Notoriedad (5 B Cuaresma 2021)

Felipe (ícono ruso)

                                                                                    

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús.» 

Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. 

El les respondió: «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, 

queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. 

¿Y qué diré: «Padre, líbrame de esta hora»? ¡Si para eso he llegado a esta hora! 

¡Padre, glorifica tu Nombre!» 

Entonces se oyó una voz del cielo: «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.» 

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían:  «Le ha hablado un ángel.» 

Jesús respondió: «Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33).

Contemplación

Felipe busca un lugar donde estar un rato a solas para reflexionar. Ha tenido que despachar a los griegos con la excusa de que el Maestro está ocupado y ahora se ha quedado un poco aparte para repasar lo sucedido. Lo primero que piensa es que él es uno de los discípulos que “hacen hablar” a Jesús. Le gusta que Juan lo reconozca en su evangelio por esa cualidad suya de establecer buenas relaciones con todos. Es un rasgo de su modo de ser que el Padre podó y encauzó para que estuviera al servicio exclusivo de hacer conocer a Jesús y a su Evangelio.

Luego de la escena que acaba de vivir, como sucederá luego en la última Cena, cuando tendrá el coraje de decirle al Señor “muéstranos al Padre y eso nos basta”, Felipe siente que una palabra suya suscita una revelación completa y detallada del Señor. Y se siente feliz de ser uno “que le da pie” a Jesús para que se revele al mundo. El Maestro no daba lecciones abstractas, sino que le gustaba ir enseñando su Doctrina en medio de la vida cotidiana, aprovechando las reacciones de la gente. Y Felipe, como Pedro, con sus reacciones, lo hacía hablar a Jesús.

A mi, Felipe me cae particularmente bien porque es el único que menciona a san José. Cuando lo fue a buscar a Natanael, luego de que el Maestro lo llamara, y le dijo que habían encontrado “a aquel de quien hablaron Moisés y los profetas”, lo presentó como “Jesús, hijo de José de Nazareth”. Y cuando Natanael se burló un poco de ese dato genealógico,  que más bien le jugaba en contra a un Mesías, diciendo: “Acaso puede salir algo bueno de Nazareth?”, él, Felipe lo defendió diciéndole: “Ven y verás”. 

Felipe reflexiona y se siente un hombre realista, uno que va a los hechos. Recuerda ahora con simpatía ese día en que Jesús le preguntó a él “cuántos panes pensaba que harían falta para alimentar a la multitud” , y él, que ya había hecho mentalmente el cálculo, le proporcionó los datos inmediatamente, como un buen secretario. A Felipe le complace saborear de nuevo el hecho de que Jesús lo conocía , que sabía que él hacía este tipo de cálculos y le adivinaba los pensamientos sin necesidad ni de mirarlo. Esto es algo muy propio de los amigos que, ante un hecho especial, piensan en lo que estará pensando su amigo. Y aciertan.

Felipe asiente al siguiente pensamiento que le viene mientras reflexiona y es que él está contento de no ser de los que se cortan solos; él siempre busca a sus amigos, trabaja en equipo. Apenas Jesús lo llamó, recuerda, lo primero que pensó fue en ir a llamar a su amigo Natanael. Y hoy, lo primero que hizo cuando lo abordaron los griegos fue ir a hablar con Andrés. No fue directamente a Jesús. Es que él es una de esas personas que no buscan sobresalir en el grupo, pero a las que sí le gusta crear buenas relaciones entre todos. Es un hecho que los griegos se informaron y lo fueran a buscar a él para ver a Jesús. Sin embargo, a él no le pareció tan importante esto, sino el hecho en sí de que quisieran encontrarse con el Señor. Esto fue para él el signo importante. Si lo tuviera que poner en palabras Felipe diría algo así: “Si Jesús ha despertado el interés de los griegos, es el momento de que se de a conocer a más gente y yo puedo ayudar a ello”. 

Jesús ve que se le acerca Andrés y que un poco atrás viene Felipe y adivina lo que le van a decir. Entonces, con su picardía habitual, el Señor aprovecha el momento y les revela (nos revela a todos) algo que no parece que tenga mucho que ver con lo que ellos le vinieron a preguntar. 

Felipe, ahora que reflexiona a solas, se lo formula a sí mismo más o menos con estas palabras: “El Señor nos quiso hacer ver cual es la “notoriedad” -verdadera- que Él busca. Es esa notoriedad que no tiene nada que ver con la notoriedad mundana. Es la de la gloria de Dios -concluye-, la gloria que Jesús ardía en deseos de darle al Padre, entregando su vida como un granito de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto (esa fue la imagen que usó el Maestro). Es la notoriedad de la gloria que el Padre le da a Jesús, su Hijo amado. Por eso hizo sentir el Padre su Voz por última vez: “Lo ha glorificado y lo volveré a glorificar”, dijo”. 

Felipe cae en la cuenta de que Juan hizo notar cómo la gente escuchó, pero no entendió las palabras del Padre; pensaron que había sido un trueno. Pero, aunque Juan no lo diga, él, Felipe, sí escuchó y entendió perfectamente. Por eso, después, en la Cena, se animará a pedirle a Jesús que les haga “ver” al que había hablado así, al Padre. Él, como hombre de relaciones públicas, captó que, en ese momento, Jesús y el Padre habían mostrado en público la relación que tienen.

Ahora Felipe se deja llevar un poco por el hilo de sus pensamientos y piensa que los griegos lo consideraron como uno que podía hacer bien de puente para llegar a Jesús, que debieron verlo como una especie de asesor o secretario del Maestro, uno que está atento a lo que pasa y sabe ayudar a que la gente se vincule bien con él. Felipe piensa que en nuestra época él habría sido un buen nuncio apostólico (de hecho, la tradición narra que predicó en Turquía y allí murió mártir). Pero se confirma a sí mismo en que lo que lo hace sentir a bien con su rol de hombre de relaciones públicas es que su actuación sirve para que Jesús revele cómo se relacionan el Padre y Él, cómo tejen sus vínculos, a qué nivel se conectan, cómo se apoyan Uno al Otro y se dan a conocer. Por eso no se siente mal porque Jesús no haya tenido en cuenta su gestión y haya aprovechado para hablar de otra cosa, o de la misma cosa, pero a otro nivel. 

Felipe ve claro que Jesús desestimó su intención de que tuviera una entrevista con los griegos, pero no su intención de fondo, de que había llegado el momento de que se diera a conocer plenamente y a todos. Lo que hicieron, Jesús y el Padre, que intervino aquí de manera especial, fue dejar en claro cuál era la notoriedad que deseaban y cómo se obtiene. No con entrevistas, ciertamente.

La honra, piensa para sí Felipe, esa que tanto buscamos y apreciamos los seres humanos, nos la dará el Padre en Persona si servimos a Jesús. Es la única honra que importa, la que el Padre brinda a los que sirven a Jesús. 

Y Jesús, que lo observa de lejos mientras Felipe reflexiona así, siente que su amigo ha recibido el mensaje, que la buena semilla de su Palabra ha caído en tierra buena. Y se siente contento porque sabe que su enseñanza dará fruto a su tiempo. 

Diego Fares sj

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