Nuestro tiempo está en las manos del Padre, cuenta con la cercanía de Jesús y navega bajo el soplo del Espíritu (33 B 2021

(Después de salir del templo, fueron al monte de los Olivos y habiendo llegado, Jesús, se sentó mirando a lo lejos, hacia el templo. Pedro especialmente, pero también Santiago, Juan y Andrés, le preguntaban: Dinos ¿cuándo será el fin, y cuál la señal de que todas estas cosas están por cumplirse?…) …Y Jesús comenzó a decirles: -En aquellos días, después de la tribulación  el sol se entenebrecerá y la luna no dará su esplendor, las estrellas irán cayendo del cielo y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán. Entonces verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes, con gran poder y gloria. El enviará a los ángeles y congregará a sus elegidos desde los cuatro vientos desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Aprendan esta parábola, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, dense cuenta que está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie las conoce,  ni los ángeles del cielo ni el Hijo, nadie sino el Padre (Mc 13, 24-32).

Contemplación

“Es la hora la que nos posee, no nosotros los que la poseemos a ella” (Hans Urs von Balthasar).

Estamos tan inmersos en el curso de los acontecimientos que no percibimos cuánto cambia nuestra vida a cada instante. Planificamos las cosas y éstas siguen cierto ordenamiento y marchan según disponemos, pero basta a veces un acontecimiento inesperado (como el Covid 19), para que cambie totalmente nuestra vida. Es esta la condición más profunda, la más propia quizás de nuestro ser creaturas: no somos dueños del tiempo. 

Esta verdad, viene de la mano de otra: Nuestro Padre Creador es quien tiene en sus manos el tiempo, nuestro tiempo. 

Mis días, mis años, mis horas, vienen de sus manos,  están en sus manos, van hacia ellas. 

Así como el comienzo de mi vida no provino de mí, sino de su Amor que me soñó y  me dio la dicha de existir –sus dedos “me tejieron en el seno de mi madre”  dice el Salmo 139)-, así también el día de mi muerte será dejarme caer en sus brazos diciendo, como Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). 

Y entre tanto, cada uno de mis días, cada etapa de mi vida, cada instante de mis horas, puedo vivirlo como un don que viene de las manos del Padre y como una ofrenda  que pongo en ellas. Es nuestro Padre el que me regala mis días, orienta mis planes según los suyos (escribiendo muchas veces derecho sobre mis renglones torcidos), el que cuida que haya pan en mi mesa y amor en mi corazón (si estoy dispuesto a perdonar y a dejarme perdonar por su Misericordia infinita) en medio de las tribulaciones y alegrías de cada día.

Un “detalle” (si se puede llamar detalle) significativo: Jesús manifiesta a sus amigos, inquietos por conocer las señales del fin de los tiempos, que ni siquiera Él sabe la hora. Comparte así lo más humano del hombre: también Él debe discernir “la hora” y estar atento al Espíritu, que lo conduce para que cumpla la Voluntad del Padre. Yo pienso que compartiendo esta condición de “no saber” cuándo será el fin del tiempo, Jesús se convierte para nosotros en un compañero de camino junto con el cual podemos discernir la voluntad del Padre en cada situación concreta. Jesús no es un maestro de costumbres morales, es el Maestro del tiempo, pero no de “todo el tiempo” sino del tiempo en sus momentos. Con Jesús, escuchando sus Palabras (que no pasan) cada momento se convierte en un momento de gracia, en un momento propicio para acercarnos al que está herido al costado del camino, en un momento de gracia para hacer un acto de Fe en Él y “tirar las redes”, en un momento para realizar alguna de las obras de misericordia en las que el Señor siempre estuvo ocupado.

El Señor ha hecho las cosas de tal manera que, no importa cuánto dure o cuando termine nuestro tiempo, Él estará con nosotros: “todos los días, hasta el fin del mundo”. El Señor nos ha asegurado su cercanía, como le gusta decir al Papa Francisco, su “estar”. Para ello inventó la Eucaristía, con la que lo podemos hacer presente en cualquier momento.

También nos ha asegurado que “estará” en el juicio final, y que nos reconocerá si lo supimos reconocer a él en los pobres que, en cualquier momento, nos salieron al encuentro pidiéndonos ayuda.

Y siempre tenemos el consuelo de que Él “ya estuvo”. Él ya vino. A esto no hay con qué darle. Tenemos sus huellas. Tenemos a sus testigos. Que Alguien como Él haya existido en este planeta tierra, ya solo por eso, vale la pena ser hombres. Nuestra esperanza no es una esperanza cualquiera, es la esperanza de que vuelva el mismo Jesús que conocimos. 

Nuestro tiempo, finalmente, impulsa las velas de nuestra barca gracias al Viento del Espíritu. “

El Espíritu sopla donde quiere, y nosotros oímos su voz pero no sabemos de dónde viene ni adonde va” (Jn 3, 8). Pero sí sabemos que, cuando se lo pedimos humilde e insistentemente en nuestra oración de cada día, el Espíritu hace que las Palabras de Jesús “no pasen”, sino que se actualicen e iluminen cada momento.

El Espíritu nos recuerda las Palabras de Jesús y las vuelve reales, concretas, vivibles. 

Todo pasa, menos ellas, las benditas palabras de Jesús.

Cada una de sus palabras: las pronunciadas de camino, sobre semillas y pajaritos del cielo, sobre brotes de higueras y lirios del campo;

las solemnes, anunciadas en alta voz a las multitudes que lo oían embelesadas,

las íntimas, conversadas a media voz en sus noches de barca o en la pieza alta del cenáculo… 

las no dichas, que se volvieron imágenes imborrables en los ojos de los que lo contemplaron: brillante como el sol, transfigurado, 

o tan herido y lastimado, dándose entero en la Cruz, 

o al verlo, por fin, resucitado…

Sus palabras no pasan. 

Es más, ellas son las que hacen que todo pase…, en el sentido de que “acontezca”: 

Las Palabras de Jesús son vida, son palabras que crean lo que dicen, que hacen aparecer, que consolidan y alimentan, palabras que dan ánimo, luz, que ponen en camino y llenan de esperanza. Sus palabras pacifican, abren ojos, destapan oídos, enternecen corazones, absuelven culpas, fortalecen manos. 

Sus palabras son más reales que las cosas más reales, 

y más increíbles que lo más increíble. 

Y precisamente por eso, porque son lo que ningún oído oyó ni pensó siquiera que pudiera escuchar, por eso mismo son las más de fiar, las que tienen credibilidad. 

La Palabra del Señor –el evangelio entero, con el antiguo Testamento incluido- es el ámbito razonable, de esa razón amplia y cordial- que permite entender la vida, orientarla, edificarla, explicarla, anunciarla…

Las palabras del Señor son capaces de crear mundos, de establecer vínculos, de pasarse de boca en boca y de corazón a corazón de padres a hijos, de hacer que una comunidad viva mil años en torno a una palabra suya. 

Son palabras que permiten iluminar y dar sentido a épocas enteras, hermanar hombres y mujeres a través de todos los tiempos y en la diferencia de culturas y mentalidades diversísimas.

Las palabras humanas pasan, se desgastan. Hay palabras, consignas, ideologías que parecen definitivas y de golpe, un cambio de paradigma, y dejan de tener sentido, se vuelve viejas, sin capacidad de iluminar.

Las palabras de Jesús en cambio, en diálogo con todas las demás –con las intimísimas de cada corazón y con las comunísimas de cada cultura- siempre están vigentes, siempre tienen la virtud de renovarlo todo –el amor y el sentido- si dos o tres las eligen y se ponen de acuerdo para ponerlas en práctica, si un corazón se anima a hacerles sitio en su contemplación.

Diego Fares sj