El que está en la cocina se da cuenta de lo que falta (2 C 2022)

Al día tercero se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, 

y estaba la Madre de Jesús allí. 

También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. 

Y como faltase el vino, le dice la madre de Jesús a él: 

«No tienen vino» 

Y Jesús le dice a ella: 

«¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado la hora mía.» 

Le dice su madre a los sirvientes: 

«Cualquier cosa que El les diga, ustedes háganla.» 

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: 

«Llenen de agua estas tinajas.» 

Y las llenaron hasta el borde. 

«Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» 

Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su o rigen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: 

«Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.» 

Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación

Escuchamos lo que dicen María y Jesús mirando lo que hacen

“No tienen vino”.

Imaginamos a María en la cocina. Los servidores la rodean, expectantes. Sabemos que están a su lado porque inmediatamente luego de hablar con su Hijo les dice a ellos que “hagan cualquier cosa que Jesús les diga”. Da la impresión de que lo hizo levantarse al Señor con alguna seña y que fuera a la cocina, junto con los cinco discípulos – de los cuales  se dice al final que “creyeron en él” y aquí se ve que participaron de todo el milagro.

Pero volvamos ahora un poco más atrás. El Evangelio dice que “como faltase el vino…, la Madre de Jesús le dice a Él: “no tienen vino”.

Nos centramos en María en el momento en que se da cuenta de que falta el vino.

¿Cómo se dio cuenta?

Quizás vio la cara de los servidores cuando alguien levantaba el vaso pidiendo más… O se dio una vueltita por la cocina. O más bien estaba en la cocina. 

El evangelio dice que “estaba allí”  y ese “allí” de la fiesta, para María parece ser la cocina. Por la desenvoltura con que se hace cargo del asunto más que una invitada comedida se ve que es alguien que está ayudando de entrada con el servicio.

¿Qué nos dice de su persona el lugar donde la encontramos?

Es el mismo lugar que eligió de entrada, luego de la anunciación, cuando fue a servir a su prima Isabel. Para ella, sentir la alegría de la predilección de Dios se traduce en buscar los lugares de servicio, donde hace falta dar una mano…

¿Y qué nos dice su preocupación por el vino?

¿María preocupada por el vino?

¿No nos la imaginamos más bien pensando : “Bueno, ya han bebido bastante. Menos mal que esto se acaba, así se moderan un poco…?”.

¿Qué nos dice de Ella que lo llame a su Hijo, lo ponga en medio de los servidores y lo comprometa diciéndoles públicamente que “hagan todo lo que Él les diga!”.

Nuestra Señora forzando las cosas… y por el vino! No es la imagen habitual.

Lo incomoda a Jesús, se aguanta que su Hijo la trate de indiscreta, se juega delante de los servidores… y todo por el vino!

Los cinco discípulos mirarían esto admirados, expectantes.

¿Y los servidores? 

¿Les habrá parecido que María se sobrepasaba?

Sin embargo, obedecieron sin chistar. 

Señal de que los rostros, los gestos, la persona misma del Señor y de su Madre, les decían mucho más de lo que dicen sus palabras cuando solo las tenemos escritas y debemos hacer este trabajo de recrear la escena. “No tienen vino”.

Miramos, pues, al vino. Lo que significa.

Jesús se entusiasmó con este milagro.

En el de la multiplicación de los panes también hubo abundancia. Pero no se nos dice que el pan o los peces fueran de calidad superior.

Aquí no solo le hizo llenar las seis tinajas (los servidores también pusieron lo suyo ya que “las llenaron hasta arriba”) para que hubiera de sobra, sino que se dio el gusto de hacer que le llevaran al experto para que lo juzgara y éste comprobó que era un vino superior -“bello y bueno” (kalón)-. 

Humanamente el vino tiene un “plus” respecto de otras bebida y alimentos. Da más que hablar, permite comparaciones, invita al buen humor compartido… Un buen vino indica la calidad de una fiesta y muestra el aprecio por los invitados. El maestresala se da cuenta: gastar el vino bueno al final es indicio de hospitalidad y de aprecio: ¡el novio se ha reservado lo mejor para el final!

El gesto de Jesús de hacerle probar al encargado tiene algo de picardía.
Podemos imaginar como en una foto al equipo del milagro: Jesús, la Virgen, Pedro, Juan y los otros tres, los servidores…., todos espiando con una sonrisa la escena del servidor cómplice que le hace probar una copita al maestresala; la cara de asombro de este, mientras degusta el vino; cómo se agranda y va a jactarse ante el novio, que lo escucha sin darse muy bien cuenta de qué es que le está hablando, medio en babia como corresponde a un novio en su fiesta de casamiento.

Caná rebosa alegría. Esa alegría linda y simple que se llama “la gloria de Dios”. Juan nos dice que “en Caná, Jesús manifestó su gloria” y esa es quizás la transformación más grande que aconteció aquel día, mayor aún que la del agua en vino: porque a partir de allí la gloria de Dios dejó de ser algo sublime pero terrible y, gracias a Jesús y a la Virgen, se convirtió en ese resplandor manso y tan lindo como el que brilla en una fiesta de familia cuando todos comparten un vino rico.

Caná es una fuente inagotable de contemplación. Esas seis tinajas de buen vino no se agotan jamás, así como las doce canastas de panes y peces siguen alimentándonos en cada Eucaristía. Hay mucho para contemplar:

* Podemos sentir cómo la Madre y el Hijo comienzan a actuar apostólicamente en equipo. Se ve que son dos que se entienden perfectamente: les basta media palabra para dar a entender lo que desean y lo que quieren que el otro haga. 

Podemos gustar esa libertad de espíritu que les da la familiaridad para actuar al unísono, más allá de las palabras, que tomadas fuera de contexto podrían significar otra cosa. Notamos que en su acción incluyen a los servidores (diáconos) y benefician a todos: a los novios, al maestresala, a los invitados. 

* Podemos detenernos en la respuesta de Jesús, que si uno la imagina más como un encogimiento de hombros de alguien que es invitado a intervenir y no quiere, vale con sus pocas palabras: “Y qué a mí y a ti, mujer”. Como diciendo, mientras se acerca a su Madre, abriendo un poco las manos y negando con la cabeza, que ese no es el momento, pero dispuesto a hacer lo que ella diga…

* La frase de María a los servidores, si imaginamos que se la dice mientras los acerca a Jesús, es bueno traducirla literalmente: “cualquier cosa que Él les diga, ustedes háganla”, y dejar que suene más como una advertencia que como una afirmación. Como si María previera que Jesús los va a sorprender con un pedido extraño y, tomándolos del brazo mientras los pone frente a su Hijo, les fuera haciendo sentir confianza: “Ojo! no vayan a ponerse a discutir. Ustedes háganle caso. Confíen en mí. Vengan”.

Esta manera de leer pone a María en el centro de la primera parte de la escena: ella es la protagonista, la que descubre lo que hace falta y pone en movimiento a todos, a Jesús y a los servidores, acercándolos para que actúen juntos. 

María es la que define el ámbito del primer milagro: la cocina de una fiesta. El lugar donde ella se sitúa y adonde lleva a Jesús para que se manifieste, nos dice mucho acerca de su persona y de la de Jesús. 

*Podemos escuchar lo que Jesús le dice a los servidores y mirar lo que hacen.

El Señor, que primero parecía reticente, pone manos a la obra. Comienza a dirigir la tarea. Primero hecha una mirada a ver lo que hay y ve las tinajas vacías. Entonces ordena a los servidores: “llenen las tinajas con agua”. Ellos obedecen con gusto (no las llenan a medias). Experimentan la alegría de trabajar para este equipo, contentos de poder integrarse al modo de hacer las cosas del Señor y su Madre.

Cada uno puede contemplar lo que más le guste, como en una fiesta, donde se nos ofrece de todo y en abundancia para que uno elija…

A mí me gusta volver a donde comenzamos: al momento en que María se da cuenta de que falta el vino y se decide a intervenir. Martini dice que María se da cuenta de que falta “la alegría del Evangelio” (eso simboliza el vino) porque ella la tiene

La Virgen discierne desde el don de la alegría (la alegría es uno de los frutos del Espíritu, y brota cuando un corazón ama con amor gratuito). Y apela directamente a Jesús y a los servidores. Es decir, no trata de salvar la cosa mandando a comprar un poco más de vino (o echándole agua…), sino que busca al que puede dar una alegría mejor y abundante y se rodea de los que quieren ayudar para que esto suceda.

Reflexión para sacar provecho

A nosotros también nos pasa lo que a María en Caná.

Cuando elegimos la cocina, cuando elegimos colaborar y servir a los demás, enseguida nos damos cuenta de que “falta el vino”.

Enseguida pescamos todo: 

que “algo no estuvo bien planificado”, 

que “alguno se hizo el tonto y dejó cosas sin hacer”

vemos quién será el que aproveche para “quejarse” y quién encontrará la oportunidad para “sembrar cizaña”,

ya sabemos que “el maestresala seguirá fluctuando entre no hacerse cargo de lo que anda mal y jactarse cuando las cosas van bien”….

Y hasta nos parecerá que Jesús está de lo más pancho bebiendo con los discípulos y gozando de la fiesta mientras nosotros cargamos con la preocupación de que todo salga impecable y vemos –ya lo sabíamos- que la fiesta va a terminar aguándose. El que se mete en la cocina se da cuenta de todo lo que falta (y de lo que se sirve mal, de lo que se desperdicia y también de todo lo que se roban).

¿Y entonces?

Entonces nada. 

En esto de darnos cuenta de lo que falta, somos iguales que nuestra Señora… 

Pero de lo que se trata es de ser como Ella en el modo de buscar la solución. Se trata de discernir de corazón, como María, que sabe que el único que puede salvar a los novios es Jesús, y pone manos a la obra con prontitud y alegría, sacando de cada uno lo mejor para que la fiesta sea un éxito sin que nadie note todo el trabajo que llevó.

Cada vez que uno se da cuenta de que falta el vino tiene que agradecer porque significa que está en la cocina de la fiesta (y no en otro lugar de privilegio o de “no responsabilidad); entonces, uno puede volver a rezar con el evangelio de las bodas de Caná. (Podemos comenzar ahora, leyendo todo de nuevo, identificándonos con nuestra Señora ya que vemos lo que falta y confrontando nuestros variados sentimientos con la alegría del Evangelio que desborda en Ella).

Diego Fares sj