Elevada en andas sobre los hombros del pueblo fiel de Dios (Asunción B 2021)

                                                                                             

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. 

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. 

Apenas esta oyó el saludo de María, dio saltos de gozo el niño en su seno, 

Isabel quedó llena del Espíritu Santo y levantó la voz con gran clamor diciendo: 

«¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! 

¿De dónde a mí esto de que venga la Madre de mi Señor (y se me acerque) a mi? 

En cuanto sonó la voz de tu saludo en mis oídos, dio saltos de alegría el niño en mi seno. 

Feliz la que creyó que tendrán cumplimiento las cosas que le han sido dichas de parte del Señor». 

María dijo entonces: 

«Engrandece mi alma al Señor, 

y se regocija mi espíritu en Dios, mi Salvador, 

porque miró con bondad la humildad de su servidora. 

En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, 

porque hizo en mi favor grandes cosas el Poderoso: 

¡Santo es su Nombre! 

Su misericordia se extiende por generaciones y generaciones

Para con aquellos que le temen. 

Hizo ostentación de poder con su brazo:

dispersó a los soberbios en los proyectos de su corazón; 

Derrocó de su trono a los poderosos y elevó a los humildes

Colmó de bienes a los hambrientos y despidió vacíos a los ricos. 

Tomó bajo su amparo a Israel, su servidor, para acordarse de la misericordia, 

como lo había anunciado a nuestros padres, 

a favor de Abraham y de su descendencia para siempre.» 

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa (Lc 1, 39-56).

Contemplación

La riqueza de la liturgia de la Asunción hace que uno quiera contemplar a María a través de todos los textos. Como si uno tuviera muchas fotos de nuestra Señora, una más linda que la otra, y las fuera mirando a todas, sin decidirse por ninguna.

Con la Virgen pasa así: cada uno tiene su imagen preferida, pero le gusta mirar las preferidas de los demás.  

Nuestro pueblo se complace en tener, en cada sitio, «su» imagen de María. 

Cada imagencita, cada estampa, es como la foto que cada pueblo le saca a nuestra Señora para tenerla siempre fresca en los ojos y en el corazón.

María una y multiplicada…, por el cariño… Ella misma lo profetizó…

La contemplación que hacemos hoy consiste en eso: en “elegir” la imagen que más nos gusta, en encontrar una perspectiva para, desde allí, darnos el gusto de mirar a nuestra Señora y dejar que su rostro, sus gestos, sus palabras, nos queden impresos en el corazón, de modo que cuando lo necesitamos, la sintamos cerca.

“Elevó a los humildes”.

Esta frase de María en su Magnificat puede darnos hoy la perspectiva que buscamos: puede hacer que «la miremos toda” desde este punto de vista de su elevación.

Miramos quién es la persona que dice esto y ante quién:

La prima joven es la que pronuncia estas palabras ante Isabel, la prima mayor. 

Se trata de algo que Ella siente en su corazón.

Ante el elogio de Isabel, que es personal –“Feliz de tí»-, María expresa que lo que el Señor hizo con ella, ella ve que lo hará con todos.

Y comparte con su prima y con todas las generaciones y generaciones que la seguimos esto que Ella experimenta en la Fe, esto que ella ve con su mirada que llega lejos: El Señor, nuestro Dios es un Dios que se complace en elevar a los humildes.

Así es el Dios que nos anuncia María de Nazaret. Entre otras muchas cosas, es un Dios que “tira abajo” y que “levanta”. Un Dios que se abaja y mira con bondad la humildad de su pequeña servidora y un Dios que hace ostentación de poder y derroca a los poderosos de sus tronos. 

Se trata de mirar no una cualidad de Dios, sino un modo de actuar. Y no un modo entre otros, sino algo esencial.

Es el Dios que “levanta» a Jesús de la muerte, lo pone en pie. 

Es un Dios que “hace subir a sí” a María, la primera elevada al Cielo – a esa intimidad sagrada del Dios Trino y uno que llamamos Cielo-.

Digo “elevación a la intimidad”, porque se trata de una elevación que “asume” –por eso Asunción- no de una elevación que traslada simplemente.

Los ojos de la Virgen, en su limpidez cristalina, disciernen este modo de actuar en que se complace el Todopoderoso: ella ve que hay gente a la que Dios eleva y gente a la que Dios tira abajo (con el deseo de elevarlos también a ellos  si quieren dejarse mirar en su pequeñez).

La liturgia rescata para María la imagen antigua del Arca de la alianza elevada en andas sobre los hombros del pueblo.

El libro de las Crónicas tiene una mención al traslado del Arca, cuando el Rey David la hizo subir al lugar que le había preparado en Jerusalem. Si imaginamos una foto, veríamos a los hijos de los Levitas trasladando el Arca de Dios, sosteniéndola sobre sus hombros con unas andas (1 Cr 15).

Se trata, pues, de una primera elevación-Asunción de María: en andas sobre los hombros de su pueblo fiel, que la ama. 

El peso leve de sus imágenes y cuadros sobre los hombros de las mujeres y de los hombres de nuestro pueblo…

Nos metemos entre la gente, recordando alguna procesión en la que hayamos estado y le ponemos el hombro a nuestra Señora. 

Dejamos que su peso leve y ligero se nos acomode en las espaldas y nos afirme el paso. Nos complace cargarla en alto porque deseamos que la miren a Ella, que Ella sea la alabada, la que todos los ojos miran… 

Y rezamos por nuestro pueblo, por la Iglesia, que necesita subirla a Ella en hombros, para sentir que el Señor habita en medio de su pueblo. 

Como dice el Salmo 131:

“El Señor eligió a Sión (a María), 

y la deseó para que fuera su Morada.

 «Este es mi Reposo para siempre; 

aquí habitaré, porque lo he deseado” .

Y le pedimos: 

“¡Levántate, Señor, 

entra en el lugar de tu Reposo, 

Tú y tu Arca poderosa!”

Hay gente a la que el Señor eleva y eleva “no mucho”: a María la eleva sobre los hombros de los demás. 

No la eleva Él solo, sino que hace sentir a todos ganas de elevarla y de ponerla en andas. 

Es una elevación comunitaria, en la que, al elevar a la Elegida entre muchos, todos nos sentimos elevados y unidos unos con otros. 

Es el gozo de coronarLa, de entronizarLa, de hacer ver que la mejor de todos es la que está en el Trono, la que conduce.

Nos quedamos contemplando a María elevada al Cielo, pero a ese Cielo que está cerquita, a la altura de nuestros hombros y de nuestro corazón si la ponemos en andas y la llevamos entre todos, como pueblo fiel de Dios.

Gustamos la proximidad del Reino de los Cielos en esa altura cercana de María, en ese su querer estar apenas un poquito por encima de sus hijitos. Hasta esa altura posible queremos, junto con Dios, elevar a María.

La imagen que tengo es la de nuestras procesiones multitudinarias en las que una imagencita de la Virgen sobresale apenas un poco por sobre las cabezas numerosas de la gente sencilla. 

Altura asequible para las manos que quieren tomar gracia. 

Altura de mamá, no de superstar. 

Altura que obliga a bajar a Dios a bendecir con su mano las cabezas de su pueblo si es que la quiere acariciar a ella. 

Altura que María comparte con la de los chicos a los que sus papás se ponen en hombros. 

Altura que se mantiene en contacto con la multitud fatigada y anónima, pero que con alla anda como ovejas que sí tienen Pastor.

Altura que derriba las alturas falsas a las que nos disparan nuestras pretensiones.

Reflexión para sacar provecho

Mirando a nuestra Señora, podemos ir reflexionando y sacando provecho…

¿De qué alturas me ha bajado o me tiene que bajar el Señor, para que pueda gozar de este elevar a María junto con mis hermanos?

En general, tenemos buen ojo para “tirar abajo” al que se le suben los humos, pero…:

¿estoy buscando mi lugar entre los que llevan las andas? 

¿estoy poniendo el hombro a alguna tarea común, de esas en las que anda metida María,

tipo visitar a su prima Isabel para dar una mano…, 

o cuidar que al pobrecito Jesús no le falten los pañales…,  

o andar por la cocina de las bodas de Caná viendo que hace falta el vino…, 

o siguiendo algún vía crucis de cerca, dando ánimo…, 

o estar junto con la comunidad cuando se reúne para rezar y para la Eucaristía…?

Diego Fares sj

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