Los celos por tu Casa me han devorado (3 B cuaresma 2021)

Se acercaba la Pascua de los judíos.

Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas:

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado.»

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: 

“Los celos por tu Casa me han devorado” (Sal 69, 9). 

Entonces los judíos le preguntaron: 

«¿Qué signo nos das para obrar así?» 

Jesús les respondió: 

«Destruyan este templo y en tres días lo levanto.» 

Los judíos le dijeron: 

«Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» 

Pero él se refería al templo de su cuerpo.  Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado. 

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque él conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: Él sabía lo que hay en el interior de cada uno (Juan 2, 13-25).

Contemplación

Y los discípulos recordamos todos lo mismo: ‘Los celos por tu casa me han devorado’, como dice nuestro salmo 69. Veníamos de la fiesta apacible de las bodas de Caná, con el sabor del vino bueno aún en la boca, y después de pasar por Cafarnaún, con María y con los parientes de Jesús, a todos nosotros, sus discípulos, la subida a Jerusalén nos había llenado de alegría el corazón. ¡Íbamos con el Maestro a orar al templo! 

Pero de golpe, lo vimos enrojecer (qin-ah, rojo, es la palabra que usamos para calificar el enrojecimiento del rostro que nos provocan los celos) y comenzar a actuar como alguien que está fuera de sí. Nosotros estábamos apreciando las cosas que se vendían en la escalinata del templo, eligiendo cada uno algún regalito para comprar, y no va que Él se enfurece, agarra un látigo y comienza a voltear las mesas de los cambistas y a sacar a latigazos a todos, hombres y animales. Con los únicos que tuvo un gesto de amabilidad fue con los que vendían palomitas. Lo curioso fue que lo que nos vino a la mente no fue la palabra “bronca”, sino celos. Y en ella nos quisiéramos detener, porque cuando, después, se lo comentamos al Señor, Él no nos dijo que no, y, de alguna manera, aceptó nuestra interpretación. 

Al igual que las autoridades del templo tampoco nosotros entendimos qué quería decir cuando habló de reconstruir en tres días el templo. Recién comprendimos esto cuando el Señor resucitó. Pero lo de los celos, lo captamos enseguida. Es que los celos son algo que todos conocemos por experiencia. Quién no sintió celos por la llegada de un nuevo hermanito o al ver algún regalo especial que nuestros papás le hacían a alguno de nuestros hermanos el día de su cumple; quién no tuvo celos en su adolescencia, al ver que la persona de la que estábamos secretamente enamorados comenzaba a salir con otro amigo; o, de grandes, al ver que en el trabajo o en el círculo de nuestras amistades, otro recibía mayor atención que nosotros. Todos reconocemos cuando hay celos. 

Ahora bien, cuando al ver la reacción del Maestro pensamos en celos, la imagen no fue la de los celos normales, sino que la imagen fue la de celos devoradores. Son esos celos que surgen cuando vemos que el amor que alguien querido nos tenía otro lo acapara para sí con engaños. Y es alguien que no merece ni le importa ese amor y que lo usará para mal. Todo esto hace que los celos se dupliquen y se conviertan en indignación, de modo tal que muchas veces uno pasa a la acción violenta en su intento de evitar un daño seguro. Estos celos no surgen de un día para otro, sino que se cultivan por años. Y así como es destructivo cultivar celos devoradores si están enfermos de egoísmo, cultivar el celo por las cosas santas es constructivo, ya que se rebela contra lo malo sin hesitar. Estos celos no son para oponerse a cualquier mal, porque hay males con los que hay que tener paciencia, como nos enseña el mismo Señor en la parábola del trigo y la cizaña. Son para atacar ese mal absoluto que consiste en robarle con engaño a un hijo el amor incondicional por su padre bueno. Ese mal no tolera componendas. 

Algo así fue lo que sentimos que le pasó a Jesús: al verlo reaccionar tan mal y de una manera para nada habitual en Él -siempre tan manso y pacífico-, inmediatamente nos vino a la mente que estaba celoso, pero que no se trataba de una cuestión meramente ética o de simple justicia, en el sentido de que cada cosa tiene que tener su lugar -hay un lugar para adorar a Dios y un lugar para comerciar-, sino que lo que le indignó al Señor fue comprobar que le habían ocupado la Casa de su Padre, que es el lugar santo donde el pueblo va a rezar, y se lo habían convertido en un mercado. Es decir, que había gente que aprovechaba un lugar tan santo sin tener en cuenta que distraía a la gente de algo tan vital y único como es tener un espacio sagrado en el que adorar al Padre. 

Más que “celo por  casa” (referido al Padre) es “celo por nuestra casa”, por la casa de todos nosotros (también de los comerciantes, ya que incluso ellos deben tener un lugar para rezar), rebajada de lugar de adoración a lugar de comercio. 

Los celos del Señor le venían porque sentía que le estaban robando a su pueblo esa casa paterna a la cual como hijos pródigos siempre podemos regresar para recuperar nuestra condición de hijos amados. Esto es lo que causó y causa indignación en el Corazón del Señor”.

El celo de Jesús al ver profanado el espacio sagrado de la Casa del Padre es algo que se fue gestando a lo largo de mucho tiempo, en cada subida con sus padres a Jerusalén. La consideración que Jesús mostró con los vendedores de palomas nos hizo pensar en sus padres, que habían ofrecido por él un par de tórtolas, y ese detalle nos llevó a concluir que lo de Jesús no fue una reacción, sino una acción largamente preparada y medida. Una escena de celos, sí, pero no fruto de una pasión descontrolada, sino de una pasión rezada y discernida, que con los gestos que realizó deseaba imprimir, como de hecho hizo, en el recuerdo de los que lo vimos actuar así, un signo claro y profético de algo que desagrada a Dios de manera intolerable: que le roben a sus hijos el espacio sagrado de su Casa -el Templo-, donde podemos adorar y obtener Misericordia. El amor extremo de Jesús se muestra en estas dos actitudes complementarias: la de su mansedumbre de Cordero que recibe en sus espaldas los azotes que mereceríamos nosotros por nuestros pecados y la de la furia del Pastor que echa a latigazos a los lobos que, disfrazados de ovejas, ocupan el lugar sagrado del Templo.

La “medida” de los celos, que medimos con nuestro “celómetro” interior – que es muy sensible-, debe ser bien pesada, calibrada y dialogada, para que sea justa, ya que a veces nuestra percepción puede verse empañada o exagerada por nuestro egoísmo o por nuestros prejuicios. Pero el “sentido de celosía”, como el sentido de justicia o el sentido de sinceridad, es algo propio de nuestro ser humano y, por lo que vemos en el evangelio de hoy, es algo también propio de Dios. Nuestro Dios es un Dios celoso de sus hijos y de su pueblo. Reacciona cuando siente que le quitan el amor de sus hijos. No porque tenga Él una carencia y la proyecte en otros, como a veces nos pasa a nosotros, sino porque no tolera que el demonio, el padre de la envidia -que es un tipo de celos radicalmente viciado y dañino- nos robe con engaños a nosotros sus hijos nuestro amor de predilección por nuestro Padre, que es la fuente de nuestra autoestima y de nuestra fraternidad humana. 

Dejando la perspectiva de lo que pensarían los discípulos (sugerida por Juan al contar la escena diciendo lo que “sus discípulos pensaron”) pasamos a nuestra realidad actual. 

El estereotipo es reducir la fuerza de esta escena imaginando que Jesús desarmaría los puestos de venta de estampitas que se sitúan en la entrada de los santuarios. Creo que la reprensión del Señor frente a estas actitudes sería como la que les hizo a los vendedores de palomitas. En todo caso, los comerciantes a los que el Señor empujó fueron objeto de un maltrato directo y momentáneo y quizás ellos mismos hayan estado entre esos “muchos” que Juan dice que “creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba”. El gesto del Señor, que sirvió y sirve para corrección de la gente humilde, no sirvió para cambiar a las autoridades del templo que, astutamente, aprovecharon para cuestionar al Señor. Habrán pensado que Jesús había metido la pata, que se había calentado, y que eso lo llevaría al desprestigio… El Señor los enfrenta en otro terreno que no es el de un simple empujón o rebencazo. Ellos son los verdaderos comerciantes del templo, los que no dejan que la gente se acerque a adorar a Dios con sus leyes formales (que ellos mismos no cumplen, aunque aparenten lo contrario). La actitud diferente que el Señor adopta frente a estos fariseos, que terminarán por matarlo en nombre de la ley, contrastada con la actitud directa que muestra ante los vendedores, nos hace pensar en el misterio del mal. Tendría que bastarnos un reto para darnos cuenta de lo tontos que somos al dejarnos robar el Amor de nuestro Padre por las ventajas de comerciar chucherías al servicio de algún ídolo. Y sin embargo no basta. El Señor más que dar dos latigazos tendrá que recibirlos Él, para que, al verlo tan herido en la Cruz, creamos que no vino a condenar sino a salvar. Tendrá que perder todo, incluso la vida, para que -comerciantes como somos- no creamos que Dios es también un comerciante, interesado en servirse de nosotros o de sacarnos algo. 

Los celos tienen una virtud: la de hacer patente un valor que estaba oculto. Son señal de amor. Los celos enfermizos y exagerados son señal de un amor enfermo. El que es celado mal siente que el enojo del que lo cela se debe a que quiere poseerlo él y no a que desea que no lo engañe otro. Pero los celos buenos de quien solo busca nuestro bien y, aunque se exceda en alguna medida, tiene la lucidez de elegir el mejor momento posible para hacernos sentir su indignación por el engaño del que estamos siendo víctimas, es señal de un amor especial. Estos celos buenos son una de las características más lindas de Jesús y nos revelan cómo es el Corazón del Padre. Un Dios al que le importamos. Tanto como para estar celoso de nuestro amor. Cuando uno entiende estas cosas, que son básicas entre enamorados, se libera de muchas imágenes falsas de Dios: del Dios del deber y del formalismo y del Dios indiferente y lejano. 

Diego Fares sj

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