La fe y las ideas (Pascua 2 B 2021)

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Se alegraron entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos  y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.» 

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo: «La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.» 

Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío. » Le dice Jesús: «Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.» 

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

Contemplación

Mirando las cosas desde nuestra perspectiva (como testigos de Jesús resucitado, enviados a proclamar la buena noticia a todos los pueblos) nos animamos a aclararles algunas cosas que les pueden ayudar. Cuando decimos “nuestra perspectiva” tenemos en cuenta fundamentalmente dos cosas: una, ese carácter especial que tiene nuestra perspectiva, dado que quedó signada por el acontecimiento único del que fuimos testigos. Está claro que no fue por mérito nuestro: fuimos testigos del Resucitado por la misericordia del Altísimo, por la amistad con que nuestro Maestro y Señor se dignó honrarnos y por la fuerza que nos comunicó el que es Señor y Dador de vida, el Espíritu Paráclito. Sin ellos no seríamos más que una nada en la historia de la humanidad.

La otra cosa para tener en cuenta es que nuestra perspectiva tiene al mismo tiempo un carácter común con todas las demás perspectivas humanas, como es provenir de una cultura y mentalidad que en nuestro caso era la de hombres de hace dos mil años. 

Dos mil años pueden parecer muchos. Lo son para la parte común de una perspectiva. Pero no tienen mucha importancia si uno atiende a lo especial: los hechos únicos dan al que los ve y experimenta una perspectiva que tiene algo de absoluto y que lo cambia para siempre. 

Pienso en la conciencia del que por primera vez dio la vuelta al mundo o del que puso los pies sobre la luna. ¡Imagínense lo que es haber visto a Jesús resucitado!

Vemos que está de moda entre ustedes un libro que juega con la historia del universo y de la humanidad abarcando grandes períodos de tiempo y marcando cambios significativos, de manera tal que al que lee se le cambia la perspectiva de una manera alucinante. Habla, por ejemplo, de tres grandes revoluciones: la primera fue la revolución cognitiva (hace 70.000 años) en que apareció el lenguaje (que él llama “ficticio”) que comenzó la historia. Luego vino la revolución agrícola (12.000 años). Y por fin, la actual revolución científica, en que la humanidad “admite su ignorancia y empieza a adquirir un poder” sin precedentes. 

La revolución científica, para Y. N. Harari (De animales a dioses), se basa en tres puntos fundamentales: 

A) La disposición a admitir ignorancia (ningún concepto, idea o teoría son sagrados ni se hallan libres de ser puestos en entredicho). 

B) La centralidad de la observación y de las matemáticas para ir adquiriendo siempre nuevos conocimientos (que pueden poner en entredicho todo lo sabido hasta ahora, religiones incluidas). 

C) La adquisición de nuevos poderes (no solo de nuevas teorías). 

Harari pone el ejemplo de un hombre del año 1.000 dC que se duerme y despierta en 1.492 viendo cómo se preparan las carabelas de Colón. Todo lo que ve le parecerá bastante familiar, dice. Pero si uno de los marineros de Colón hubiera caído en un sopor similar y se hubiera despertado al sentir la señal de llamada de un iPhone, se sentiría, sin lugar a duda, en un mundo extraño más allá de toda comprensión. 

Pues bien, en este diálogo que hemos abierto con ustedes, nosotros nos hemos descalzado de nuestras sandalias y nos hemos puesto unas de esas Nike -muy cómodas, por cierto- que fascinan a la generación de ustedes tanto como los iPhone, y constatamos algunas cosas que nos gustaría compartir.

Es verdad que los aparatos que ustedes utilizan parecen cosa de fábula a nuestros ojos y mentalidad de hombres de hace 2.000 años. Sin embargo, les confesamos que a los muy antiguos nos pasa como a los niños: aprendemos rápidamente. La prueba es que estamos charlando con ustedes usando Word y subiremos estas reflexiones a un blog que nos han prestado para que nos podamos hacer oír.

Pero lo que nos llamó enseguida la atención, gracias a nuestra perspectiva especial, esa que les decíamos que se nos abrió gracias a haber sido testigos de un hecho único como fueron nuestros encuentros con el Señor resucitado, es una especie de desviación (no culpable por supuesto) que se ha producido en la relación de la fe de ustedes con su cultura. Les señalaremos lo que para nosotros es un error de perspectiva que vemos en su fe, no en sí misma, en cuanto fe, sino en la capacidad o incapacidad que tiene la fe de “explicar” el sentido del universo y de la historia. Capacidad o incapacidad que esta fe revela cuando entra en contacto con una cultura.

En nuestro tiempo, nos entusiasmamos mucho al ver que nuestra fe en el Señor resucitado respondía a todas las promesas hechas por Dios a nuestro pueblo. Vimos luego, más entusiasmados aún, que respondía a las expectativas de la cultura griega y romana, imperantes en aquel tiempo. Fue esto lo que nos llevó a escribir tantos libros y a hacer una síntesis universal entre la sabiduría de Israel, la filosofía griega y el derecho romano. Pues bien, todo esto duró 2.000 años y, desde hace un tiempo, se ve que ha comenzado a desmoronarse debido a esa “revolución científica” de la que hablan ustedes. Cada vez más gente ni siquiera siente la necesidad de plantearse si cree en Dios o es atea dado que “están convencidos” de que “todas sus creencias” son “ficticias” (fruto de esa revolución cognitiva que creó el lenguaje ficticio) y “serán superadas por otros conocimientos más comprobables” (revolución científica actual que es consciente de su ignorancia y de su poder) (Harari). 

Nosotros vivíamos una época en la que nuestra fe “respondía” a las preguntas que se hacía la gente. Ustedes, en cambio, viven en una época que pone entre paréntesis todas las respuestas (y también todas las preguntas).

Vamos entonces a nuestro punto. Lo que queremos decirles es que el testimonio que nos mandó a anunciar el Señor Jesús resucitado no tiene que ver (sino en segundo o tercer lugar) con las expectativas que conforman la mentalidad de una cultura o generación. Y tampoco tiene que ver con la falta de expectativas de otra. Por dos mil años nuestra teología (nuestra reflexión sobre la fe) respondió a todo y ahora parece que no responde a casi nada. Ver esto, gracias a que ustedes están en medio de un cambio de paradigmas muy grande (sabiendo que habrá siempre otros mayores todavía), a nosotros que venimos de lejos, nos permite relativizar “todas las ideas y paradigmas”, no solo las anteriores. Y reafirmar que nuestro anuncio es mucho más que una idea y que un paradigma, tanto si sintoniza con otras ideas y paradigmas o se opone a ellos (sean judíos, griegos o postmodernos).

Como durante dos mil años nuestra teología parecía responder a todo, ahora parece no responder a nada. Pero nuestro anuncio no se dirige en primer lugar a responder, sino a proponer algo enteramente y siempre nuevo.

Aquella tarde del primer día después del sábado (que se convertiría en el día del Señor o domingo, y cambiaría para siempre nuestro día religioso -el sábado-, no en el sentido de sustituirlo, sino estableciendo que las cosas del reino de Dios se darían en otro tipo de “día”, en el tiempo especial de la Gracia),  estando las puertas cerradas del lugar donde nos encontrábamos los discípulos, por miedo a los que lo habían crucificado, vino Jesús y se presentó en medio de nosotros y nos dijo: «La paz con ustedes». Y diciendo esto, nos mostró las manos y el costado. 

Aquí está lo que queremos decirles! Aquello de lo que damos testimonio no es una idea, sino una paz. La paz que nos dio Él al mostrarnos sus manos y su costado. Uno de sus “asistentes inteligentes” -Siri-, define así la paz: “Ausencia de inquietud, violencia o guerra”; y también: “estado a nivel social o personal en el cual se encuentran en equilibrio y estabilidad las partes de una unidad”. La paz que Jesús nos dio y que transmitimos al que desea recibirla (si no nos vamos a otro pueblo) nos quitó los miedos y nos equilibró entre nosotros con un mismo estado de ánimo, que se convirtió en criterio de discernimiento de todo lo que iríamos pensando y sintiendo de ahí en más. 

Esto es clave para todas las personas, épocas, culturas y mentalidades. Si lo que reciben cuando nos escuchan es esta paz, luego podrán asimilar todo lo demás. Si no reciben (si  no pueden captar, ni hacerse conscientes, ni aceptar) esta paz, las ideas que vengan después no les servirán de mucho. 

Nos alegramos entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús nos dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre nosotros y nos dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.» 

Esta segunda paz que nos dio el Señor es también lo segundo que comunicamos nosotros como testigos y apóstoles cuando anunciamos el Evangelio. Damos primero la paz que quita el miedo y la reforzamos luego con la paz que da impulso espiritual. 

Esta paz que dinamiza e impulsa a ir para adelante es una paz que Jesús quiso no solo dar Él, sino que la consolidó con el envío del Espíritu Santo. Y aquí viene el punto importante para ustedes: la paz que da Jesús la consolida el Espíritu con el perdón o la retención de los pecados. Esta es nuestra acción, el discernimiento que tenemos que hacer con respecto a la vida de aquellos que se incorporan a nuestra fe. Nosotros perdonamos pecados en su Nombre: bautizamos, confesamos, ungimos. Y otros pecados, los retenemos. Retenerlos no significa juzgar y condenar al otro, sino dejar los pecados en suspenso para que juzgue el Señor. Nosotros seguimos adelante, ocupándonos de hacer el bien y no de cortar cizaña, junto con aquellos que se quieren dejar perdonar los pecados.

Esto es lo absoluto de nuestro anuncio, no otras cosas. Lo absoluto es que el Señor sigue dando la paz, sigue quitando los miedos, sigue dando su Espíritu y sigue, a través nuestro, perdonando los pecados de los que se suman y dejando en suspenso los de los que no.

Se trata de experiencias, no de ideas. De experimentar su paz, como la experimentamos y transmitimos nosotros, y de experimentar su misericordia (o su paciencia, con los que no la experimentan todavía). 

Que las ideas que brotaron de 2.000 años de reflexiones en diálogo con la fe estén hoy en crisis no le quita ni le agrega nada a esta fe de fondo. Lo único que dice es que la humanidad evoluciona, que el conocimiento siempre progresa y que cada generación tiene el desafío de hacer dialogar la fe con las nuevas realidades culturales y científicas.  

Nuestro querido Tomás, que ahora se suma a nuestra voz común (Jesús nos enseñó a hacerlo todo como un gran nosotros, inclusivo y siempre mayor) es un buen ejemplo de esto que decimos. Su duda se expresaba en términos de “ver la señal de los clavos y meter su dedo en las llagas”. Hoy a ustedes eso no les bastaría. Necesitarían una prueba de ADN y de otros instrumentos y maneras más “científicas” de ver y de tocar. Por eso el Señor le dijo (y dijo para todos): Felices los que creen sin haber visto. Felices los que creen y experimentan la paz y la misericordia del Espíritu y se ponen en camino para anunciar y misericordiar a los demás. En este diálogo entre la fe y los paradigmas humanos, la fe tiene un aspecto especial que no cambia: es pura fe en Jesús resucitado que se anuncia y comunica de corazón a corazón.

Diego Fares sj

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