Gente comprometida (Inmaculada C 2021-2)

Estaba comprometida

En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo:

– ‘¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.’

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada

y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Angel le dijo:

– ‘No temas, María, ante Dios has hallado gracia.

Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Angel:

– ‘¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?’

El Angel le respondió:

-‘ El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.’

María dijo entonces:

-‘Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí según tu Palabra.’

Y el Angel se alejó  (Lc 1, 26-38).

Contemplación

Tomamos las primeras palabras que se refieren a María: estaba comprometida.

Lo primero que nos hace saber de Ella y de José el evangelio es que es que estában desposada (comprometidos).

Los vemos como  personas que han elegido estado de vida.

Su proyecto no es solitario sino comunitario:  y lo seguirá siendo toda la vida.

Llama la atención que Dios no se le manifieste “antes” de que se comprometa, sino por el contrario, en el tiempo especial que conllevaba el compromiso.

Puede hacernos bien quedarnos contemplando este tiempo del compromiso.

Quizás traer a nuestra memoria nuestro propio compromiso, matrimonial o de votos religiosos, y recordarlo de manera especial.

María y José estaban desposados, estaban en ese momento en el que uno compromete toda su vida con la de otra persona o con el Señor y su Pueblo, en el que uno decide ser del otro y estar con y para el otro para siempre.

Esta decisión ocupa un lugar muy fuerte en nuestra vida; un lugar tan central que acalla por un tiempo los otros deseos.

El compromiso es un momento muy especial: tiene sus ritos, tiene un lugar y un momento elegidos, consiste en unas pocas palabras en las que el amor se expresa con mucha intensidad y con mucho despojo.

Uno le dice al otro que ase compromete con el/ella y pone en medio dos anillos, un escrito … Y espera a que el otro responda, guardando la distancia, sin querer influirle –uno ya lo ha dicho todo-, deseando que el otro responda también con una palabra libre.

Recién después se sella la alianza con un gesto, y se comienza a planificar las cosas…

El compromiso es un momento de respetuosa distancia entre dos libertades y la libertad lo ocupa todo. Es un momento casto por excelencia, de amor no

Posesivo, como dice el Papa. Se necesita esa distancia para que las dos personas se “adueñen” y “entreguen” consciente y libremente ese amor que comenzó con el “arrebato” tan propio del enamoramiento

Pues bien, es ese tiempo de compromiso –que actualmente se da en la intimidad y que para los antiguos tenía ceremonias más solemnes y derechos y deberes establecidos públicamente- el que el Señor elige para meterse en la vida de María y de José. Y lo hace uno por uno, con cada uno a su manera, para que sea de verdad libre. No los junta a los dos no espera a que estén casados… lo cual quizás hubiera sido invasivo.

El tiempo del compromiso es un “kairos”, un tiempo de gracia. Es quizás el tiempo de mayor gracia en la vida humana, porque es el tiempo en el que dos personas hacen su alianza de manera única, libre y llena de amor, de esperanza y de fe en el otro. Allí nace la familia.

El Señor entra en la vida de ellos en el momento inmediatamente posterior al compromiso ritual, cuando cada uno está solo, pensando en que se comprometió.

Es un momento de mucha plenitud, que se disfruta también en un rato de soledad, antes de que comience todo a ser vida compartida.

Sobre esta base humana viene la propuesta de Dios: propuesta de un Hijo que será único y que les dará una fecundidad insospechada, ampliándoles el horizonte de manera impensable.

Jesús quiere encarnarse en una familia verdadera, en dos corazones que se aman y que quieren compartir la vida juntos.

Que la fecundidad inaudita de ser Madre de Dios plenifique de tal manera su relación que no tengan otros hijos propios para poder adoptar en Jesus a todos los demás (a nosotros). Que se mantengan castos es más por sobreabundancia que porque el amor de Dios necesite límites o renuncias que lo encaucen.

Es la fecundidad más grande, la que se da toda de una vez y una vez sola en la historia, la que irradia sobre la persona de María y también de José, sellando su virginidad fecunda.

En el Hijo –en quien fueron creadas todas las cosas- ella (y él) se convierten en padres de “todos los hijos”. No hay exclusión de otros hijos sino, por el contrario, inclusión de todos, una inclusión tan total que plenifica la maternidad de María y, por ella, la paternidad de José.

De aquí surge luego la contemplación de la Iglesia acerca de la calidad de personas que eran María y José. Personas que dejan entrar el proyecto superabundante de Dios en ese momento tan de ellos. Esto permite entrever una gracia especial. En María, que acepta tan dócil y sencillamente integrar su plan de vida en el Plan de Dios, se entrevé una gracia especial: una apertura a la Voluntad de Dios tan incondicional y sin peros habla de ausencia de egoísmo, de ausencia de pecado, de una manera tal que nos hace descubrir una gracia especial en su naturaleza humana. Ella es la “toda santa”, la Inmaculada, la concebida sin pecado original.

En José, el hecho de que tenga sus tribulaciones y dudas antes de tomarla por esposa, nos lo hace sentir más cercano a nosotros, gente común.

El Señor entra en su proyecto de vida en común, ese en el que, cada uno según su gracia y condición, quiere y decide de manera concreta construir en común. El Señor entra en la historia allí donde hay un compromiso común de amor elegido.

Quizás por eso el Señor trabaja tan bien con los pecadores que se convierten: porque el pecado requiere una decisión y la conversión también. Una decisión egoísta, la del pecado, pero decisión consciente y libre. Y allí donde se encuentra una decisión generosa, como la de María y José (y todos los que se comprometen en su vida) el Señor trabaja a gusto. No así donde las cosas se dan sin que uno ponga el corazón y se haga cargo.

Ofrecimiento para sacar provecho

Cada uno puede renovar su compromiso, el más personal y común que haya hecho, y sentirlo como lugar sagrado en el que la Palabra se hace carne nuevamente en nuestra vida.