No ser «dueños de nuestro tiempo», para vivirlo como Jesús: atentos al Padre y sirviendo a los hermanos

Entró de nuevo Pilato  en el Pretorio y llamó a Jesús. Y le preguntó:¿Eres tú el rey de los judíos?

Jesús le respondió:

¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?

Pilato replicó:

¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?

Jesús respondió:

Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.

Pilato le dijo:

Entonces, ¿tú eres rey?

Jesús respondió:

Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: 

para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz.

Le dice Pilato

 ¿Qué es la verdad?” (Jn 18, 33-38).

Contemplación

            El domingo pasado me quedó algo nuevo en el corazón y que me dio ganas de seguir meditándo: el consuelo de no ser dueño del tiempo. El consuelo de que sólo el Padre sea el dueño de mi tiempo. Y de manera especial el consuelo que da el que Jesús puede ser compañero cercano y Rey y Señor de mi vida práctica en cada uno de esos momentos en los que elijo vivir alguna obra de misericordia, predicar el Evangelio, o hacer las cosas con el estilo de las bienaventuranzas 

Pablo formula así esta Realeza de Dios: “Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Cor 8, 6).

El Espíritu es el que inspira, consuela y ayuda a discernir los momentos del Señor Jesús , que se concretan en el amor al prójimo y esta actitud de adoración al Padre del tiempo, que es nuestra manera de amar al Padre sobre todas las cosas.

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo se enseñorea de todo lo que somos…! 

No podemos controlar cuánto durará lo que hacemos, cuánto viviremos nosotros y los que amamos. Este no control pone un sello radical a todo lo demás. 

Es tan clara esta verdad, tan rotunda, que resultan patéticos todos los pataleos por “estirar unos instantes nuestro tiempo”. Jesús lo dijo de una vez para siempre, y esta enseñanza suya sobre el tiempo es, a mi entender, su sabiduría más preciosa, su enseñanza más honda, la que pone el marco a todas las demás. Al revelarnos que el Padre es el Señor de nuestro tiempo, y al hacerlo habiendo venido a vivir dentro de este tiempo nuestro, compartiendo nuestras ansiedades y dialogando con ellas al ritmo del latido de su corazón de hombre, igual al nuestro, Jesús se muestra como “Hijo y heredero del Padre del tiempo”. 

Vale la pena escuchar de nuevo todo el pasaje de Mateo, tan hermoso y consolador. Lo podríamos titular: “Consejos de Jesús para no andar con cara de angustia el día de hoy con la excusa de que estamos preocupados por el futuro”:

« Por eso les digo: No anden preocupados por su vida, qué comerán, ni por su cuerpo, con qué se vestirán. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren los pajaritos del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y nuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valen ustedes más que ellos? Por lo demás, ¿quién de ustedes puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparse tanto? Observen los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo les digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió tan lindo como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con ustedes, hombres de poca fe? No anden, entonces, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se inquietan los paganos; pues ya sabe nuestro Padre celestial que tenemos necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura. Así que nada de preocuparse del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con sus propios problemas” (Mt 6, 25 ss.).

Vivir al día, como decimos. A Dios lo encontramos en el presente, como dice al Papa Francisco. Es la gracia de la pobreza, de la enfermedad… Junto con sus penas y dolores puntuales, nuestras hermanitas, como las llamaba Francisco, la pobreza y la enfermedad, nos regalan la gracia de tener que vivir al día. Paso a paso, sin omnipotencias ni desplantes, sintiendo el peso (liviano y ligero) de cada hora, de cada parte del día que, vivido de la mano de Jesús, se hace cruz y yugo suave y llevadero. 

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo está preñado de cosas nuevas!

Me consuela pensar como venidas de las manos del Padre todas las cosas nuevas que acontecen (en este mes nacieron bebés de amigos: un tiempo que comienza…, misteriosamente cobijado con amor en los brazos de una mamá, misteriosamente contemplado con los ojos sonrientes de un papá…). 

El tiempo tiene que ver con los comienzos, con las cosas nuevas que la vida nos pone en las manos.  Es consolador mirar todo las cosas nuevas con la mirada de Pablo que nos revela que han sido “preparadas de antemano” por las manos del Padre: porque “somos hechura suya: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos” (Ef 2, 10).

¿Qué me has preparado para que viva hoy Señor? ¿Quién me solicitará un rato de mi tiempo? ¿Cuánto habrás dispuesto que tarde en resolverse tal problema, cuánto le llevará a quien quiero ayudar a madurar en su proceso? ¿Será hoy tiempo de siembra, de soñar cosas que has preparado para después? ¿O más bien hoy tocará un tiempo de frutos, de cosechar y recibir lo que otros sembraron? ¿Qué has preparado para hoy? ¿Tiempo de fiesta o tiempo de aguante? Más allá de las cosas que vengan te pido la gracia de sentirlas como venidas de tu mano, como medidas y pesadas, como preparadas de antemano con amor, como ya compartidas y redimidas por tu Hijo, como modeladas por él para el bien.

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo pone fin a todo cuando quiere, ciegamente a veces! 

El tiempo tiene que ver también con el final, con las etapas que se terminan, con la vida misma que se termina. Tiene que ver con los trabajos que se realizan bien y se coronan y con lo que quedó trunco o terminó abruptamente, mal. Por eso rezamos para “Que nuestro Dios lleve a término con su poder todo nuestro deseo de hacer el bien” (2 Tes 1, 11). 

Frente a esta dimensión del tiempo, lo más consolador es lo de los pajaritos: “ninguno cae en tierra –dice Jesús- sin el Padre”. Nuestro Padre está en todo final. El es Dios de vivientes, de sus manos sale la creación y en sus manos termina cada vida. La oración de Jesús en la Cruz, reclamando por el sentimiento de abandono y entregándose confiado en las manos del Padre es la oración que cada uno debe tener preparada para cuando sienta llegar su final. También es consolador saber que Jesús es el que “recapitula todas las cosas”. Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia: 

“El es la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos” (Col 1, 17 ss.).

Jesús es Rey, o mejor “se va haciendo Rey”, porque el Padre ha hecho que se vayan convirtiendo a su amor todas las cosas y “cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se pondrá en las manos de Aquel al que le fue poniendo bajo su amor todas las cosas, para que Dios sea todo en todo” (1 Cor 15, 28).

Así, es consolador contemplar este poder recapitulador del amor de Jesús. Nos quita la angustia que sentimos ante todo lo que queda trunco, ante todo final abrupto o mal terminado, ante lo que queda inconcluso, ante lo que sentimos fragmentado, no del todo integrado… 

Por eso nuestra oración nos debe ir metiendo en este tiempo recapitulador del Corazón de Jesús (porque Jesús recapitula todo “recorazonándolo”), ese corazón que lleva la cuenta de las moneditas, de los vasitos de agua dados a los pobres, de los pajaritos que caen bajo la mirada amorosa del Creador, de los lirios que florecen y que a Teresita le gustaban tanto…: él es el que enjugará todas y cada una de las lágrimas. Nada quedará sin recompensa, nada inconcluso, nada sin redimir: hasta el último pecado quedará perdonado, si cultivamos la humildad de ponerlos todos en sus manos.

¡Qué misterio el tiempo! ¡cómo rota, cómo cambia de repente, sin aviso, cómo a veces se hace eterno y luego, en un instante, apura todo, y todo cambia!

No solo las cosas nuevas, no solo el final de cada una, sino también la rotación de distintos tiempos viene de las manos del Padre. Ignacio le explica a sor Teresa Rejadell, que se dirigía con él por carta, cómo “la consolación no está siempre en nosotros, mas camina siempre a sus tiempos ciertos según la ordenación (divina), y todo esto para nuestro provecho” (Carta 5, 4). 

Las reglas de discernimiento de los Ejercicios son la sabiduría de Ignacio para vivir nuestro tiempo bajo el Señorío de Jesús. El que hace los ejercicios experimenta esta gracia que es principio y fundamento de la vida espiritual y que permite “Alcanzar amor”: la gracia de pasar varios días a merced de lo que el Señor quiera darle y experimentar tiempos de consolación y de desolación. Es la experiencia más fuerte de los ejercicios, esta de sentir el tiempo totalmente en manos de Dios. Otro nos da la materia de contemplación, nos maneja los horarios, nos dice cuando esperar para elegir, cuándo pasar a otra semana de la vida de Jesús… Y en medio de esto el Señor se muestra Rey de nuestro tiempo. Y nos va dando la fe cierta y experimentada de que las consolaciones vienen, sí o sí. De que, si uno le regala su tiempo, el Señor responde. Y nos va regalando la fortaleza de aguantar una desolación, aunque dure mucho, y de perseverar en la petición hasta que el Señor nos consuele. 

Estas experiencias dan un sentido del tiempo que luego es precioso para la vida. 

En el tiempo de Ejercicios el Señor nos enseña que no está en nuestras manos estar consolados o desolados. Precisamente de eso se trata. Hacer ejercicios no es para nada un ir a buscar recetas de autoayuda para andar siempre optimistas! Todo lo contrario: es meterse en el tiempo de Dios sin horarios propios y experimentar cómo su ordenación y su ritmo son más sabios y llevaderos que los nuestros. Y de mayor fecundidad. 

Una de las cargas más pesadas de las que nos liberan los ejercicios es la de “no saber sufrir en paz el estar desolados”, no vivirlo como una lección del Señor que “pronto nos consolará”. Y, de manera equivalente, también nos libran del “temor a estar bien”, del sospechar de las consolaciones por el hecho de que no las podemos “retener” o “manejar”.  

¡Qué misterio el tiempo! con su instantaneidad y sus épocas extensas…

Nos hace bien y nos consuela poner en manos del Padre el misterio de los momentos, de esos instantes de gracia (kairos) preciosos en que la gracia relampaguea en unos ojos o resplandece en un gesto fugaz que advertimos cuando estamos atentos y miramos a la gente con amor, como Jesús cuando ve el gesto de la mujer viuda y sus moneditas. 

También es consolador saber que las edades de nuestra vida, como dice Guardini, están enteras en las manos del Padre: algunas han pasado, como nuestra niñez, y otras quizás las estamos viviendo o no han llegado aún, pero en las manos del Padre están intactas, enteras, resguardadas y completadas, gracias a la redención de Jesús. 

Nuestra niñez, con sus juegos y alegrías espontáneas, está guardada y viva en el Reino interior donde habita el Padre, que les dedica ángeles de la guarda a los niños (y cuya amistad no hay que perder con la excusa de ser adultos).

También nuestro primer acto de fe, y la primera confesión, están en sus manos.

Intacta está en las manos del Padre la sensación del tiempo del primer amor, con sus incertidumbres y el quedarse eternamente en cada instante. 

Intacta la certeza del tiempo de la amistad, que es “lo de una vez”. 

También el tiempo de la madurez, que se vuelve casa, trabajo, sentirse a cargo. 

Y el de la ancianidad, que lo rememora todo y se complace en volver a vivir para agradecer y bendecir.

Cada etapa de la vida es única y guarda en sí algo irrepetible: siempre somos niños en la espontaneidad de nuestros sentimientos más básicos, siempre somos jóvenes en el rincón más lindo de nuestros sueños, siempre somos padres, aunque hayamos pasado ya a ser abuelos. Y en el Señor podemos ir y venir por el reino de sus tiempos, rezando con lo mejor de cada uno, pidiendo con prevención intercesora, reparando con arrepentimiento sincero, ofreciendo y aprendiendo como buenos discípulos que aprovechan la hora.

En la fiesta de Cristo Rey, podemos quedarnos un rato contemplando a Jesús rey del tiempo, que se encarnó para vivir como servidor su tiempo limitado: 

Contemplarlo como rey herido, 

como rey atado de manos, 

como rey coronado de espinas, 

como rey discutido y cuestionado por Pilatos, 

como rey rechazado por su pueblo, 

reinando en la paciencia de la pasión.

Lo miramos como rey del tiempo vivido “sin saber la hora”, teniendo que estar atento a discernirla (y a adelantarla a pedido de María). 

Lo contemplamos recordando a su padre David, que ya había sido ungido y coronado en secreto, y era rey sin ejercer poder ni recibir honra. 

Jesús, un rey que reina desde adentro del tiempo, modelándolo con su paciencia y con su mansa humildad. 

¿Cómo se es rey de algo que uno no puede dominar? 

Solo amando y sirviendo. Esa sería la lección de hoy. 

El Señor es rey de un tiempo humano que ama hasta sus últimos segundos, 

de un tiempo que recibe enteramente de manos de su Padre, 

atento a la hora, 

sin controlarlo ni poder prever lo que sucederá, 

aunque sepa que habrá pasión y resurrección. 

El Señor no es como esos ajedrecistas que a la tercera jugada ya prevén cómo seguirá la partida y en cierto momento, resuelven abandonar porque ya saben que el otro les ha ganado. Nada de eso: Jesús juega hasta el último instante con un amor abierto al Padre y al corazón de los hombres. Nada está dicho hasta que todo se cumple. A último momento se convierte el buen ladrón, Juan se lleva a nuestra Señora a su casa (y a la nuestra), Judas se suicida y Pedro llora arrepentido, y la Magdalena espera más allá de toda esperanza… 

Nada está ya dicho y como Pablo, podemos decir:  

“Habiendo  sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús, yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que  está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Fil 3, 9-14).

Confiado en Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén” (Ef 3, 16-21).

Porque sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio… El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Nada de eso. En todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rm 8, 28 ss).

Diego Fares sj.

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