Nosotros sabemos, Padre, cuánto te importa (12 B 2021)

Al atardecer de ese mismo día, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la gente, se llevaron a Jesús en la barca, tal como estaba, aunque había otras barcas con él. Se desató una fuerte tempestad. Las olas entraban en la barca hasta casi llenarla de agua. Jesús dormía sobre el cabezal en la popa. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que perezcamos?». Jesús se levantó, mandó al viento y ordenó al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento cesó y sobrevino una gran calma. Luego les dijo: «¿Por qué son tan cobardes y timoratos? ¿Aún no tienen fe?». Y llenos de gran temor se preguntaban unos a otros: «¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4, 35-41).

Contemplación

La primera frase que toma forma en mi interior al escuchar este evangelio dice algo así: “Jesús calmó aquella tormenta, pero no se ve que calme las nuestras”. Le respondo desde el evangelio, teniendo en cuenta el contexto en que el Señor realizó ese gesto único de Señorío sobre las fuerzas de la naturaleza. Acababa de comparar su Reino con un granito de mostaza y, de manera coherente con la parábola de la semilla que crece por sí sola, el Señor se había tirado a descansar en el cabezal de la barca y se había quedado dormido. De golpe lo despiertan y ejerce este acto de soberanía que abre una puerta distinta a la comprensión del Reino. Los discípulos, que venían rumiando acerca de la paciencia que se requiere para que de fruto la semilla del Reino, se espantan ante esta muestra de poder (única, insisto) y se preguntan “quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?”.

La reflexión que hago es que el camino del grano que muere para dar fruto es un camino elegido por el Señor, un camino que Él, el Padre y el Espíritu han discernido, por decirlo así, como el mejor para implantar su Reino, no usando el otro camino, el de imponerlo con su poder cosa que, como se ve en esta escena, el Señor podría haber realizado “encarando” la realidad y pronunciando en alta voz algunas de sus Palabras poderosas. Aquí es “¡Calla! ¡Enmudece!”. Con Lázaro, hundido en las aguas de la muerte, serán: “Lázaro ¡Sal fuera!”. A Pilato, Jesús le dirá que podría haber simplemente llamado a sus ángeles para que vinieran a liberarlo. 

El camino largo que elige el Señor para implantar su Reino en medio de la historia es un camino elegido, no trágicamente inevitable. La cruz y la muerte son, ciertamente, el cuello de botella en el que a veces se nos “atraganta” la fe y no podemos rezar. Cuando la vida “nos pega” por todos lados y es “tormenta”, cuando sentimos que nos hundimos, que nos golpean bajo la línea de flotación y que nos ahogamos, como les sucede a los discípulos en este evangelio, la cruz se revela como el punto decisivo, en el que nos jugamos el todo por el todo: o la abrazamos o le escapamos (y dejamos que la cargue otro). Pero, aunque es el punto de inflexión en todo proceso, el Reino no es solo Cruz, sino vida, pasión y cruz, muerte y resurrección, en la que la vida da fruto, el ciento por uno. 

Miramos las personas

Miramos al Señor profundamente dormido, apoyado sobre el cabezal. Debía estar rendido para que no lo haya despertado el primer zarandeo de las olas y el agua que entraba. 

Miramos a los discípulos agitados, dándose que hacer: amarran las velas, sacan el agua con baldes, toman los remos… Seguramente de tanto en tanto miran al Señor y se cruzan miradas entre ellos… ¿Cómo puede ser que no se despierte? 

La imagen de Jesús durmiendo sobre el cabezal de la pequeña barca, en medio de esa tormenta que tanto agita el corazón de sus amigos, puede ser una buena imagen de nuestro tiempo, en que la tormenta silenciosa de la pandemia nos pega por todos lados y a todo nivel: de salud, económico, relacional, psicológico y espiritual. Tan agitados todos, peleando a brazo partido para que no se nos hundan nuestras pequeñas barcas: la barca donde navega la familia de cada uno, la barca del trabajo apostólico en nuestras obras y comunidades, la barca grande de cada nación y la del mundo entero… La impresión que nos sobreviene es la de estar remando solos, como decía una amiga contemplativa… ¡Y Jesús que duerme! 

Escuchamos lo que dicen.

Si contemplamos tratando de escuchar que es lo que dicen, llama la atención el cruce de reproches que estructura el diálogo. El reproche de los discípulos “¿No te importa?”, el reproche de Jesús “Por qué son tan cobardes ¿No tienen fe?” . 

El diálogo está cargado de emotividad y signos de admiración. Escuchemos a los discípulos cómo gritan “¡Maestro!”, mientras lo zamarrean para que se despierte. La frase “¿No te importa que nos vayamos a pique?” suena más a indignación  que a angustia. No pueden creer que no se despierte, que no haga nada…         

A veces pasa. En medio de una calamidad uno aparta la vista un instante del desastre y se interesa por la reacción personal de otro. ¡Cuánto encierra ese “no te importa”! ¡Qué nuestra que es esta exclamación! La escucharemos en medio de una agitación cotidiana en boca de Marta: “No te importa que mi hermana me deje sola con el servicio” (Lc 10, 40).

Es todo un tema este de qué le importa y qué no a Dios. Qué le importa quiere decir en qué se fija, qué cuida, de cuáles cosas se ocupa con solicitud y de cuáles no. Porque hay cosas que parece que no le importaran a nuestro Dios. Cosas que para nosotros son vitales y pareciera que para Él no. Y al igual que para Marta y para los discípulos a nosotros también nos resulta obvio que hay momentos en los que hay que meterse a ayudar, a dar una mano. Uno no puede quedarse charlando o durmiendo como si no pasara nada. Hay cosas que merecen nuestra agitación e indignación: ya se trate de tormentas grandes o de cosas de la vida cotidiana.

Mechando una reflexión, confieso que me gusta la espontaneidad de estos amigos del Señor que se atreven a reclamarle, a reprocharle a viva voz… Obtienen una respuesta. Aunque los sobrepase más allá de toda expectativa y los llene de espanto al verlo encarar la tempestad y calmarla. En cambio, me dan miedo mis reproches velados, resignados:  los: “Ya se que no te importa” o “Sí, te debe importar, pero ya se lo que me vas a decir y no creo que vayas a cambiar nada”. Y, sin embargo, si uno logra mirar la vida con más perspectiva evangélica ¡es tanto lo que el Señor cambia! Si uno mira su historia ve cómo hay palabras que fueron sembradas como un granito de mostaza y hoy son un árbol en el que sostenemos a tanta gente. Y palabras que terminan siendo la única que uno quiere escuchar y pronunciar, como cuando uno sufre y solo tolera abrazarse a la Cruz del Señor y nada más. 

En todo caso es vital para cada persona y para cada comunidad tener claro “qué le importa”, a uno y al Señor. 

¿Qué cosas me importan más? ¿Qué cosas cuido y me ocupo de que salgan bien, de que esté lindas, de que se hagan a tiempo, con buena onda?

¿Me importan más las personas que las cosas? ¿Qué me importa de las personas: su amistad, su fidelidad, ¿o su eficiencia y utilidad?

¿Por qué me juego, en qué gasto con gusto la vida?

¿Qué valores no negocio? 

¿De qué estoy dispuesto a arrepentirme y/o a perdonar siempre?

¿A qué puedo renunciar…, si hace falta? 

Digo tener claro en el sentido de «estar siempre clarificando» qué nos importa verdaderamente, porque cuando vienen las tormentas, de pronto resulta que no a todos nos importaba lo mismo. Y mientras uno se puso a remar, otro se borró; y mientras uno le suplica a Jesús que se despierte, otro se pone a reprochar cosas a los demás. 

Vamos ahora al Señor. ¿Qué le importa al Señor? Se destaca entonces la primera frase: «Crucemos a la otra orilla». La tormenta en la que se metieron no es una tormenta más, sino una tormenta que a uno lo agarra por “cruzar a la otra orilla”, por “remar mar adentro”, por ser “una Iglesia en salida”, como dice Francisco. El Señor los mete (y se mete con ellos) en esa situación. Entonces, todo lo que pasa debe ser leído “en clave apostólica, en clave evangélica”, lo que equivale a decir: como una enseñanza práctica, de vida, que el Señor nos da en medio de la misión a la que Él nos ha enviado.

¿Qué les reprocha a sus amigos con su pedagogía de educarlos mientras van en la barca, en medio de una tormenta? Les reprocha que todavía no tienen fe:  «¿Por qué son tan timoratos? ¿Cómo, todavía (después de tanto tiempo conmigo) no tienen fe?». 

Timoratos es “cobardes”, pero cobardes en la fe. 

Es decir, no se trata de no tener miedo a una tormenta, sino de “no dudar de que a Jesús le importe”; no se trata de no asustarse, sino de no confiar en que “para Él todo es posible”; no se trata de no sufrir cuando sentimos que nos ha dejado remando solos, sino de hacer allí un acto de fe y de entrega: “pase lo que pase, me pondo en tus manos y nadie ni nada que me pase me separará de tu amor”. 

Eso es lo que le importa al Señor: que sus discípulos se vayan haciendo valientes en la fe. Y la fe crece “haciendo actos de fe” como decía mi padre que le había enseñado un padre espiritual.  Actos de fe en las situaciones límite, allí donde el proceso se encuentra con el cuello de botella de la cruz. Así y solo así uno se vuelve poco a poco más confiado, más audaz en su fe. 

Al Señor le preocupa que nuestra fe se quede tímida, que nos volvamos tímidos y apocados en la fe. Qué no pidamos en grande, que no creamos en grande, que no esperemos en grande.

Es de los pocos reproches que el Señor hace constantemente a sus amigos: “poca fe”. Poca en el sentido de “apocada”: de fe tímida, dubitosa, vacilante… 

Al Señor le gusta la fe entera, la que en la duda redobla la apuesta y se entrega. Como dice Pedro: “Arrojen en Dios todas sus preocupaciones (todo cuidado, toda solicitud, todo lo que les “importa”), ya que Él cuida de ustedes (1 Pe 5, 7).

Al Señor le gusta la fe fuerte: “No nos dio el Señor un Espíritu de timidez, sino de fortaleza” (2 Tm 1, 7).

Al Señor le gusta la fe de los amigos, no el temor de los esclavos: “No hemos recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor” propio de los esclavos, sino todo lo contrario: hemos recibido “un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba, Padre!”. Ese Espíritu nos lleva a decir como Pablo: “Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8, 15 ss.). 

Nada de timidez para creer cuando vienen las tormentas. 

Cuánto más grande la tormenta, más grandes los actos de fe. 

Nada de una fe apocada y temerosa. Cuánto más se dimensiona la fuerza del mal y sus embates, más fuertemente nos adherimos a las palabras del evangelio: no teman, tengan fe.

No se trata, como vemos, de menospreciar las tormentas, no se trata de hacernos los valientes. Se trata de adherirnos más plenamente a Jesús cuando las tormentas nos sobrepasan. Se trata de agrandar la confianza en Jesús de manera tal que siempre lo sintamos por encima de todo y dominando toda tormenta, exterior o interior. 

Valentía de la fe en el poder del Señor, no en el nuestro. 

¡Sí que le importa a Jesús que perezcamos! 

¡Cómo le vamos a decir justo a Él que no le importamos! 

A Él que en su pasión estaba más preocupado por el corazón de los suyos que por él mismo: «No se turbe su corazón ni se acobarde» (Jn 14, 27). Recuerden que “todo es posible para Dios ( Mc 10,27), que “todo es posible para el que cree (Mc 9,20).

¿Cómo le vamos a hacer este reproche a nuestro Padre, que no quiere que se pierda ni uno solo de sus pequeñitos? A nuestro Padre que “siempre está”, que no cae un pajarito a tierra sin que Él esté.

El “no te importa”, ese grito angustiado de hijos está asumido por Jesús en el Padre nuestro: allí nos enseñó a rezar con confianza de hijos, en esa petición que dice “Padre, líbranos del mal”.

Cuando el Señor dice “líbranos del mal” no se trata de un mal genérico, sino del mal tal como lo pone el evangelio: el mal que puede arrebatarnos la fe, el mal que puede hacernos perder la Vida eterna, el mal que puede endurecernos el corazón con la ley y quitarnos amor de hijos, humildad de pecadores, el mal que puede llevarnos a no perdonar, a no creer, a no esperar… 

El Padre nuestro es la oración del “Nosotros sabemos, Padre, ¡cuánto te importa! Es la oración que nos enseñó tu Hijo, que vino a responder a esa insidia del demonio de que a Dios no le importa.

Por eso, cuando la vida nos “pega” de todos lados… nos dirigimos con Jesús al Padre y le pedimos juntos: líbranos del mal. Pedimos no solo para que mejoren las condiciones meteorológicas (o pandémicas) de la vida, sino también y principalmente para recibir la gracia de esa fe que nos permite comprender la enseñanza de Jesús en medio de la tormenta. Esa enseñanza práctica dada en el momento justo, que nos permite aprender existencialmente lo que significa creer e interactuar libremente con Él y que nos hace crecer en el amor en medio, y no a pesar, de todo lo que sucede, tal como es, lo bueno y lo malo. 

La fe crece en las cruces, aprovechando el momento de cruz para mirar a Jesús y recibir su enseñanza (que más que palabras es el testimonio del crucificado). Aprovechar las tormentas, aprovechar las cruces -lo que sale mal, los dolores, las angustias de cada problema, la enfermedad, la impotencia…-, para recibir esa palabra o ese gesto de Jesús, que ilumina distinto lo que pasa y nos hace sentir en sus manos, cómo está conduciendo todo el proceso de nuestra vida y el de toda la humanidad.  Nuestra vida, por ser vida que le dimos a Él y que nos llevó a “cruzar a la otra orilla” de nuestro egoísmo para servir a los demás, es la que nos lleva a esa pasión y a esa muerte que solo Jesús puede convertir en resurrección. Una resurrección que es en primer lugar puro don para los demás.

Diego Fares sj

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