Bartimeo, el mendigo ciego que de ser un marginal, pasó a ser seguidor de Jesús, de un Jesús que siempre está “en salida” (Domingo 30 B 2006)

Fueron a Jericó. Y saliendo Jesús  de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo –Bartimeo-  un ciego mendigo, estaba sentado al costado del  camino. Y oyendo que pasaba Jesús, el Nazareno, comenzó a gritar y decía:

– ¡Hijo de David, Jesús ¡Ten piedad de mí!

Y muchos lo increpaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte:

– ¡Hijo de David, apiádate de mí!

Jesús se detuvo y dijo que lo llamaran.

Entonces llamaron al ciego y le dijeron:

– ¡Animo, levántate! El te llama.

Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Jesús.

Y en respuesta Jesús le dijo:

– ¿Qué deseas que haga para ti?

El le respondió:

– Maestro –Rabbuní-, que vea.

Jesús le dijo

– Vete. Tu fe te ha salvado.

Y al instante comenzó a ver y lo seguía en el camino.

                        (Mc 10, 46-52)

Contemplación

En pocos renglones Marcos nos muestra el momento clave de un largo proceso interior, el de Bartimeo, ciego mendigo, que de estar sentado a un costado del camino recupera la vista y se convierte en discípulo de Jesús, en uno que ahora no está más al costado sino que sigue al Señor por el camino. Esas son las dos imágenes fuertes de Marcos y tienen como punto central el camino: Bartimeo sentado a un costado del camino, Bartimeo siguiendo a Jesús por el camino. Un camino que, como ha anunciado el Señor poco antes, por tercera vez, lo lleva a Jerusalén, lo lleva a la Cruz.

En medio de estas dos escenas vemos a un Bartimeo atento, que “oye” que Jesús pasa cerca y se pone a gritar:  “Hijo de David, Jesús ¡Ten piedad de mí!”

Y como muchos lo increpaban para que se callara, él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, apiádate de mí!”

Seguramente cuando Jesús “entró en Jerico” Bartimeo no se dio cuenta, pero se enteró de que el Señor estaba en su ciudad y planeó un encuentro con él, decidido a no dejar pasar al Maestro sin aprovechar la oportunidad. Notemos con qué nombres lo llama: Hijo de David y Jesús. Hijo de David es un término mesiánico. Jesús es un nombre familiar. Bartimeo es de los pocos que llaman por su nombre al Señor. Se ve que ha estado pensando en lo que quería pedirle y en cómo se dirigiría a Él, con qué nombres lo llamaría para tocar el corazón y moverlo a piedad. 

Cundo el Señor se detiene y manda a que lo llamen, vemos a un Bartimeo lleno de vida y energía que en un solo movimiento arroja su manto (a veces era la única posesión preciosa de un mendigo) y se levanta de un salto y va hacia Jesús. El encuentro es como de dos que ya se conocen: bastan pocas palabras. Que quieres que haga para ti, le dice gentilmente Jesús; Rabbuni -mi Maestro-, le dice Bartimeo, haz que vea. Y Jesús: Vete, tu fe te ha salvado.

Rabbuni es un título de mucha intimidad. Bartimeo le está diciendo a Jesús que él se siente su discípulo y el Señor se lo acepta. Bartimeo es la figura opuesta al joven rico, que tenía muchas posesiones y no se animó a seguir al Señor. Bartimeo en cambio dejó su manto allí tirado y lo sigue a Jesús por el camino.

No sabemos cómo habrá seguido su vida, pero es seguro que fue de bien en mejor. 

Ver y seguir. Con Jesús estos dos verbos van juntos y se ayudan el uno al otro. Ver a Jesús, al Hijo de David, al Maestro, es una gracia. Seguirlo por el camino después de haber tenido un encuentro con él, es un paso necesario para poder “verlo” más. Al Señor lo va viendo -conociendo y amando- el que lo sigue. No se puede ver a Jesús y quedarse estático porque lo perdemos. El Señor (sobre todo en Marcos) está siempre “en camino”. Y los que quieren ser sus discípulos deben apurar el paso. 

La llamada al seguimiento seguir a Jesús- constituye todo el tejido del evangelio de Marcos. Es la palabra clave y Bartimeo la pone en práctica apenas curado. 

El evangelio de Marcos termina precisamente con las palabras: “El irá delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, como les dijo”. La Galilea, donde veremos a Jesús resucitado, si seguimos lo que El nos ha enseñado, es precisamente el comienzo del Evangelio de Marcos, símbolo de nuestra vida cotidiana, el lugar donde Jesús nos sale al encuentro y nos dice: Vengan conmigo! 

El evangelio termina invitándonos a volver al comienzo, a releer, para “ver” más y mejor. 

El seguimiento es el modo de vivir cristiano, siempre atentos a los signos que revelan la presencia de Jesús (en los más pequeños) y yendo hacia donde el Espíritu nos sopla y nos inspira. 

La vida cristiana se realiza siguiendo paso a paso a Jesús por el camino que él ha recorrido y que va de la encarnación al Padre, pasando por la Cruz, luego de haber “salido” de la muerte dejando el sepulcro vacío.

Seguir a Jesús quiere decir guiarnos por sus criterios y no por los nuestros. Implica siempre escuchar su Palabra, interpretarla personalmente y elegir lo que el Señor nos muestra como lo mejor en cada situación. 

Seguir a Jesús es llevar una vida con un oído inclinado hacia el corazón del Señor, que nos permite “tener sus mismos sentimientos”, y los ojos fijos en el Evangelio, que nos hacen “tener su mente”, lo que le agrada, lo que desea.

El Jesús al que debemos seguir -como vemos que hace ahora Bartimeo- es un Jesús “móvil”, siempre saliendo. 

Jesús en Marcos “sale siempre”, ya desde el comienzo, vemos a un Jesús “caminando junto al mar de Galilea (Mc 1, 16) que llama a los pescadores a que lo sigan. Y durante sus peripecias Jesús siempre “va adelante”, se les adelanta. 

Así lo tenemos que seguir, con el entusiasmo de que ya se nos adelantó y nos espera en el día que tenemos para vivir, con las sorpresas de los bienes que ha preparado para que los llevemos a cabo.

Seguir a Jesús, decíamos es “salir de nuestros criterios, de nuestro habitual modo de pensar y de razonar y animarnos a ir un poco más allá, visto que Jesús siempre “se sale” del modo habitual de pensar de la gente y enseña nuevos modos (“Entre ustedes no es así, el que quiere ser grande que se haga pequeño y sirva a todos).

Diego Fares sj

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