Gente acercable (4 C cuaresma 2022

 

Se acercaban a El todos los publicanos y pecadores para oírlo. Y murmuraban los fariseos y los letrados diciendo: –Este a los pecadores los recibe y come con ellos.
Entonces Jesús les propuso a ellos esta parábola diciendo: –Un hombre tenía dos hijos. Y el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. Y el Padre les repartió el patrimonio. Después de no muchos días, el hijo menor juntando todo, se marchó a tierras lejanas y allí dilapidó su herencia viviendo licenciosamente. Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran hambruna en aquella región, y él comenzó a padecer necesidad. Entonces fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella región, quien le mandó a sus campos a apacentar cerdos. Y él ansiaba llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo se dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi Padre le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno (axios) de  ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». Y levantándose fue a su Padre. 

Cuando aún estaba muy lejos, su padre lo vio, y se conmovió en sus entrañas, salió corriendo a su encuentro, le cayó encima al cuello abrazándolo y lo cubrió de besos. El hijo empezó a decirle: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el padre dijo a sus criados: «Rápido, saquen el mejor vestido y vístanlo; pónganle también un anillo en su mano y sandalias en los pies. Y traigan el ternero cebado, mátenlo y celebremos un banquete de fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado». Y comenzaron a festejar. Su hijo mayor estaba en el campo. Y cuando volvió, al acercarse a la casa, oyó la música y los coros, y llamando a uno de los criados y le preguntó qué eran estas cosas. El criado le dijo: «Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano». Se indignó, entonces,  y no quería entrar… pero su padre saliendo comenzó a rogarle. Pero él respondiendo le contestó: «Resulta que hace tantos años que te sirvo sin haber traspasado jamás tus mandatos, y jamás me diste un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. Pero apenas llegó ese hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y mataste para él el ternero cebado». Pero el padre le respondió: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Era oportuno alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lc 15,1-3.11- 32).

Contemplación

Se acercaban a Él todos…

            “Se acercaban a El todos los publicanos y pecadores para oírlo”. Me imagino alegre el ambiente de toda esta gente “desacostumbrada” que se acerca a Jesús y lo rodea atenta. Un ambiente alegre con una alegría muy especial: una alegría silenciosa, llena del humilde respeto del que se sabe recibido sin merecerlo, del que quiere entrar y sentarse sin que se note y, al asomarse a la puerta, se encuentra con los ojos de un Jesús que lo invita a pasar sin palabras, los ojos de Jesús que lo hacen sentir reconocido, incluido, familia.

La parábola de la alegría del Padre misericordioso

La parábola se podría muy bien llamar “la parábola de la alegría del Padre misericordioso por el hijo que se acerca”. La palabra hebrea “simha” (alegría) expresa la emoción interior del corazón que se irradia en el rostro: 

“Los mandamientos del Señor

alegran el corazón 

e iluminan los ojos” (Salm 19). 

La alegría de la que habla la parábola es esa alegría espontánea e irresistible que uno siente en un reencuentro que se produce después de una larga separación. La alegría de la que habla Jesús tiene detrás imágenes bíblicas de reencuentros esperados. Es como la alegría de aquellos israelitas de Bet Semés que estaban segando el trigo y “Alzando la vista vieron el arca (los filisteos les devolvían el arca de la alianza que les habían robado y, sobre una carreta, se la enviaban de regreso por el camino) y corrieron llenos de alegría a su encuentro” (1 Sam 6, 13). Así es la alegría del Padre al ver a su hijo cuando aún estaba muy lejos: apenas los ojos distinguen la imagen querida el corazón se estremece de misericordia. 

Y la alegría brota incontenible, se contagia a todos, no le basta el abrazo íntimo de reconciliación con el hijo que regresa, sino que para expresarse plenamente necesita armar una gran fiesta, una celebración en la que toda la casa se regocije y se alegre con cantos y con danzas. 

Era gente que había estado alejada

¿De qué se inspira Jesús para contar esta parábola? Me gusta pensar que la alegría que expresa la parábola Jesús la captó de la atmósfera que crearon los sentimientos de los corazones y el brillo de las miradas de publicanos y pecadores. Eran gente que había estado alejada mucho tiempo, personas que ya no se creían con derecho a participar de las alegrías de Dios… Y de golpe, se corre la voz de que Jesús es distinto. Y se van acercando para oírle. Asombrados, se sienten recibidos sin reproches, se sienten bienvenidos, aceptados, perdonados, invitados, dignos. Se sienten como el hijo pródigo sin saber aún la historia, sienten la dicha de ser recibidos como hijos y eso les emociona el corazón. Y Jesús capta esa dicha que ellos no se animan a expresar y la plasma en la parábola de la dicha del Padre misericordioso y de sus ángeles: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” (Lc 15, 7). 

La parábola que el Señor inventa –en el sentido latino que tiene inventar, que significa “encontrar” y “descubrir”-, la parábola, pues, que el Señor descubre en esa alegría contenida que se gestó, entre los publicanos y pecadores que se le acercaban como ovejitas y su corazón de Buen Pastor, es la parábola que sella definitivamente una alegría sin sombras: la alegría de un perdón definitivo y sin peros, esa que “nadie nos puede quitar” (Jn 16, 22).

Contra los que se creían con derecho a una religión que excluye

Porque la alegría de los que se le acercaban, al percibir el runruneo de la murmuración de los que se creían con derecho a la religión, corría el riesgo de volverse tímida, de quedarse callada, de sentirse de segunda… Nada de eso: la alegría íntima del Padre abrazando al hijo es una con la alegría externa de la fiesta que manda organizar y con la alegría que quiere –que suplica- que tenga el hijo mayor. 

Se ha oficializado la alegría del perdón que acerca

La parábola del hijo pródigo oficializa la alegría del perdón y expulsa para siempre del cristianismo todas las devaluaciones y todas las máscaras con que somos tentados contra la alegría. El Señor vence toda vergüenza ajena, no acepta ningún amague de comportamiento políticamente correcto, desenmascara todo fingimiento…. Por eso no tolera el reclamo del hijo mayor que reivindica para sí “una alegría a su medida”, para él solo con sus amigos. No hay lugar para “dos alegrías”, una para los justos y otra, de segunda, para los ex-pecadores. La alegría iguala a todos y es la señal de que hay caridad verdadera, perdón verdadero, de que todos nos sentimos hermanos y no hay hijos y entenados.

Con el Padre en el umbral de la fiesta

Jesús sacraliza la alegría que sienten tímidamente todos estos pecadores que experimentan su misericordia y la eleva a la categoría de la Misericordia del Padre que celebra a su hijo que ha vuelto a la vida, la sacraliza como el único ámbito sagrado en el que se puede estar en relación con él. Por eso el Padre sale hasta el umbral en el que se ha detenido su hijo mayor y lo invita a participar de la fiesta, a sentirla como propia. De ahora en adelante no habrá alegrías legítimas fuera del ámbito de la alegría común que el Padre ha organizado para los pródigos. En el fondo, lo que el Padre le está diciendo a su hijo mayor es que él también es un hijo pródigo, aunque no haya traspasado ninguno de sus mandamientos. No basta no traspasar. Hay que entrar. Entrar en la fiesta. El mayor es pródigo porque no ha gozado de “todo lo del Padre” como propio, sino que ha ambicionado “su cabrito”, su parte, su alegría particular, solo para algunos. Y fuera del ámbito de la fiesta de los perdonados, expresión externa de la alegría interior del corazón del Padre, todo es “país lejano”, “chiquero”, exclusión.

Una creatura nueva

Nouwen hace notar que la cara del hijo pródigo en el cuadro de Rembrandt es un rostro extraño: la cabeza está rapada, como si saliera de un campo de concentración… Pero si uno mira más detenidamente lo que se nota es que los rasgos están como poco definidos, como si fueran los de un feto todavía en formación. El abrazo del Padre misericordioso está transformando al hijo en una nueva creatura, como dice Pablo en la segunda lectura: “El que vive en Cristo es una nueva creatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Cor. 5, 17). 

El Padre abraza al hijo pródigo con el mismo amor, la misma emoción y la misma alegría con que abraza a Jesús, su Hijo amado. Experimentar esta alegría del Padre misericordioso cuando uno está en la miseria de sus pecados, es lo que nos convierte el corazón y nos hace amar a Jesús. 

Él es el que posibilita esta reconciliación. Para eso vino, para eso se encarnó y compartió su vida con nosotros. Lo amamos más porque en esta parábola ni siquiera aparece. En la de la higuera hacía de humilde contratista. En esta se identifica tanto con nosotros que no se lo puede reconocer, sino en su deseo de identificarse con ese hijo pródigo desfigurado por el pecado que se funde en el abrazo del Padre para ser restituido a la vida junto con todos nosotros. 

Dos tipos de alejados

Hay dos tipos de alejados, aquellos cuyo discurso es como el del hijo pródigo y aquellos cuyo discurso es como el del hijo mayor. Sintamos un poco: El hijo pródigo es un buscavidas, un tipo que se mueve: se va de casa, se divierte, busca laburo, entra en sí mismo, se levanta, regresa a la casa paterna… El hijo pródigo sabe dónde está parado y piensa de manera pragmática. No echa culpas ni busca excusas: constata su situación y llega a la conclusión de que lo mejor que puede decir a su padre es que lo trate como un jornalero. El hijo pródigo tiene como discurso que “él no es digno”.

El hijo mayor, en cambio, es un tipo paralizado, uno que anda por los rincones y se detiene en los umbrales; no traspasa las reglas, pero tampoco se mueve para ponerlas en práctica. El hijo mayor, no sabe dónde está parado: está lleno de reproches a los demás – a su padre y a su hermano -, es uno que se compara; uno cuyos lamentos no lo llevan a ninguna parte. El hijo mayor tiene como discurso que “su dignidad no ha sido reconocida”. 

En el caso del hijo pródigo, su alejamiento es “acercable”; en el hijo mayor, pareciera que no, al menos si se mantiene en sus posiciones. 

A mi me encanta interactuar con hijos pródigos “acercables”, como les llamo. Esos que uno ve que hacen un poco como los chicos tímidos, que se ponen a tiro y se dejan encontrar. Están alejados, es verdad, pero no en el fondo del corazón. Los alejan situaciones en las que se fueron complicando, pero su corazón está deseando estar en casa, está anhelando el abrazo del padre y la fiesta. 

Los otros, los hijos mayores “no acercables” son difíciles de tratar y la verdad es que trato de no perder mucho tiempo con ellos. Rezo para que algo los desestabilice, porque si el discurso es “mi dignidad no es reconocida”, van mal. Todos podemos reclamar algo de esta dignidad no reconocida en el mundo en que vivimos. Pero no es el punto para charlar con nuestro Padre Dios.

Ser “acercable” es una elección de vida, una opción. Si uno desea ser acercable, la gente se acerca. Y Dios también. Para eso hay que “moverse”, saber “donde uno está parado” y ser conscientes de la propia indignidad.

Diego Fares sj

Es básico que como cristianos estemos disponibles en todo momento a cambiar de mentalidad para dar lugar al Espíritu (Cuaresma 3 C 2022)

En aquel momento llegaron unos a contarle lo de aquellos galileos, a quienes Pilato había hecho matar, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les dijo: –¿Ustedes creen que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás? Les digo que no; más aún, si no se convierten y cambian de mentalidad, también ustedes perecerán de manera similar. Y aquellos dieciocho que murieron al desplomarse sobre ellos la torre de Siloé, ¿creen que eran más deudores que los demás habitantes de Jerusalén? Les digo que no; y si no se convierten y cambian de mentalidad, todos perecerán de manera similar. 

Y Jesús les propuso esta parábola:
Un hombre había plantado una higuera en su viña, pero cuando fue a buscar fruto en la higuera, no lo encontró. Entonces dijo al viñador: «Hace ya tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. ¡Córtala! ¿Por qué ha de ocupar terreno inútilmente?» El viñador le respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo la cavaré y le echaré abono, a ver si da fruto en lo sucesivo; si no lo da, entonces la cortarás» (Lc 13,1-9).

Contemplación

Cambiemos de mentalidad

Cambiemos de mentalidad. Pasemos de una mentalidad que busca chivos expiatorios a una mentalidad que asume la culpa comunitariamente (y comparte las pérdidas).

En una reflexión sobre la Pasión del Señor decía un predicador que se ve claro que “ninguno de los grupos ni de las personas que intervinieron en el arresto y juicio a Jesús lo hubiera crucificado por sí solo. Fue la suma de las acciones y omisiones de todos – desde la traición de Judas, pasando por la sentencia de Anás, hasta el lanzazo del soldado que le abrió el corazón – lo que llevó al Señor a la Cruz. Fueron los pecados de todos -los de los sumos sacerdotes que lo vendieron a Pilatos y los del servidor que le pegó una cachetada-. Por eso es que desde lo más íntimo y personal debemos pedir perdón por todos, incluyéndose cada uno a sí mismo cada vez que comete un pecado y pidiendo misericordia para todos cuando se arrepiente.

Cambiá de mentalidad. Tenés que pasar de una mentalidad que promueve paradigmas físicos y filosóficos descentrados y no unificados, en los que no se sabe “si se puede agradecer a Alguien por la vida” ni “quien tiene la culpa” de lo que está mal en el universo a un paradigma en el que se ha redoblado nuestra condición de creaturas y podemos agradecer y pedir perdón a Dios desde un nivel muy pero muy humilde. Digo que se ha redoblado nuestra condición de creaturas porque no solo no nos hemos dado la vida a nosotros mismos sino que tampoco podemos dar explicación de cómo funciona todo. Convengamos en que el paradigma teocéntrico fue favorable a la aceptación cultural del Evangelio y que estos paradigmas “descentrados” -por decirlo de alguna manera-, pareciera que no contribuyen mucho, sino que por el contrario, extrapolados al campo económico y/o político terminan por justificar toda inequidad como un fruto de leyes indeterminadas que nos superan. Y esto no es verdad: a nivel social y personal la vida depende de decisiones que tienen responsables concretos y se pueden cambiar, que es de lo que trata el evangelio de hoy, de la “metanoia” o cambio de mentalidad.

Disponibilidad a cambiar de mentalidad como actitud permanente cristiana

Pero más que cambiar de mentalidad en este o aquel “sector”, en primer lugar de lo que se trata es de la “disponibilidad misma a cambiar”. Esta actitud es la verdaderamente cristiana desde el momento en que el Señor les “respiró-insufló” su Espíritu (Jn 20, 22) a los discípulos, poniéndolo en acción y dándole el protagonismo en la conducción de la historia. Si el Espíritu está actuando, la actitud del cristiano es estar disponible para escuchar su voz y seguirla “respirándolo”. Aquí está todo. El Espíritu ha sido “derramado”, dice el libro de los Hechos (Hech 2, 17), usando una expresión que habla de “desborde”, de algo que se da sin medida, como cuando se rompen los odres y se derrama el vino (cfr Mt 9, 17) o cuando el Señor consagra el vino y usa la expresión “Sangre derramada” (Mt 26, 28). En el libro de los Hechos se va viendo cómo el Espíritu toma la delantera en el salir de la Iglesia naciente. En el pasaje de Cornelio, no siempre suficientemente destacado, se da un “giro” epocal, por decirlo con palabras que desean expresar la importancia de lo que sucedió para el “cambio de mentalidad”. El Espíritu cayó sobre los gentiles abrazándolos (Hech 10, 44), como se le echó al cuello el padre misericordioso al hijo pródigo (Cfr. Lc 15, 20).

El Espíritu va avanzando teniendo en cuenta como dos cosas, una, el deseo de ser evangelizados de muchos en cada lugar, como es el caso de Cornelio y lo será el de los que irá encontrando Felipe y luego Pablo en su camino; el otro hecho son los pobres: la primera misión a la que es enviado Pablo es a llevar ayuda a la Iglesia Judea que padece necesidad (Hech 11, 27-30).

El Espíritu Santo manda directamente dónde tienen que ir

El Espíritu Santo interviene directamente diciendo (no sabemos a quién ni cómo, pero de manera tal que es claro para todos) que “le separen a Pablo y a Bernabé para la obra para la cual los ha llamado” (Hech 13, 2). Oran todos, ayunan, les imponen las manos y los envían a predicar a lo que serían las actuales regiones de Siria, Turquía, Chipre y Grecia: el Medio Oriente actual. La importancia del Espíritu que se derrama sobre los gentiles se ve en que en Hech 15 de nuevo es tratado el tema y en lo que se considera como un primer Concilio “los apóstoles y los ancianos y los hermanos”, les escriben el siguiente mensaje “a los hermanos de los Gentiles que están en Antioquía, y en Siria, y en Cilicia (…): Ha parecido bien al Espíritu Santo, y  a  nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: Que os abstengáis de cosas sacrificadas á ídolos, y de sangre, y de ahogado, y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien” (Hech 15, 23 ss). Más apertura y cambio de mentalidad, imposible.

El Espíritu les prohíbe predicar en una región

Es notable cómo en algunos lados el Espíritu no los deja predicar, directamente se los prohíbe sin que sepamos los motivos (“Y pasando á Phrygia y la provincia de Galacia, les fué prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia.Y como vinieron á Misia, tentaron de ir á Bithynia; mas el Espíritu no les dejó” (Hech 16, 6-7).

También es notable cómo, en Hech 19, se nos muestra el modo de resolver cierto “desfasaje” en la marcha de la evangelización: algunos en Éfeso han sido bautizados con el bautismo de Juan y se llaman cristianos, pero no han recibido el Espíritu Santo ni oído hablar de Él. Pablo los bautiza en el nombre del Señor Jesús y les impone las manos para que reciban el Espíritu. Todo se va acomodando y la vida derramada va entrando en los casilleros humanos serenamente. La vida del Espíritu tiene la primacía. Y es lindo ir escuchando un lenguaje que nos resulta más familiar: “Por tanto mirad por vosotros y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual ganó por su sangre” (Hech 20, 28). Se atenúa luego la acción tan directiva del Espíritu y es como que los apóstoles (Pablo en este caso) van tomando las riendas de la Iglesia. Así el libro de los Hechos que debería llamarse Los Hechos del Espíritu y los apóstoles.

Un cambio gigantesco

El ”cambio de mentalidad” que vive la Iglesia en los primeros tiempos es gigantesco. Es la única religión que no prohíbe ningún alimento, por ejemplo. La apertura a todos los pueblos, dejando de lado las costumbres judías como la de la circuncisión, fue para los judíos un cambio fuertísimo. Cuando vemos a algunos cristianos que no pueden cambiar su mentalidad con respecto a tomar la comunión con la mano o en la boca, podemos imaginar lo que les significó a aquellos primeros hermanos nuestros cambiar sus costumbres. Y cómo lo hicieron. Hasta dónde debe llegar nuestra disponibilidad y apertura a cambiar de mentalidad? Hasta que todo en la Iglesia sea misionero, sea “en salida”, abierto a más personas, a más situaciones difíciles, a más pueblos lejanos (para nosotros). 

El cambio de mentalidad es la actitud básica: cuando salimos a evangelizar, no salimos a hacer propaganda de una doctrina ya fija, sino que 

salimos a dejarnos sorprender por las novedades del Espíritu que ya viene trabajando secretamente en la vida de cada pueblo y que tiene mucho para darnos y enriquecernos. 

Nosotros vamos con poca cosa cultural y mucho Espíritu. 

Pocos preceptos y mandamientos y mucho servicio. 

Poca clase de teología y mucha vida espiritual, como la que nos enseñan a practicar los Ejercicios.

Pocas teorizaciones abstractas (que son propias de nuestra cultura occidental) y mucho testimonio concreto.

Cuentan entre los nuestros que estudian en Roma que luego de un largo período de estudios en Europa, donde sacó su doctorado en Teología, volvió el curita a su pueblo, una ciudad humilde y pequeña en el interior del país, y en la primera misa “partió en cuarta” diciendo: Hermanos y hermanas, vengo a predicarles a Uds. con hermenéutica teológica y bíblica, con exégesis, con teología dogmática y moral, con… Y lo interrumpió un viejito simpático que se había sentado a mitad de los bancos diciéndole muy aplomado y sonriente: no se preocupe padrecito, que cuando yo vine aquí, hace unos años, también traía un montón de achaques y se me curaron todos, porque el Aire aquí es muy bueno!” Ojalá que el Aire de nuestros pueblos nos disponga a cambiar de mentalidad cada vez que tengamos que adaptar la ley a la caridad para que el Espíritu pueda actuar en el corazón de cada persona y en la cultura de cada pueblo.

Diego Fares sj

Elegir a Jesús  (lo recomienda el Padre) [Cuaresma 2 C 2022]

Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte para orar. Y mientras estaba orando, aconteció que el aspecto de su rostro parecía otro y sus vestidos se volvieron de una blancura refulgente. Y he aquí que dos hombre hablaban con Él. Eran Moisés y Elías, que, apareciendo circundados de gloria, hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén. 

Pedro y sus compañeros,  estaban cargados de sueño, pero habiéndose desvelado vieron la gloria de Jesús y a los dos varones que estaban con él. Y aconteció que al retirarse ellos de Él, Pedro dijo a Jesús: –Maestro, ¡qué bueno es para nosotros estar aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, una para Moisés y una para Elías. Pedro no sabía lo que decía. 

Mientras estaba hablando, se formó una nube y los cubrió; y se llenaron de temor al entrar en la nube. Y se dejó oir una voz de la nube que decía: –Este es mi Hijo elegido; escúchenlo. Mientras sonaba la voz, Jesús se quedó solo. Ellos guardaron silencio y no contaron a nadie por entonces nada de lo que habían visto (Lc 9, 28b-36).

Contemplación

En el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales, Ignacio dice: “El hombre es creado para… Jesús nuestro Señor”. Cuando usa la expresión “Dios nuestro Señor” Ignacio se refiere a Jesús. Y como“debemos desear y elegir solamente aquello que más nos conduce para el fin para el que somos creados”, los Ejercicios (y toda nuestra vida) se orientan a “elegir a Jesús”. 

Lo que sucede es que en nuestro paradigma cultural –de un hombre y una mujer autónomos  (con rasgos muy individualistas, aunque ahora esto esté girando hacia rasgos más sociales)- la elección suele entenderse como “elección de cosas, que en el fondo están referidas a uno mismo”, cuando de lo que se trata es de “elegir a Jesús”. 

Vamos a contemplar que nos implica “elegir a Jesús”, poniéndolo en el centro de nuestra vida, como dice el Papa Francisco.

  • Escuchar

Resuena la voz del Padre. Imaginamos a los apóstoles: están encandilados contemplando a un Jesús transfigurado que dialoga nada menos que con Moisés y Elías. Las personas que ven los tienen extasiados. Para un buen israelita ellos representan los dones que Jesús quiere dar a sus discípulos: la nueva Ley del amor y su Espíritu (así como Elías le dio parte del suyo a Eliseo). De ambos no conocemos su muerte y es como si se hubieran quedado esperando al Señor . 

La visión de Jesús transfigurado no es un espectáculo, no es una visión que los distancie del Señor y los mantenga afuera de su círculo íntimo. Todo lo contrario, Jesús transfigurado los hace sentir incluidos; ellos pueden entender lo que Jesús conversa con Moisés y Elías: están hablando del Éxodo que Jesús va a consumar en Jerusalén. Por eso, aunque tienen sueño, se desvelan, son conscientes de que están contemplando “la Gloria de Dios”. 

Cuando se retiran Moisés y Elías, Pedro se siente movido a participar. Y aunque no sabe bien lo que dice –el acontecimiento lo ha superado-, igual habla y le sugiere a Jesús que armen campamento allí. Quiere que Moisés y Elías se queden. Está dispuesto a servirlos. Es en ese momento que interviene la Voz del Padre. 

Por si fuera poco haber visto a Jesús con Moisés y Elías, ahora es el Padre mismo el que les habla a ellos, simples pescadores de Galilea. Les revela quién es verdaderamente Jesús y qué es lo que deben hacer para con Él: Escucharlo! Escuchar su Palabra, sus enseñanzas…

En el lenguaje de los Ejercicios diríamos que les inculca en el corazón “el provecho” que quiere que saquen de esta contemplación. Ellos, conmovidos, guardaron esta revelación en su corazón. No le contaron nada a nadie hasta después de la resurrección del Señor. Entonces sí, lo contaron todo. 

Y gracias al evangelio, nosotros también podemos participar de lo que ellos vieron; podemos sentir como dirigida a nosotros la revelación del Padre. Juan, que estuvo allí, nos lo dirá claramente en su primera carta: “La Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y les anunciamos la Vida eterna (…), para que también ustedes estén en comunión con nosotros, como nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1, 1-3).

  • Elegir

El amor del Padre por su Hijo es un amor que elige, un amor que tiene su predilección. Sentir amor, experimentar la fuerza de atracción que tiene sobre nosotros la persona amada, recibir amor… todo esto es la mitad de la gracia que tiene el que ama: La mitad pasiva. La otra mitad es activa: y consiste en discernir el amor mayor y elegirlo: es decir, preferirlo a todo lo demás, cultivarlo, ceñirse a su forma, no permitir que se le mezclen otros amores…, esa es la otra mitad de la gracia que trae en sí el amor. El amor sentido y elegido es el verdadero amor. 

El Padre elige a su Hijo. ¿Cómo podría no elegirlo?, pensamos. ¡Cómo podría un padre no sentir amor por su hijo! Pareciera algo instintivo, obligatorio. Y sin embargo, es a la vez, lo más libre, lo más personal. Elegir el amor que uno siente le agrega valor a ese amor. Cuando elijo amar al que amo reduplico el amor, lo personalizo. La predilección del Padre por Jesús mira a poner todo en manos del Hijo: el Padre deja todo en manos de Jesús y tratará a los hombres cómo Jesús le diga. Se trata de un Jesús hombre que conoce desde dentro lo que sentimos los hombres. Yo no se si se puede hablar así, pero desde que vino Jesús, pareciera que Dios Padre 

se volvió más misericordioso, 

más realista 

y de una manera que no podemos medir, pero que se siente, se volvió más vulnerable.

Dejó de castigar, como hacía en el Antiguo Testamento. 

Dejó de soñar que con dar unos mandamientos bastaba.

Dejó de mostrar esos arranques de Todopoderoso tan frecuentes en el Antiguo Testamento.

Espero que se me perdone por esta manera de hablar que puede parecer impiadosa.

Aunque quizás sea mejor decirlo de otra manera: decir que lo que cambió fue nuestra manera de percibir la acción De Dios. Y esto gracias a Jesús.

  • Participar

El Padre quiere que escuchemos a Jesús porque El es el único que nos puede revelar y enseñar cómo es su verdadero rostro y cómo siente su corazón. Para sanear todas las falsas ideas de Dios que circulan. Gracias a Jesús, el elegido, el predilecto, sabemos que Dios es nuestro Padre. Un Padre Misericordioso, que no se cansa de esperar, de salir a buscar, de perdonar…

Pero más que todas estas “cualidades” novedosas de Dios –que ya están presentes en el Antiguo Testamento, pero que gracias a Jesús consolidan una nueva imagen de Dios- más que todo esto, digo, lo más grande que se nos revela del Padre es su amor por Jesús, su Hijo predilecto. Y lo más inaudito es que se nos invite a participar de ese amor que se tienen los dos. Que se nos invite a entrar en esa comunión, como dice Juan: “para que también ustedes estén en comunión con nosotros, como nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo”.

Elegir a Jesús, 

preferirlo a todos los tesoros de la tierra, 

no anteponerle nada, 

desear que todo sea con Él, 

aspirar a que todo sea para Él, 

Aficionarnos solo a Él, como quería Ignacio,

sentir que todo es en Él…, 

a eso nos invita el Padre cuando nos pide que escuchemos a Jesús,

cuando nos revela cuánto lo quiere.

Elegir a Jesús no solo no es una elección de “cosas que hay que hacer o mejorar”. 

Tampoco se trata de elegirlo como si fuera alguien aislado. 

Elegir a sus amigos

Elegir a Jesús es elegirlo junto a los que lo eligen: 

elegir al Padre, en primer lugar, 

elegir a Nuestra Señora, a San José…, 

elegir a Juan, Pedro y Santiago…, que nos quieren incluir en esa comunión, 

elegir a todos los que han amado a Jesús –a Francisco, a Ignacio, a Teresita… (cada uno hará su lista personal de santos y santas más cercanos a su vida).

Elegir a los pobres

Elegir a Jesús es elegir también a los que Él elige:

a sus preferidos: elegir a los más pequeños, elegir a los pobres, elegir a los que lo siguen más de cerca, a los que le rezan, a los que quieren vivir en la comunidad de la Iglesia.

Escuchar al Hijo amado es escuchar a aquellos con los que él se identifica.

Y es tan fuerte lo que nos dicen los pobres, tan estridente, que sobrepasa nuestra capacidad de oír individualmente; no porque no digan nada, no porque sufran en silencio, sino porque no es una palabra individual. 

“¿No escuchan lo que nos pasa a tantos?”- nos dicen. 

Y no me lo dicen a mí o a vos. 

Nos lo dicen a todos juntos, nos lo dicen al Pueblo. 

Por eso hace falta una comunidad de personas que quieran ponerse a escuchar juntas. 

Cuando formamos una verdadera comunidad, 

cuando acallamos nuestras voces individualistas, 

cuando hacemos silencio a nuestros reclamos 

y bajamos el tono y no le damos tanta importancia a expresar “nuestra opinión”… 

entonces comenzamos a escuchar a los más pobres. 

Y descubrimos maravillados que el Hijo predilecto está hablando todo el tiempo, 

solo que cada uno de nosotros lo quería escuchar individualmente 

y El –en ellos- estaba hablando en el idioma común de los que sólo le hablan a los que viven en común.

Diego Fares sj

La relación entre adoración, poder y culto personal (1º de Cuaresma C 2022)

 Jesús lleno del Espíritu Santo volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto, adonde estuvo cuarenta días, y era tentado por el diablo. En todos esos días no comió nada, y acabados ellos sintió hambre. Le dijo entonces el diablo: –Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan.
Jesús le respondió: –Está escrito: No sólo de pan vivirá el hombre.

Y lo elevó a un lugar alto y le mostró todos los reinos de la tierra en un instante de tiempo. Y le dijo el diablo: – A ti te daré el poder de esta totalidad (de reinos) y la gloria de ellos, porque a mí me lo han dado y se lo doy a quien quiero. Si tú te postras en adoración ante mí, será tuyo todo.
Jesús respondió: –Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él servirás dándole culto. 

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en el pináculo del templo y le dijo: –Si eres Hijo de Dios, tírate abajo desde aquí; porque está escrito: 

‘Dará órdenes a sus ángeles para que te guarden’; y también: ‘te llevarán en brazos y tu pie no tropezará en piedra alguna’.
Jesús respondiéndole le dijo: –Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios.
Y habiendo dado fin a toda tentación, el diablo se retiró de él hasta otro tiempo oportuno
 (Lc 4, 1-13).

Contemplación 

Rezando con las Tentaciones del Señor en el desierto, que guían nuestro camino de cuaresma, me pegó fuerte la segunda, la que se refiere al poder. El demonio revela el secreto del poder: se lo han dado y él se lo da a quien quiere. Y la condición es adorarlo. Adorar al Maligno! ¡Qué acto tan secreto y personal se esconde detrás de las muestras de poder como las que vemos en los que declaran guerras y en los que los enfrentan tibiamente (y les venden armas!), pero en el fondo son iguales, ya que tienen las mismas ambiciones! 

En este tiempo la prensa ha demonizado a Putin. Y él demoniza a sus adversarios. Al decir esto, sentimos la fuerza desenmascaradora que tiene el relato evangélico. Uno siente que detrás de estos señores de la guerra hay algo demoníaco. Y es verdad. Más allá de que podamos medir en qué grado y con qué expresiones se realiza esto, podemos afirmar que allí donde se deciden guerras hay, escondidas de alguna manera, actitudes de adoración y culto al demonio, que sostienen la voluntad de no dialogar, de no ceder.

Este podría ser un lema que describa en lenguaje ignaciano esta segunda tentación -la del poder-: Somos creados no para el servilismo al que nos ata el poder, sino para la Adoración amorosa al Dios que nos hace libres. 

El Señor rechaza de plano la propuesta del demonio diciéndole: “Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él servirás dándole culto”. Lo que el Señor desenmascara es la relación entre poder y adoración. La adoración toca esa dimensión de nuestro corazón que es exclusiva para una Persona: Dios. Solo se adora a Dios. 

Ahora bien, en los actos que muestran una actitud de adoración a cosas o personas, en el fondo uno se adora a sí mismo, ya que busca una recompensa como la que el demonio promete a Jesús. Pero el punto es que cuando el demonio obtiene de alguien esta sumisión de lo más hondo y personal suyo, como es esto de ante quién uno se arrodilla para darle culto y servirlo, se apodera de esa persona y la usa para su plan de destrucción.

Es natural que todos “protejamos” esta dimensión última y, si negociamos hacer algún mal para obtener un beneficio, tratemos de no comprometer nuestro ser más íntimo y de conservar nuestra libertad. Pero con el Maligno no es sencillo. Imaginemos que si se nos dice que con el demonio “ni siquiera tenemos que dialogar” (Francisco) lo que puede implicar expresarle nuestra adoración! Poner en sus manos nuestro “sí” más pleno y total es un suicidio. Ni más ni menos. Esto, por supuesto, no es algo que uno haga así nomás o todos los días. Pero una actitud de condescendencia con el Maligno que se extienda a lo largo de la vida puede hacer que en algún momento clave uno se encuentre con esta opción dura y cruda: adorar al demonio o adorar a Dios. Y sobre la mesa estén “todos los reinos de este mundo” (o al menos algún reino que he conquistado con esfuerzo y que no quiero soltar por nada del mundo). Y allí la cosa se vuelve peliaguda, porque uno no quiere soltar las riquezas, la fama o el poder obtenido y puede ser capaz de hacer cualquier cosa para conservarlos.

Por eso, y a esto simplemente es a lo que queremos llegar con la argumentación que pudimos hacer, la adoración a nuestro Dios y Señor y el aborrecimiento del demonio deben ser actitudes constantes en nuestra vida. Cuanto más alabemos, hagamos reverencia y adoremos a Jesús, al Padre y al Espíritu Santo, mejor. Y si en algunas cosas podemos demostrar nuestro aborrecimiento y rechazo absoluto del mal y del demonio, mejor también. Hemos sido creados para la adoración amorosa a Dios, no para los servilismos a los que nos somete el poder. 

Decíamos que el Señor desenmascara la relación entre adoración y poder. Y, lo que es más concreto aún, desenmascara la relación entre poder y “culto” personal. Buscar lugares de más servicio, donde no haya sombra de que buscamos el culto personal es una manera concreta de rechazar el poder que da el demonio y tiene como contracara la gracia de quedar libres para adorar a Dios. 

Es importante esta relación entre culto y poder porque no se trata de renunciar a todo poder. Hay un poder que es legítimo y que permite servir mejor al bien común. Este poder busca la mayor gloria de Dios y no la propia y se opone al demonio de manera más radical que si solamente oponemos poder vs servicio. Es decir: si para estar seguros de no caer en la tentación de adorar al demonio, rechazamos todo poder y dejamos que lo ejerzan otros. No es tan sencillo. Cada uno debe buscar y discernir cuál es el grado de poder bueno que le permite servir mejor a los hermanos y dar gloria a Dios. 

Aquí se nos ilumina todo un ámbito de la vida de los santos que a veces no valoramos por considerar que son cosas meramente anecdóticas. Nada de eso! Cuando Brochero pone la piedra fundamental de la casa de Ejercicios y dice “Te jodiste Diablo”, ese acto de desprecio personal al demonio es la contracara de un acto de adoración amorosa y personal a Dios nuestro Señor. Es así en lo más hondo y es bueno decirlo fuerte, públicamente: “Te jodiste Diablo!”

Ignacio, cuando narra su retiro en la Cueva de Manresa, nos presenta un tiempo (que dura unos meses) de “Tentaciones”. Y él lo abre y lo cierra con una mención al Demonio que se le aparece en forma fascinante (una figura llena de ojos y colores) y que le da mucha consolación. Pero cuando esta imagen desaparece vienen otras tentaciones que lo zarandean. Al final, Ignacio cierra el discernimiento diciendo que viendo encima de esta linda figura la Cruz y también que los colores no eran tan lindos como parecían, “tuvo un “muy claro conoscimiento, con grande asenso de la voluntad, que aquel era el demonio” y, “después muchas veces por mucho tiempo le solía aparecer, y él a modo de menosprecio lo desechaba con un bordón que solía traer en la mano” (Autobiografía 31).

Lo que nos interesa a nosotros es el “menosprecio explícito” que le hace Ignacio al Maligno cada vez que puede. Lo valoramos como la contracara de una actitud de constante adoración a Dios. Son esos detalles que permiten ver que una virtud está consolidada porque no solo trabaja “en defensa”, diríamos, sino también “en ataque”. Y con buen humor, como Brochero e Ignacio.

Diego Fares sj