Mi Padre es quien les da el verdadero pan del cielo (18 B 2021)

Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún, en busca de Jesús. Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: – «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?» 

Jesús les respondió: – «En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque hayan visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado. Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello»

Ellos le dijeron: – «¿Qué tenemos que hacer para obrar las obras de Dios? » 

Jesús les respondió: – «La obra de Dios es que crean en quien Él ha enviado» 

Ellos entonces le dijeron: – «¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: les dio a comer Pan del cielo» 

Jesús les respondió: – «En verdad, en verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo; es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo.»

Entonces le dijeron: –«Señor, danos siempre de ese pan»

Les dijo Jesús: – «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed» (Jn 6, 24-35).

Contemplación

La gente sencilla del pueblo fiel busca a Jesús y el Señor les enseña a discernir bien lo que en realidad buscan. Les hace notar: Ahora me buscan porque han comido los panes y se han saciado. Esta es la experiencia que hay que discernir, la de lo que sacia. Han comido pan; el pan, como todo objeto de una necesidad, desaparece cuando se consume. Y al desaparecer, se apaga la necesidad, de manera cíclica, como sucede con todo lo que es alimento. Pero Jesús les hace ver que no han recibido solo un pan común, que el les ha dado algo mejor. Y los anima a trabajar con dedicación para recibir este pan que dura: el pan del Cielo que permanece y dilata el deseo haciendo crecer el amor y el corazón. Pan del Cielo es la metáfora. La palabra “cielo” modifica de manera impertinente a la palabra pan para hacer sentir que se trata de un pan vivo que no perece, un pan eterno, que no se consume porque no es objeto material, sino que es espíritu, alimento personal.

Jesús dice que deben trabajar, pero aclara que se trata de un Pan que nos debe dar Él, el que ha sido marcado por el sello del Padre, por el Espíritu. El que es espiritual nos puede dar un alimento espiritual. Luego aclara más y dice que el que da el verdadero Pan del Cielo es el Padre. Y con esto ya está diciendo que el Pan del Cielo es Él en Persona.

Estamos por tanto en el ámbito misterioso de la Eucaristía, de un Dios que nos alimenta con su propio Cuerpo y Sangre, de un Dios que se hace Pan para que podamos comerlo. Comerlo de esta manera espiritual, no como quien quiere quedar saciado, sino comerlo como quien quiere dilatar su corazón.

La Eucaristía es alimento para esa dimensión del ser humano que no se sacia con nada que no sea espiritual. 

Hablábamos de un discernimiento que Jesús le ayuda a hacer a la gente (estos temas de alta mística el Señor los charlaba en la calle con la gente común, que sabe acerca de pan, de trabajo y de personas). Se trata de discernir una dimensión humana como tal, ya que si se la confunde con otras que pueden tener dinamismos parecidos, uno no se entera que “existe este espacio dentro suyo” y no se le ocurre que puede habitarlo, cultivarlo, aprovecharlo. Imaginemos que a uno lo hubieran hecho crecer con los ojos pegados y no supiera que, de poder abrirlos, la dimensión de la vista estaría intacta y podría ver. Bueno, algo así sucede con la Eucaristía. Muchos no saben que existe en su interior un apetito de Pan del Cielo, un hambre de un Pan que no perece, sino que dilata el deseo. Tienen “cerrado” el apetito! Comparto lo desesperanzador que es cuando alguna medicina te quita el apetito. Cuando te quita los sabores que corresponden a cada alimento y te hace sentir solo el sabor de su propia composición química en todo, hasta en el aire y la saliva. Junto con la incapacidad de discernir los distintos gustos, se cierra por completo el apetito, que deja de sentir necesidad de comer, salvo algo muy básico, para sobrevivir.

Es notable cómo se modifica la memoria y, consecuentemente, la esperanza. En poco tiempo, al ver un alimento que antes hacía que se nos hiciera agua a la boca, ya no sentimos nada, o peor aún, revivimos una experiencia del último mal gusto que nos dejó en la boca o que nos revolvió el estómago y el solo verlo u olerlo nos hace venir arcadas. El pensamiento de que no volveremos a sentir gusto por esa comida se instala a continuación, también con bastante facilidad. Cuando pasa el tiempo y el organismo se desintoxica y vuelven los sabores, también se borra la experiencia de mal gusto y se retoma la vida normal, con gran alegría. 

Tan unidos están los gustos sensibles, los alientos materiales y el continuo trabajo de la alimentación.

Todo esto para decir que el Señor nos tiene que educar para poder aprovechar la Eucaristía, porque en este mundo tóxico y consumista en que vivimos no se puede dar por descontado que el deseo de comulgar pueda surgir y mantenerse de manera espontánea. Sucede más bien todo lo contrario.Todos los hombres y mujeres del mundo somos seres deseosos de este Pan celestial pero no todos ni siempre nos damos cuenta. A veces puede que no sintamos el apetito por tener el gusto estragado; pero también puede pasar que no sepamos ponerle nombre a un hambre que sí sentimos. Esta es la gracia que nos tiene que “explicar” Jesús. Pero solo puede ir haciéndolo en la práctica. Mientras se nos da en la Eucaristía, una y otra vez a lo largo de la vida, tiene que enseñarnos a conectar nuestros hambres con su Pan. Ahora, cuál puede ser una buena pedagogía para entrar en sintonía con la que Jesús usaba con la gente de su tiempo, que se enamoró de la Eucaristía?

No es fácil encontrar una pedagogía así en nuestro mundo que se debate entre los extremos de la saciedad más sofisticada y del hambre más terrible, sociedad en que conviven el hiperconsumo y la miseria total. El deseo humano es eso, humano, está hecho para interactuar con materiales humanos, naturales, diríamos, o delicadamente elaborados.

Encontré un diálogo de José Luis Martín Descalzo en el que hace hablar a Jesús, a María y a los apóstoles. Por ahí ayuda a despertar el deseo del Pan del Cielo a la manera de Jesús. Es un fragmento:

  • Hombre 

¿Tú fuiste un hombre o solamente un sueño enorme disfrazado de humano? 

  • Jesús 

Yo no «fui» un hombre.
«Soy» un hombre. Es distinto.
Yo tuve y tengo carne como tú.
No es que yo me vistiera de hombre para estar con vosotros,
lo mismo que se visten de mineros unas horas obispos y ministros
que luego volverán a sus palacios y despachos.
Yo asumí entera la condición humana,
tan hombre como tú, tan verdadero.
Yo tuve hambre como tú, sed como tú, cansancio;
yo conocí la soledad y el miedo,
supe lo que es luchar por los que amas sin que ellos te entiendan,
conocí la belleza de estar vivo,
el milagro del sol, la maravilla del agua.
No me gustó morir: estaba muy bien entre vosotros.
Yo me tragué la muerte como se traga un vaso de ricino
sólo porque vosotros necesitabais vida.

  • María
    Yo lo sé bien.
    Soy el mejor testigo, pues yo le tuve dentro,
    yo le sentí crecer en mis entrañas
    y salir de mi carne y de mi sangre.
    Le soñaba creciendo allá en mi seno como un gigante que me desbordaría!
    Pero… fue igual que todos, tierno y niño, diminuto y de goma, con lágrimas y hambre.
    Yo sabía que aquella dulce «cosa» entre mis manos era el creador del mundo, mas sabía también que moriría si yo no le acercaba su boquita a mi pecho.
    Hoy… le he visto subiendo camino del Calvario
    y he vuelto a preguntarme si todo no es un sueño.
    Mas yo sé que su carne traspasada sigue siendo la carne que yo traje y que él repartiría entre los hombres.
  • Hombre

Esto aún lo entiendo menos:
¿cómo es posible que tu carne muera
y que, veinte siglos después, alguien nos diga
que podemos comerte y devorarle? 

  • Cristo
    Tampoco yo lo entiendo. Yo «lo sé». Cuando estuve en la tierra muchas veces me pregunté a mí mismo si tendría derecho a volverme a mi cielo dejando en la estacada a mis hermanos.¿Cómo dejarles solos y morirme? ¿Cómo resucitar y abandonaros?Un día tomé un pan y, de repente, pensé que el pan tenla más suerte que yo mismo él estaría siempre en vuestras mesas, por él trabajaríais, estaría en vosotros, en las manos, en la boca, en el cuerpo.¡Tuve envidia del pan! Y pensé que podría quedarme entre vosotros, por él, con él y en él, a través de su miga y su corteza.
  • Hombre

Pero ¿cómo podrían entenderlo los hombres?

  • Cristo

Es que no lo entendieron.
Recuerdo que aquel jueves,
cuando por vez primera se lo anuncié a los doce,
se quedaron atónitos, convulsos, aterrados.
¿Es que se ha vuelto loco?, se decían.
Los doce vivían ya en el miedo,
ya les olía a muerte mi mirada
y pensaban que, al morir yo, caerían las columnas del orbe.
Los doce me querían,
pero no me entendieron nunca.
¿Cómo podría caber yo en sus cabezas?
Tomé el pan y les dije: «Esto es mi carne»,
y tendieron las manos temblorosos,
tocaban aquel pan, lo remiraban, lo llevaban a la boca aún temblando,
lo masticaban cuidadosamente queriendo allí encontrar el sabor del misterio. ¡Y después me explicaron que les sabía a sangre!
Era yo.
Soy yo, el que cada día se ofrece en los altares.

  • María
    ¡Ah, si el hombre supiera que lo puede tener dentro del alma
    como lo tuve yo dentro del seno!
    Pero hace falta tanto amor para entender
    que ni yo misma lo entendí del todo.
  • Cristo
    No hace falta entender. Nunca se entiende. Ya basta con amar.
    El corazón -ya lo sabéis– tiene en esto razones
    que nunca aclararán los silogismos.
    ¿Creéis tal vez que yo hubiera muerto aquel viernes
    si sólo llego a usar la inteligencia?

Diego Fares sj