Las bienaventuranzas «para acercarse» no tienen condiciones (6 C 2022)

Y bajando con ellos y con una multitud de sus discípulos y una muchedumbre copiosa del pueblo, que había venido de toda Judea y de Jerusalén y de la región marina de Tiro y de Sidón, para oírlo a Él y para que los sanara de sus enfermedades, Jesús se detuvo en un llano. Entonces Él, elevando sus ojos a sus discípulos, decía:


Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora están hambrientos, porque serán saciados.
Bienaventurados los que están llorando ahora, porque reirán.
Bienaventurados serán ustedes cuando los hombres los odien, y cuando los excluyan, los injurien y proscriban su nombre como malo a causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, que su recompensa será grande en el cielo; porque de esta misma manera trataron a los profetas sus antepasados.

En cambio,


¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen su consolación!
¡Ay de ustedes, los que están hartos ahora, porque padecerán hambre!
¡Ay de los que ríen ahora, porque tendrán duelos y llorarán!
¡Ay, cuando hablen bien de ustedes todos los hombres, porque así fue como sus padres trataron a los falsos profetas! (Lc 6, 17. 20-26).

Contemplación

En estas bienaventuranzas, Lucas lo sitúa al Señor en un llano. Y allí se ve que no solo está a la altura de la gente, sino que se sienta, porque  -dice Lucas -: “elevó sus ojos a sus discípulos”. Situado así, más abajo que los más pobres de entre los pobres, el Señor pronuncia esto que es más una constatación que una expresión de deseos: “Felices los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.” Les pertenece.

Digo que más que una profecía o un deseo es una constatación: siendo Dios como es -rico en Misericordia- su reino le pertenece a los pobres y no a los que tienen todo; Él ha venido a consolar a los que están tristes, no ha venido para los que ya la pasan bien sin necesidad de Dios ni interés por el prójimo.

Lo curioso es que, por cómo están formuladas las frases, uno esperaría que hubiera exigencias: felices los que se comportan de tal modo porque obtendrán esto y lo otro. Y sin embargo no se trata de exigencias. El Señor dice que podemos entrar en su Reino siendo como somos y así como estamos: en la condición más humilde de pobreza de llanto, de hambre, de maledicencia. Después sí, vendrán exigencias para crecer en su Reino: el estar dispuesto a dejarlo todo, el abandono en las manos del Padre, la aceptación de la cruz, el servicio a los hermanos desde el último puesto…, pero en la puerta de entrada de su Reino el boleto que se nos pide es el de nuestra condición humana más básica y en su estado más humilde de pobreza, de hambre y de llanto e incluso de pecado. Y entra también algo que hoy ha adquirido gran relevancia: la discriminación. Beatos ustedes si son discriminados por seguirme a mí, dice Jesús, si los discriminan porque quieren entrar así como están y algunos no los dejan acercarse.

El Señor le está hablando a la multitud, a gente de todo tipo y condición; nos está diciendo a todos que a su Reino podemos acercarnos todos; basta que no estemos en la autosuficiencia.

El Reino de los pobres, está lleno de pobres, como los santuarios.  Y tiene una gran ventaja: nadie lo envidia (pero algunos se molestan si no los pueden controlar). En medio de ese pueblo pobre, carenciado, sufriente y mal juzgado, viene Jesús a ejercer su ministerio. Y allí nos envía a nosotros.

Los que les gusta “tener la llave” y “picar el boleto” de entrada al Reino, han llenado un listado de condiciones para entrar que hacen que medio mundo se quede afuera. Y no es así: para entrar, para acercarse al amor de Jesús, a su zona de influencia (salía una fuerza curativa de Jesús y por eso le acercaban los enfermos y querían que los tocara), no hay condiciones de ninguna clase. Las que el Señor pone no son condiciones, sino que los mismos ricos y soberbios no desean acercarse a Él. 

Es importante contemplar mucho este primer paso: el de las bienaventuranzas para acercarse: ser pobre, tener hambre, estar llorando, ser discriminado. 

Contemplamos algunos casos en los que se da esta bienaventuranza y elegimos alguno que nos haga bien a nosotros, que nos ayude a acercarnos a Jesús desde nuestra condición de criaturas.

Ser discriminado es ser como la mujer que le lavó los pies en casa del fariseo. Todos pensaban malísimo de ella -y de Jesús-.

Ser discriminado es ser como Zaqueo que lo invitó a comer a su casa junto con todos sus amigos. El Señor hizo saber que como médico, Él venía para los enfermo, no para los sanos.

Ser discriminado es ser como el ciego Bartimeo, al que le gritaban que se callara, que no se saliera de su rol de mendigo.

Ser discriminado es ser como los apóstoles, a los que acusaban de comer sin cumplir con los ritos de purificación o de comer trigo en sábado andando por el campo…

Llorar es tener algún sufrimiento grande como todos los que se acercaban al Señor llorando: las hermanas de Lázaro, la adúltera, la hemorroisa, los leprosos, los ciegos, el paralítico…

Tener hambre es ser parte de la multitud que se olvida de comer por seguir escuchando a Jesús, que les predica mientras se aleja de la ciudad;

Tener hambre es ir sintiendo el deseo de la Eucaristía, esa hambre de una unión más íntima y plena con un Dios que se va haciendo Él mismo pan de vida. Felices los que van sintiendo en su vida esta hambre de comulgar con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Ser pobre es ser como la viuda que, de su pobreza dio todo lo que tenía para vivir ese día, esa media mañana. Ser pobre es ser como nuestra Señora: sentirnos servidores, estar disponibles para que “se haga en nosotros la Palabra”.

Ser pobre es ser pobre como San José, que luchó trabajando con alma y vida, en su tierra y en el exilio para que Jesús no sufriera una pobreza indigna. San José es patrono de una pobreza digna, de una pobreza que, superada, se convierte cada día en bienaventuranza.

Podemos entrar en el Reino -e invitar a otros a entrar- así como somos, así como estamos. Que nadie nos ponga exigencias que nos impiden este “derecho humano básico” que es el de poder acercarnos a nuestro Creador y Salvador. El se hace (se hizo) cargo de cada uno y lo irá llevando “de bien en mejor”. Pero no se puede impedir que la gente se acerque al Señor. Eso es frustrar la salvación, impedir que Jesús sea Jesús y que nuestro Padre sea quien es: el Padre misericordioso.

Diego Fares sj

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