Encontrar nuestro lugar para interceder y amar (Ascensión B 2021)

Jesús dijo a sus discípulos: Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.» Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos partiendo de allí predicaron por todas partes, cooperando el Señor y confirmando la palabra con los signos que la acompañaban (Mc 16, 15-20)

Contemplación

Miramos a Jesús que “se sentó a la diestra del Padre”.

La imagen no nos dice tanto como a los antiguos, para los que las ceremonias de coronación en las que finalmente el Rey se sentaba en su trono, eran el espectáculo mayor que se podía contemplar. Me imagino que el trono era un lugar preciso de sociedades estructuradas de modo jerárquico muy centralizado. Actualmente “el sillón” del poder no es visualizado de la misma manera. Cuentan más las personas en movimiento. Al Papa lo vemos “sentado” en silloncitos comunes en las visitas que hace a todos los pueblos.

Imaginarlo a Jesús “sentado a la diestra del Padre” es una imagen que tenemos que recuperar en todo su significado, porque es una imagen que nos puede hacer mucho bien.

Miramos primero al Padre

El Padre ha dejado de ser el “misterioso” ser a quien nadie puede ver. Ha dejado de ser ese Ser que intuímos que tiene que existir y sobre el cual proyectamos nuestros deseos y frustraciones. Ese Dios desconocido que los hombres adoran o detestan haciéndolo a imagen de sus miedos o de sus anhelos.

En Jesús, que nos lo ha revelado, el Padre es “el Padre mío y el Padre de ustedes”.

Es el Padre Agricultor, que sembró la vida y que trabaja podándola para que de fruto.

Es el Padre Misericordioso que reparte su herencia y aguarda pacientemente a que sus hijos maduren.

Es el Padre que nos envió a Jesús, su Hijo predilecto, porque confía que lo respetaremos y lo escucharemos.

Su diestra, como lugar de predilección, importa más que el trono o la acción de sentarse. Como dice el Salmo: Me enseñarás el caminó de la vida, hartura de goces, delante de tu rostro, a tu derecha, delicias para siempre (Slm 16, 11).

La diestra del Padre es lugar donde la intimidad sagrada del Dios santo es toda cercanía, comunicación amorosa, alegría de estar juntos.

Dios es el Padre que nos regaló la vida y que nos regaló a Jesús. Y ahora lo recupera y le hace fiesta. La parábola del hijo pródigo expresa el sentimiento del Padre al ver subir al Cielo a Jesús: “Este hijo mío estaba muerto y revivió”.

Miramos a Jesús

Con esto pasamos a “fijar nuestros ojos” en Jesús, como dice la carta a los Hebreos. ¿Quién es este que se sienta a la derecha del Padre?Recordamos el evangelio del domingo de Ramos: es el mismo que se sentó sobre un burrito, para entrar en Jerusalem como rey humilde. Este Jesús que asciende y se sienta en el trono es el que “en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo al descrédito y a la mala fama y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Hb 12, 2).

Pero más importante es mirar bien quién es “para nosotros”. Porque, como decía Jesús, cuando rezaba al Padre para hacer algún milagro, lo hacía por nosotros. El y el Padre no tienen necesidad de “gestos” para expresarse su amor.

Todos estos gestos son para nosotros, para revelarnos y que nos demos cuenta a qué estamos invitados a participar.

Para que sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe (Hb). Para que confiemos plenamente, porque: “Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?” (Rm 8, 33-35). Para que “el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de su corazón para que conozcan cuál es la esperanza a que han sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo” (Ef 1, 17-23). Para que “si hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3, 1).

Este Jesús que se sentó, también se pone de pie. Es la imagen que fortalece a Esteban, el primer mártir, quien: “lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios»” (Hc 7, 55).

Miramos pues a Jesús, al lado del Padre, que está intercediendo por nosotros. Es un Jesús unido a los suyos, que salen a predicar por todas partes. Un Jesús que está cooperando con ellos y confirmando con signos la Palabra que anuncian. Un Jesús que ha derramado el Espíritu Santo y ha establecido una Alianza permanente –que hace que su amor vaya y venga- con nosotros. “A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hc 2, 32-33). Nos quedamos un rato imaginando a Jesús y al Padre avocados a darnos su Espíritu, conectados enteramente con lo que nos pasa, deseando nuestro bien, incorporándonos a su vida y a su plan de salvación todo lo que pueden (todo lo que le dejamos).

Reflexión para sacar provecho

Cómo podemos sacar provecho de esta imagen de ”Jesús, sentado a la diestra del Padre, intercediendo y cooperando con nosotros”. Lo primero, como vemos, es buscar el sentido profundo de la imagen: llenar de evangelio las palabras que se nos quedan vacías, despejar falsas imágenes que se pegan a la verdadera…

Pero la segunda tarea, es “encontrar nuestro lugar”.

Si Jesús ha encontrado su lugar definitivo, su puesto desde donde ama más plenamente y a todos, ¿dónde me ubico yo para estar bajo la influencia de su amor?

Como siempre, nuestros hermanos los santos nos ayudan. En este caso me viene al corazón “el banquito de San Ignacio”. Rivadeneyra lo describía así: “Subíase a un terrado o azotea, de donde se descubría el cielo libremente; allí se ponía en pie quitado su bonete, y sin menearse estaba un rato fijos los ojos en el cielo, luego hincadas las rodillas hacía una humillación a Dios; después se asentaba en un banquito bajo, porque la flaqueza del cuerpo no le permitía hacer otra cosa: allí se estaba (con) la cabeza descubierta, derramando lágrimas hilo a hilo, con tanta suavidad y silencio, que no se le sentía ni sollozo, ni gemido, ni ruido, ni movimiento alguno del cuerpo.

Para sentir la cooperación y la intercesión de Jesús en nuestra vida cada uno tiene que “asentarse en su banquito bajo” y estarse allí un buen rato, rezando.

Nuestro lugar es el banquito de nuestra oración y el banquito de la Iglesia en el que participamos de la Eucaristía.

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