuestros problemas de la vida diaria y estrechando más y más nuestra confianza en que Jesús está allí, trabajando e intercediendo por nosotros ante el Padre. ¡No nos deja solos!

Alegría y paz como criterios

El Espíritu también refuerza otras dos gracias que nos deja Jesús que son la paz y la alegría. Son los criterios de discernimiento de San ignacio. En los puntos donde está la Palabra y el Espíritu de Jesús hay paz y alegría duraderas. Esta es  la clave. Hay otras alegrías y tranquilidades pasajeras. En cambio las de Jesus duran y su fruto se extiende durante el día.

Jesús no se va al más allá

Jesús está diciendo que se va al Padre, a un Padre que, paradójicamente quiere venir a habitar en nuestro interior!

Un Padre que ha bajado de la terraza y corre ya hacia su hijo pródigo que vuelve. 

Esto es decir que Jesús se va no lejos, no afuera, no al más allá, sino a la intimidad más profunda del corazón de un Padre…  que viene a habitar en nosotros! 

Desde entonces, el cielo está en el corazón de los Santos y las santas que peregrinan en esta tierra.

Y también en el corazón de los que no somos tan santos individualmente, pero nos sentimos de corazón parte, uno más, del pueblo fiel De Dios, que ama a Jesús y que por eso es santo. 

El Padre que habita en el corazón personal de cada uno de sus hijos amados que aman a Jesús, el Predilecto, habita también en el interior de ese misterioso corazón común que tiene el pueblo fiel De Dios. 

Un solo corazón tiene ese Pueblo, dice Pedro. 

Jesús no se fue lejos, se hizo tan prójimo que podemos traerlo y tenerlo a nuestro lado, acompañándonos en todo momento, sintiendo y practicando “de corazón” -con fidelidad- sus Palabras. 

Los abuelos en el Hogar de San José

En esta “calesita” de la Trinidad, en la que se van y vuelven continuamente, me viene a la mente la imagen de algunos abuelos del hogar, que tenían que salir a la mañana temprano (porque se terminaba su turno de la noche y venían los del primer desayuno)..: salían, estiraban un poco los pies y al rato volvían a hacer la cola con los que llegaban para almorzar, y entraban de nuevo al comedor. 

O si no, los Domingos, se quedaban sentaditos en los dos escalones de la puerta del Hogar, a ver si cuando venía el encargado de la tarde les pedía una manito y los quería hacer pasar un rato antes

Un poco así es esto de la ida del Señor. Se va por que nuestra vida tiene ciclos, horarios, espacios… Se va pero se queda cerca, para que lo queramos invitar a pasar de nuevo. Y esto cada vez, en la Eucaristía. En la renovada apertura de corazón que requiere comulgar y hospedarlo un rato concreto (lo que dura la comunión)en nuestro interior. A manera de un entrenamiento para aprender a recibirlo, al modo de una dilatación del corazón que nos hace crecer. No se trata tanto del hecho de “tenerlo” a Él como objeto de culto, sino de “dilatarnos” nosotros en el amor.La Eucaristia es para aprender a amar, recibiendo, hospedando, comulgando con el que comulga con nuestros intereses y necesidades e intercede al Padre con toda familiaridad.

Institucionalizar la cercanía

Este era el deseo de Ignacio al fundar la compañía de Jesús. 

Institucionalizar la cercanía y la familiaridad con Dios. 

Así como otros institucionalizan la burocracia, Ignacio institucionalizó la familiaridad con Dios nuestro Señor. No otra cosa son los ejercicios, sino la estructura que mantiene fresca la cercanía con Jesús.

Jesús no se fue afuera del mundo, su haberse ido es para volver cada día a nuestro interior, solo que dejándonos espacio para que libremente lo queramos recibir en la Eucaristía y en cada persona necesitada (Tuve hambre…). Tanta disponibilidad para estar fácilmente en nuestro interior nos tiene que hacer comprender que su “ausencia” es sólo para activar nuestra libertad de invitarlo. 

El Señor se va no para irse, sino para entrar de nuevo y de manera nueva en “los que le abren la puerta”, 

para entrar en el interior de los que institucionalizan su oración, cumpliendo «el mandamiento de hacer la Eucaristía en memoria suya»; 

Para entrar en medio de los que institucionalizan su vida comunitaria, cumpliendo el mandamiento «ámense entre todos en común como yo los he amado»; 

Para entrar en medio de los que institucionalizan su acción apostólica, cumpliendo los mandamientos que dicen: “anuncien el evangelio”, “practiquen el servicio humilde”, “reciban con hospitalidad”, “perdonen varias veces por día”, “háganse prójimos de los pobres”.

Contemplamos al Padre

¿Y cuál es ese “lugar” a donde el Señor va y que le permite estar tan cerca de los que ama? Juan no habla de Resurrección sino de «ida al Padre». 

¿Dónde está, cómo es este Padre a quien «nadie ha visto nunca sino solo Jesús»?

No podemos “concebir al Padre”, hacernos una idea de su intimidad. Jesús mismo dice que el Padre es “mayor» que él! 

Actualmente, el paradigma científico ha terminado con el paradigma teológico de representación del mundo. En vez de imaginarnos el cielo como una esfera que está ahí nomás, arriba de las estrellas que se ven, y desde donde un Señor viejito extiende sus manos sobre la creación, nos imaginamos un cielo infinito que está en expansión desde el Big Bang y que lo ha “corrido” por así decirlo a Dios de su rol de creador y protector cercano. 

La gente se ríe de esa imagen infantil, pero no es menos infantil la de un cielo que “corre” (hacia dónde?), siempre ese “más allá” que nos representamos estático o dinámico pero siempre de manera “humana” (infantil). 

Mejor que intentar representarnos donde “está” o “no está” es pensarlo e imaginarlo con lo que Jesús nos dice en el evangelio de Juan y nos describe en sus parábolas.

El Señor nos revela a los que el Padre ama y lo que el Padre hace.

El Padre ama a los que aman a su Hijo.

Una manera de gustar esta gracia es reflexionar y sentir cómo amamos a los amigos de nuestros hijos o a los hermanos de nuestros amigos. Ya de entrada hay una buena predisposición para con ellos. Y si el hermano de nuestro amigo es tan buen tipo como él, el amor se consolida rápidamente. Pues bien, así nos mira el Padre a los que amamos a Jesús. Se vuelve incondicional con nosotros! Nos concede todo lo que le pidamos en Nombre de su Hijo. Quedamos incluidos en su esfera de buenas influencias, entramos a participar de sus planes, podemos gozar de los beneficios de la amistad gratuita…

El Padre viene a habitar, junto con Jesús, en los que son fieles a la palabra de su Hijo.

Para gustar esta actitud del Padre podemos pensar en lo lindo que es para un padre volver a casa, estar en familia con los suyos. Cuánto más lejos debe ir a trabajar y cuanto más tiempo tiene que pasar fuera de su casa, más presente está su familia en su corazón, más valiosa la considera. Cuanto más libertad van adquiriendo los hijos, más despojada y más interior se vuelve la presencia del padre, más crece su deseo de habitar en el corazón de su hijo, respetando sus tiempos, esperando a que quiera charlar, contemplando cómo se fortalece su personalidad y cómo vive su propia vida.

El Padre envía el Espíritu que nos hace de abogado, en nombre de Jesús. 

Para gustar este carácter donador del Padre puede ayudar recordar a los que nos dieron lo mejor de sí. ¿Qué me quiso dejar mi padre en herencia? ¿Cómo luchó por expresar un amor gratuito con sus límites? Cómo sufrió por no ser mejor para poder mostrar más un amor desinteresado. Que el Padre nos envíe el Espíritu que lo une a Él con Jesús significa que no solo que nos da todo, enteramente, lo mejor de sí, sino que se nos da Él mismo.

Le pedimos al Espíritu que nos haga comprender en plenitud lo que nos quiere inculcar en el corazón Jesús, el Señor, y nos mueva a actuar concretamente en consecuencia, como dice el Papa Francisco comentando este pasaje. 

Diego Fares sj

De corazón, como Yo los he amado (Pascua 5 C 2022)

Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros (Jn 13, 31-35).

Contemplación

“Ámense como Yo los he amado. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos”. Amarnos “así como Él nos amó”. Solemos agregar: hasta dar la vida. Esa es la esencia, el corazón de su amor. Pero hay mil detalles que rescatar. Y lo hacemos con gusto en la contemplación: los detalles que hacían que el amor de Jesús fuera algo especial, algo único que ahora quiere “derramar en nuestros corazones con el Espíritu que nos da”.

Lo primero, siempre que se trata de hacer o pedir algo en Nombre de Jesús, es invocar al Espíritu. Él es el que “administra” digamos así, los dones que el Padre puso en el Hijo. Le pedimos al Espíritu, nuestro compañero invisible pero que se hace sentir, que nos “ilumine los ojos del corazón” (Ef 1, 17-18) para poder conocer internamente a Jesús. Así nuestro amor será  un amor más “de corazón”, un amor sincero y como es, no un amor de compromiso.

Ahora miremos un momento el lugar que eligió Jesús para dejarnos el mandamiento del amor: es el cenáculo, esa “sala grande en el piso alto de una hospedería”, el mismo lugar en el que quiso lavar los pies de sus amigos y darse a sí mismo en la Eucaristía. Es un lugar muy especial para todos y allí -en ese clima – resuena este mandamiento de que nos amemos como Él nos amó.

Consideremos ahora la situación en la que se encontraban. Fue “después que Judas salió” que Jesús les habló del amor. Justo en el momento de la traición. Dentro del lapso largo de su vida, cuando va a terminar el movimiento de “bajada” (Encarnación)  y va a comenzar el de “subida”, su vuelta al Padre- Jesús elige lo que a nuestros ojos es quizás el peor momento para hablar de amor: justo cuando uno de los suyos sale a venderlo!

¿Qué sentiría Jesús? Estaba conmovido, nos dicen los testigos. Acababa de hablarle a Judas dejándolo en  libertad de acción y le pidió solo una cosa: “Lo que vas a hacer, apúrate a hacerlo rápido».  

Focalicémonos en el Señor: no se queda abstraído por la conmoción del momento. Deja de mirar la puerta por la que salió Judas (era de noche) y se vuelve con infinita ternura a los otros once: «Hijitos» los llama. Los mira a cada uno y les dice -imaginamos- con tono de pena: «Ya no me queda tiempo», «ya no estaré con ustedes»… “Donde yo voy, ustedes no me pueden seguir”. Y agrega ahí: “Les doy un mandamiento nuevo…”.

Nos detenemos en ese “les doy”. No se trata de un dar como cuando se da una orden. No es tampoco un dar como cuando se da un consejo. Se trata de dar la herencia: es la última voluntad de alguien que va a morir, su último deseo, lo que más le importa. Veremos la misma preocupación por el amor cuando le pregunte tres veces a Pedro si lo ama. Por eso escuchamos la Palabra con atención para que este mandamiento –que sintetiza todo lo que pretende Jesús de nosotros (que recibamos y pongamos en obra este amor suyo especial- resuene en nuestro corazón con toda su riqueza.  

Toda la Riqueza de este amor

A veces, de tanto escucharlo, reducimos la riqueza del mandamiento del amor. Amar como Él, amar con su amor (no con el nuestro, tan mezclado y cambiante), amar con el amor que Él nos da como don. Cómo es el amor de Jesús?

De un amor fiel

Su amor es fiel. El Señor les dice: «Uno de ustedes me va a entregar», y pone sobre la mesa la posibilidad de que fueran varios o todos (de hecho casi todos lo abandonarán de una manera u otra). Y sin embargo, Él mantiene su amor por el grupo que eligió. Si ellos no son fieles, Él es fiel. El mandamiento proviene, pues, de la convicción del Señor de que ese es el camino. 

Ama de corazón

 El Señor agrega esa pequeña frase que lo cambia todo, que renueva el amor de arriba abajo, como un vestido de fiesta, como un corazón nuevo: “Como Yo los he amado, también ustedes ámense mutuamente”. Junto con su fidelidad, tan sabrosa, lo que se me ocurre es que nos amó y nos ama “de corazón”. Esto equivale a decir que nos ama “como personas”. Antes de amar esta o aquella cualidad o utilidad, antes de criticar tal o cual aspecto de nuestra personalidad, el Señor nos ama como personas, y esto solo se puede si uno ama de corazón, es decir íntegramente. Y paradójicamente esta es una gracia muy grande y algo muy importante que comenzó a reclamar la cultura actual, en la que se visibiliza y hace sentir su voz mucha gente que se siente “diversa” en sus opciones y creencias y reclama ser al menos respetada como persona. Y si es posible, ser amadas de corazón. Cada uno desea pensar como quiere y hacer sus opciones libremente y pide ser respetado como persona antes que nada. Justo lo que el Señor quiere dar la sociedad lo comienza a reclamar!

En el así llamado himno de la caridad escrito por san Pablo, vemos algunas características de este amor “de corazón” que el Papa nos dejó en Amoris Laetitia

El amor de corazón es paciente (evita agredir).

El amor de corazón no se irrita ni lleva cuentas del mal.

El amor de corazón es servicial (concentrado en poner en obras el amor)
el amor  de corazón no tiene envidia de nadie (porque goza de su amor),

El amor de corazón no hace alarde (no se la cree).

El amor de corazón no es arrogante (no se agranda).
El amor de corazón es amable (no maltrata),

El amor de corazón no busca su propio interés,
El amor de corazón no se alegra de la injusticia,
sino que se regocija con la verdad.

…..
El amor de corazón todo lo disculpa,
El amor de corazón todo lo cree,
El amor de corazón todo lo espera,
El amor de corazón todo lo soporta» (1 Co 13,4-7).

Estas son las características del amor de corazón, que mira a la persona del otro antes que a sus cualidades o defectos 

El que ama de corazón es paciente: (magnánimo, en el sentido de alguien   que tiene un “gran corazón”, como solemos decir). Esto lo muestra en que “evita agredir”. Es «lento a la ira» (Ex 34,6). Cuenta hasta cien. Este ser lento para enojarse es propio de la vida de familia que tiene paciencia a cada miembro y es lo contrario a las actitudes del mundo competitivo, donde el que se enoja y pega primero gana.

El que ama de corazón no se irrita. “Paroxinetai” es esa violencia interna, esa  irritación no expresada que nos coloca a la defensiva frente a los otros, como si fueran enemigos. Alimentar esa agresividad íntima -masticar bronca- no sirve para nada. Sólo nos enferma y termina aislándonos. El amor de corazón evita agredir porque “no se da manija”, no se irrita interiormente todo el tiempo.

Una receta para no andar masticando broncas es “no llevar la contabilidad  de las cosas malas”. El que ama de corazón dejar pasar muchas cosas (casi todas, salvo la injusticia); hay que saber olvidar lo malo y concentrarse en lo bueno, en lo positivo. Consolarse en los buenos, como dice que hace el papa Francisco cuando ve mucho mal en torno, consolarse en la gente buena.

El que ama “de corazón” “no se alegra en la injusticia” (jairei epi te adikía). No deja que arraigue en su interior algo muy negativo: esa actitud venenosa del que se alegra cuando ve que se le hace injusticia a alguien. Esto es muy bajo (y más común de lo que pareciera). Contra eso, está la otra frase de Pablo: el que ama de corazón “se alegra y regocija con la verdad“ (sygjairei te alétheia). El que ama de corazón es un tipo o una tipa que se alegra con el bien del otro, que reconoce su dignidad y valora sus capacidades y sus buenas obras. 

Eso es imposible para quien necesita estar siempre comparándose o compitiendo. Cuando una persona que ama puede hacer un bien a otro, o cuando ve que al otro le va bien en la vida, el que ama de corazón lo vive con alegría, y de ese modo da gloria a Dios, porque «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). Nuestro Señor aprecia de manera especial a quien se alegra con la felicidad del otro. Si no alimentamos nuestra capacidad de gozar con el bien del otro y, sobre todo, nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría, ya que como ha dicho Jesús «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35). La familia debe ser siempre el lugar donde alguien, que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él.

El que ama de corazón tiene una permanente actitud de servicio. Jrestéuetai deriva de jrestós: persona buena, que muestra su bondad en sus obras. Pablo quiere aclarar que la «paciencia» nombrada en primer lugar no es una postura totalmente pasiva, sino que está acompañada por una actividad, por una reacción dinámica y creativa ante los demás. Indica que el amor beneficia y promueve a los demás. Por eso se traduce como «servicial». El verbo «amar» en hebreo: es «hacer el bien». 

Como decía san Ignacio, «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras” (Ejercicios Espirituales, Contemplación para alcanzar amor, 230). 

El que ama de corazón no hace alarde ni  se agranda. El término perpereuotai, indica vanagloria, ansia de mostrarse como superior para impresionar a otros con una actitud pedante y algo agresiva. Quien ama, no sólo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que además, porque está centrado en los demás, sabe ubicarse en su lugar sin pretender ser el centro. 

La palabra siguiente —physioutai— es muy semejante, porque indica que el amor no es arrogante. Literalmente expresa que no se «agranda» ante los demás, e indica algo más sutil. No es sólo una obsesión por mostrar las propias cualidades, sino que además se pierde el sentido de la realidad. Se considera más grande de lo que es, porque se cree más «espiritual» o «sabio». Pablo usa este verbo otras veces, por ejemplo para decir que «la ciencia hincha, el amor en cambio edifica» (1 Co 8,1).

Es decir, algunos se creen grandes porque saben más que los demás, y se dedican a exigirles y a controlarlos, cuando en realidad lo que nos hace grandes es el amor que comprende, cuida, protege al débil. 

Amar también es volverse amable, y allí toma sentido la palabra asjemonéi.Quiere indicar que el amorno obra con rudeza, no actúa de modo descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. La cortesía «es una escuela de sensibilidad y desinterés», que exige a la persona «cultivar su mente y sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos momentos, a callar». Ser amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar. Como parte de las exigencias irrenunciables del amor, «todo ser humano está obligado a ser afable con los que lo rodean». Cada día, «entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto […] El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón». El que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan. Veamos, por ejemplo, algunas palabras que decía Jesús a las personas: «¡Ánimo hijo!» (Mt 9,2). «¡Qué grande es tu fe!» (Mt 15,28). «¡Levántate!» (Mc 5,41). «Vete en paz» (Lc 7,50). «No tengáis miedo» (Mt 14,27). No son palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian. En la familia hay que aprender este lenguaje amable de Jesús.

…..

El elenco del que ama de corazón se completa con cuatro expresiones que hablan de una totalidad: «todo». Disculpa todo, cree todo, espera todo, soporta todo. De este modo, se remarca con fuerza el dinamismo contracultural del amor, capaz de hacerle frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo.

Diego Fares sj

Pertenencia y oración (Pascua 4 C 2022)

En aquel tiempo, Jesús dijo: «Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos uno» (Jn 10, 27-30).

Contemplación

Escuchamos conmovidos cómo Jesús dice “mis ovejas”. Que nuestro Padre nos «ha dado» a Él, nos ha puesto en sus manos. Y Él nos ha hecho suyos. Tanto que nadie nos puede separar. Como dice Pablo: “Quién nos separará del amor de Cristo?” Yo estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 36-38).

Jesús afirma que los que somos suyos “escuchamos su voz”. Apela a nuestro sentido de pertenencia: “Somos suyos, a El pertenecemos. Somos su pueblo, ovejas de su grey«. Apela a que nos sintamos suyos de corazón, a que aceptemos lo que Él nos da y cómo nos lo da: que nos amó y dio su vida por nosotros. Se trata de ponerlo en el centro de nuestro corazón y de tomar conciencia de que estamos en el centro del suyo, que Él todo lo hace por nosotros. Si aceptamos su amor, entonces le creeremos y lo seguiremos. Y Él nos dará vida eterna y nada ni nadie nos arrebatará de sus manos.

Es una cuestión de corazón. Nuestra mente nos dice muchas cosas de Jesús. Hay muchas opiniones y no podemos tener un conocimiento que no sea cuestionado. Pero nuestro corazón nos dice más. Nos dice que no hay otro como Él; que vale la pena seguirlo; que sus palabras acerca del hombre y lo que es su realización, personal y social, son únicas y verdaderas; y que es posible creerle en otras cosas que, por parecer más científicas, que no siempre lo son, parecen difíciles de conciliar con la realidad. Nuestro corazón nos dice que Jesús vale la pena! Y hay una Persona misteriosa, el Espíritu Santo, que nos va confirmando todas las cosas. Pero lo hace a su manera, no nos revela todo, sino lo que vamos necesitando para caminar siguiendo a Jesús. Cuando Ellos dos se ponen en acción, el Espíritu y Jesús -presente a través de las palabras de su Evangelio- una fuerza y una presencia mayores todavía confirman nuestra opción por el Señor: es el Padre, son sus manos, de las que vamos sintiendo que nada ni nadie nos puede arrancar. Entre esas manos queremos estar.

Todo esto nos habla de familiaridad con Dios, de familiaridad y pertenencia: En la medida en que le pertenecemos metiéndonos más y más en el modo de comunicarse entre Ellos que tienen Jesús, el Espíritu y el Padre, más conocemos a Jesús, más los conocemos a los tres. 

Y de aquí brota un tipo de oración en la que la pertenencia es lo primero.

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En la vida de Santa Teresa hay un pasaje muy lindo en el que se nota esta pertenencia. Teresa estaba preocupada por uno de sus hermanos, Agustín, que estaba en nuestras tierras y no andaba bien espiritualmente. Y se le ocurre rezarle al Señor con estas palabras: «Si yo viera, Señor, un hermano tuyo en este peligro qué no haría por remediarlo. Agustín es mi hermano, Señor».

José María Javierre llama a esta oración: «una queja finísima, de mujer enamorada«.

Es una oración que apela a la pertenencia. Nos recuerda la oración de Marta y de María por su hermano Lázaro: “el que tú amas está enfermo”. Los diálogos de la fe se hacen con estos sentimientos, se le dice al Señor primero, que somos suyos y le pertenecemos, que somos de su familia y, luego, se le pide lo que viene al caso. 

Lo simpático del pasaje anterior es que Jesús le responde de la misma manera a Teresa pero para otro asunto. A ella la habían nombrado Priora del convento de la Encarnación, el convento de calzadas del que había salido para fundar su conventito de descalzas -el de San José-. Teresa no veía volver allí como Priora, pero el Señor sí. Y la voz de Jesús se dejó oír en estos términos en su interior: «Hija, hija, hermanas mías son estas de la Encarnación, y tú te detienes… Hermanas son mías, ten ánimo, mira que lo quiero Yo. No es tan dificultoso como te parece. No resistas, que es grande mi poder”. 

Naturalmente, Teresa dio su conformidad y fue. (Javierre dice que la entrada al convento fue como la toma de la Bastilla: le cerraron las puertas (y eso que venía con el Obispo). Entraron por una puertita escondida que ella conocía… Hubo gritos, desmayos y hasta empujones a la santa! Pero Teresa se las ganó con un gesto genial: al otro día, cuando llegó la hora de que le prestaran acatamiento, arrodillándose ante ella sentada en el sillón de la priora, como era la costumbre, en vez de ir a sentarse, puso una imagen de la Virgen de la Clemencia con las llaves del convento en las manos…, y en el sillón de la sub priora sentó a su imagencita de San José, la que siempre llevaba consigo. Y ella se fue a sentar a su antiguo puesto… 

El discursito que les dio decía así: Hija soy de esta casa y hermana de todas ustedes; de todas, o de la mayor parte (eran más de cien) conozco la condición y las necesidades; no hay para que se extrañen de quien es tan propia suya… Solo vengo a servirlas y regalarlas en todo lo que pueda; y para eso espero que me ha de ayudar mucho el Señor, que en lo demás cualquiera me puede enseñar y reformar. Por eso vean, señoras mías, lo que yo puedo hacer por cualquiera; aunque sea dar la sangre y la vida, lo haré de muy buena voluntad”. Javierre concluye: “Han pasado siglos de entonces a hoy, y ninguna priora de la Encarnación ha osado sentarse en la silla prioral de nuestra Señora”.

La narración viene al caso de nuestra contemplación del Buen pastor, no tanto por la anécdota, que es muy simpática, sino por el lenguaje de Teresa con Jesús, del Señor con ella, y de Teresa con sus hermanas. Teresa es buena pastora porque es buena oveja. Por eso, también puede cada uno examinar cómo habla del Señor a los demás. Sentados en que sillón hablamos a los demás. Van juntas la pertenencia a la Trinidad y la pertenencia a las ovejas, al rebaño del que somos parte y en el que tenemos nuestra silla de siempre (y no ninguna otra cátedra, como los fariseos).

Cada uno puede quedarse gustando y saboreando este lenguaje haciéndolo propio. Escuchándose a sí mismo y haciendo memoria de cómo reza. Viendo si lo primero que dice cuando habla con Jesús es: “Aquí está tu hijo, aquí está tu hija”. “Aquí viene a rezarte el que Vos sentís como tuyo Señor”. Aquí están mis hermanos, que son también tuyos…, a los que vos amás. Con un lenguaje de buenos pastores y pastoras.

Protestar pertenencia… a las divinas Personas y a las personas comunes, es el primer paso de toda oración.

Diego Fares sj

Simón Pedro y el Resucitado: cinco pasos de maduración en la amistad (Pascua 3 C 2022)

1 Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. 2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. 3 En esto dijo Pedro: –Voy a pescar. Los otros dijeron: –Vamos contigo. Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada. 4 Al clarear el día, se presentó Jesús en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron. 5 Jesús les dijo: –Muchachos, ¿han pescado algo? Ellos contestaron: –No. 6 El les dijo: –Echen la red al lado derecho de la barca y pescarán. Ellos la echaron, y la red se llenó de tal cantidad de peces que no podían moverla. 7 Entonces, el discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro: –¡Es el Señor! Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. 8 Los otros discípulos llegaron a la orilla en la barca, tirando de la red llena de peces, pues no era mucha la distancia que los separaba de tierra; tan sólo unos cien metros. 9 Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. 10 Jesús les dijo: –Traigan ahora algunos de los peces que han pescado. 11 Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; en total eran ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. 12 Jesús les dijo: –Vengan a comer. Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: «¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor. 13 Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. 14 Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.
15 Después de comer, Jesús preguntó a Pedro: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos (agapás me pleon touton)? Pedro le contestó: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero (filo se). Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis corderos.16 Jesús volvió a preguntarle: –Simón, hijo de Juan, ¿me amas (agapás me). Pedro respondió: –Sí, Señor, tú sabes que te quiero (filo se). Jesús le dijo:–Pastorea mis ovejas.17 Por tercera vez insistió Jesús: –Simón, hijo de Juan, ¿me quieres (fileis me)? Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo amaba, y le respondió: –Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero (filo se). Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas.18 Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te ceñías el vestido e ibas adonde querías; mas, cuando seas viejo, extenderás los brazos y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir. 19 Jesús dijo esto para indicar la clase de muerte con la que Pedro daría gloria a Dios. Después añadió: –Sígueme. (Jn 21,1-19).

Contemplación 

La resurrección entra en la vida cotidiana de la comunidad y se mezcla con ella. Con toda normalidad. Esa es la dinámica del pasaje de Juan: un Jesús que se mete en la pesca fallida y la vuelve a hacer pesca milagrosa, un Jesús resucitado que los espera a la orilla del lago, después de la noche de trabajo. Les ha preparado algo con sus panes y peces de resucitado, pero les pide que traigan de los de ellos. No hace falta que hagan teología (que le pregunten quién es); saben muy bien que es el Señor. 

Esta vez Él les da panes y peces y lo que se ve es una especie de comunión espiritual. Están en medio de una jornada de trabajo por todo lo que han pescado y no hay mucho tiempo para hacer una misa así que comulgan con panes y peces. Al fin y al cabo la Eucaristía es todo, toma el pan y el vino, sí, como materia, pero como fruto de la Encarnación que participa de toda nuestra materia, la Eucaristía y los panes y peces de Jesús Dios encarnado, muerto y resucitado por nosotros abarca y consagra todo el universo. Es como si Jesús les hiciera ver que lo importante es que lo vean y lo piensen y lo sientan y quieran como lo que es ahora: el resucitado. El Dios con llagas que está a la derecha del Padre y se mete en todo lo que hacemos intercediendo y bendiciendo. Un Dios muy “uno más”. El testimonio primero que tienen que dar ellos es este: que a Jesús lo mataron pero resucitó y estuvo con ellos: lo vieron, lo oyeron, lo abrazaron, comieron con Él. La fe en que anda por este universo un Jesús resucitado, que obra por su Espíritu, es una fe que te cambia la vida. Eso sí, hay que fijar los ojos allí: en Jesús resucitado tal como lo testimonian los testigos que eligió (que fueron todos los de su comunidad).

Una cosa que me llamaba la atención esta semana es que la liturgia ya empieza a poner textos de la vida pública de Jesús. No es que se le hayan acabado los de la resurrección. Juan dice que tenía un montón más para escribir, imagínense. Los libros, dice, llenarían el mundo. Pero la opción, cuando Jesús se va “al cielo” (en el que nos cuesta creer porque no tenemos imagen fuera de las de Stephen Hawking que mezcla cosas y dice cualquiera, la opción decía es volver a recordar todo lo que hizo Jesús en vida “común”. Pensemos que las cosas que habían pasado era de algunos añitos nomás (que se les deben haber pasado volando como a nosotros estos dos (para tres) de la pandemia). Así, todo el evangelio hay que leerlo como escrito después de la resurrección, con esa perspectiva, desde ese “paradigma”. Estaba todo fresco y recordar cosas entre todos (Juan vio todo con sus propios ojos; Lucas dice que se informó muy bien con los testigos…) debe haber sido un placer. Tanto como comenzar a leer el evangelio cada domingo en la misa. La Palabra fue estructurando la vida de la comunidad en torno a Jesús resucitado. 

El cuadro de Rupnik lo expresa (para mí) en ese compartir pescaditos entre Jesús y Pedro. La resurrección se testimonia en medio de una compartida en la que cada uno pone lo suyo y Jesús lo bendice, lo asume y lo reparte.

Luego está la charla con Simón Pedro, que se suele robar la escena que, como vimos, es muy rica en lo que a Resurrección que se mete en la vida cotidiana se refiere. En el diálogo entre Jesús y su amigo también se mezcla la resurrección. Ahora no con el trabajo y la comida sino con la amistad, con el amor. Creo que Jesús le acerca su amor a Pedro, que lo tiene en muy alta consideración y se emociona todo cuando Jesús le va preguntando. Si me amas más, si de verdad simplemente me amas… son preguntas que conmocionan a Simón Pedro y le hacen brotar todos sus sentimientos para con Jesús: su culpa, sobre todo, sale; sale su ser un pobre pecador y un pobre pescador… Uno que hasta en la comunidad es criticado (se discutía siempre sobre quién era el más grande y él no quería ser el más grande…). Jesús le pacifica el corazón y -como resucitado (es decir como uno que sanciona y da ley para adelante) se lo fija en la amistad. Ya se todo lo que sos, que te tentás, que me negaste, que me amás “más” (o así lo piensan los que nos ven con ojos aún no del todo iluminados por la fe, que ven cuantitativamente y no cualitativamente las cosas), pero lo que yo te pregunto es si me querés como amigo. Señor Tú lo sabes todo, tu conoces que te quiero como amigo. Apacienta mis ovejas, entonces. Es decir: entre nosotros, todo en paz, no hace falta darle vueltas a si sos mi amigo, y los ojos, de ahora en más en la misión: apacentar a las ovejas. Apacentarlas, no inquietarlas como hacen tantos malos pastores que a la primer idea de moda inquietan el rebaño con cosas raras, que no son la fe y la caridad.

Jesús le da a su amigo el modo de tratarlo a Él y de tratar a las ovejas. A Él, quererlo como amigo; a las ovejas, apacentarlas. Apacentarlas para que pueda obrar el Espíritu, que trabaja cuando lo dejamos que trabaje en paz en nuestra oración y en la comunidad. 

Un poquito de contemplación (o contempl-acción, como le digo yo)

“Visualizamos la escena”: podemos imaginar al grupo -atareado-, luego de la pesca milagrosa y del desayuno que les preparó Jesús. Es el momento en que los otros van a ocuparse de los pescados y las redes y dejan un rato a solas a Jesús con Pedro. 

Los imagino sentados, apoyados en una roca, mirando el lago… Pedro con algún palito en la mano… Un poco a la defensiva, quizás. A ver qué quiere ahora el Maestro. A la tercera pregunta Juan dice que “se entristeció”. No podemos verlos pero de las palabras podemos ir dejando que el Espíritu nos haga “sentir” lo que ellos sienten. La cuestión es que se entristeció Pedro. Es decir, le salió lo que tenía más adentro, la síntesis de todo lo que había vivido con Jesús, le dejaba como saldo tristeza. Pienso que se trata de una tristeza nueva, del Espíritu. Pablo habla de ella a los Corintios, cuando les dice: “Ahora me regocijo, no de que fuisteis entristecidos, sino de que fuisteis entristecidos para arrepentimiento; porque fuisteis entristecidos conforme a la voluntad de Dios, para que no sufrierais pérdida alguna de parte nuestra” (2 Cor 7, 9). El Espíritu está obrando decididamente en Simón Pedro, que se tira al agua cuando Juan, su amigo, le dice que ”es el Señor”; es un Simón Pedro que se baja la red llena de peces y los cuenta -eran 153 peces grandes-; es un Simón que charla a solas con Jesús… y se entristece. Todas estas “cosas” que Pedro siente y hace, que parecen un poco impulsivas, son cosas que hace “de corazón”, impulsado por el Espíritu, al que “ama sin haberlo visto” y del que “va sintiendo los efectos de su presencia activa en su corazón. Esta tristeza es también del Espíritu. Es una tristeza de no ser “solo de Jesús”, de no tener a Jesús “por único tesoro”. Y el amor no basta. El amor común y aún el que el Espíritu ha derramado en nuestros corazones, no basta, sino tiene este plus, diríamos, de la amistad. Esa amistad que lo empareja todo, que lo aclara todo, que lo resuelve todo. Y a ese amor de amistad apunta Jesús: ¿me quieres como amigo? Es lo que Simón Pedro le ha estado diciendo cada vez. Pero Simón lo decía un poco como rebajando. Jesús lo dice enalteciendo este tipo de amor. Allí se siente cómodo el Señor y ese “molde” (como ama un amigo a otro amigo) nos lo da para que discernamos. Con la ayuda del Espíritu, por supuesto, pero se ve que para Jesús -que vivió con ellos todos esos años- basta. Y no vamos a describir más el amor de amistad ya que es muy personal y cada uno lo tiene que rezar. No queda otra: es algo para rezar mucho y de lo que hay que hablar poco. El efecto de esta oración se verá en el pastoreo de las ovejas, que se la otra cosa que le preocupa a Jesús. Que “el más grande y el más amigo sea pastoreador”.  A Jesús le interesa si el amor de Pedro ha madurado para las ovejas. Lo más lindo es cómo Jesús cosecha algo nuevo, hace que salga a la luz algo que sembró al comienzo en el corazón de Pedro, que fue haciendo crecer durante los años de vida compartida y que ahora da su fruto. Es esa síntesis única de amistad personal y  de compromiso comunitario (institucional), que es la roca en la que se funda la Iglesia. Esta síntesis es cuestión de corazón, no de conceptos abstractos ni de votos voluntarios sino de corazón. Recordemos algunos pasos en los que va cuajando esta síntesis que Jesús fue trabajando en su amigo:

Pasos para madurar en la amistad con Jesús:

1 Que te cambie el nombre (o te agregue otro, el de tu carisma para los demás)

El primer paso fue el cambio de nombre: Vos sos Simón, te llamarás Pedro. Cambiarle el nombre de entrada fue toda una jugada de Jesús. Fue como decirle: para que yo te enseñe y te forme, vos tenés que  cambiar toda tu manera de sentir: de ahora en más tendrá que sentir el peso y la densidad de ser Roca para los demás. Igual recordemos que Jesús lo sigue llamando Simón, Simón Pedro. Una síntesis con dos nombres. Desde esta perspectiva que vamos siguiendo, los dos nombres sirven para ir creciendo en el amor de amistad. Vieron lo que pasa cuando a algún amigo le dan un cargo político importante y nos juntamos a charlar? Ahí se ve el grado de maduración en la amistad que tiene. Está el que nos incluye y el que nos hace sentir “ni se te ocurra pedirme guita”. Bueno, por aquí va lo de los dos nombres. 

2 Que no te la creas. (punto).

Un segundo paso fue el de darle la misión apenas se confiesa los pecados: “Soy un hombre pecador”. “Seguime y yo haré de vos un pescador de hombres”. Es la síntesis del “no te la creas”. Mirá que vos estás aquí porque sos amigo mío, no por mérito propio. Pedro, esto siempre lo tuvo claro. Quizás demasiado.

3. Que tu fe en Él sea capaz de hacerte «ir a pérdida»

Otro paso de maduración en la amistad es el de la fe: la fe humana, diríamos, que hace que Pedro se juegue siempre por Jesús (Señor ¿a quien iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna”). La fe, la que es fruto del cariño y de la amistad, no la que viene de las especulaciones teóricas, es la clave en Simón Pedro. Vieron esa fe que tenemos en que los amigos “harán las cosas bien de alguna manera” y que si no pueden, “iremos a pérdida con ellos”? Bueno, esa fe fue madurando, madurando y cuajó en la resurrección, cuajó en Pentecostés, cuajó cuando hubo que abrirse a los paganos, en cada crisis, en cada paso de la comunidad, Pedro “apacentó” a la Iglesia en la Fe, en su fe, luego compartida por el que quiere seguir al Papa en la Iglesia católica. Sin despreciar.

4 Que hagas Ejercicios Espirituales (son Ejercicios del corazón y hacen mucho bien a la lucha espiritual que toca)

Y un cuarto paso es el de la ejercitación del corazón a través de la lucha espiritual, a través de las consolaciones (transfiguración) y desolaciones (el zarandeo de sentimientos ante la Cruz): el que más conoce a Jesús (en la consolación), niega que lo conoce (en la desolación). A este hombre que ha experimentado ante Jesús todos los entusiasmos y todas las desilusiones, Jesús lo quiere fortalecer y consolida su corazón de manera definitiva. Por tres veces, a manera de una alianza, Jesús le indica a Simón por donde tiene que entrar al trabajo pastoral de cuidar las ovejas. El corazón de Jesús -su amigo- es la puerta por donde se entra al corral de las ovejas. “¿Me amas? ¿Estas dentro de mi corazón? Pues allí adentro están las ovejas: son el centro de mis cuidados y de mi amor. Apacentalas, cuidalas”. 

Aquí entra el amor mayor que se requiere para cuidar a los “corderitos”, a los más pequeños: a los chicos, a los viejitos, a los que sufren, a los que están solos… Los que están en el lugar preferido del corazón del Señor. Para ellos Jesús tiene una misericordia especial, una paciencia inagotable, una alegría dulce y creativa. Para apacentar a los pequeños se requiere entrar en el lugar del amor mayor, y hacerlo de corazón, como hacemos en nuestros apostolados, los que elegimos sin que nadie nos obligue.

Vieron qué fácil resulta hacernos amigos de nuestros “patroncitos”? Bueno, esto es por una gracia especial del Espíritu que une sus corazones y los nuestros en un amor al que no hay con qué darle. Amor de amistad.

5 Que rece, reces y reces

El quinto paso es este diálogo, en el que como dijimos, cuajó el sentido pastoral del amor de amistad. Aquí hay mucho para rezar. 

Diego Fares sj