El secreto de Jesús: alegrar al Padre, estando en sus cosas (Sagrada Familia C 2021-2)

El Niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él.

Sus padres iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, 

sin que se dieran cuenta sus padres. Suponiendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. 

Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo: 

«Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, muy angustiados, te andábamos buscando». 

El les dijo: 

«Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo tenía que estar en lo de mi Padre?» 

Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres  (Lc 2, 40-52). 

Contemplación

            “Las cosas del Padre…”. ”. Cuando alguna “cosa” del Padre surge, se hace presente, se deja ver, para Jesús se transforma en un “tengo que estar allí”. Jesús nos revela, en primer lugar, que las cosas del Padre son todas, ya que El Padre no excluye a nadie ni quiere que se pierda nada: El quiere que todos se salven, que ninguno se pierda, que todos reciban lo suyo. El Padre sabe de los pajaritos que caen y tiene contados nuestros cabellos… Todo está en las manos del Padre que sabe muy bien lo que necesitamos.

Jesús nos enseña también que estar en las cosas del Padre es un modo de estar. Y el modo tiene que ver con la paciencia, con la misericordia y con  la alegría. Estar en las cosas del Padre es algo amplio, porque todas las cosas le pertenecen –“somos suyos y a él pertenecemos” como dice el Salmo- y porque “su misericordia nos alcanza de generación en generación”. “¿A dónde huiré lejos de ti; si subo al cielo allí estás tú, si bajo al abismo, allí te encuentro”. Es algo amplio pero también algo muy preciso y que nos toca a nosotros. 

A nosotros nos toca la decisión de buscar y hallar cuáles son “las cosas del Padre” cada día. El tiene sus preferencias: los perdidos, los pequeñitos, los pobres, su viña, su Hijo…, las bodas con la humanidad. A nosotros nos toca el esfuerzo de cuidar y cultivar las cosas del Padre. El es un Dios que trabaja, no es uno que está sentado en la poltrona celestial, aunque lo presenten así. En el Evangelio Jesús dice: “mi Padre trabaja siempre”. Y las imágenes que nos da son las de uno que está preparando una fiesta, uno que sale a toda hora a buscar obreros para su viña, uno que reparte sus talentos y luego toma cuenta… Y como alguien que trabaja, tiene sus preocupaciones: ama su viña y por eso sale a buscar colaboradores a toda hora. Paga bien, a los últimos igual que a los primeros, pero quiere que todos trabajemos. Posee una rica herencia y reparte con generosidad sus talentos, pero es exigente y quiere ver los frutos.

A nosotros nos toca también una elección muy especial con respecto a las cosas del Padre. El Padre es un Dios esplendoroso, un Padre que sueña con la fiesta de bodas de su Hijo –de sus hijos-, y desea que la fiesta salga linda –gloriosa, más que linda-: quiere que todo esté a punto, que los invitados lleguemos a hora y que estemos vestidos de fiesta. Por eso, llegados a este punto de la fiesta, se nos revela algo último, el “tengo que estar” de Jesús y nuestro se muestra como un “tengo que… elegir libremente estar y estar bien”. La fiesta requiere que uno esté de buena onda por convicción. Que uno decida estar de buen humor y no “aguar la fiesta” a la primera de cambio, como suelen hacer algunos. Estar requiere que uno quiera estar alegre por la alegría del Novio y de la Novia y contribuya a esa alegría con la propia. 

El tengo que estar e la misericordia es un imperativo, tiene que ver con la necesidad. No podríamos sostenernos ni un instante si no nos aferráramos a la mano que la misericordia nos tiende cada día, al aire que nos insufla con el perdón, que nos permite ir adelante con la frente alta. 

El tengo que estar del trabajo y de los talentos, nos resulta familiar, en esta cultura de la eficacia en la que vivimos. Incluso lo de que el Dueño pague demás podemos verlo como un “incentivo”.

El tengo que estar de la pasión, también está incorporado: un poco a la fuerza, porque uno sabe que así es la vida, y otro por compasión con Jesús, que nos abrió el camino.

Sin embargo, el último “tengo que estar”, ese “era necesario alegrarse y hacer fiesta” que el Padre alega como respuesta a la queja del hijo mayor, es propio de la elección más íntima de cada uno. Elegir “hacer fiesta”, elegir “entrar en la fiesta” y “con buena cara”, es algo que toca a cada uno. 

Es un “tengo que estar bien” que como tiene que brotar de lo más hondo no se puede improvisar. Uno puede entrar “tapándose la nariz” o “poniéndose una careta”… pero el Padre lo nota. Y Él sueña con que participemos de esta “necesidad suya”: la de celebrar. Tan honda o más aún – si se puede hablar así – que su “necesidad de ser misericordioso”. 

Y convengamos que la tentación contra este “tengo que estar alegre” es mimética. El hijo mayor expresa el comienzo de una tentación. Pero se ve que la competencia con su hermano menor venía de lejos. Del no estar contento del menor, que por algo agarró su parte y se fue a un país lejano. Y del no estar contento del mayor, que por algo le reprocha al padre lo del asado que nunca le dio para comer con sus amigos. 

La tentación de no estar alegres con lo que el Padre hace y da viene de lejos y puede llegar lejos. Pero nuestro Padre del cielo no se entristece con nuestras quejas, sino que sigue firme en su apuesta, hasta que nos convenzamos. A todos nos dice: “Hijo, todo lo mío es tuyo”. Tenemos que hacer fiesta cada vez que alguien vuelve a la vida, cada vez que alguno da un pasito hacia la vida. 

Si uno se pregunta de qué estaría hablando el Niño con los Doctores, puede que no se equivoque si piensa que estaría hablando de estas cosas: de los sueños de misericordia y de fiesta de su Padre.  Jesús viene a decir (y a mostrar) que las cosas del Padre se tienen que realizar “en espíritu y de verdad”, se tienen que decidir con alegría en lo secreto del corazón. El Padre ve en lo secreto y ama al que da con alegría. 

María será la primera que capte esto. Le costó, porque la primera actitud de Jesús de “salirse de la ley”, de quedarse en el Templo sin avisarles, la desconcertó. Pero guardó las cosas –estas del Padre- en su corazón. Y en las bodas  de Caná se ve que ya está madura esa libertad de espíritu suya, esa libertad propia del corazón de María, que hace que su hijo adelante la hora. María pescó que “Jesús debía estar allí” y ella “también estaba”. Y que convertir el agua en vino, lo cotidiano en fiesta, el amor en Agape –amor de gratuidad sobreabundante, de gratuidad por la gratuidad misma- eso era “estar en las cosas del Padre”. 

María descubrió el secreto de Jesús, que es alegrar al Padre (en eso consiste hacer su voluntad, en alegrarlo, no en cumplir, meramente). Y lo mismo podemos decir nosotros de nuestro secreto para con nuestra familia: es alegrarlos!.

María conectó la alegría de la hora de Jesús con la alegría de los novios de Caná. En su fiesta de bodas los fundó a ellos en el Amor de Dios y deben haber formado una lindísima familia en la que nunca faltó el vino que les había conseguido María de manos de Jesús.

Alegrarles la fiesta a los hombres en lo mejor de su amor, comenzando por nuestra familia, es lo mismo que alegrar al Padre del cielo. 

Y en eso consiste toda la ley y todas las profecías, todos los “tengo que estar en las cosas del Padre”.

Diego Fares s.j.

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