Sér fieles es sentir y obrar «de corazón» (Pascua 6 C 2022)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. 

El que no me ama no es fiel a mis palabras. 

La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. 

Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. 

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. No se inquieten ni teman! Me han oído decir: «Me voy y volveré a ustedes». Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. 

Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean» (Jn 14, 23-29).

Contemplación

Armado solo de Palabra

Jesús es uno que está armado de palabras. Solo con sus Palabras cuenta nuestro Señor para llegar de la mejor manera a nuestro corazón. Son Palabras que testimonian un gran amor, no son solo palabras lindas, no son literatura, como diría Madeleine Delbrêl. No tiene otra cosa que darnos. Sus Palabras son su manera de darse. ¡Con cuanta atención y cariño inventó sus parábolas que siguen tocando el corazón de generación tras generación! Sus palabras son el mandamiento del amor: que nos amemos como Él nos amó. Sus Palabras son Eucaristía, acción de gracias al Padre con la que nos hace comulgar, comiendo una y otra vez su Cuerpo y bebiendo el vino de su Sangre, derramada en la cruz por todos. Y nos dice el Señor que si le somos fieles a sus Palabras, el Padre nos amará y vendrán a habitar en nosotros. 

Ser fieles es obrar “de corazón”

¿Qué significa ser fieles a sus Palabras? Sabemos qué es ser fiel: no basta solo serlo cumpliendo externamente. Ser fiel es serlo “de corazón”, cuando nadie nos ve, corrigiendo la intención más honda cada vez que se desvía un poco. Ser fieles es discernir en cada momento qué y como haría las cosas Jesús en mi lugar.

Cada vez que siento deseo de ver a Jesús es como que Él me remite a sus Palabras. Hay que tener paciencia y tratar de comprender sus Palabras y de aplicarlas a la vida concreta para que Él se nos haga presente de la mejor manera posible. Él y el Padre. No bastaría una presencia externa. También ella necesitaría, finalmente, de sus Palabras. Por eso el Señor le dice a Tomás: felices los que sin ver creen. Porque se vea o no se vea, la fidelidad es creer en la Palabra del otro.

Con un Ayudante se puede

Cuando uno trata de hacer lo que Jesús dice, de llevar a la práctica de corazón sus Palabras, se da cuenta que necesita ayuda. Jesús también se dió cuenta, digamos así, de que no bastaríaa dar testimonio de su amor por la humanidad y expresarlo en las parábolas más bellas del mundo y en la bienaventuranzas y dando la vida en la cruz. No bastaría.  

Por eso preparan todo con el Padre para mandar el Espíritu. El Espíritu Santo de ambos es el que dispone y arregla las cosas para que tengan nuestra medida, la de nuestra cultura, la de nuestra capacidad. 

Hay que ser lo bastante humildes

Si somos lo bastante humildes para desear verla, la acción del Espíritu es esplendorosa. Tanto en la vida de los pueblos y de la Iglesia como en la de nuestra propia vida. Pero tiene un sello, el de ser un esplendor silencioso, que requiere de nuestro asentimiento y de nuestra fidelidad. En la vida de los santos se ve este esplendor del Espíritu. Se ve no solo en los grandes milagros o visiones que tuvieron (y tienen los santos actuales) sino sobre todo en los pequeños detalles de cada día. El Espíritu es el Paráclito, el que está nuestro lado y nos acompáña, nos enseña todo, nos da la palabra justa en cada momento si nosotros tenemos una actitud de oyentes de la Palabra. Pensaba en las misas de Ignacio. 

Ignacio y Jesús en la misa

Y ya que estamos en el año ignaciano leamos un poquito cómo celebraba Ignacio sus misas de “discernimiento”, en este caso lo que ponía sobre el altar era la pobreza de las Iglesias de la Compañía, si debían cobrar algo o ser totalmente gratuitas…

Dice así (lo modernizo un poco porque es un español un poco duro):

“Ya vestido, en cámara, y al prepararme en ella para ir a celebrar la misa, con nueva devoción y mociones interiores a lagrimar al acordarme de Jesús, sintiendo mucha confianza en Él y pareciéndome que me sería propicio y que Él intercedería por mí, no queriendo ni buscando yo más ni mayor confirmación de lo pasado (Dios le había hecho sentir que confirmaba su discernimiento de una pobreza más total), quedando quieto y reposado en esta parte, venía a demandar y suplicar a Jesús para conformarme con la voluntad de la Santísima Trinidad por la vía que mejor le pareciese”. 

En lo que nos fijamos no es tanto en el tema que trata Ignacio, sino en el modo de “sentir a Jesús” y de “tratar amigablemente con Él” en la Misa.

“Después al revestirme (con los ornamentos) iba creciendo este representarme el socorro y el amor de Jesús. Y comencé la misa no sin mucha, quieta y reposada devoción; y con algún modo tenue a lagrimar (…) satisfecho y contento en dejarme gobernar por la divina majestad (Jesús), de quien es el dar y retirar sus gracias, según y cuando más conviene; y con esto después, al fuego, creciendo este contentamiento, con una nueva moción interior y amor a Jesús”.

“Después así mismo sentir a Jesús haciendo el mismo oficio de pensar  y de orar al Padre (por mí), pareciéndome y sintiendo dentro que Él hacía todo delante del Padre y de la santísima Trinidad”. 

Esto como un ejemplo de cómo se puede ir creciendo en el modo como vivimos la Eucaristía, metiendo en ella nuestros problemas de la vida diaria y estrechando más y más nuestra confianza en que Jesús está allí, trabajando e intercediendo por nosotros ante el Padre. ¡No nos deja solos!

Alegría y paz como criterios

El Espíritu también refuerza otras dos gracias que nos deja Jesús que son la paz y la alegría. Son los criterios de discernimiento de San ignacio. En los puntos donde está la Palabra y el Espíritu de Jesús hay paz y alegría duraderas. Esta es  la clave. Hay otras alegrías y tranquilidades pasajeras. En cambio las de Jesus duran y su fruto se extiende durante el día.

Jesús no se va al más allá

Jesús está diciendo que se va al Padre, a un Padre que, paradójicamente quiere venir a habitar en nuestro interior!

Un Padre que ha bajado de la terraza y corre ya hacia su hijo pródigo que vuelve. 

Esto es decir que Jesús se va no lejos, no afuera, no al más allá, sino a la intimidad más profunda del corazón de un Padre…  que viene a habitar en nosotros! 

Desde entonces, el cielo está en el corazón de los Santos y las santas que peregrinan en esta tierra.

Y también en el corazón de los que no somos tan santos individualmente, pero nos sentimos de corazón parte, uno más, del pueblo fiel De Dios, que ama a Jesús y que por eso es santo. 

El Padre que habita en el corazón personal de cada uno de sus hijos amados que aman a Jesús, el Predilecto, habita también en el interior de ese misterioso corazón común que tiene el pueblo fiel De Dios. 

Un solo corazón tiene ese Pueblo, dice Pedro. 

Jesús no se fue lejos, se hizo tan prójimo que podemos traerlo y tenerlo a nuestro lado, acompañándonos en todo momento, sintiendo y practicando “de corazón” -con fidelidad- sus Palabras. 

Los abuelos en el Hogar de San José

En esta “calesita” de la Trinidad, en la que se van y vuelven continuamente, me viene a la mente la imagen de algunos abuelos del hogar, que tenían que salir a la mañana temprano (porque se terminaba su turno de la noche y venían los del primer desayuno)..: salían, estiraban un poco los pies y al rato volvían a hacer la cola con los que llegaban para almorzar, y entraban de nuevo al comedor. 

O si no, los Domingos, se quedaban sentaditos en los dos escalones de la puerta del Hogar, a ver si cuando venía el encargado de la tarde les pedía una manito y los quería hacer pasar un rato antes

Un poco así es esto de la ida del Señor. Se va por que nuestra vida tiene ciclos, horarios, espacios… Se va pero se queda cerca, para que lo queramos invitar a pasar de nuevo. Y esto cada vez, en la Eucaristía. En la renovada apertura de corazón que requiere comulgar y hospedarlo un rato concreto (lo que dura la comunión)en nuestro interior. A manera de un entrenamiento para aprender a recibirlo, al modo de una dilatación del corazón que nos hace crecer. No se trata tanto del hecho de “tenerlo” a Él como objeto de culto, sino de “dilatarnos” nosotros en el amor.La Eucaristia es para aprender a amar, recibiendo, hospedando, comulgando con el que comulga con nuestros intereses y necesidades e intercede al Padre con toda familiaridad.

Institucionalizar la cercanía

Este era el deseo de Ignacio al fundar la compañía de Jesús. 

Institucionalizar la cercanía y la familiaridad con Dios. 

Así como otros institucionalizan la burocracia, Ignacio institucionalizó la familiaridad con Dios nuestro Señor. No otra cosa son los ejercicios, sino la estructura que mantiene fresca la cercanía con Jesús.

Jesús no se fue afuera del mundo, su haberse ido es para volver cada día a nuestro interior, solo que dejándonos espacio para que libremente lo queramos recibir en la Eucaristía y en cada persona necesitada (Tuve hambre…). Tanta disponibilidad para estar fácilmente en nuestro interior nos tiene que hacer comprender que su “ausencia” es sólo para activar nuestra libertad de invitarlo. 

El Señor se va no para irse, sino para entrar de nuevo y de manera nueva en “los que le abren la puerta”, 

para entrar en el interior de los que institucionalizan su oración, cumpliendo «el mandamiento de hacer la Eucaristía en memoria suya»; 

Para entrar en medio de los que institucionalizan su vida comunitaria, cumpliendo el mandamiento «ámense entre todos en común como yo los he amado»; 

Para entrar en medio de los que institucionalizan su acción apostólica, cumpliendo los mandamientos que dicen: “anuncien el evangelio”, “practiquen el servicio humilde”, “reciban con hospitalidad”, “perdonen varias veces por día”, “háganse prójimos de los pobres”.

Contemplamos al Padre

¿Y cuál es ese “lugar” a donde el Señor va y que le permite estar tan cerca de los que ama? Juan no habla de Resurrección sino de «ida al Padre». 

¿Dónde está, cómo es este Padre a quien «nadie ha visto nunca sino solo Jesús»?

No podemos “concebir al Padre”, hacernos una idea de su intimidad. Jesús mismo dice que el Padre es “mayor» que él! 

Actualmente, el paradigma científico ha terminado con el paradigma teológico de representación del mundo. En vez de imaginarnos el cielo como una esfera que está ahí nomás, arriba de las estrellas que se ven, y desde donde un Señor viejito extiende sus manos sobre la creación, nos imaginamos un cielo infinito que está en expansión desde el Big Bang y que lo ha “corrido” por así decirlo a Dios de su rol de creador y protector cercano. 

La gente se ríe de esa imagen infantil, pero no es menos infantil la de un cielo que “corre” (hacia dónde?), siempre ese “más allá” que nos representamos estático o dinámico pero siempre de manera “humana” (infantil). 

Mejor que intentar representarnos donde “está” o “no está” es pensarlo e imaginarlo con lo que Jesús nos dice en el evangelio de Juan y nos describe en sus parábolas.

El Señor nos revela a los que el Padre ama y lo que el Padre hace.

El Padre ama a los que aman a su Hijo.

Una manera de gustar esta gracia es reflexionar y sentir cómo amamos a los amigos de nuestros hijos o a los hermanos de nuestros amigos. Ya de entrada hay una buena predisposición para con ellos. Y si el hermano de nuestro amigo es tan buen tipo como él, el amor se consolida rápidamente. Pues bien, así nos mira el Padre a los que amamos a Jesús. Se vuelve incondicional con nosotros! Nos concede todo lo que le pidamos en Nombre de su Hijo. Quedamos incluidos en su esfera de buenas influencias, entramos a participar de sus planes, podemos gozar de los beneficios de la amistad gratuita…

El Padre viene a habitar, junto con Jesús, en los que son fieles a la palabra de su Hijo.

Para gustar esta actitud del Padre podemos pensar en lo lindo que es para un padre volver a casa, estar en familia con los suyos. Cuánto más lejos debe ir a trabajar y cuanto más tiempo tiene que pasar fuera de su casa, más presente está su familia en su corazón, más valiosa la considera. Cuanto más libertad van adquiriendo los hijos, más despojada y más interior se vuelve la presencia del padre, más crece su deseo de habitar en el corazón de su hijo, respetando sus tiempos, esperando a que quiera charlar, contemplando cómo se fortalece su personalidad y cómo vive su propia vida.

El Padre envía el Espíritu que nos hace de abogado, en nombre de Jesús. 

Para gustar este carácter donador del Padre puede ayudar recordar a los que nos dieron lo mejor de sí. ¿Qué me quiso dejar mi padre en herencia? ¿Cómo luchó por expresar un amor gratuito con sus límites? Cómo sufrió por no ser mejor para poder mostrar más un amor desinteresado. Que el Padre nos envíe el Espíritu que lo une a Él con Jesús significa que no solo que nos da todo, enteramente, lo mejor de sí, sino que se nos da Él mismo.

Le pedimos al Espíritu que nos haga comprender en plenitud lo que nos quiere inculcar en el corazón Jesús, el Señor, y nos mueva a actuar concretamente en consecuencia, como dice el Papa Francisco comentando este pasaje. 

Diego Fares sj

De corazón, como Yo los he amado (Pascua 5 C 2022)

Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros (Jn 13, 31-35).

Contemplación

“Ámense como Yo los he amado. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos”. Amarnos “así como Él nos amó”. Solemos agregar: hasta dar la vida. Esa es la esencia, el corazón de su amor. Pero hay mil detalles que rescatar. Y lo hacemos con gusto en la contemplación: los detalles que hacían que el amor de Jesús fuera algo especial, algo único que ahora quiere “derramar en nuestros corazones con el Espíritu que nos da”.

Lo primero, siempre que se trata de hacer o pedir algo en Nombre de Jesús, es invocar al Espíritu. Él es el que “administra” digamos así, los dones que el Padre puso en el Hijo. Le pedimos al Espíritu, nuestro compañero invisible pero que se hace sentir, que nos “ilumine los ojos del corazón” (Ef 1, 17-18) para poder conocer internamente a Jesús. Así nuestro amor será  un amor más “de corazón”, un amor sincero y como es, no un amor de compromiso.

Ahora miremos un momento el lugar que eligió Jesús para dejarnos el mandamiento del amor: es el cenáculo, esa “sala grande en el piso alto de una hospedería”, el mismo lugar en el que quiso lavar los pies de sus amigos y darse a sí mismo en la Eucaristía. Es un lugar muy especial para todos y allí -en ese clima – resuena este mandamiento de que nos amemos como Él nos amó.

Consideremos ahora la situación en la que se encontraban. Fue “después que Judas salió” que Jesús les habló del amor. Justo en el momento de la traición. Dentro del lapso largo de su vida, cuando va a terminar el movimiento de “bajada” (Encarnación)  y va a comenzar el de “subida”, su vuelta al Padre- Jesús elige lo que a nuestros ojos es quizás el peor momento para hablar de amor: justo cuando uno de los suyos sale a venderlo!

¿Qué sentiría Jesús? Estaba conmovido, nos dicen los testigos. Acababa de hablarle a Judas dejándolo en  libertad de acción y le pidió solo una cosa: “Lo que vas a hacer, apúrate a hacerlo rápido».  

Focalicémonos en el Señor: no se queda abstraído por la conmoción del momento. Deja de mirar la puerta por la que salió Judas (era de noche) y se vuelve con infinita ternura a los otros once: «Hijitos» los llama. Los mira a cada uno y les dice -imaginamos- con tono de pena: «Ya no me queda tiempo», «ya no estaré con ustedes»… “Donde yo voy, ustedes no me pueden seguir”. Y agrega ahí: “Les doy un mandamiento nuevo…”.

Nos detenemos en ese “les doy”. No se trata de un dar como cuando se da una orden. No es tampoco un dar como cuando se da un consejo. Se trata de dar la herencia: es la última voluntad de alguien que va a morir, su último deseo, lo que más le importa. Veremos la misma preocupación por el amor cuando le pregunte tres veces a Pedro si lo ama. Por eso escuchamos la Palabra con atención para que este mandamiento –que sintetiza todo lo que pretende Jesús de nosotros (que recibamos y pongamos en obra este amor suyo especial- resuene en nuestro corazón con toda su riqueza.  

Toda la Riqueza de este amor

A veces, de tanto escucharlo, reducimos la riqueza del mandamiento del amor. Amar como Él, amar con su amor (no con el nuestro, tan mezclado y cambiante), amar con el amor que Él nos da como don. Cómo es el amor de Jesús?

De un amor fiel

Su amor es fiel. El Señor les dice: «Uno de ustedes me va a entregar», y pone sobre la mesa la posibilidad de que fueran varios o todos (de hecho casi todos lo abandonarán de una manera u otra). Y sin embargo, Él mantiene su amor por el grupo que eligió. Si ellos no son fieles, Él es fiel. El mandamiento proviene, pues, de la convicción del Señor de que ese es el camino. 

Ama de corazón

 El Señor agrega esa pequeña frase que lo cambia todo, que renueva el amor de arriba abajo, como un vestido de fiesta, como un corazón nuevo: “Como Yo los he amado, también ustedes ámense mutuamente”. Junto con su fidelidad, tan sabrosa, lo que se me ocurre es que nos amó y nos ama “de corazón”. Esto equivale a decir que nos ama “como personas”. Antes de amar esta o aquella cualidad o utilidad, antes de criticar tal o cual aspecto de nuestra personalidad, el Señor nos ama como personas, y esto solo se puede si uno ama de corazón, es decir íntegramente. Y paradójicamente esta es una gracia muy grande y algo muy importante que comenzó a reclamar la cultura actual, en la que se visibiliza y hace sentir su voz mucha gente que se siente “diversa” en sus opciones y creencias y reclama ser al menos respetada como persona. Y si es posible, ser amadas de corazón. Cada uno desea pensar como quiere y hacer sus opciones libremente y pide ser respetado como persona antes que nada. Justo lo que el Señor quiere dar la sociedad lo comienza a reclamar!

En el así llamado himno de la caridad escrito por san Pablo, vemos algunas características de este amor “de corazón” que el Papa nos dejó en Amoris Laetitia

El amor de corazón es paciente (evita agredir).

El amor de corazón no se irrita ni lleva cuentas del mal.

El amor de corazón es servicial (concentrado en poner en obras el amor)
el amor  de corazón no tiene envidia de nadie (porque goza de su amor),

El amor de corazón no hace alarde (no se la cree).

El amor de corazón no es arrogante (no se agranda).
El amor de corazón es amable (no maltrata),

El amor de corazón no busca su propio interés,
El amor de corazón no se alegra de la injusticia,
sino que se regocija con la verdad.

…..
El amor de corazón todo lo disculpa,
El amor de corazón todo lo cree,
El amor de corazón todo lo espera,
El amor de corazón todo lo soporta» (1 Co 13,4-7).

Estas son las características del amor de corazón, que mira a la persona del otro antes que a sus cualidades o defectos 

El que ama de corazón es paciente: (magnánimo, en el sentido de alguien   que tiene un “gran corazón”, como solemos decir). Esto lo muestra en que “evita agredir”. Es «lento a la ira» (Ex 34,6). Cuenta hasta cien. Este ser lento para enojarse es propio de la vida de familia que tiene paciencia a cada miembro y es lo contrario a las actitudes del mundo competitivo, donde el que se enoja y pega primero gana.

El que ama de corazón no se irrita. “Paroxinetai” es esa violencia interna, esa  irritación no expresada que nos coloca a la defensiva frente a los otros, como si fueran enemigos. Alimentar esa agresividad íntima -masticar bronca- no sirve para nada. Sólo nos enferma y termina aislándonos. El amor de corazón evita agredir porque “no se da manija”, no se irrita interiormente todo el tiempo.

Una receta para no andar masticando broncas es “no llevar la contabilidad  de las cosas malas”. El que ama de corazón dejar pasar muchas cosas (casi todas, salvo la injusticia); hay que saber olvidar lo malo y concentrarse en lo bueno, en lo positivo. Consolarse en los buenos, como dice que hace el papa Francisco cuando ve mucho mal en torno, consolarse en la gente buena.

El que ama “de corazón” “no se alegra en la injusticia” (jairei epi te adikía). No deja que arraigue en su interior algo muy negativo: esa actitud venenosa del que se alegra cuando ve que se le hace injusticia a alguien. Esto es muy bajo (y más común de lo que pareciera). Contra eso, está la otra frase de Pablo: el que ama de corazón “se alegra y regocija con la verdad“ (sygjairei te alétheia). El que ama de corazón es un tipo o una tipa que se alegra con el bien del otro, que reconoce su dignidad y valora sus capacidades y sus buenas obras. 

Eso es imposible para quien necesita estar siempre comparándose o compitiendo. Cuando una persona que ama puede hacer un bien a otro, o cuando ve que al otro le va bien en la vida, el que ama de corazón lo vive con alegría, y de ese modo da gloria a Dios, porque «Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). Nuestro Señor aprecia de manera especial a quien se alegra con la felicidad del otro. Si no alimentamos nuestra capacidad de gozar con el bien del otro y, sobre todo, nos concentramos en nuestras propias necesidades, nos condenamos a vivir con poca alegría, ya que como ha dicho Jesús «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35). La familia debe ser siempre el lugar donde alguien, que logra algo bueno en la vida, sabe que allí lo van a celebrar con él.

El que ama de corazón tiene una permanente actitud de servicio. Jrestéuetai deriva de jrestós: persona buena, que muestra su bondad en sus obras. Pablo quiere aclarar que la «paciencia» nombrada en primer lugar no es una postura totalmente pasiva, sino que está acompañada por una actividad, por una reacción dinámica y creativa ante los demás. Indica que el amor beneficia y promueve a los demás. Por eso se traduce como «servicial». El verbo «amar» en hebreo: es «hacer el bien». 

Como decía san Ignacio, «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras” (Ejercicios Espirituales, Contemplación para alcanzar amor, 230). 

El que ama de corazón no hace alarde ni  se agranda. El término perpereuotai, indica vanagloria, ansia de mostrarse como superior para impresionar a otros con una actitud pedante y algo agresiva. Quien ama, no sólo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que además, porque está centrado en los demás, sabe ubicarse en su lugar sin pretender ser el centro. 

La palabra siguiente —physioutai— es muy semejante, porque indica que el amor no es arrogante. Literalmente expresa que no se «agranda» ante los demás, e indica algo más sutil. No es sólo una obsesión por mostrar las propias cualidades, sino que además se pierde el sentido de la realidad. Se considera más grande de lo que es, porque se cree más «espiritual» o «sabio». Pablo usa este verbo otras veces, por ejemplo para decir que «la ciencia hincha, el amor en cambio edifica» (1 Co 8,1).

Es decir, algunos se creen grandes porque saben más que los demás, y se dedican a exigirles y a controlarlos, cuando en realidad lo que nos hace grandes es el amor que comprende, cuida, protege al débil. 

Amar también es volverse amable, y allí toma sentido la palabra asjemonéi.Quiere indicar que el amorno obra con rudeza, no actúa de modo descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. La cortesía «es una escuela de sensibilidad y desinterés», que exige a la persona «cultivar su mente y sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos momentos, a callar». Ser amable no es un estilo que un cristiano puede elegir o rechazar. Como parte de las exigencias irrenunciables del amor, «todo ser humano está obligado a ser afable con los que lo rodean». Cada día, «entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza y el respeto […] El amor, cuando es más íntimo y profundo, tanto más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón». El que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan. Veamos, por ejemplo, algunas palabras que decía Jesús a las personas: «¡Ánimo hijo!» (Mt 9,2). «¡Qué grande es tu fe!» (Mt 15,28). «¡Levántate!» (Mc 5,41). «Vete en paz» (Lc 7,50). «No tengáis miedo» (Mt 14,27). No son palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian. En la familia hay que aprender este lenguaje amable de Jesús.

…..

El elenco del que ama de corazón se completa con cuatro expresiones que hablan de una totalidad: «todo». Disculpa todo, cree todo, espera todo, soporta todo. De este modo, se remarca con fuerza el dinamismo contracultural del amor, capaz de hacerle frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo.

Diego Fares sj

Pertenencia y oración (Pascua 4 C 2022)

En aquel tiempo, Jesús dijo: «Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos uno» (Jn 10, 27-30).

Contemplación

Escuchamos conmovidos cómo Jesús dice “mis ovejas”. Que nuestro Padre nos «ha dado» a Él, nos ha puesto en sus manos. Y Él nos ha hecho suyos. Tanto que nadie nos puede separar. Como dice Pablo: “Quién nos separará del amor de Cristo?” Yo estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 36-38).

Jesús afirma que los que somos suyos “escuchamos su voz”. Apela a nuestro sentido de pertenencia: “Somos suyos, a El pertenecemos. Somos su pueblo, ovejas de su grey«. Apela a que nos sintamos suyos de corazón, a que aceptemos lo que Él nos da y cómo nos lo da: que nos amó y dio su vida por nosotros. Se trata de ponerlo en el centro de nuestro corazón y de tomar conciencia de que estamos en el centro del suyo, que Él todo lo hace por nosotros. Si aceptamos su amor, entonces le creeremos y lo seguiremos. Y Él nos dará vida eterna y nada ni nadie nos arrebatará de sus manos.

Es una cuestión de corazón. Nuestra mente nos dice muchas cosas de Jesús. Hay muchas opiniones y no podemos tener un conocimiento que no sea cuestionado. Pero nuestro corazón nos dice más. Nos dice que no hay otro como Él; que vale la pena seguirlo; que sus palabras acerca del hombre y lo que es su realización, personal y social, son únicas y verdaderas; y que es posible creerle en otras cosas que, por parecer más científicas, que no siempre lo son, parecen difíciles de conciliar con la realidad. Nuestro corazón nos dice que Jesús vale la pena! Y hay una Persona misteriosa, el Espíritu Santo, que nos va confirmando todas las cosas. Pero lo hace a su manera, no nos revela todo, sino lo que vamos necesitando para caminar siguiendo a Jesús. Cuando Ellos dos se ponen en acción, el Espíritu y Jesús -presente a través de las palabras de su Evangelio- una fuerza y una presencia mayores todavía confirman nuestra opción por el Señor: es el Padre, son sus manos, de las que vamos sintiendo que nada ni nadie nos puede arrancar. Entre esas manos queremos estar.

Todo esto nos habla de familiaridad con Dios, de familiaridad y pertenencia: En la medida en que le pertenecemos metiéndonos más y más en el modo de comunicarse entre Ellos que tienen Jesús, el Espíritu y el Padre, más conocemos a Jesús, más los conocemos a los tres. 

Y de aquí brota un tipo de oración en la que la pertenencia es lo primero.

……

En la vida de Santa Teresa hay un pasaje muy lindo en el que se nota esta pertenencia. Teresa estaba preocupada por uno de sus hermanos, Agustín, que estaba en nuestras tierras y no andaba bien espiritualmente. Y se le ocurre rezarle al Señor con estas palabras: «Si yo viera, Señor, un hermano tuyo en este peligro qué no haría por remediarlo. Agustín es mi hermano, Señor».

José María Javierre llama a esta oración: «una queja finísima, de mujer enamorada«.

Es una oración que apela a la pertenencia. Nos recuerda la oración de Marta y de María por su hermano Lázaro: “el que tú amas está enfermo”. Los diálogos de la fe se hacen con estos sentimientos, se le dice al Señor primero, que somos suyos y le pertenecemos, que somos de su familia y, luego, se le pide lo que viene al caso. 

Lo simpático del pasaje anterior es que Jesús le responde de la misma manera a Teresa pero para otro asunto. A ella la habían nombrado Priora del convento de la Encarnación, el convento de calzadas del que había salido para fundar su conventito de descalzas -el de San José-. Teresa no veía volver allí como Priora, pero el Señor sí. Y la voz de Jesús se dejó oír en estos términos en su interior: «Hija, hija, hermanas mías son estas de la Encarnación, y tú te detienes… Hermanas son mías, ten ánimo, mira que lo quiero Yo. No es tan dificultoso como te parece. No resistas, que es grande mi poder”. 

Naturalmente, Teresa dio su conformidad y fue. (Javierre dice que la entrada al convento fue como la toma de la Bastilla: le cerraron las puertas (y eso que venía con el Obispo). Entraron por una puertita escondida que ella conocía… Hubo gritos, desmayos y hasta empujones a la santa! Pero Teresa se las ganó con un gesto genial: al otro día, cuando llegó la hora de que le prestaran acatamiento, arrodillándose ante ella sentada en el sillón de la priora, como era la costumbre, en vez de ir a sentarse, puso una imagen de la Virgen de la Clemencia con las llaves del convento en las manos…, y en el sillón de la sub priora sentó a su imagencita de San José, la que siempre llevaba consigo. Y ella se fue a sentar a su antiguo puesto… 

El discursito que les dio decía así: Hija soy de esta casa y hermana de todas ustedes; de todas, o de la mayor parte (eran más de cien) conozco la condición y las necesidades; no hay para que se extrañen de quien es tan propia suya… Solo vengo a servirlas y regalarlas en todo lo que pueda; y para eso espero que me ha de ayudar mucho el Señor, que en lo demás cualquiera me puede enseñar y reformar. Por eso vean, señoras mías, lo que yo puedo hacer por cualquiera; aunque sea dar la sangre y la vida, lo haré de muy buena voluntad”. Javierre concluye: “Han pasado siglos de entonces a hoy, y ninguna priora de la Encarnación ha osado sentarse en la silla prioral de nuestra Señora”.

La narración viene al caso de nuestra contemplación del Buen pastor, no tanto por la anécdota, que es muy simpática, sino por el lenguaje de Teresa con Jesús, del Señor con ella, y de Teresa con sus hermanas. Teresa es buena pastora porque es buena oveja. Por eso, también puede cada uno examinar cómo habla del Señor a los demás. Sentados en que sillón hablamos a los demás. Van juntas la pertenencia a la Trinidad y la pertenencia a las ovejas, al rebaño del que somos parte y en el que tenemos nuestra silla de siempre (y no ninguna otra cátedra, como los fariseos).

Cada uno puede quedarse gustando y saboreando este lenguaje haciéndolo propio. Escuchándose a sí mismo y haciendo memoria de cómo reza. Viendo si lo primero que dice cuando habla con Jesús es: “Aquí está tu hijo, aquí está tu hija”. “Aquí viene a rezarte el que Vos sentís como tuyo Señor”. Aquí están mis hermanos, que son también tuyos…, a los que vos amás. Con un lenguaje de buenos pastores y pastoras.

Protestar pertenencia… a las divinas Personas y a las personas comunes, es el primer paso de toda oración.

Diego Fares sj