En la Pascua de la Hna Juliana

Roma, 24 de diciembre, 2021

Queridas Hermanas del Niño Jesús, 

La Pascua de nuestra querida Juliana a la casa del Padre me mueve el corazón compartir con ustedes algunas cosas lindas que hemos vivido con ella en este momento tan especial y que Juli deseaba con verdadera Fe: encontrarse con el Padre, con el Espíritu Santo, de la mano de Jesús y la Virgen, San José y su querido San Juan Bautista. Sabemos que ella ya deseaba partir, aunque vivía contenta su misión aquí, en las cosas de la amada tierra. Quedé contento de lo que me ha dicho Elisa, que partió en santa paz y rodeada de la oración de de todas ustedes, de todas las hermanas que acudieron su lado cuando vieron que estaba mal. 

Me imagino su entrada al Cielo llena de exclamaciones al ver a tantos amigos que le habrán salido al encuentro, comenzando por sus familiares y por toda la gente de El Hogar de San José y del Comedor. También me la imagino encarando para el lado de la cocina, para ponerse a ayudarle al Señor con el banquete celestial. 

Lo primero que me nace del corazón después de haber acompañado espiritualmente a Juliana durante muchos años – casi desde que nos conocimos allá por el 95 -, ya que ella o ella venía charlar conmigo o iba yo a charlar con ella – y siempre hemos mantenido mantenido un contacto espiritual fuerte. 

MUJER DE ORACIÓN

Lo primero, decía,  es mi testimonio de que Juliana era y es una mujer de oración. 

Cuando Juliana decía “unidos en la oración”, acá en esta tierra y ahora con ella desde el cielo, no era una frase hecha sino algo que ella vivía con mucha intensidad. Juliana reza hablando con y de las personas “como si presentes se hallasen” como dice Ignacio. Verdaderamente se unía a los que quería rezando, rezaba con rostros y nombres de personas concretas y de situaciones también concretas por las que había que agradecer o pedir o discernir. 

Su oración era y seguirá siendo una oración metida en la vida. La Juli rezaba con las cosas universales de la Iglesia y las nuestras de cada día en una charla muy familiar con el Señor. Estaba mucho ante el santísimo donde iba a presentarle al Señor su agradecimiento, sus quejas y lamentaciones, todo con mucha frescura y sinceridad. Señor me pasa esto, Señor, por qué aquello. Una oración metida en la realidad. 

Me acuerdo una vez me que me contaba su diálogo con uno que le había venido a arreglar la caldera, porque hacia días que estaba rota. El hombre, muy piadoso, empezó ha hablarle de la Trinidad y a preguntarle. Ella le respondió con cosas del catecismo, pero como el buen hombre seguía, ella le salió con : “Bueno, ya charlamos, ahora menos Trinidad más calderta,  que yo la necesito caldera porque se me se me enfrían las pensionistas. 

«Menos Trinidad y más calefón”. Por ahí iban sus oraciones de contemplativa en la acción.  Yo siempre me reía porque ella decía que tendría que haber sido contemplativa. Yo  le decía que “estaba a tiempo” y nos reíamos porque ella agregaba que no habría aguantado dos minutos encerrada. Juliana era una  contemplativa en la acción, veía a Dios en todas las cosas; era una mujer de oración de alabanza y unión con Dios pero sobre todo una oración de discernimiento.  Se animaba a plantearle al Señor todo lo que pasaba y  buscaba la voluntad de Dios. Juliana rezaba “como era ella”, con virtudes y defectos. No se ponía el hábito de otras espiritualidades para rezar como si la oración fuera una “parte” de su vida, sino que su oración era “toda su vida y su persona”. Charlaba con nuestro Padre y con el Espíritu Santo (a la madrugada, al abrir la puerta de Hipólito Yrigoyen decía que el airecito de la mañana era el Espíritu Santo y ya con ese respiro tenía aliento para el trabajo de todo el día.  “El vientito del Espíritu Santo que sopla por la calle Hipólito Irigoyen! Nada menos.

Mujer de oración comprometida. Rezaba por la gente que le pedía y la gente sabía de esto y por eso le confiaba sus penas e iba a charlar con ella con cualquier excusa, porque sabía que no solo aconsejaba bien, sino que escuchaba mucho e intercedía por los que se lo pedíamos. 

Un ejemplo lindo de eso sencillez y veracidad en la oración es una cartita que le mandó al Papa que la había llamado por el cumpleaños. Que sencilla y linda!

Al Obispo de Roma

Papa Francisco

Querido Padre:

Espero que estés bien, llego hasta usted para agradecerle su delicadeza a través del Padre Diego en el día de mi cumpleaños. ¡¡¡Gracias!!!

Muchas cosas quisiera decirle, pero lo hago a través del Señor en la oración. “Rece por mi”.

 Un abrazo grandote y unión de oración

 ¡Muchas gracias!

 Hermana Juliana

MUJER DE TRABAJO

Si hay algo que Juliana hizo todos los días su vida fue trabajar. Me acuerdo un día en que estábamos charlando no me acuerdo de qué y a ella como que le cayó la ficha de una revelación ( de esas en las que uno comprende algo muy hondo de su vida) y me dijo: Al fin y al cabo, la verdad es que yo he sido toda mi vida una empleada. Una consagrada empleada. Empleada de cocina. 

Yo me admiré mucho por cómo lo decía, y le dije: ¡Como la Virgen! Y ella: “Sí, como la Virgen: la Servidora del Señor, la servidora de Isabel, la servidora en Caná. Me conmovió y me consoló esa alegría el que descubre que ha sido “un servidor que no ha hecho sino lo que tenía que hacer”. 

Juliana se especializó, me gusta decir- en “dar de comer al hambriento” que sigue siendo una obra de misericordia. Sigue siento la primera en un mundo con hambre. Todavía hay gente que discute, no lo de dar de comer, sino el cómo” (como como). Si los comedores sí o los comedores no, si un turno o dos, si el “denles ustedes de comer” nos involucra a todos o a algunos… Es como con los refugiados: si no se llega a la integración, no sirve. Pero también es verdad que si no se acoge primero -y largo tiempo- no habrá integración. La obra de misericordia sigue siendo la definitiva, esa por la cual el Señor nos tomará examen: me diste de comer o no me diste de comer. Y mientras muchos discutían y lo siguen haciendo, Juliana dio de comer todos los días y noches a unos cuantos cientos de personas.  La clave quizás está en algo que me contó. Resulta que alguien viéndola preparar la comida para el Hogar un domingo por la tarde, le dijo pero Hermana vos trabajás hasta los domingos y feriados. Tendrías que tener un día de descanso. Y la Juli le respondió: Y vos, comés también los domingos? Claro! Y algo un poco más rico! Bueno, los pobres también comen todos los días y los domingos les gusta comer un poco más rico. 

“Los pobres comen todos los días”. La Juli tenía claro que los pobres también le gusta comer todos los días y si es algo rico, mejor!

MADRE

Entré por la oración y por el trabajo que han sido dos cualidades muy de ella, para entrar en su corazón de madre. Allí está  el secreto de su oración comprometida y concreta y de su trabajo incansable en las obras de misericordia: todo nace de un corazón de madre. Juliana me confiaba que no sabía por qué la gente venia y le contaba sus cosas. Y yo le decía que era la sentíamos madre: las penas grandes y las alegrías las compartíamos con ella como con nuestra madre.  Uno se decía “esto lo tengo que charlar con Juliana”. Me acuerdo como si fuera hoy el día en que eligieron papa a Jorge y yo estaba rezando en mi pieza. Sentí como que alguien me arrancó de la pieza y me hizo ir rápido a lo de Juliana. Celebramos misa los dos solos y en agradecimiento por el Papa. Teníamos que celebrarlo juntos. La gente de en situación de calle siempre ha sabido que en ella tenía una madre que se preocupaba por ellos y por eso acudían a ella.

Una amiga y compañera de camino de trabajo y de misión

Siempre sentido a Juliana una amiga. Trabajamos codo a codo por más de veinte años en todo lo que era compras y comida y doy testimonio de que sin el trabajo de Juliana y de todo el apoyo de las Hermanas del Niño Jesús, no hubiera podido existir el programa social que se fue desarrollando en el Hogar. Hemos sido amigos, hemos compartido una visión también de las cosas, que no siempre se comparten, y la más importante es el deseo de institucionalizar el Hogar y nuestro trabajo en interparroquial e intercongregacional. Juliana y yo queríamos  que la congregación  y la compañía adoptaran el Hogar como institución propia. Siempre costó. La verdad es que a en nuestras órdenes y congregaciones religiosas hay obras que antes de tener digamos así una (1) persona a la que ayudan, ya tienen oficina, escritorio, compu, página web y cuenta en el banco. El hogar, en cambio, nació al revés: nació dando de comer en Regina cuando no tenía ni tablones para que la gente se sentara a la mesa. Y fue creciendo de acuerdo a la necesidad de la gente convirtiéndose en Hogar, en Cooperativa, en talleres de tantas en tantas cosas lindas que se hacen. Pero, como digo, cuesta institucionalizar. Como que a los pobres siempre los tenemos y como que está es obra tuya. Y no es así, no es así, Juliana siempre fue mujer institucional, eso no significa que cuando había que meter mano y tomar la iniciativa porque que otros no se movían, ella decidía y actuaba. Pero no por cortarse sola sino por el bien de los pobres, el bien de cada día. Y el que cuida del pan de cada día cuenta con la bendición del Padre. 

Pero fue siempre una mujer de institución, de congregación, digamos así, hasta el final. Esto lo digo aquí porque me da pena que muchos se pierdan lo más lindo que hay: que no es solo “dar de comer al pobre en la puerta” sino integrarlo en la propia institución, con título de ciudadanía. 

Mujer de iglesia

Y siempre tuvo un cariño y un respeto especial por los sacerdotes. Juliana siempre ha sido madre de nosotros los curas con especial dedicación. Y como buena madre, sabía decir las cosas también cuando había que dar un tirón de orejas o una buena patada en el trasero. Mujer de iglesia y con el papa Francisco doblemente alegre ya que su devoción y cariño para el papa era por un papa amigo que la quería mucho, un papa cercano. Que así escribía de ella – de su ternura laboriosa- , con motivo de los 10 años de El Hogar de San José:

Rvdo Padre DIEGO J. FARES s.j.

Sarandí 65 – 1081 –Buenos Aires

Querido Diego:

El próximo día 27 el Hogar de San José cumplirá 10 años. Aquella noche durmieron allí, por primera vez, un grupo de hombres. Desde entonces, todos los días, se repite esa historia de projimidad, de amor.

Muchos se han acercado para ayudar en el trabajo y han aprendido a servir a esos hermanos nuestros, a contemplar en sus rostros el rostro del Señor. Se ha formado una comunidad que ha logrado superar el mundano esquema de «asistentes-asistidos» optando siempre por reconocerse ambos en la persona de Cristo, por incluirse todos en la marcha del pueblo fiel de Dios, proclamando el amor y la ternura del Padre. Y, hablando de ternura, no quiero dejar de mencionar la ternura laboriosa de la Hermana Juliana, quien merece ser llamada «la madre» del Hogar de San José.

A vos y a todos los que forman esa Comunidad de amor y ternura les hago llegar mis felicitaciones por este nuevo anirversario; les agradezco todo el bien que hacen en la Arquidiócesis y –por favor- les pido que recen y hagan rezar por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Afectuosamente, 

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

Arzobispo de Buenos Aires

Algunas de las fotos más significativas (entre otras cien)

Con Donato, pasándole la «consegna»
Entre amigos
Julliana «pispeando» cómo habían quedado las piezas luego de un arreglo

El secreto de Jesús: alegrar al Padre, estando en sus cosas (Sagrada Familia C 2021-2)

El Niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre él.

Sus padres iban todos los años a Jerusalén en los días de la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, 

sin que se dieran cuenta sus padres. Suponiendo ellos que él andaría en la caravana, caminaron una jornada, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. 

Cuando le vieron, quedaron atónitos, y su madre le dijo: 

«Hijo, ¿por qué nos hiciste esto a nosotros? Aquí estamos tu padre y yo que, muy angustiados, te andábamos buscando». 

El les dijo: 

«Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo tenía que estar en lo de mi Padre?» 

Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. Bajó en su compañía y fue a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre guardaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres  (Lc 2, 40-52). 

Contemplación

            “Las cosas del Padre…”. ”. Cuando alguna “cosa” del Padre surge, se hace presente, se deja ver, para Jesús se transforma en un “tengo que estar allí”. Jesús nos revela, en primer lugar, que las cosas del Padre son todas, ya que El Padre no excluye a nadie ni quiere que se pierda nada: El quiere que todos se salven, que ninguno se pierda, que todos reciban lo suyo. El Padre sabe de los pajaritos que caen y tiene contados nuestros cabellos… Todo está en las manos del Padre que sabe muy bien lo que necesitamos.

Jesús nos enseña también que estar en las cosas del Padre es un modo de estar. Y el modo tiene que ver con la paciencia, con la misericordia y con  la alegría. Estar en las cosas del Padre es algo amplio, porque todas las cosas le pertenecen –“somos suyos y a él pertenecemos” como dice el Salmo- y porque “su misericordia nos alcanza de generación en generación”. “¿A dónde huiré lejos de ti; si subo al cielo allí estás tú, si bajo al abismo, allí te encuentro”. Es algo amplio pero también algo muy preciso y que nos toca a nosotros. 

A nosotros nos toca la decisión de buscar y hallar cuáles son “las cosas del Padre” cada día. El tiene sus preferencias: los perdidos, los pequeñitos, los pobres, su viña, su Hijo…, las bodas con la humanidad. A nosotros nos toca el esfuerzo de cuidar y cultivar las cosas del Padre. El es un Dios que trabaja, no es uno que está sentado en la poltrona celestial, aunque lo presenten así. En el Evangelio Jesús dice: “mi Padre trabaja siempre”. Y las imágenes que nos da son las de uno que está preparando una fiesta, uno que sale a toda hora a buscar obreros para su viña, uno que reparte sus talentos y luego toma cuenta… Y como alguien que trabaja, tiene sus preocupaciones: ama su viña y por eso sale a buscar colaboradores a toda hora. Paga bien, a los últimos igual que a los primeros, pero quiere que todos trabajemos. Posee una rica herencia y reparte con generosidad sus talentos, pero es exigente y quiere ver los frutos.

A nosotros nos toca también una elección muy especial con respecto a las cosas del Padre. El Padre es un Dios esplendoroso, un Padre que sueña con la fiesta de bodas de su Hijo –de sus hijos-, y desea que la fiesta salga linda –gloriosa, más que linda-: quiere que todo esté a punto, que los invitados lleguemos a hora y que estemos vestidos de fiesta. Por eso, llegados a este punto de la fiesta, se nos revela algo último, el “tengo que estar” de Jesús y nuestro se muestra como un “tengo que… elegir libremente estar y estar bien”. La fiesta requiere que uno esté de buena onda por convicción. Que uno decida estar de buen humor y no “aguar la fiesta” a la primera de cambio, como suelen hacer algunos. Estar requiere que uno quiera estar alegre por la alegría del Novio y de la Novia y contribuya a esa alegría con la propia. 

El tengo que estar e la misericordia es un imperativo, tiene que ver con la necesidad. No podríamos sostenernos ni un instante si no nos aferráramos a la mano que la misericordia nos tiende cada día, al aire que nos insufla con el perdón, que nos permite ir adelante con la frente alta. 

El tengo que estar del trabajo y de los talentos, nos resulta familiar, en esta cultura de la eficacia en la que vivimos. Incluso lo de que el Dueño pague demás podemos verlo como un “incentivo”.

El tengo que estar de la pasión, también está incorporado: un poco a la fuerza, porque uno sabe que así es la vida, y otro por compasión con Jesús, que nos abrió el camino.

Sin embargo, el último “tengo que estar”, ese “era necesario alegrarse y hacer fiesta” que el Padre alega como respuesta a la queja del hijo mayor, es propio de la elección más íntima de cada uno. Elegir “hacer fiesta”, elegir “entrar en la fiesta” y “con buena cara”, es algo que toca a cada uno. 

Es un “tengo que estar bien” que como tiene que brotar de lo más hondo no se puede improvisar. Uno puede entrar “tapándose la nariz” o “poniéndose una careta”… pero el Padre lo nota. Y Él sueña con que participemos de esta “necesidad suya”: la de celebrar. Tan honda o más aún – si se puede hablar así – que su “necesidad de ser misericordioso”. 

Y convengamos que la tentación contra este “tengo que estar alegre” es mimética. El hijo mayor expresa el comienzo de una tentación. Pero se ve que la competencia con su hermano menor venía de lejos. Del no estar contento del menor, que por algo agarró su parte y se fue a un país lejano. Y del no estar contento del mayor, que por algo le reprocha al padre lo del asado que nunca le dio para comer con sus amigos. 

La tentación de no estar alegres con lo que el Padre hace y da viene de lejos y puede llegar lejos. Pero nuestro Padre del cielo no se entristece con nuestras quejas, sino que sigue firme en su apuesta, hasta que nos convenzamos. A todos nos dice: “Hijo, todo lo mío es tuyo”. Tenemos que hacer fiesta cada vez que alguien vuelve a la vida, cada vez que alguno da un pasito hacia la vida. 

Si uno se pregunta de qué estaría hablando el Niño con los Doctores, puede que no se equivoque si piensa que estaría hablando de estas cosas: de los sueños de misericordia y de fiesta de su Padre.  Jesús viene a decir (y a mostrar) que las cosas del Padre se tienen que realizar “en espíritu y de verdad”, se tienen que decidir con alegría en lo secreto del corazón. El Padre ve en lo secreto y ama al que da con alegría. 

María será la primera que capte esto. Le costó, porque la primera actitud de Jesús de “salirse de la ley”, de quedarse en el Templo sin avisarles, la desconcertó. Pero guardó las cosas –estas del Padre- en su corazón. Y en las bodas  de Caná se ve que ya está madura esa libertad de espíritu suya, esa libertad propia del corazón de María, que hace que su hijo adelante la hora. María pescó que “Jesús debía estar allí” y ella “también estaba”. Y que convertir el agua en vino, lo cotidiano en fiesta, el amor en Agape –amor de gratuidad sobreabundante, de gratuidad por la gratuidad misma- eso era “estar en las cosas del Padre”. 

María descubrió el secreto de Jesús, que es alegrar al Padre (en eso consiste hacer su voluntad, en alegrarlo, no en cumplir, meramente). Y lo mismo podemos decir nosotros de nuestro secreto para con nuestra familia: es alegrarlos!.

María conectó la alegría de la hora de Jesús con la alegría de los novios de Caná. En su fiesta de bodas los fundó a ellos en el Amor de Dios y deben haber formado una lindísima familia en la que nunca faltó el vino que les había conseguido María de manos de Jesús.

Alegrarles la fiesta a los hombres en lo mejor de su amor, comenzando por nuestra familia, es lo mismo que alegrar al Padre del cielo. 

Y en eso consiste toda la ley y todas las profecías, todos los “tengo que estar en las cosas del Padre”.

Diego Fares s.j.

Con una mano en los sueños de Dios y la otra en los propios sueños (Navidad C 2021-2)

… Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. Así que el total de las generaciones son: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones. La generación de Jesucristo aconteció de esta manera:

María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Estando él en estos pensamientos, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:

«José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ellaproviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.»

Al despertar José del sueño, hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado:

y recibió en su casa a su mujer, y sin que hubieran hecho vida en común,

ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús. 

                                                                                     (Mateo 1, 18-25).

Contemplación

En este años dedicado a San José, que acaba de terminar, la misa de esta Nochebuena lo tiene como protagonista de la segunda Anunciación del Ángel.

El mosaico de la Cueva de Manresa, nos muestra a un José dormido, con una mano en la Palabra -una larga Palabra que el Ángel le comunica a una María bien despierta, que dialoga con él y le hace preguntas- y la otra en sus sueños, con ese segundo ángel que se los custodia, teniendo entre sus manos, amorosamente la cabeza del soñador. Soñar con una mano en la Palabra de Dios y la otra en las palabras propias, las más profundas, que vienen afuera en nuestros sueños. 

El mosaico capta dos momentos distintos en uno. Junta, de manera no habitual, el momento de turbación de María y el momento de paz de José. Ella parece estar diciendo “¿Y cómo será posible esto?”, mientras que José parece estar ya del lado de la confianza, una vez que ha surtido efecto el “no temas” del Ángel, que le tiene aferrada la cabeza para que los malos sueños no la agiten. El Ángel le está mostrando a María con una mano mientras le susurra al oído que “lo que ha sido engendrado en Ella, proviene del Espíritu Santo”. Yo diría que ya está en la parte en la que le dice que será él el encargado de ponerle el nombre de Jesús”. Esto es importante para José porque, si se hace cargo del Niño, quiere hacerlo “con corazón de Padre”, como dice Francisco. 

Me quedo contemplando esas manos de José, una en la Palabra y la otra como almohada, tocando tal vez uno de sus oídos mientras el otro está abierto al Ángel. Es una linda manera de dormir esta de José. San Ignacio siempre recomienda que, antes de dormir en Ejercicios, leamos la contemplación que haremos al otro día o a la. Medianoche y elijamos una imagen para luego “despertarnos” con ella. Tan o más importante que estudiar la Palabra teológicamente o que meditarla racionalmente, es “soñarla”. Esto hace a una potencialidad de la Palabra que no es solo la de despertar causas y conclusiones lógicas sino la de “crear cosas nuevas”, la de “imaginar creativamente lo que sueña nuestro Padre, cuya mano, abriéndose un hueco en el Cielo, conduce y guía todo el plan de salvación, que los dos ángeles bien instruidos comunican de la manera más eficaz y cariñosa a los dos prometidos esposos. 

Me parece una linda propuesta esta de nuestro Padre para esta Navidad: soñar con Jesusito, soñar con lo que será esa Palabra encarnada y “nuevamente encarnable” cada vez que nosotros le prestamos nuestra disponibilidad y nuestro hogar, como María y José. Lo que puede hacer Jesús! Perdonar los pecados no es solo perdonar las faltas morales (para volver a cometerlas, como dice una doctora mía que se declara atea y dice que ellos se tienen que hacer cargo de lo que hacen, mientras nosotros, nos confesamos y listo, como por arte de magia desaparece todo). Yo le digo que no es tan así, aunque en la práctica es bastante así. Pero como decía, perdonar los pecados no es perdonar solo malas palabras, pensamientos impuros y actitudes egoístas, sino mucho más: es liberar la fuerza del amor que sale de sí, que no se queda mirándose en el espejo de la culpa ni del perfeccionismo, y sale, limpio a dar una mano a los demás. Navidad nos invita a soñar poniendo una mano en la Palabra, para que nos haga vibrar y nos entre en el corazón, potenciando en nosotros todo lo mejor que tenemos. Hay tanto bueno por hacer que no soñarlo es una pena. A ese Ángel que le tiene la cabeza, yo le llamo el ángel custodio que me “modera la emotividad”. El otro es el que ilumina el entendimiento y aclara las cosas, este es el que pacifica las emociones y nos centra en lo esencial, en lo que tenemos que elegir y con qué sentimiento debemos hacerlo: se nos invita, con José, a “recibir a María y a Jesús y ha hacerlo sin temor, sin miedo. Se trata de una acción del Espíritu Santo, algo que el Padre ha planeado desde el comienzo de la creación y en lo que su Hijo amado a aceptado involucrarse enteramente, hasta el punto de dar la vida para que el plan de Dios se lleve a cabo. Poder participar en nuestra medida de esto tan maravilloso es una gracia inmensa. 

Le pedimos a San José que nos enseñe a dormir como él, con una mano en los seños del Padre, en la Palabra que cada día nos emociona y nos regala algo nuevo para hacer, y la otra mano en nuestros propios sueños: fieles a lo que somos y abiertos a lo que Dios nos invita a ser. Estar así, como José y María, en medio de nuestro Pueblo, es una gracia y un honor y una manera de hacer algo que verdaderamente cuente y sea eficaz para el bien de los demás.

Diego Fares sj

Creer: una manera de vivir el tiempo (4 C Adviento 2021-2)

Levantándose María en aquellos días 

se encaminó con premura y prontitud 

a la montaña, a un pueblo de Judá (Aim Karem)

y entró en la casa de Zacarías 

y saludó a Isabel. 

Y aconteció que, apenas esta oyó el saludo de María

exultó el niño en su seno, 

e Isabel quedó llena del Espíritu Santo, 

y levantó la voz con gran clamor y dijo: 

– ¡Bendita tú entre las mujeres 

bendito el fruto de tu vientre! 

¿De dónde a mí esto: que la madre de mi Señor venga a mí? 

Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos, 

exultó de alegría el niño en mi seno. 

Dichosa la que creyó que se le cumplirían plenamente 

las cosas que le fueron dichas de parte del Señor ( Lc 1, 39-45).

Contemplación

            Contemplamos a las dos mujeres del evangelio de hoy –María e Isabel- centrando nuestra atención con sencillez en sentir y gustar cómo se da en ellas, de manera desbordante, la experiencia de una gran alegría en la fe. Hemos visto en meditaciones anteriores cómo el tiempo del Señor nos ‘hace’ a nosotros, nos va configurando el corazón con su Palabra buena, cuando nos ponemos en oración. Hemos señalado esa experiencia honda de ser personas que miran hacia adelante, porque estamos hechos de tiempo futuro. Nuestra experiencia más definitiva del tiempo es la de que el tiempo nos viene, nos adviene. Y por eso el tiempo de adviento, en que se nos anuncia una buena noticia, es algo propio y constitutivo de nuestro ser humano. 

También hemos reflexionado acerca de cómo el bien, cuando siendo buenos lo hacemos bien, nos modela no solo nuestra acción, sino también nuestros sentimientos y nuestro modo de ser. Al no maltratar los límites, al hacer bien el bien, encontramos el ritmo alegre de Jesús, “que pasó haciendo el bien”, a cada uno según sus posibilidades y en el momento oportuno.

Hoy vamos a contemplar en María e Isabel cómo todas estas alegrías provienen de la fe, del anuncio de la fe, de la oración de alabanza que brota del corazón de quien cree, del bien que la fe pone en práctica con obras de amor. Vuelve a resonar la consoladora exhortación de Pablo a los filipenses: “Alégrense en el Señor en todo tiempo. Se los repito: Alégrense. El Señor está cerca (Filip 4, 4).

Miramos a María, lo que hace

Lucas nos muestra a María en acción: lo que hace apenas ha recibido en sí la Palabra: Levantándose María en aquellos días se encaminó con premura y prontitud a la montaña, a un pueblo de Judá, entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Estamos ante una persona que “hace bien el bien”, sin retaceos ni tardanzas: con premura. La palabra “premura” concentra toda la acción. “Spoudes” se traduce a veces como diligencia, prontitud, (“prestos y diligente para obedecer”, diría Ignacio), pero premura tiene un matiz de cariño, del apuro de quien obra por ternura y no por ninguna exigencia o acelere de tipo eficientista. María se levantó y se puso en camino con premura porque enfocó la persona de su prima y amiga, mujer mayor embarazada, a la cual podría hacer el bien y que sabría comprenderla a ella.

Escuchamos a María, lo que dice

¡El saludo de María! ¡Cómo hay gente linda que saluda bien! Siempre digo que los pobres saludan mejor, quizás porque tienen tiempo, o porque solo tienen eso para ofrecer… Saludan bien y aprecian un buen saludo, de esos que dignifican. 

Saludar en Navidad a nuestros comensales del hogar, luego de la pequeña fiesta que compartimos con ellos, con algunos cantos y regalitos, fue siempre un momento importante para todos y muy movilizante. ¡Es tanto lo que cada uno comunica, da y recibe, en ese apretón de manos y en esa mirada a los ojos, que golpea! Golpea porque los pobres son gente “poco saludada”, “poco saludada bien desde hace tiempo”. Y el agradecimiento y el amor que uno siente en cada saludo es muy grande y sincero.

¡Cómo saludaría entonces María, Ella, ¡La Saludada por el Ángel! En Ella, pobre y pequeña, la humanidad entera que andaba “en la calle”, expulsada del paraíso, volvió a ser saludada por Dios nuestro Señor. Y María, que recibió el saludo en nombre nuestro (y no se escondió como se escondieron Adán y Eva) –ese “salve” que es “Alégrate”- , sabe comunicárselo a cada uno de sus hijos. Ella nos saluda bien, como nos saluda Dios, nos hace sentir personas: recibidos, bienvenidos, visitados. Por eso la gente va a Luján, a sus santuarios: porque allí Ella los saluda bien.

María está contenta –contenida, como dice L. Castellani, en la fábula Estar contentos; como el surubí en su laguna, esperando la crecida que lo lleve de vuelta al río caudaloso del que fue sacado-. María está contenta porque contiene la Palabra y la Palabra que guarda en su interior la contiene a Ella. De esa alegría contenida brota esta intensidaden sus encuentros, este bastarle un saludo para que la otra persona quede “llena del Espíritu Santo”. 

Miramos a Isabel, lo que dice “a voz en cuello”

Martini tiene “una estampa conclusiva” en su libro Por los senderos de la visitación, que pinta el misterio de este encuentro con las palabras de Isabel: “Porque apenas oí tu saludo, el niño empezó a dar saltos de alegría en mi seno”. Dice Martini: “El efecto positivo de la relación pastoral auténtica (está hablando de la dirección espiritual) es parecido al efecto de la voz de María: se despierta lo que hay de más vivo en cada persona. Es, por tanto, una relación que quiere con todas las fuerzas el bien del otro, y lo obtiene; y que, después, se refleja en un Magníficat por aquel que lo ha otorgado. María, después de que su saludo surtió el efecto de dar alegría, expresa dicha alegría en un canto magnífico; vive la alegría de esta relación de ayuda que supo proponer con simplicidad a Isabel”. Hermoso texto. Dicho “en blanco” como decía las cosas Martini, que salían ya para imprimir. Él ha sido uno de estos que ha sabido “saludar” y decir las cosas de Jesús de manera tal que siempre “despierta lo que hay de más vivo en cada persona”. ¡Que María te salude, hermana, hermano, y que despierte lo más vivi que hay en ti! 

Así, la alegría del Anuncio que nos “adviene”, que nos visita con María, consiste en este “despertar lo que hay más de vivo en nosotros, en tocar la fuente y hacerla que “salte hasta la vida eterna”. En el Hogar reflexionábamos mucho acerca de este recibir bien –cálidamente- a nuestros huéspedes, especialmente desde que en las entrevistas que se les hacían surgía como valor prioritario para ellos, como lo más apreciado del Hogar –mas que la comida o la ropa, por ejemplo-, el buen trato. 

Es el “de dónde a mí que se me trate así de bien” que Isabel le expresa a María, y que expresa eso más hondo que siente todo ser humano cuando es bien tratado, con dignidad. María es la que ve que Dios enaltece, “alza de la basura al pobre” como dice el Salmo, y eleva a los humildes, colma de bienes a los hambrientos, los colma de cariño, de buen trato, de igualdad, de creatividad, de participación. Ella canta al Dios que enaltece y por eso los pobres no le acercamos con tanto cariño.

Que María te enaltezca a esa altura justa, que es la tuya, que no te hace estar ni más alto ni más bajo de lo que es tu carisma y tu realidad. 

Miramos las personas

Contemplamos a Isabel y a María como personas: personas creyentes, involucradas totalmente en lo que creen. Isabel es la que hace conscientes los efectos positivísimos del saludo y de la visita de María y concentra todoen esa bendición a la fe de nuestra Señora: “Bendita la que creyó y dichosa, porque se le cumplirán plenamente las cosas que le fueron dichas de parte del Señor”.

¡Bendita la que creyó! ¡Dichosa la que creyó! ¡Plena la que creyó! Esta es la dicha que suscita creer, adherirse a la Palabra con toda nuestra persona. La fe hace que nuestra memoria quede rebosante de las bendiciones recibidas, que nuestra conciencia del presente sea dichosa, no angustiada, que nuestra mirada al futuro se sienta con esperanza de plenitud.

Que con María te animes a decir “feliz de mí porque creí”.

Nos miramos a nosotros en Isabel

Al bendecir a María con esta bienaventuranza, Isabel nos representa muy bien a todos nosotros. ¿Por qué digo esto? Porque Isabel le bendice la fe desde la experiencia de no tener tanta fe. Seguramente ella había conversado con Zacarías su marido –o más bien este le habría escrito las palabras del Ángel- acerca del reproche por no haber creído: Te quedarás callado, no podrás hablar hasta el día en que se verifiquen estas cosas, porque no diste fe a mis palabras, que se cumplirán sin embargo a su tiempo” (Lc 1, 20). Ellos, que habían esperado tanto la buena noticia de un hijo, cuando se les anunció, Zacarías no pudo asimilarla de entrada, le faltó la perspectiva que da la fe. La noticia lo superó, no pudo con ella. Y por eso se le mandó quedarse callado, hasta que la palabra se cumpliera. 

Así, la bendición que brota del corazón de Isabel expresa lo que sentimos todos: que nuestra fe es pobre, que nos falta perspectiva para ver las cosas con los ojos de Dios, que pedimos y ansiamos signos y cuando los tenemos ante los ojos no lo podemos creer… Poca fe, es verdad. Pero también es verdad que sabemos alegrarnos cuando alguien tiene mucha fe. Y esto no es poco. Con Isabel compartimos esa sana alegría por la fe de María, ese ¡menos mal que la tenemos a Ella!, ese ¡gracias a Dios que Ella es parte de nuestra raza humana!. Pero ¿por qué decimos esto? ¿Qué significa que Isabel le bendiga la fe a María? ¿Por qué es bueno para nosotros que alguien como ella crea? Es que a la fe se la puede considerar desde muchos puntos de vista: como un don que se le regala a María en grado sumo y que ella acepta y cultiva con actos de amorosa obediencia y de entrega total a la voluntad del Padre… Pero si es la fe de ella ¿en qué nos beneficia a nosotros?  La dicha de creer implica una manera de vivir el tiempo. 

El tiempo es algo que todos compartimos. Cuando uno ve a alguien que cree y ve cómo se le cumplen las cosas, uno no solo se alegra por el otro, sino que se ve arrastrado a su tiempo bendecido y es contagiado por la fe que mueve al otro, le vienen deseos de creer así y eso ya es un gran beneficio. Alegrarse de que otro confíe más, de que otro tenga una mirada más amplia que la mía, es ya tener fe! Se parece a eso que Ignacio llama “tener deseos de deseos”. Si uno no termina de desear un bien, Ignacio le pregunta si al menos tiene deseos de desearlo, y así se liman las asperezas de una formulación demasiado fuerte para alguno. Deseos de deseos puedo tener siempre. Alegría por la fe de María, también. Y a Ella le basta con eso para hacer todo lo demás. Para compartirnos su alegría y contagiarnos su esperanza. 

La fe, decimos, tiene que ver con una manera de vivir el tiempo. Uno capta y valora cuando ve a alguien cuya mirada se despliega lejos hacia el pasado con memoria agradecida y cuando escudriña el futuro con esperanza, sin quedar atrapado en lo coyuntural. Uno lo valora porque siente que esa mirada es más verdadera que la que está atada a lo inmediato. Nuestro Dios es un Dios Rico en tiempo, como dice Menapace, y su particular sentido del tiempo solo lo va comprendiendo el que tiene fe o el que sabe alegrarse con los que tienen más fe. ¿No es una linda definición de la Iglesia esta?: somos gente que se fía de la fe de otros que, porque la tuvieron mayor, amaron más y dieron testimonio con su vida.

Hablando del tiempo de Adviento, decíamos que lo más constitutivo del tiempo humano es “el tiempo que viene”. Ahora bien, este venir del tiempo es triple: 

nos viene del futuro, es cierto, 

pero también del pasado,

y muchas veces nos adviene como desde arriba, en el presente más puntual, como acontecimiento de pura gracia que se nos da en un instante, como si la Eternidad se abriera un momento y o bajara o nos subiera.

Así, la fe, lo que llamamos “creer” se despliega enseñoreándose del tiempo humano –pasado, presente y futuro- y nos abre la puerta al Tiempo de Dios.

Memoria agradecida del pasado

La fe se despliega hacia el tiempo que nos viene de nuestro pasado como memoria agradecida. Creer es una manera de mirar el pasado, una manera de vivir lo que nos viene como recuerdo haciéndolo entrar por la puerta del corazón, anudando lo que pasó con la acción de gracias y la oración de alabanza. 

El que cree adopta una hermenéutica (una manera de interpretar) que parte siempre del agradecimiento y de la alabanza, nunca del reproche ni de la queja. 

Para el que cree, el pasado es como un océano en el cual uno puede pescar, sin que se agoten nunca, gracia tras gracia, maravilla tras maravilla de lo que obró el Señor en la historia. ¡El Señor hizo en mí maravillas! Esa es la hermenéutica de María al contemplar su vida pasada y la de todo su pueblo: ¡Feliz de mí, porque el Señor ha hecho grandes cosas en mi vida! 

¿Quién es la persona que habla así? La que dice esto es una humilde muchacha de pueblo que ha vivido menos de veinte años. ¿Qué son esas grandes cosas que ha hecho el Señor en ella? ¿Se puede hablar de grandeza en una vida que recién comienza? Es que la memoria de María no se limita a sus jóvenes años de vida, la memoria de María se extiende mucho más atrás, es capaz de descubrir la misericordia de Dios como algo que se viene expandiendo de generación en generación. Así como Abrahám “saludaba de lejos las promesas” y se alegraba en esperanza viendo anticipadamente el tiempo de Jesús, así María se alegra retrospectivamente y su alegría llega hasta el tiempo de Abraham y lo saluda desde el futuro.

El “hágase en mí” de María tiene como trasfondo la otra frase: “Hizo en mí maravillas”. Si María puede acoger la Palabra y dejar que se haga en ella algo tan grande como la Encarnación, es porque ha ido dejando que esa misma Palabra “haga maravillas” a lo largo de toda su vida. Esta memoria agradecida trabaja a ritmo de Magníficat: engrandeciendo a Dios y empequeñeciéndose a sí misma. De aquí brota la oración de Alabanza al Dios que se le dona en las maravillas que hace en su vida pequeñita y en la de su pequeño pueblo. 

Memoria esperanzada del pasado

María se sabe y se siente bienaventurada y tiene la certeza de que los demás la verán también así: “Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada porque El Señor ha hecho en mí maravillas”. Y si ve con esta esperanza el futuro es porque su fe está anclada sólidamente en lo profundo de un Dios que está presente y activo en su pasado, por eso puede hablar así. El suyo es un Dios vivo que cuando uno lo recuerda se activa y hace surgir cosas nuevas. 

¡El misterio del pasado! Lo nuevo de Dios no viene solo del futuro sino también del pasado. Podemos tener esperanza del pasado también, esperanza de que las cosas hayan sido distintas a como las ve a veces una mentalidad superficial, o amargada o escéptica. Tantos bienes están encerrados en nuestro pasado, tanto hemos recibido que no nos bastaría la vida para agradecer, aunque no pudiéramos vivir ni un minuto más de ahora en adelante. 

Me puedo preguntar: ¿Sé alegrarme imaginando cómo se alegraron mis abuelos cuando me soñaban a mí, aún sin conocerme, cuando sembraban para que cosecharan sus nietos? Bueno, María tiene la capacidad de soñar hacia delante y hacia atrás recogiendo en su alabanza los sueños de todos los abuelos y de todos los nietos. El Magnificat se pasea por los siglos cantando y alegrándose desde una profundidad que brota de una cualidad de la fe propia del presente y que es el “guardar la Palabra”.

Memoria que guarda la Palabra en cada acontecimiento presente

Maria sabe guardar la Palabra en el corazón. Guardar la Palabra implica una fe que guarda la Palabra entera, la guarda íntegramente. No guarda sólo lo que comprende ahora, no guarda sólo lo que puede poner en práctica. María guarda la Palabra igual a como guarda y cobija al Niño Jesús de carne y hueso. En el pasaje del Niño perdido y hallado en el templo se nos dice explícitamente que “María no comprendió” pero que “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”. Este guardar es una actitud explícitamente bendecida por el Señor: “Dichosos los que no han visto y han creído (los que han guardado mi Palabra)». 

Guardar la Palabra implica saber esperar a que la Palabra se cumpla en lo cotidiano de cada día y en el futuro, tanto en el más próximo como en el más lejano. Isabel la bendice por esta esperanza: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Guardar la Palabra implica una actitud de discípula, una actitud como de quien no posee la Palabra, sino que tiene que buscarla y seguirla cada día, en cada situación. Debe rumiarla y saborearla para poder ponerla en práctica, y luego reflexionar. El Señor bendice esta actitud de discípula de su Madre cuando dice “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”.

Al guardar la Palabra se produce un efecto milagroso, como el que se da al comulgar: no es uno el que asimila al Señor, sino que es Él quien nos asimila a nosotros y nos hace Cuerpo suyo, Iglesia, comunidad. Así también sucede con la Palabra: no es que uno la guarda, sino que ella nos guarda a nosotros, nos hace entrar en su profundidad, habitar en ella: vivir en la verdad, como dice el Señor. Y no vivir tironeados sólo por las noticias del día.

En la formulación ignaciana de lo que significa “guardar la Palabra” se trata de “guardarla contemplando y obedeciendo con reverencia amorosa”. Esa es la gracia de la fe que nos hace “contemplativos en la acción”. No en cualquier acción nuestra, sino  la acción que pone en práctica, obedientemente, la Palabra que uno contempló y acogió en la fe en su oración cotidiana. Como hace María –preñada de la Palabra- al ir con premura a servir a Isabel.

Diego Fares sj.

Acrecentar nuestras ganas de ser buenos (Adviento 3 C 2021-2)

Pesebre peruano de la región de Huancavelica en Plaza san Pedro

La gente le preguntaba a Juan: 

– «¿Qué debemos hacer entonces?» 

El les respondía: 

– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; 

y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.» 

Algunos recaudadores de impuestos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron:

– «Maestro, ¿qué debemos hacer?» 

El les respondió: 

– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley» 

A su vez, unos militares le preguntaron: 

– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?» 

Juan les respondió: 

– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.» 

Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: 

– «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.» Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

Contemplación

¿Qué debemos hacer mientras esperamos al Señor que viene?

¿Qué debemos hacer…?

Tres veces se repite la pregunta y en el evangelio esto significa que es una pregunta importante. Por tanto, la hacemos nuestra en este tiempo de Adviento y le vamos preguntando a Juan el Bautista, a San José, a María, ¿qué debemos hacer para recibir bien la Navidad?

La respuesta es sencilla en cuanto al deber fundamental: debemos hacer el bien.  Debemos “hacer bien el bien” -hemos dicho alguna vez-. Y agregamos: tenemos que “ser” buenos. 

Me gusta traer aquí una contemplación que nos hizo Bergoglio siendo nuestro Provincial o Rector en los años 80 que se llama:

Ganas de ser buenos

“El tiempo de Adviento, que nos prepara para la Navidad, da densidad a la esperanzadel pueblo fiel de Dios actualizando esa paciente espera de siglos. El Señor está cerca. El Señor vendrá. El Señor es bueno y nos visitará. 

Yo quisiera pediros que, en estas semanas, volvamos nuestro corazón hacia el naciente, esperando con ilusión y vigilancia la venida del Sol de Justicia, Cristo nuestro Señor.

Esta esperanza tiene ya su realización, porque creemos que ya «se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres» (Tit 2,11) y sabemos que «se manifestó la bondad de nuestro Dios Salvador y su amor a los hombres» (Tit 3,4).

La Bondad de nuestro Padre del cielo se nos impone en el misterio de la Navidad. Es probable que la gracia más obvia que se nos regale cuando contemplemos el pesebre sea las ganas de ser buenos. 

Cuando Jesús contesta al joven: «Nadie es bueno, sino Dios», le está diciendo cuál es el origen de toda bondad y nos está enseñando un camino para ser buenos: dejarnos empapar por el insondable Misterio de la Bondad del Padre.

Pueden faltar muchas virtudes, pero no la bondad

No estuvo ausente del pensamiento de san Ignacio el deseo de que sus jesuitas fuesen buenos, y así, hablando del superior, llega a decir: «Y si algunas de las partes (toda una lista de virtudes y cualidades que debería tener un padre General) arriba dichas faltasen, a lo menos no falte bondad mucha y amor a la Compañía.

Basta leer las Constituciones de la Compañía para comprobar cómo privilegia, para misiones delicadas, un tipo de hombres que reúnan «discreción y bondad», en otros casos «juicio y bondad» o «letras y bondad».

Para consolidar el Cuerpo de la Compañía en la unión de superiores y súbditos habla: «Así que la caridad, y en general toda bondad y virtudes con las que se proceda conforme al espíritu, ayudarán para la unión de una parte y de otra». En síntesis, todo esto no es sino un reflejo de su asombro frente a «la suma Sapiencia y Bondad de Dios nuestro Criador y Señor».

La bondad de Jesús es la que describe Pablo en 1 Cor 13

Acercarse al pesebre es acercarse al misterio de la Bondad y esto resulta purificador, porque allí se encarna la Bondad suma: en Jesús se realiza lo que expresa san Pablo acerca de la caridad (cf. 1 Cor 13).

Jesús es el paciente y el servicial. 

El que no conoce la envidia,

no se deja morder por la tentación de la jactancia y el engreimiento. 

Y es tan sobrio, que no busca su interés, 

no se irrita,

no toma en cuenta el mal, 

no se alegra de la injusticia 

y se alegracon la verdad. 

Jesús todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La Bondad de Jesús no tiene límites y no conoce ocasos.

Ser buenoS

Por eso, para encontrar la respuesta a la pregunta “qué debemos hacer” y,  lo que es también importante, “cómo lo debemos hacer”, el secreto es acercarse al Pesebre. Ante el pesebre se estrellan tantas cosas nuestras que quizá brillaban mucho o las creíamos importantes, ¡firmes! Pero a veces, ese brillo, esa importancia y esa firmeza no tienen otro fundamento que el tremedal de nuestras ambiciones, las que decaen ante quien no temió anonadarse hasta la muerte y muerte de cruz.

La fuerza del pesebre es hacernos caer en la cuenta de quetodo verdadero sustento –el ser cimentado sobre piedra de que nos habla el Evangelio– tiene un rumbo distinto. Y no otra cosa nos dice san Ignacio: no vale tener letras sin bondad, no vale el discernimiento sin bondad, no vale el juicio si no está lleno de bondad. El rumbo que nos marca el pesebre es otro que el inspirado por nuestra ambición. 

Es el camino que da vida y no muerte.

Es el camino de la verdad y no del engaño. 

Los Reyes cambian de rumbo y salvan la vida del Niño, porque ya antes el mismo Niño los había salvado del engaño de Herodes indicándoles el cambio de rumbo en sus vidas.  Los Reyes son arquetipos de la fe porque creyeron más en la Bondad de Dios encarnada en el Niño que en el brillo aparente del poder. Los Reyes depusieron todo razonamiento para regalar lo mejor de sí a Quien les había hecho el regalo sin precio: el de la fe. Fe y piedad se vuelven indisolubles frente a la suma Bondad que «de Criador es venido a hacerse hombre» (EE 53).

Pesebre y Cruz: acrecentar las ganas de ser buenos

Acrecentar las ganas de ser buenos supone dejarnos convocar por la fuerza de este misterio de Bondad sabiendo de antemano que toda Bondad que desciende de Dios se fundamenta y consolida en una cruz. 

Por ello nos hará bien dejar quenuestros ojos se carguen de contemplación mirando y considerando lo que pasa en el pesebre. Dice Ignacio en los Ejercicios: «El caminar y trabajar (de San José y María), para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y a cabo de tantostrabajos de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí» (EE 116).

En el pesebre nos visita la Bondad y nos habla. Que nuestra Señora –un poco como hacen las mamás con los chicos– nos restriegue los ojos y nos limpie los oídos para que podamos ver y escuchar ( con el corazón). 

Jorge Bergoglio (Navidad, años 70-80).

Al Pesebre se lo contempla desde lo hondo del corazón: desde el afecto, que responde a lo que contempla acrecentando las propias ganas de ser buenos.

Al Niño en el Pesebre lo contemplamos de veras si no somos meros expectadores, sino gente que se hace como un esclavito indigno -dice Ignacio- y se pone al servicio de María y José para ver qué necesitan para el Niño Jesús.

La contemplación es más que un ver con la inteligencia. Los sentidos espirituales nos abren a “ver con el corazón”, que es un ver muy distinto al solo ver. Ver con el corazón como un padre o una madre contempla a su hijito. Cuánto amor se transmite a través de los ojos! Cuantos deseos de ser mas tiernos, más atentos con ese bebé, cómo se dilata el corazón imaginando mil maneras de hacer sentir el cariño al recién nacido… Todo esto tan humano es lo que el Espíritu supone, asume, perfecciona y bendice con su gracia para no que crezcamos en la oración contemplativa.

La contemplación tiene un doble sebastian movimiento: se mira, se “siente y gusta” lo que se ve y cuando esta visión nos conmueve y dilata nuestro corazón, acrecentamos nuestro deseo, nuestras ganas de ser buenos. Luego, volvemos a mirar el pesebre y a acompañar -agradeciéndola y pidiendo más- la dilatación de nuestro corazón, que se trasunta en “ver” más, en “desear” más, en “imaginar y sentir” más. Así procede la contemplación afectiva y de corazón.

El Pesebre y los misterios de la vida oculta son elegidos por Ignacio como el lugar apropiado para aprender a “contemplar”. De aquí nacieron este “Contempl-acciones del Evangelio”. Contemplar la vida oculta, la niñez y la vida de familia de Jesús, es algo que podemos hacer de corazón. Con más afectos que preguntas solo intelectuales. La vida oculta es escuela de contemplación. Pero hay que estar atentos. Así como un bebé es lindo de contemplar, pero exige todo de nosotros, de igual manera la contemplación del Niño es exigente en cuanto exige que acrecentemos nuestras ganas de ser más buenos. Y esto sin medida y para con todo prójimo!!!

Diego Fares sj