Amar a Dios con todo el corazón (31 B 2021)

Acercándose a Jesús uno de los escribas, que los había oído discutir (acerca de la resurrección), viendo que les había respondido bellamente (a los saduceos), le preguntó: «¿Cuál es mandamiento primero de todos? .» 

Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás al que está cerca de ti como a ti mismo. Mayor que estos, no hay otro mandamiento.» 

El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, con verdad dijiste “Uno es y no hay otro más que él”, y el “Amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas”, y el “Amar al prójimo como a sí mismo”, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios.» Jesús, al ver que había respondido sensatamente, le dijo: «No andas lejos del Reino de Dios.» Y nadie ya osaba cuestionarle (Mc 12,28b-34).

Contemplación

 Me mandas que te ame – nos mandas que te amemos- con todo el corazón. Decir corazón es decir nuestro centro afectivo, con el que deseamos, elegimos y nos adherimos a nuestro tesoro, las personas que más queremos, a las que nos complace hacer el bien y los valores más altos, que honramos y cultivamos y que nos hacen ser quienes somos. 

Con todo el corazón quiere decir incluyendo las distintas dimensiones de nuestro corazón: inteligencia y querer libre (voluntad), sensibilidad y sentimientos. Lo afectivo unifica todo nuestro ser: busca lo que desea con todas las fuerzas y capacidades y se adhiere a lo que ama también de manera total. Lo que quiero significar que, aunque llamemos corazón al órgano, el corazón es corazón latiendo en acto, bombeando la sangre que da vida a todo el cuerpo y desplegando e integrando todas las dimensiones de nuestra afectividad. 

Nuestro corazón está siempre inclinado a latir físicamente y a amar espiritualmente, a desear, a elegir y a adherirse. Ahora, esto que somos y hacemos naturalmente Tú, Señor, nuestro sumo Bien, nuestro Tesoro, nos mandas que lo seamos y hagamos libremente. Mandarnos que te amemos pareciera innecesario,  como mandarnos que respiremos. Sin embargo, es bueno que nos lo mandes para que recordemos y nos hagamos conscientes de que Tú eres nuestro sumo Bien y de que tenemos que estar atentos para comprobar si estamos desplegando todo el potencial de nuestro corazón en todas sus dimensiones. Porque es tan grande la sed de nuestro corazón y tan fuerte su poder de adhesión, que a veces nos encontramos ya “afeccionados” a algo que no eres Tú como si fuera nuestro bien mayor (idolatramos), o nos adherimos parcialmente a ti, sin poner todas las fuerzas, o reducimos las potencialidades de nuestro corazón solo a la sensibilidad o al sentimiento, sin poner toda nuestra mente y sin ejercitar nuestra libertad.

Por eso, está bien que nos lo mandes, para que corrijamos el rumbo si se desvía o se nos desjerarquizan los valores. En la práctica, por el tiempo y las fuerzas reales que invertimos en ellas, muchas cosas que no son las de mayor valor, lo son de hecho. Como cuando uno, por trabajar de más, se olvida de que es creatura y pasa tiempo sin que adore al Padre Creador o, si es papá, no encuentra nunca el momento para jugar con sus hijos…

Al hablar del corazón, como estamos en el año ignaciano, no me resisto a hablar de ese corazón suyo que sigue latiendo cada vez que un ejercitante y el que lo acompaña entran en Ejercicios Espirituales. Los Ejercicios vividos y practicados siguiendo los tiempos, los temas y las indicaciones que va dando Ignacio, se podrían definir como la puesta en práctica de lo que significa “obedecer y realizar el mandamiento del amor”. 

Escuchar y poner en práctica el mandamiento del amor es un proceso complejo, que requiere tiempo, toda la vida, para decirlo claramente. Porque implica el trabajo de ir enseñoreándonos de nuestro corazón y armonizando los dos mandamientos, el que nos manda amar a Dios en y sobre todas las cosas y el que nos manda amar al prójimo como a nosotros mismos.

Si el fin de los ejercicios es “aprender a alcanzar amor” en todo lo que hacemos (es decir: ordenar todo de manera que el amor circule por toda nuestra vida) cada “semana” o “período” de los Ejercicios forma parte esencial del proceso. Ignacio nos enseña primero a adorar -alabando, haciendo reverencia y sirviendo- a Dios nuestro Señor. Adorar implica jerarquizar: poner a nuestro Señor y Creador en el lugar que le corresponde y poner todas las cosas y a nosotros con ellas, también en su lugar. Este es el Principio y Fundamento que los Ejercicios nos proponen para iniciar -cada vez, cada día y en cada oración- el camino que nos lleva al fin: alcanzar amor. 

El tiempo que le dedicamos a meditar sobre nuestro pecado y la Misericordia inagotable de Dios, tiene que ver con algo muy real: basta tomar conciencia de que somos creaturas para sentir el tironeo de muchas cosas a las que estamos mal afectados y que se resisten a ser reordenadas o directamente eliminadas de nuestro corazón, que se ha adherido a ellas no como corresponde. 

El tiempo que le dedicamos a contemplar la vida de Jesús nuestro Señor, nos va haciendo sentir que no basta con buscar, elegir y adherirse al Señor de manera general, sino que cada corazón debe descubrir su modo propio de hacerlo. Cada uno debe buscar y hallar su carisma y su misión. Esto parte de que Dios no nos ama “en general”, sino a cada uno de manera muy concreta y especial y ordenando cada amor especial al bien de todos, especialmente de los más necesitados. No se puede amar “con todo el corazón” si uno no encuentra su carisma y su misión de amor único, intransferible y que se puede armonizar con el amor de los demás. De ahí el proceso de “elección y de reforma de vida”. La pasión y la resurrección del Señor consolidan y confirman el modo de amar de cada uno que se concreta en las bienaventuranzas, y el lugar de servicio donde ese amor se concreta en obras de misericordia. Entonces sí, se “alcanza” un verdadero amor, amor creatural, amor de afectos purificados, amor fiel a un carisma particular, que el Espíritu se encarga de universalizar, amor concretado en un servicio, que comporta cruz y resurrección.

En el relato de su vida que Ignacio le hizo al padre Cámara, se puede descubrir cómo lo que Ignacio dice y recomienda nace de su experiencia y de lo que el Señor fue haciendo con su corazón. Un detalle significativo: Ignacio, en sus escritos, usa poco el término “corazón”. Sus compañeros, en cambio, hablan mucho y se nota el gusto y la alegría que sienten describiendo el corazón de nuestro padre. En la Autobiografía, la palabra corazón enmarca dos momentos clave en su proceso interior de conversión. Ignacio cuenta cómo su corazón pasó de “estar poseído por una cosa vana” a estar “aficionado solo a Dios”. 

En su convalecencia, hasta que se curó su pierna herida por la bala de cañón, decía así: «Leyendo muchas veces (la vida de Cristo y de los santos), algún tanto se aficionaba a lo que allí hallaba escrito… Y de muchas cosas vanas que se le ofrecían, una tenía tanto poseído su corazón, que se estaba luego embebido en pensar en ella dos y tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba, los motes, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio. Y estaba con esto tan envanecido que no miraba cuán imposible era poderlo alcanzar…» (EE 6).

Y luego,  antes de embarcarse para ir a Jerusalén, Ignacio hizo este discernimiento: «Y aunque se le ofrecían algunas compañías, no quiso ir sino solo; que toda su cosa era tener a solo Dios por refugio…porque él deseaba tener tres virtudes: caridad, fe y esperanza; y llevando un compañero, cuando tuviese hambre esperaría ayuda de él… y esta confianza y afición y esperanza la quería tener en solo Dios. Y esto que decía de esta manera, lo sentía así en su corazón» (A 35).

Las dos imágenes del corazón en lucha – poseído por una cosa vana y aficionado sólo a Dios – hacen referencia a otra cosa, a lo objetivo, al «tesoro» de que habla el Evangelio. Importa profundizar entonces en el contexto de estas dos imágenes, y ver cómo describió el objeto en torno al cual se estructuraban los afectos y la conciencia de su corazón.

«Una cosa vana» y «sólo Dios» eran los dos polos antagónicos en referencia a los cuales se movía el corazón de Ignacio. La cosa vana que lo poseía en oposición al Dios que lo atraía. La vana gloria en oposición a la Gloria del Dios siempre mayor.

Hay una carta de Ignacio, escrita en enero de 15541, en que toca el tema de la posesión del corazón y dice así: «… Si alguna vía hay para evitar trabajos y aflicciones de espíritu en este mundo, es esforzarse en conformar totalmente su voluntad con aquella de Dios, porque si Él poseyese enteramente nuestro corazón, no pudiendo nosotros sin nuestra voluntad perderlo, no podría acaecer cosa de mucha aflicción, porque toda la aflicción nace de haber perdido o de temer perder lo que se ama»⁠.

Llama la atención la frase: «no pudiendo nosotros sin nuestra voluntad perderlo». Ignacio considera que «ser poseído» hace a la esencia misma del corazón, y siempre es libre el dejarse poseer, sea por una cosa vana o por Dios nuestro Señor. En el fondo, sólo Dios puede poseer «enteramente» un corazón que se le entrega. 

Una vez que se liberó de su afecto desordenado, consciente de que lo que piensa y dice también lo “siente” en su corazón, Ignacio no usa más explícitamente el término. Cuando narra la visión de la Storta, por ejemplo, dice que “Estando un día, a algunas millas de Roma, en una iglesia, y haciendo oración sintió tal mutación en su alma, y vio tan claramente que Dios Padre lo ponía con Cristo, su hijito amado” (A 96). En la narración de esta gracia, Diego Laínez, uno de sus compañeros,  recuerda que Ignacio le contó esta visión utilizando la palabra “corazón” y no “anima”. «Cuando veníamos a Roma por la vía de Siena, nuestro Padre, como quien tenía muchos sentimientos espirituales y especialmente en la santísima Eucaristía, que recibía todos los días, siéndole administrada o por Maestro Pedro Fabro o por mí, que decíamos misa todos los días, pero él no, me dijo que le parecía que Dios Padre le imprimiese en el corazón estas palabras: – Ego ero vobis Romae propitius⁠[1].

Jerónimo Nadal, el que mejor conocía la espiritualidad que quería Ignacio, deriva de aquella gracia una característica del santo, que se desbordaba en sus compañeros: la elevada paz y energía en sus actividades, la alegría y sosiego del corazón que se proyectaba sobre todas sus acciones. 

Le pedimos a Ignacio la gracia grande de cumplir de todo corazón los dos mandamientos principales.

Diego Fares sj


 

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