Sonreír con los ojos (25 B 2021)

Y saliendo de allí, atravesaban sin detenerse la Galilea.

Y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba a sus discípulos  y les decía: ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y, tres días después de muerto, resucitará’. Pero los discípulos no comprendían tales palabras  y tenían miedo de preguntarle.

Llegan a Cafarnaúm y, una vez en casa, les preguntaba:‘¿De qué dialogaban discutiendo en el camino?’ Ellos callaban porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.

Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: ‘Si alguno quiere ser el primero, tiene que ser el último de todos y el servidor (diácono) de todos’. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: ‘Quien reciba a uno de estos niños en mi Nombre, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino a Aquel que me ha enviado (Mc 9, 30-37).

Contemplación

La escena del niño al que Jesús pone en medio del grupo que discutía acerca de quién era el más grande es un adelanto del lavatorio de los pies que realizará el Señor en la última cena. En ella, el que es el más grande, se ceñirá con un delantal y les brindará a sus amigos una lección de servicio. Lo hará como último acto, antes de dar la vida en la Cruz.

El más grande, el que sirve; el primero, el que va a lo último.

Pero debemos entender bien esto. El que sirve no es el que hace cualquier servicio, sino el que realiza el servicio que Dios quiere. Es el que encuentra su lugar de servicio y de misión en el Reino y se aboca a servir allí, con toda la fuerza y la creatividad del carisma que el Espíritu le da.

Dice Pablo: 

“Como tenemos carismas diferentes, según la gracia que se nos ha dado, procedamos así: (el que tiene el carisma de) la profecía,(que profetice proporcionalmente a la fe que es consciente que tiene – ni de más ni de menos -); el que sirve, dedicándose a servir; el que enseña, a enseñar, y el que exhorta, a exhortar; el que comparte sus bienes, hágalo con generosidad; el que preside, con diligencia y prontitud, y el que practica la misericordia, con alegría” (Rm 12, 7-8).

Cuando Jesús dice que el que quiere ser el primero debe ser el último y el servidor de todos no está diciendo que el que preside debe ir a servir el café, sino que debe presidir en el lugar que se le ha confiado y hacerlo con diligencia y prontitud (al estilo de María, que fue con prontitud a visitar a Isabel). El que practica la misericordia debe hacerlo al estilo de Jesús, con alegría; y en la obra de misericordia que el Espíritu lo solicita cada vez. 

Por tanto no se trata de pensar estas cosas en abstracto -ser más grande en general o servir en general, sino de manera muy concreta. 

En la vida de los santos y santas esto es claro: los que encuentran su lugar en la Iglesia, van al último puesto de servicio y en esa tarea que Dios les encomienda, se convierten en los más grandes. 

Comparto dos historias, una de una santa “universal”, digamos así, de esas lámparas que el Señor pone en el candelero, para iluminar a toda la Iglesia; el otro, el de un “santo de la puerta de al lado”, uno de esos al que el Señor bendice de manera extraordinaria pero sólo para animar y fortalecer a sus testigos inmediatos, a gente común, que comparte su luz de lamparita de 20 watts.

La santa del candelero es Teresita. Ella es un ejemplo de esta búsqueda de nuestro lugar de servicio en la Iglesia. Teresita  se eligió la mejor parte (y el Señor no se la quitó): la de ser el amor en el corazón de la Iglesia. Cuando encuentra su lugar, es feliz. Es este mismo texto el que encontró y “llena de una alegría desbordante, exclamé: «Oh Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el amor. Sí, he hallado mi propio lugar en la Iglesia, y este lugar es el que tú me has señalado, Dios mío. En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor; de este modo lo seré todo, y mi deseo se verá colmado”.

El ejemplo del santo de la puerta de al lado es el de uno que trabajó como encargado de la cocina de El Hogar de San José. Aquí el carisma de servicio tiene una característica increíble. Lo que en una Santa Teresita es algo único de ella que el Espíritu le da para el bien común, en el santo de la puerta de al lado es algo común, que se encarna en los (no muchos) que se van sucediendo en ese servicio. Dentro de esta gracia que es la de unir personalidad y misión, en unos santos, su personalidad le pone el sello a la misión; en otros, es la misión la que imprime el sello a la personalidad. 

Una gracia que el Señor me fue dando a lo largo de los años de trabajo en el Hogar, fue la de haber descubierto algo muy especial, aunque aparentemente era común, en los que se hacían cargo de la cocina, a la mañana. Se fueron sucediendo, a lo largo de 20 años, uno al otro: Navarro, que estaba ya cuando yo llegue, cuya historia se encuentra en el librito “Contemplar el rostro de Cristo en los pobres”. Félix González, José Luis Domínguez, Jorge Retamozo, Hugo Reboledo… 

La gracia par mí fue caer en la cuenta de que todos, pero todos, es como que encontraban su lugar en el mundo en nuestra cocina. Y abrazaban el trabajo con una dedicación total y todos lo hicieron hasta el día de su muerte. Cuando descubrí la gracia del lugar, cuidé de elegir bien y cuidar al que se encargaba. Pero la experiencia es que la misión “se adueñaba” del que iba y moldeaba una misma actitud en todos los que se fueron sucediendo. Uno que elegí especialmente yo fue Hugo Reboledo. Aquí un poquita de su historia:

“Antes de ayer, el jueves 6 (de setiembre de 2012), en la Casa de la Bondad murió Hugo Reboledo, que de estar en situación de calle pasó a hospedarse en el Hogar de San José y luego a trabajar como empleado de maestranza en nuestra cocina. Doy testimonio de su historia porque supo honrarnos con su modo de dejarse ayudar y de ayudar a los demás, aprovechando todos los recursos de nuestras dos obras. Recuerdo que fue el primer usuario al que me animé a contratarlo en blanco como empleado de la Fundación. Me ganó la confianza la vez que, estando como huésped ya que había caído en situación de calle, me pidió un día hablar en privado y me mostró una maleta que había encontrado en la calle Pueyrredón. Después supimos que un joven que volvía de Suiza bajó del taxi y para pagar dejó una valija contra un poste y se la olvidó. Hugo que pasaba por allí la vio y se la trajo para el Hogar. Al abrirla y descubrir todo lo que tenía, me llamó para que la devolviera yo, por miedo a que por su situación creyeran que la había robado o que quería sacar provecho. Había 800 euros, varias tarjetas de banco, todo tipo de aparatitos electrónicos… Los dueños agradecieron mucho y a él lo contraté para trabajar con nosotros.
Que unos años después aceptara ir a la Casa de la Bondad implicó el cariño y el acompañamiento de nuestras dos instituciones durante muchos meses. Hugo no quería “perder su privacidad” y prefería su pieza de hotel (que se fue convirtiendo en un desastre a medida que él se dejaba estar, “por su rebeldía”, como me dijo,) a estar en la casa.
Como sí había aceptado ir a hacerse curar (su cáncer de cuello requería curaciones diarias) le fueron ganando el cariño y cuando ya no pudo más, al fin aceptó ir y fue como un corderito manso y se dejó mimar y atender sus últimas dos semanas.
Hay mucho para agradecer y reflexionar acerca de lo que significó “Hugo del Hogar en la Casa de la Bondad”, pero aquí  lo que quiero compartir es su sonrisa en su puesto de trabajo y de padecimiento en la Casa de la Bondad. 

Cuando entré al Hogar a la mañana para anunciar que Hugo había muerto y entre otras cosas dije que sus sonrisas eran lindas, Marcelo, que lo cuidó como a un hijo en estos 10 meses desde que su cáncer le impidió trabajar en la cocina del Hogar y comenzó su vía crucis por los rayos y las curaciones, dijo: Es verdad, casi no se le entendía lo que decía de tan despacito que hablaba, pero sonreía con los ojos. Y cuando me decía esto se le iluminaron los ojos y a mí también. Porque las sonrisas con los ojos son contagiosas. Fuego que enciende otros fuegos.
Que alguien te sonría con los ojos es un regalo de valor inestimable”.

Valgan estos dos ejemplos – el de una pequeñita grande como Teresita y el de un pequeñito anónimo como Hugo – para que veamos que esto de “encontrar el propio puesto de servicio” es una gracia que no se puede perder ningún cristiano. El signo de que uno ha encontrado su lugar de servicio en el Reino es que empieza a sonreír con los ojos, o a trasparentar la Gloria del Padre, que es lo mismo.

Diego Fares sj