Un Jesús cercano, a punto de contagio (23 B 2021)

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentan a un sordo y tartamudo y le ruegan que ponga sobre él su mano. 

Jesús tomándolo  se lo llevó aparte, lejos de la multitud, le metió sus dedos en las orejas y con su saliva tocó su lengua (teniéndola firmemente). Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: ‘Effetá”, que significa ‘ábrete’. Y al instante se abrieron sus oídos y se le soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. 

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración decían: ‘Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 31-37).

Contemplación

Todo lo ha hecho bien! Ese es Jesús: El que hace todo bien, el único que hace bien el bien, en las pequeñas y en las grandes cosas.

Hace unos días, leyendo el evangelio de la primera pesca milagrosa, que conmocionó tanto a los primeros discípulos que lo dejaron todo y se fueron en seguimiento de uno que les había cumplido el sueño más fantástico de un humilde pescador: les había llenado sobreabundantísimamente las dos barcas de peces, «me cayo una ficha» al ver a Jesús allí, metido entre los pescados, juntándose con los trabajadores de la pesca. 

Así como es lindo siempre pensar en María entre las cosas de la cocina de Caná, así admira y consuela ver a Jesús en las cosas de los trabajadores del lago. Jesús entre los pescadores! Cuando esta imagen se unió con la proclamación del Pueblo de Dios, infalible en su modo de creer, que exclama a coro: «Jesús hace todo bien, véanlo curando al sordo mudo, véanlo allí entre los pescados, véanlo multiplicando el pan», no hay que confundirse, no estamos frente a un aplauso, sino ante una proclamación. No es como cuando se dice: “Un aplauso para el milagro”, sino que la gente da testimonio de que lo sucedido con el sordo mudo es algo único y proclama a Jesús como “el que hace todo bien”. Se trata de un discernimiento del Pueblo de Dios que concluye con un juicio sobre Jesús. 

Pensaba que el Señor no solo hacía milagros puntuales, sino que su mismo hacer cada cosa tenía siempre algo milagroso. ¡El milagro es Él entre nosotros! El milagro es Él, en todo momento, en cualquier situación. Y el tipo de milagros cotidianos que hacía, con su bendición y en su Nombre, los podemos hacer nosotros. También podemos hacer nosotros todo bien si iniciamos las cosas en Nombre de Jesús, si en el medio permitimos que él meta mano (es decir, si discernimos dentro de lo bueno “de sentido común” lo bueno-mejor y concreto que le agrada al Padre) y al final le pedimos que bendiga el bien que hicimos y lo recapitule, puliendo todo mal.

Dentro de un bien que se hace, siempre hay grados, intensidades distintas, y el grado mayor de bien es la persona misma de Jesús: Él nos hace bien con su existencia misma y nos lo hace en nuestro mismo ser, no solo en alguna parte o dándonos alguna cosa buena. Jesús es la perfección perfectiva, perfección que nos atrae como un fin porque Él es el fin de toda la creación. Entonces, que este Fin ande metido entre pescadores y cocinas, en medio del Pueblo de Dios, es el bien más grande: ¡que él esté! Que sea Dios con nosotros.

Decir que Jesús es “perfección perfectiva” es decir que no solo es bueno, perfecto y misericordioso él, sino que además lo comunica con su presencia -haciendo más bueno al que se le acerca con fe, como el sordo mudo- y comunicando la gracia de poder hacer el bien a los demás, con el protocolo preciso de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia de Mateo 25. Todo lo que es o tiene “perfección perfectiva” atrae a la manera de un fin. Atrae porque es una fuente de bien, no solo un bien particular. 

Todas las cosas han sido hechas en Jesús nos dice la Carta a los Gálatas, y el asunto lindo es ver como el Creador se mete en la vida diaria de sus criaturas y nos hace sentir el gusto de que haya una Persona así como Jesús que hace que cuaje en su centro toda la creación, que pivotea de manera tal que unifica todos los hechos históricos y se mueve con libertad. Tenerlo a Él como alguien muy especial dejarlo que se meta en nuestra vida cotidiana, es la gracia más linda que hay.

Concretando: la gracia a pedir al que, según nuestro Pueblo, lo hace todo bien, es que esté, que se mueva y camine con nosotros. No es «yo sentado y una imagen de Jesús enfrente y yo pidiéndole una lista de cosas». Soy yo saliendo a los demás, a lo que venga, en su Nombre, pidiéndole que camine a mi lado como hizo en Emaús, que me vaya dando su Espíritu que me explica las Escrituras y me interpreta los signos de los tiempos, y que vaya bendiciendo a los que sirvo. Todo esto luego puesto en clave de “nosotros”: misionando dos en dos, rezando alabanzas e intercediendo en comunidad, participando en todo como un pueblo sacerdotal, que mete a Dios en la vida diaria del mundo. 

    Todas estas reflexiones, que espero no sean demasiado sino lo justamente filosóficas para comunicar algo muy preciso como es esto de “perfeccionar con la propia Persona a la otra persona” y no solo de hacer cosas buenas, las reflexiones, digo, vienen al caso por “el modo” de Jesús, como dice Fones: “Su modo de proceder, su modo de hacer al otro más humano”. Leamos de nuevo atentamente, el grado y la intensidad corpórea con Jesús se mete entero en este milagro de curar al sordo tartamudo:

Jesús tomándolo se lo llevó aparte,

lejos de la multitud, 

le metió sus dedos en las orejas 

y con su saliva tocó su lengua 

(teniéndola firmemente). 

Después, levantando los ojos al cielo, 

suspiró y le dijo: ‘Effetá”, que significa ‘ábrete’. 

Y al instante se abrieron sus oídos y se le soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente”.

Si el pobre hombre este hubiera tenido Covid, su saliva hubiera contagiado al Señor al instante. Digo para dar una imagen: el Señor se hace humano al punto de contagio. Se contagió de nuestros pecados, me animaría a decir, de sus síntomas y consecuencias, sin haber cometido ninguno. 

Abrite, entonces, hermano, amiga, abrite -Effetá-. No te quedes tartamudeando razones mediáticas que ponen distancia entre tu existencia tal como es ahora y este Jesús que te puede llevar un poquito aparte, consigo, y hacerte escuchar su voz y permitir que “hables (con Él) normalmente”. 

No te podés permitir que te alejen de la Persona que es fuente de bien por razones que no tocan a lo esencial de esa Persona. Mi madre (que hoy cumpliría 95 años) me contaba cómo ella había llegado a amar a Jesús en la Iglesia sin enredarse en las contradicciones y pecados y cosas que a veces no entendía de la Iglesia. Que esas cosas no le hacían perder la fe. Discernía bien entre la Persona y las cosas. Esa es una gracia que Hurtado, por ejemplo, le agradecía a San Ignacio y a la Compañía, que le habían enseñado a no confundir el fin con los medios. El Fin es la Persona de Jesús, los medios son la manera como lo testimoniamos los que los seguimos.

Abrite! Cuando las personas se abren bien, cuando abren el corazón, surge el lenguaje, el hablar correctamente, que es lo que está en crisis hoy. Somos sordo-tartamudos mediáticos” Hablamos de cosas y nos hemos perdido a las personas. 

Cómo puede ser que siendo argentinos nos perdamos “la persona” de Francisco! A mi me dan celos de que otros pueblos lo quieran más. Recuerdo siempre con mucho gusto lo que le escribía un jesuita norteamericano con motivo del viaje del Papa a los EE:UU. Le decía que, así como había algunas voces críticas, él y una gran mayoría de norteamericanos, se despertaban por la mañana «dando gracias de que una persona como él exista”.

Diego Fares sj