El Señor quiere compartir la vida de su pueblo, simplemente (Corpus Christi C 2022)

            Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la gente, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.» 

Él les respondió: «Denles de comer ustedes mismos.» Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.» Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta.» Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11b-17).

Contemplación

            Lucas narra la escena con total sobriedad. En las imágenes se puede ver algo de los sentimientos de la gente al ver multiplicarse el pan. Lo habrán ido percibiendo de a poco, a medida que veían que las canastas no se agotaban. Descubrirían que allí arriba, en el monte, había una “fuente de pan”, una fuente de pan y de pescado para un riquísimo sangüiche; varios, porque “comieron hasta saciarse”. Veían a Jesús meter la mano en su canasta e ir llenando las de ellos: “les fue entregando los panes para que los distribuyeran”. Alguno lo había visto, cuando se sentó, como “tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición”. Esa bendición de Jesús que todo lo transforma. “Algo bueno vendrá” habrán percibido los que lo vieron. Y fue así: empezaron a llegar panes y peces y cada uno se hacía su lindo sangüiche y conversaba alegremente con los demás. Mientras, tanto, los discípulos y Jesús se dieron qué hacer y trabajaron bastante. Eran grupos de cincuenta, pero no solo de hombres, sino que cada grupo se reacomodó cuando se les sumaron las mujeres con los chicos. A estos los papás les daban primero de comer y les contaban que Jesús estaba “haciendo un gran signo con ellos” porque estaba allá arriba, multiplicando los panes. Y se lo señalaban para que lo vieran, meter las manos en su cesta e ir sacando panes y peces para las cestas de los apóstoles, que fueron y vinieron no se cuántas veces.  

La gente estaba alegre. Y conmovida. Jesús era distinto. No los había mandado a casa. Les había dado de comer con sus propias manos y las de sus discípulos. Cada uno opinaba acerca del Señor, pero lo importante es lo que se llevaron en el corazón a su casa. Esto de que les tocó lo más hondo se ve en que Lucas no necesita contar mucho. Serían ellos los que contarían. Como hacían ahora con los chicos. Y así, la buena noticia se iría difundiendo. La Buena noticia -el evangelio- que Jesús quiere que anunciemos tiene como tres partes.

La buena noticia: la parte de Jesús

Una es de Jesús. Jesús anuncia la buena nueva del amor del Padre dándonos el pan de cada día, aquí con sus propias manos y de una manera espectacular (aunque no se veía nada, sino solo que no se agotaban las cestas, contenedoras silenciosas y discretas del milagro físico que ocurrió allí). Pero, luego, el Señor encontrará la forma de partirnos el pan todos los días en la Eucaristía. En la Eucaristía sacramental, con los sacerdotes que cumplen este “servicio sacerdotal” cada día, y con todas las Eucaristías que puede “hacer” cada uno, compartiendo su pan en su vida cotidiana de familia y de trabajo. Podemos hacer otras Eucaristías, extender la misa. ¡Mi vida es una misa prolongada!” decía Hurtado, lleno de piedad. Este es el signo del “Corpus Christi”, del Señor que al encarnarse y hacerse uno de nosotros nos cambia nuestra imagen de Dios, nos lo vuelve cercano. Pero para ello, para que se nos vuelva un hábito sentirlo al lado o dentro o llamándonos a dar un paso o protegiéndonos, para sentirlo cercano, tenemos que repetir el gesto de comulgar con Él. No importa allí tanto como “objeto”, porque Él ya está eucarísticamente en toda realidad, sino el gesto entero de comerlo. Esto nos “abre los ojos” como a los de Emaús y nos despierta la inteligencia para comprender las Escrituras. Si comulgamos mucho, todo lo que podamos y nos de la piedad y la fe, nos habituaremos a “recibir a Jesús”. Recordemos que Él no es de esos huéspedes “que se quedan de más” sino que “golpea la puerta y si alguno le abre, cenan juntos”. Y después lo deja que siga con sus cosas. No es invasivo el Señor. Por eso lo de “recibirlo” muchas veces, con un ritmo semanal, como indicó con sus apariciones de resucitado. O en los momentos difíciles, como cuando Magdalena estaba desconsolada y no podía verlo o los discípulos habían trabajado infructuosamente toda la noche y estaban cansados. La comunión, el gesto de preparar las cosas de la misa, de rodear la comida con la palabra, con los textos elegidos por la liturgia, las oraciones que hacemos pidiendo perdón, dándonos la paz, la repetición de las palabras y gestos de Jesús, a cargo del sacerdote que la comunidad ofrece de entre sus hijos para esta consagración tan especial, todo esto hace que “recordemos” al Señor como Él nos mandó: “hagan esto en conmemoración mía”. La Eucaristía es un encargo que el Señor nos dejó. Un encargo muy concreto que la Iglesia ha tomado con toda responsabilidad y ha creado todo un mundo alrededor de Ella, la Eucaristía. Sin embargo, esto no tiene que “alejarla” de la vida. La Eucaristía sigue siendo la cena rápida antes de la pasión, la repartida de panes y peces al descampado, el pan partido que hace abrir los ojos y queda allí sobre la mesa… 

El gesto de Jesús tiene su intención y esta es la que hay que “pialar” con nuestro deseo: “Él tiene ganas de partir el pan para mí”. Esto es lo decisivo: las ganas del Corazón de Jesús de comulgar conmigo. Yo le digo a la gente: “Aunque vos no vayas a misa, acordate que Él le está agradeciendo al Padre por vos”. Recuerdo siempre esa noche en que, cuando terminé de acomodarme en la cama, al decir con el suspirito del descanso, “ahora sí, estamos tranquilos”, me acordé con espanto que no había celebrado. Yo celebro todos los días, aunque no es obligación propia (como sí lo es nuestro Breviario). Es una costumbre que nos viene de Francisco, sin que haya habido palabras al respecto, sino solo ver que todo el grupo de nuestros formadores celebraba todos los días y si alguno no podía concelebrar, celebraba solo (siempre la misa se hace por todo el pueblo de Dios). La cuestión es que ya eran casi las doce y se me había pasado el día entre el Hogar y la gente y no había celebrado. Discerní qué hacer y me vinieron “ideas”, como dice el Papa: la del deber y la de que no era obligación. Y sentimientos: el de que estaba cansado y no tenía ganas… . Pero las ideas no se disciernen, se disciernen los sentimientos y las situaciones reales, con sus “agregados”. Una vez que me aclaré «mis» ganas, se me ocurrió preguntarle a Jesús por las suyas: ¿Vos tenés ganas de celebrar conmigo? Y sentí que sí. Que Él siempre tiene ganas de celebrar la Eucaristía conmigo, con nosotros. Y eso me bastó para desechar cualquier otro razonamiento políticamente correcto a esa hora y me levanté a celebrar con gran alegría. Él tenía ganas de celebrar. Apunté a su corazón desde el mío. E hice blanco. Son discernimientos que se hacen por consolación del corazón y que no dejan dudar. 

La buena noticia: la parte de la gente

El gesto de la gente. Paso al gesto de la gente, lo de los papás que dan el sangüiche a sus hijitos y le van contando lo que está haciendo Jesús. Esta gente que se acercaba al Señor, que lo seguía a cualquier hora y caminaba con él hasta cualquier lado, dejando su trabajo ese día y su casa, era gente muy consciente de que con Jesús se vivían milagros en tiempo real. Por eso lo seguían: “Jesús les hablaba acerca del Reino de Dios y le devolvía la salud a los que tenían necesidad de ser curados”. Los que habían empezado a seguirlo eran gente del pueblo, sí, pero comprometida, gente consciente, que se daba cuenta del trato que tenía este Rabbí, su manera de atender primero las cosas del Padre, segundo a los enfermos, luego a ellos: predicarles y enseñarles (las bienaventuranzas eran una enseñanza hermosa, y no digamos nada de las parábolas, que los mismos papás les contaban de nuevo a sus hijitos, recordando cada detalle y al contárselas veían que adquirían un sentido más hondo también para ellos) y luego darles de comer. Y todo sin ponerles «condiciones». Estas cosas, la gente las veía. Y era como que las hacía respirar el aire fresco de su propia dignidad. La dignidad, cada uno la tiene por don de Dios y nadie nos la puede quitar ni disminuir, pero tiene su cara social: es una dignidad que necesita ser reconocida por el otro, ser reconocida en medio del pueblo. Y eso es lo que hacía el Maestro al hacerlos sentar para ir a darles de comer. Hubiera sido mucho más práctico hacerlos venir en fila a ellos, por ejemplo, pero Él los hizo sentar. Y mandó a sus discípulos a servirlos, grupo por grupo. Y luego recogieron las sobras ellos mismos, como en un restaurante donde uno paga para que lo atiendan.

Jesús es distinto y ellos, la gente, lo percibe. Pero lo más importante es esto de que pueden y deben “contar” lo que viven. El Señor desea que cuenten. Y para ello tienen que fijarse bien y recordar bien todo lo que pasó, lo que Jesús dijo e hizo. Contárselos a sus hijos es la manera mejor de conservarlo. Por eso, mientras comen con alegría, les van diciendo, Jesús hizo esto. Y fíjense que rico pan, recién sacadito del horno, y que buen pescado, carnoso y sin espinas. El Señor todo lo hace bien. El es el prometido, les dicen, el Mesías. El que viene a salvarnos. Y los chicos van grabando en su corazón lo que les dicen sus papás. Serán luego los primeros cristianos, imagino.

Esta predicación “al pueblo” que hacía el Señor, era semilla para el Espíritu. El fruto lo verían después. El Señor removía y rastrillaba la tierra para que la semilla cayera en tierra buena. La predicación que hicieron después los apóstoles caía en “la cultura” que Jesús había compartido con su gente y en el contexto de la cual cultura había realizado sus signos, comprensibles para todos, transmitibles fácilmente de padres a hijos. La prédica de los apóstoles caería sobre “el recuerdo lindo de Jesús” que tenía la gente. Más allá del milagro en sí, la gente apreciaba el trato. Que a Jesús se le ocurrieran estas cosas, de hacer milagros con ellos. Milagros que (aparentemente) no trascenderían como hubieran trascendido de hacerlos en la ciudad. Pero en la ciudad se hubiera enemistado con las panaderías y pescaderías.

¡El Señor los había sacado a caminar! Se los había llevado lejos, para darles de comer! A darles de comer de su Palabra y luego de unos ricos panes y peces bien servidos. Y eso los hacía “pueblo de Dios”. Un pueblo que come en comunidad y que se adoctrina en comunidad. Un pueblo sinodal, al que se le revela el Señor mientras los hace “caminar juntos”. Esto es lo que hacía Jesús con ellos. Esto es lo que el Papa quiere para la Iglesia hoy. Que salgamos a seguir a Jesús, que lo escuchemos caminando juntos y compartiendo el pan. Esto es una Iglesia sinodal.

La buena noticia: la parte de los apóstoles

Los apóstoles tenían preparado su descansito y les tocó trabajar. Pero se ve que lo hicieron con alegría y transmitieron esto a los demás. Los imagino sirviendo en silencio, sin propagandear el milagro que Jesús estaba realizando allá arriba, en el monte. Servían a la gente y se notaba que sus canastas venían llenas. Y que luego tenían que volver por más (el Señor les podía haber dado las canastas mágicas a ellos y no se hubieran tenido que cansar, yendo y viniendo. Pero el trabajo apostólico tiene sus paradojas y es todo un poco así: por un lado, el Señor les da lo esencial y los panes y peces no aflojan; por otro, los hace trabajar yendo a buscar más, porque el Señor también quiere trabajar: “parte el pan y se los va sirviendo para que lo repartan”. Ellos, en ese ir y venir entre Jesús y la gente, van aprendiendo lo que será su misión, lo que el Señor quiere de sus discípulos. Aquí es algo patente que ellos aprendieron bien y que la Iglesia siempre ha transmitido. Que no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, muerto y resucitado. Y que no esperamos paga humana sino solo “ganar a Cristo”. Su amor y amistad, como dice Pablo. Y que Él viene a compartir nuestra vida no a «exigirnos» nada en primer lugar. Viene a compartir y por eso, porque no viene a «imponer nada», puede tomarse tiempo para ser acogido y crecer en cada cultura, tal como ella es, dejando que el Evangelio ilumine y fecunde de a poco sus mejores valores.

Los apóstoles fueron comprendiendo, con estos “trabajos extra” que les encomendaba el Señor (en los que se cosechaba el mejor fruto, el del agradecimiento de todos) que Jesús quería “compartir” su vida con la de la gente. Por eso lo de dejarlos quedarse hasta altas horas, por eso lo de hacerlos sentarse, por eso lo de servirlos ellos mismos: el Señor quiere compartir su Vida. 

Si compartimos la palabra luego podemos quedarnos a comer juntos. Y si comemos el mismo pan podemos encontrar las palabras que nos unen y nos proyectan juntos a la misión. Ese fue el mensaje sencillo de Jesús, cuando, luego de hablar del Reino, invitó a la gente a quedarse a comer con ellos y puso a los apóstoles a su disposición para que les sirvieran la cena.

Ojalá que, tomándole el gusto a la Palabra dominical de Jesús, un Jesús que nos “hace sentar” y nos prepara toda una misa para darnos de comer “nuestro pan de cada día”, el pan que nos da el Padre, y que nos habla primero del Reino en las lecturas (y prédica), se nos vaya haciendo un hábito “sentir que quiere comer con nosotros, que quiere compartir nuestra vida” -simplemente- y esto nos lleva a quedarnos a comer con Él, a ir a misa los domingos con alegría. De estas comidas en las que todos los pueblos comen un mismo y pequeño pan, irán surgiendo las cosas grandes de las que a veces escuchamos hablar como si no fueran reales, y que, sin embargo, en Jesús lo son: son Vida.

En su 15º aniversario recordamos lo que nos decía Aparecida:

“La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este Sacramento Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana y lugar de encuentro con Jesucristo resucitado en la Iglesia, es también fuente inextinguible del impulso misionero. 

Hay un estrecho vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer, celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo, que la existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística. Por ello, la vida del cristiano se abre a una dimensión misionera a partir del encuentro eucarístico. Allí el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido” (Aparecida 266).

Diego Fares s.j.

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