La alegría del amor (32 B 202) 

Jesús enseñaba a la multitud: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad.» 

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. 

Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 38-44).

Contemplación

            En Marcos, luego del mandamiento del amor, no está la parábola del Buen Samaritano. Pero sí está en cambio esta hermosísima parábola-real de la mujer viuda que echa sus dos moneditas en la alcancía del Templo (imagino que trabajaba por horas y eran lo que había cobrado para comprar algo para comer entre un trabajo y otro) bajo la mirada atenta de Jesús, que la elige como conclusión y corona de toda su enseñanza sobre el Amor. Lo lindo que tiene es que Jesús no inventa una bella historia para ilustrar sus palabras, sino que le basta sentarse un rato en un rinconcito del templo, donde nadie lo ve, para encontrar enseguida uno de esos pequeños gestos que el pueblo sencillo realiza cotidianamente con gran amor. 

Llama ahí nomás a sus discípulos, como diciendo, miren que el amor del que les hablo ya está activo en medio de nuestro pueblo; no les estoy dando imperativos éticos ideales, de esos de los que todos teorizan, pero pocos cumplen, que sirven sólo para quejarse de lo mediocre que es la humanidad y para culparse porque nadie es tan generoso. Todo lo contrario, les muestro que, así como hay muchos que dan para hacerse ver, hay muchos más que se dan enteros porque gozan con esta plenitud del amor, que no tiene otro premio mayor que él mismo.

El marco en que el Señor nos habla del amor conserva, como en el evangelio anterior, un aspecto más estético. Jesús advierte contra el espíritu de los escribas, contra su vedettismo. ¿De qué hay que cuidarse? De que a uno le empiece a gustar más figurar que amar. O, expresado de manera contraria, hay que cuidarse de que a uno le disguste y le preocupen más cuestiones de figuración que cuestiones de amor. Que nuestros temas de conversación dejen de ser cómo y cuánto estamos amando y que pasen a ser “lo que este dijo de aquel”, a quién le dieron importancia y a quién no, si se fijaron, si figuré…. vedettismos, en suma.

Notamos que el marco de la enseñanza sobre el amor es estético. Aunque es cierto que el aspecto ético es inseparable y que Jesús critica que los escribas “devoren los bienes de las viudas y finjan hacer largas oraciones”, pero lo que destaca aquí como amenaza contra el amor es una cuestión de vanidad y de buen gusto. Es verdad que es un problema de inequidad que haya tanta codicia, injusticia y robo. Pero la levadura agria de todo esto está en un error de mal gusto. En que a uno le guste más estar en el centro y comparar reconocimientos externos -el vedettismo-, que amar dándose entero. 

Por eso elige Jesús como ejemplo a esta mujer que da sus moneditas y con ellas todo lo que poseía para vivir aquel día o aquella mañana. Jesús destaca el don, pero el don totalmente ocupado en darse y no en otra cosa. La mujer ni se enteró de que Jesús la estaba mirando, (aunque sí habrá experimentado la mirada del Padre que ve en lo secreto y que recompensa en lo secreto). Recompensa, sí, pero convengamos en que el Padre recompensa no con una aprobación externa, sino haciendo sentir a alguien que puede actuar de manera perfecta, igualándose a su Padre, que se da entero y goza con este darse gratuita y plenamente. Jesús destaca el gusto que saborea el que posee este secreto del amor.

Me viene al corazón un ejemplo lindo que vivimos hace tiempo en un concierto para la Casa de la Bondad que organizó Manos Abiertas. Lo resumo primero en una actitud: la Camerata Bariloche entró y salió sin decir una palabra. Ni siquiera hablaron entre ellos. Fue la maravilla de las manos. Y me pareció la parábola musical más hermosa de lo que podría ser nuestro trabajo de servicio por los más humildes: un trabajo en el que sólo hablaran las manos.

Me extiendo ahora un poco, porque vale le pena hacer memoria agradecida y, aquí sí, poner más palabras. Hace unos años, mil personas participamos del Concierto que la Camerata Bariloche brindó a beneficio de la Casa de la Bondad. Demás está decir que fue un placer escucharlos y una alegría reconfortante sentir el trabajo de tanta gente de Manos Abiertas que lo organizó durante meses en silencio, y el apoyo de tantos amigos que concurrieron. En medio del concierto, mientras la música se adueñaba de nuestras almas, me concentré en contemplar las manos de los músicos. La verdad es que disfruté de la maravilla de las manos. Manos enérgicas apretando las cuerdas de violines, violas y contrabajo, manos suaves acariciando con los arcos las cuerdas y el clavecín, manos ágiles pulsando las llaves del oboe y los pistones de las trompetas. Entre los músicos reinó un silencio de palabras que fue absoluto: no dijeron una sola palabra, ni al público ni entre ellos, desde que entraron hasta que se fueron. Sólo miradas de entendimiento y gestos acordados. Todo su lenguaje fue música, el de la música de Mozart, de Vivaldi, de Bach, de Piazzola… Música a la que, para hacer hablar, tuvieron que callar ellos.

Y no solo callar ellos, sino que nos fueron acallando también a nosotros. Con indulgencia aceptaron los aplausos que les dábamos a destiempo, cada vez que hacían la pausa de ese silencio que es tan música como el sonido, entre un movimiento y otro de la pieza que se interpreta. Saludaban explícitamente al final, con gestos bien elegidos para que el público se diera cuenta de cuándo hay que aplaudir y cuándo no. Creo que todos percibimos el intento de incorporarnos a su riguroso servicio de la música en plenitud, pero no pudimos ordenarnos de manera tal que todos aplaudiéramos al mismo tiempo. Siempre hay algún entusiasta que desentona y algunos que, inadvertidamente, se dejan llevar por unos instantes.

Imagino que tanto silencio en escena a ellos les llevará mucho diálogo en los ensayos. Y también discusiones, planeamientos, corrección de errores, autocrítica… 

Pero han logrado un grupo en el que no hay vedettismos. Yo que no conocía los nombres de los integrantes supuse quién era el que dirigía, porque veía a uno que estaba al último de la fila, no en el centro, y que iniciaba las piezas con un gesto más enérgico y que daba lugar al protagonismo de los demás, de acuerdo a lo que había que tocar. Lo supe ya casi con certeza, cuando en cierto momento, junto con otra violinista, ejecutaron las piezas más difíciles. Y lo confirmé cuando en el entreacto miré el programa y vi que su nombre figuraba siguiendo a la frase “arreglos de…”. Es decir: la que mandaba era la música y dirigía el que mejor podía ayudar a que todos a su ejecución, de acuerdo a la partitura y a las posibilidades y méritos de cada uno. 

La gracia que se me ocurrió pedir en ese momento fue la de que, en nuestro servicio a los pobres, fuéramos logrando el mismo antivedettismo que esplendía en ese silencio de la Camerata en el que sólo hablaran nuestras manos. Aclaro que no todo en la música es así. Hay música de grandes orquestas en las que se destaca el Director, hay grupos y solistas en los que el vedettismo es alimentado, e incluso es parte necesaria del espectáculo y de la diversión. En la Camerata en cambio es la música que elijen tocar la que les impone su estilo. Se siente que el trabajo de despojo individual y de parquedad de expresiones se debe a que la música que eligen es la más sublime que ha producido la humanidad. 

Así también nosotros: para ejecutar las obras de misericordia tal como las escribió Jesús, para que alumbre la alegría de las bienaventuranzas tal como él las concibió, se requiere un arduo trabajo de despojo de todo vedettismo y capricho individual, al servicio de un Amor que debe ser puesto en práctica en común. Es la sublimidad del Amor que se nos regala para que amemos (el del Señor, no el nuestro) el que impone actitudes de especial antivedettismo.

En la partitura del Espíritu cada carisma, cada sentimiento, cada palabra, cada acción, está ordenada al Bien Común, con el mismo rigor con que cada nota y cada movimiento de una partitura musical están ordenados a la obra entera. 

Por eso rompen la armonía no solo los que desafinan, sino también los que tocan más fuerte que los demás, o a destiempo, e incluso, me animo a decir, los que con sus virtudes afinan tanto que hacen parecer desafinados a los demás!

Pablo les decía a los Efesios que una de las amenazas contra la unidad de la Iglesia provenía de la riqueza misma de carismas que el Espíritu derrama entre los cristianos y que no todos comprenden que son carismas esencialmente ordenados al bien común (aunque sean únicos y muy especiales): “A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida del don de Cristo: a unos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros…” y toda esta diversidad es “para capacitar a los santos en las funciones de servicio para la edificación del Cuerpo de Cristo (Ef 4, 7-12).

La complejidad del mundo requiere diversidad de dones y el Espíritu da todos los dones necesarios para captar a todos los hombres, y los da articuladamente, para el bien común, sino no daría tantos dones. Y por eso la unidad de la Iglesia en su rica diversidad requiere coordinación, jerarquía. Una jerarquía al servicio de la caridad, en la que el más grande es el que sirve a todos. Pero jerarquía al fin. Porque la tentación es la de que las jerarquías sean para el poder y la fama. Nada de eso: la jerarquía del servicio, la jerarquía del amor que ordena en paz el servicio, es más rigurosa que la del poder. Lo cual no quita que sea misericordiosa, alegre, dialogal, participativa, como la de la música.

Por eso pedía que, así como en la música el amor es puro don de los sonidos en los que se nos da una obra entera, en nuestro trabajo de justicia y caridad, así nuestro amor sea puro don de gestos concretos, en los cuales demos nuestro corazón entero ajustándonos al sentido de un Amor mayor, que incluye todo y a todos dentro del Plan de Amor de Dios. 

Volvemos aquí a la viuda del evangelio, a la que no hemos dejado olvidada. El tintineo de sus dos moneditas de cobre al caer sobre el oro y la plata de las monedas grandes resonó como una melodía celestial -afinadísima- en el oído atento de Jesús. El Señor reconoció en esas dos notas la música de su Amor interpretada a la perfección por un alma sencilla y anónima del pueblo fiel de Dios. El Espíritu que pronto Él efundiría en plenitud ya estaba aleteando en los corazones de la gente de su tierra. 

La mujer quizás ni supo que fue puesta como ejemplo. Tampoco le interesaría, preocupada como estaba por dar su limosna entera y por requerir del Padre una ayuda igual de entera, ya que se ve que su vida se jugaba entera a cada instante. 

Los aplausos le estaban tan demás como los que nosotros les brindábamos a la Camerata a destiempo. Es que el Señor quiere que aprendamos, no de él tan solo, sino de la gente más humilde que nos rodea, que el gozo del amor está en darse entero, de la misma manera en que el gozo de la música está en ejecutarla entera. El aplauso es un agregado. Vale si se lo vive también como una música de respuesta agradecida con la que un grupo se une para agradecer enteramente al que los deleitó. El marco del amor que nos predica el Señor es, pues, estético en el sentido de una estética que se oculta porque está concentrada en poder hacer don de sí en plenitud. 

Cuando uno tiene la gracia de darse en plenitud, el aplauso molesta. Y, paradójicamente, la crítica causa alegría, como dicen las bienaventuranzas. Podría ser este el termómetro para ver si nos estamos dando enteros: si nos preocupa que se nos tenga en cuenta, si nos aflige que no nos reconozcan y nos deprime una crítica o ser dejados de lado, es que no estamos gozando del darnos enteros, estamos en el ámbito del vedettismo comparativo, con el aplausómetro prendido, y no en el ámbito de una camerata que está gozando de su música ni en el de la viuda que está dando con todo amor y entrega sus dos moneditas. Ámbito de la mirada del Padre que ve en lo secreto y recompensa en lo secreto, porque es el Padre “que ama al que da con alegría”, como dice Pablo:

“Cada cual dé según el dictamen de su corazón,

no de mala gana ni forzado, pues:

Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7).

Diego Fares s.j.

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