Jesús rey de paz (Domingo de Ramos B 2021)

Cuando se aproximaban a Jerusalén,

estando ya al pie del monte de los Olivos,

cerca de Betfagé y de Betania,

Jesús envió dos de sus discípulos diciéndoles:

-“Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, 

encontrarán un burrito atado,

sobre el cual ningún hombre se ha sentado hasta ahora.

Desátenlo y tráiganmelo.

Y si alguien les pregunta ‘¿por qué hacen eso?’

respóndanle: ‘El Señor tiene necesidad de él. Enseguida se los devolverá’”.

Ellos fueron y encontraron un burrito atado cerca de una puerta en la calle y lo desataron.

Y algunos de los que estaban allí les preguntaron:

– “¿Qué hacen desatando el burrito?”.

Y ellos respondieron como Jesús les había dicho y los dejaron hacer.

Entonces le llevaron el burrito a Jesús, le echaron encima sus mantos y Jesús se sentó en él. 

Mucha gente extendía sus mantos en el camino, y otros, ramas que cortaban en el campo.

Y tanto los que iban delante como los que seguían a Jesús gritaban:

– “Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor! 

Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! 

Hosanna en las alturas!” (Mc 11, 1-10).

Contemplación

Mientras la multitud canta y expresa su entusiasmo, cada uno a su manera, Jesús y el burrito parecen estar a la escucha en medio de la algarabía general. El Señor tiene alta la mirada, los ojos fijos en algún punto del cielo; el burrito, mira sin ver con su mirada mansa, atento a abrirse camino, tranco sobre tranco por el empedrado de la entrada a Jerusalén. Siente el peso del Señor y las indicaciones suaves de la soga que le sirve de rienda, atada a su cuello. Va sin bozal. 

El Señor se siente a sus anchas en medio de la gente; ha querido entrar en la Ciudad Santa como un Rey. Él, que se había escapado siempre de ese tipo de manifestaciones, como cuando lo querían hacer rey después de haber dado de comer a la multitud con los panes y peces multiplicados, acepta ahora la euforia y la exaltación del pueblo y se deja conducir en medio de la gente que lo aclama como enviado del Señor y glorifica al Altísimo. El pueblo siente que ha llegado -¡por fin!-  su Rey, Jesús, el profeta de Nazaret, y todos desde los más ancianos a los más pequeños, se sienten parte de su Reino: “Hosanna!

Bendito el que viene en el nombre del Señor!

¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David!

¡Hosanna en las alturas!”

“Nosotros sabemos quién es Jesús”, piensa uno y piensan todos. Por eso la   exaltación. Saben de su bondad, de sus milagros, han escuchado sus enseñanzas. Algunas de sus parábolas más conmovedoras, como la del hijo pródigo, corren de boca en boca. Saben también que Él les ha escapado a todos los intentos de proclamarlo Rey. Y ahora que ven que acepta complacido las alabanzas y las consignas, el entusiasmo crece y se desborda. Se ve que había estado contenido y bastó una chispa para encenderlo todo. ¡Jesús acepta ser su Rey! Lo hace a su manera, humilde, montado sobre un burrito…, pero se ve que acepta. Y por si quedara alguna duda, cuando uno de las autoridades intenta poner cordura y le dice que haga callar a sus discípulos, Jesús responde que “si ellos se callan gritarán hasta las piedras”. 

Juan hizo notar después que “al principio los discípulos no entendieron estas cosas” (que Jesús aceptara y en cierto sentido provocara esta proclamación popular de su realeza). Dice que lo entendieron después, cuando fue “glorificado”: “Se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de Él y vieron que así había sucedido”. Juan reflexiona partiendo de la gente. Los otros evangelistas parten de Jesús, hacen ver que  mandó a buscar el burrito y dio inicio, por decirlo así, a la procesión que se fue volviendo triunfal. Juan, en cambio, dice que: “Cuando la gran multitud que había llegado para la fiesta se enteró de que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a recibirlo gritando ‘¡Hosanna!’”. Y ahí fue que, “al encontrar un burro, Jesús se montó en él, según está escrito: ‘Hija de Sión, no temas; mira que viene tu rey, montado sobre un burrito’”. 

Por la perspectiva de Juan, pienso que no fue él uno de los “dos discípulos” a los que Jesús había enviado a buscar el burrito. La escena que cuentan los otros evangelistas es tan detallada que se ve que a estos discípulos les quedaron grabadas las palabras de Jesús con respecto a lo que tenían que decir si alguno les preguntaba qué estaban haciendo al ver que desataban el burro. Se ve que cada uno de los discípulos vivió estas cosas desde su perspectiva, en medio de la euforia general, y luego fue rearmando lo que pasó. De todas maneras, sea que Jesús planeó todo para entrar en el burrito y suscitar la adhesión de la gente o que la gente fue a su encuentro y él “encontró” un burrito y se montó, lo que vemos es un acontecimiento único, masivo, incontenible, que se fue gestando al unísono en los corazones de muchos y que Jesús condujo con una mansedumbre y un señorío dignos de un verdadero Rey. 

Nosotros, dos mil años después, sentimos y experimentamos aún los ecos de aquel acontecimiento en que se unieron el deseo del pueblo de tener un rey y el de Jesús de serlo. Persiste y renace el eco de aquella alianza, al buscar cada uno nuestros ramitos de olivos los Domingo de palmas, al agitarlos para que sean bendecidos y al llevarlos a nuestras casas en señal de paz. 

Jesús dice claramente que él es “un rey de paz”. Lo dice llorando al acercarse a la ciudad, como cuenta Lucas: “Si conocieras hoy lo que te trae la paz -le dice a Jerusalén- pero está oculto a tu mirada”. 

El deseo de los pueblos de tener un rey de paz es un deseo antiguo y profundo, que nos lo guardamos a la espera de que aparezca el elegido. A veces, los pueblos se entusiasman con alguno o son manipulados para que ese deseo aflore. Jesús nunca lo manipuló, sino que lo condujo prudentemente para hacerlo aflorar en un momento en todo su esplendor y luego sellarlo, no con una gloria externa, sino dando su vida en la Cruz. 

La lección tardaría en ser comprendida, pero a los que la comprenden, como les pasó después a los discípulos, a los que unen en su comprensión la entrada triunfal, la muerte en cruz y la resurrección humilde del Señor, esto les cambia para siempre el corazón. Jesús es rey: rey de paz, rey crucificado, que da la vida por su pueblo, rey glorioso que instala su reino humildemente en la vida cotidiana de quien lo acepta en la fe y lo honra con su servicio y seguimiento fiel.

En esos días todo en Jesús fue un actuar como rey. Rey de la familia que le presta el asna con su burrito, rey que desea higos y maldice a la higuera que no tenía fruto (aunque no era el tiempo), rey que acepta los cantos y homenajes que le brinda la gente y recibe en sí todas las proyecciones de los sueños del pueblo, que se adhieren a su persona y que serán luego transformados -desfigurados en la pasión y transfigurados en la resurrección-, rey que expulsa a los vendedores del templo y limpia el terreno para un renio que es solo de adoración al Padre, a quien Jesús da y nos enseña a dar toda lo que sea Gloria, sin reservarse nada para sí.

Esta exteriorización grande del poder de su realeza es parte de la misión precisa que Jesús tiene y lleva a cabo, que consiste en interiorizar su Reinado. El Señor hace sentir que él es un Rey todopoderoso, capaz de hacer bajar doce legiones de ángeles para que lo defiendan del poder de Roma, capaz de secar de raíz una higuera solo con su maldición, capaz de hacer que dos discípulos cualesquiera suyos desaten una burra y su pollino en casa ajena y baste que mencionen su nombre para que la gente mansamente los deje hacer… Y cuando este sentimiento se convierte en exaltación en la multitud que lo aclama, el Señor es capaz de despojarse de todo su poder y padecer todos los poderes, hasta los más abyectos, de los poderosos de turno, que se ceban con su persona y le infligen todo tipo de humillaciones hasta hacer intolerable la impotencia que sufre. Esto hace que se grabe en el corazón de la gente su mensaje de fondo: que él es un rey de amor. Solamente de amor. Y que nada ni nadie nos puede separar del amor de un rey así, como reconoce Pablo, admirado de todo lo que le toca padecer por Jesús y que esto no haga mella en su ánimo: “¡¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?!”, dirá admirado y como para sí. 

Todos sabemos que el amor tiene dos caras: que es omnipotente entre los que se aman y que es impotente allí donde uno no quiere amar. Jesús une en sí las dos experiencias, mostrándose rey en la escena del burrito, de la higuera y de los cantos de su gente; y luego mostrándose rey impotente bajo el poder de sus enemigos. Y pasando por ambas situaciones, de exaltación máxima y de máxima humillación, como quien pasa por un cernidor, al final lo que queda es el oro de su solo amor, sencillo y fecundo,  único valor que reina sobre todo lo demás. 

Jesús es rey: rey de amor que reina en paz y conduce a su pueblo con paciencia y mansedumbre, como al burrito de su entrada triunfal en Jerusalén. Dejémonos conducir así por Él, nuestro Rey.

Diego Fares sj

Notoriedad (5 B Cuaresma 2021)

Felipe (ícono ruso)

                                                                                    

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús.» 

Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. 

El les respondió: «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, 

queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. 

¿Y qué diré: «Padre, líbrame de esta hora»? ¡Si para eso he llegado a esta hora! 

¡Padre, glorifica tu Nombre!» 

Entonces se oyó una voz del cielo: «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.» 

La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían:  «Le ha hablado un ángel.» 

Jesús respondió: «Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33).

Contemplación

Felipe busca un lugar donde estar un rato a solas para reflexionar. Ha tenido que despachar a los griegos con la excusa de que el Maestro está ocupado y ahora se ha quedado un poco aparte para repasar lo sucedido. Lo primero que piensa es que él es uno de los discípulos que “hacen hablar” a Jesús. Le gusta que Juan lo reconozca en su evangelio por esa cualidad suya de establecer buenas relaciones con todos. Es un rasgo de su modo de ser que el Padre podó y encauzó para que estuviera al servicio exclusivo de hacer conocer a Jesús y a su Evangelio.

Luego de la escena que acaba de vivir, como sucederá luego en la última Cena, cuando tendrá el coraje de decirle al Señor “muéstranos al Padre y eso nos basta”, Felipe siente que una palabra suya suscita una revelación completa y detallada del Señor. Y se siente feliz de ser uno “que le da pie” a Jesús para que se revele al mundo. El Maestro no daba lecciones abstractas, sino que le gustaba ir enseñando su Doctrina en medio de la vida cotidiana, aprovechando las reacciones de la gente. Y Felipe, como Pedro, con sus reacciones, lo hacía hablar a Jesús.

A mi, Felipe me cae particularmente bien porque es el único que menciona a san José. Cuando lo fue a buscar a Natanael, luego de que el Maestro lo llamara, y le dijo que habían encontrado “a aquel de quien hablaron Moisés y los profetas”, lo presentó como “Jesús, hijo de José de Nazareth”. Y cuando Natanael se burló un poco de ese dato genealógico,  que más bien le jugaba en contra a un Mesías, diciendo: “Acaso puede salir algo bueno de Nazareth?”, él, Felipe lo defendió diciéndole: “Ven y verás”. 

Felipe reflexiona y se siente un hombre realista, uno que va a los hechos. Recuerda ahora con simpatía ese día en que Jesús le preguntó a él “cuántos panes pensaba que harían falta para alimentar a la multitud” , y él, que ya había hecho mentalmente el cálculo, le proporcionó los datos inmediatamente, como un buen secretario. A Felipe le complace saborear de nuevo el hecho de que Jesús lo conocía , que sabía que él hacía este tipo de cálculos y le adivinaba los pensamientos sin necesidad ni de mirarlo. Esto es algo muy propio de los amigos que, ante un hecho especial, piensan en lo que estará pensando su amigo. Y aciertan.

Felipe asiente al siguiente pensamiento que le viene mientras reflexiona y es que él está contento de no ser de los que se cortan solos; él siempre busca a sus amigos, trabaja en equipo. Apenas Jesús lo llamó, recuerda, lo primero que pensó fue en ir a llamar a su amigo Natanael. Y hoy, lo primero que hizo cuando lo abordaron los griegos fue ir a hablar con Andrés. No fue directamente a Jesús. Es que él es una de esas personas que no buscan sobresalir en el grupo, pero a las que sí le gusta crear buenas relaciones entre todos. Es un hecho que los griegos se informaron y lo fueran a buscar a él para ver a Jesús. Sin embargo, a él no le pareció tan importante esto, sino el hecho en sí de que quisieran encontrarse con el Señor. Esto fue para él el signo importante. Si lo tuviera que poner en palabras Felipe diría algo así: “Si Jesús ha despertado el interés de los griegos, es el momento de que se de a conocer a más gente y yo puedo ayudar a ello”. 

Jesús ve que se le acerca Andrés y que un poco atrás viene Felipe y adivina lo que le van a decir. Entonces, con su picardía habitual, el Señor aprovecha el momento y les revela (nos revela a todos) algo que no parece que tenga mucho que ver con lo que ellos le vinieron a preguntar. 

Felipe, ahora que reflexiona a solas, se lo formula a sí mismo más o menos con estas palabras: “El Señor nos quiso hacer ver cual es la “notoriedad” -verdadera- que Él busca. Es esa notoriedad que no tiene nada que ver con la notoriedad mundana. Es la de la gloria de Dios -concluye-, la gloria que Jesús ardía en deseos de darle al Padre, entregando su vida como un granito de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto (esa fue la imagen que usó el Maestro). Es la notoriedad de la gloria que el Padre le da a Jesús, su Hijo amado. Por eso hizo sentir el Padre su Voz por última vez: “Lo ha glorificado y lo volveré a glorificar”, dijo”. 

Felipe cae en la cuenta de que Juan hizo notar cómo la gente escuchó, pero no entendió las palabras del Padre; pensaron que había sido un trueno. Pero, aunque Juan no lo diga, él, Felipe, sí escuchó y entendió perfectamente. Por eso, después, en la Cena, se animará a pedirle a Jesús que les haga “ver” al que había hablado así, al Padre. Él, como hombre de relaciones públicas, captó que, en ese momento, Jesús y el Padre habían mostrado en público la relación que tienen.

Ahora Felipe se deja llevar un poco por el hilo de sus pensamientos y piensa que los griegos lo consideraron como uno que podía hacer bien de puente para llegar a Jesús, que debieron verlo como una especie de asesor o secretario del Maestro, uno que está atento a lo que pasa y sabe ayudar a que la gente se vincule bien con él. Felipe piensa que en nuestra época él habría sido un buen nuncio apostólico (de hecho, la tradición narra que predicó en Turquía y allí murió mártir). Pero se confirma a sí mismo en que lo que lo hace sentir a bien con su rol de hombre de relaciones públicas es que su actuación sirve para que Jesús revele cómo se relacionan el Padre y Él, cómo tejen sus vínculos, a qué nivel se conectan, cómo se apoyan Uno al Otro y se dan a conocer. Por eso no se siente mal porque Jesús no haya tenido en cuenta su gestión y haya aprovechado para hablar de otra cosa, o de la misma cosa, pero a otro nivel. 

Felipe ve claro que Jesús desestimó su intención de que tuviera una entrevista con los griegos, pero no su intención de fondo, de que había llegado el momento de que se diera a conocer plenamente y a todos. Lo que hicieron, Jesús y el Padre, que intervino aquí de manera especial, fue dejar en claro cuál era la notoriedad que deseaban y cómo se obtiene. No con entrevistas, ciertamente.

La honra, piensa para sí Felipe, esa que tanto buscamos y apreciamos los seres humanos, nos la dará el Padre en Persona si servimos a Jesús. Es la única honra que importa, la que el Padre brinda a los que sirven a Jesús. 

Y Jesús, que lo observa de lejos mientras Felipe reflexiona así, siente que su amigo ha recibido el mensaje, que la buena semilla de su Palabra ha caído en tierra buena. Y se siente contento porque sabe que su enseñanza dará fruto a su tiempo. 

Diego Fares sj

El “tanto amor” del que Jesús le habla a Nicodemo (4 B Cuaresma 2021)

Jesús dijo a Nicodemo:

«De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto,  también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. 

Sí, tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. 

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que practica la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios» (Juan 3, 14-21).

Contemplar

Siempre me impresiona pensar que Jesús tenía 30-33 años y que yo ya lo doblo en edad. Nicodemo me hace pensar en esta cuestión generacional. Me lo imagino como un fariseo experimentado, que ha pasado los 50 y que va a encontrarse con un rabí de 30. 

Nicodemo era respetado dentro del grupo de los fariseos, lo cual significaba  en aquel entonces un respeto a triple nivel: a nivel de escuela de pensamiento, a nivel de práctica religiosa y también a nivel político. En la actualidad, estos ámbitos suelen estar separados, pero en aquel entonces estaban unidos. Los fariseos influían en la vida de Israel, tanto por sus posiciones políticas, distintas de la posición de los saduceos que trenzaban con el imperio, y distintas también de la de los zelotes, que  combatían violentamente. Además, influían en la vida cotidiana de la gente con sus interpretaciones autorizadas acerca de la ley y con normas y leyes concretas. 

En el hecho de que haya ido a ver a Jesús se nota que Nicodemo es un hombre abierto, con pensamiento propio, que juzga por sí mismo los signos que ve realizar al joven rabí. Su planteo me da la impresión de que es sincero, … pero va para largo (de hecho, se convertirá públicamente recién después de la muerte del Señor). Nicodemo comienza haciéndole ver a Jesús que ha seguido atentamente su irrupción en la vida pública de Israel, que ha reflexionado acerca los signos que Jesús está realizando,  y ha discernido que viene de Dios como maestro, que Dios está con él y por tanto que tiene algo que enseñar a su pueblo,

Jesús lo pesca al vuelo y lo apura: le sale con que, para acercarse a Él y entrar en el Reino que Él predica, hay que nacer de lo alto, del Espíritu. 

Nicodemo patalea haciendo notar que las cosas requieren tiempo y que no se puede cambiar de mentalidad así nomás. Usa la imagen de volver a entrar en el seno de su madre y nacer por segunda vez, para luego rehacer todo el camino de su vida de nuevo. Pero Jesús insiste en la dimensión de lo alto, en el nacimiento nuevo que da el Espíritu y que no sigue los procesos de la carne. Se trata de un nacimiento que pone en marcha nuevos procesos, que uno no sabe a donde llevan ni cuanto durarán. Jesús usa la imagen del viento, que sopla donde quiere: uno escucha su sonido, pero no sabe de dónde viene ni a donde va. Lo que propone el Maestro es un seguimiento de su persona en completa disponibilidad y apertura total a “lo Alto”. 

Nicodemo retruca con pragmatismo: cómo puede ser posible un seguimiento así, a ciegas, sin proyecto… 

Y Jesús redobla la apuesta. No le explica nada, sino que lo remite a su propia experiencia: ¿tu eres maestro en Israel y no sabes esto? 

El Señor, como vemos, se sitúa a nivel existencial, no de discusiones de palabras. Si uno es maestro de vida sabe que la vida enseña si uno se juega entero cuando se dan los desafíos verdaderos. Lo hemos experimentado en esta pandemia, cuando se cayeron todos los libretos y los que estaban en primera fila se tuvieron que jugar sin saber nada, aprendiendo sobre la marcha y exponiendo su vida. 

Luego de este estacazo final con el que el Jesús desarma a Nicodemo, quitándole esa seguridad comparativa que todo maestro experimentado tiene midiéndose con los demás, una vez que lo deja como un niño de escuela que tiene que aprender todo de nuevo, el Maestro, ahora sí, le da los argumentos teológicos que Nicodemo había venido a buscar. Primero le dice que Él es el único que ha venido de lo Alto; luego le recuerda la Escritura, el pasaje en que Moisés usó como remedio para su pueblo la misma serpiente que los mordía, levantándola en alto; y por fin le revela la doctrina de fondo por la que Él viene a dar la vida en testimonio: que el Padre ama tanto al mundo que nos ha dado a su Hijo amado, y que este Hijo viene para salvar, no para condenar. 

Jesús centra todo en su persona: el que cree en Él se salva, el que viene a Él y se deja iluminar, se salva. La cualidad de las personas se define por cómo nos acercamos a Jesús, y el ejemplo que pone es el del que practica la verdad y por tanto se acerca a la luz para que se vea que sus obras están hechas en Dios. 

He contado de nuevo el relato evangélico tratando de hacerlo a mi manera, buscando puntos de contacto con Nicodemo, para poder recibir mejor la Palabra del Señor. Cada uno tiene que hacer este trabajo y reeditar este encuentro y diálogo de Jesús partiendo de las “Nicodemadas” que cada uno tiene y profesa. Es decir, discerniendo en Nicodemo algo con lo que uno se identifica y, diciéndoselo a Jesús cada uno a su manera, permitir al Señor que lo ilumine. 

Dos cosas me vienen con mayor fuerza en mi oración. Una es la de “ir a encontrarme con Jesús como hizo Nicodemo”. El fue de noche, con sus miedos y sus discursos, pero fue. Se animó a charlar personalmente con el Rabí, mientras que sus pares lo miraban de lejos y lo estudiaban sin confrontarse con él. 

Madeleine Delbrêl cuandocuenta su conversión, dice algo que podemos identificar con la postura de Nicodemo. Ella a los 17 años se había declarado atea. Pero, en cierto momento, viendo cómo vivían otros jóvenes como ella que sí creían, hace una reflexión similar a la de Nicodemo: concluye que “no es rigurosamente imposible que Dios exista” y, por tanto, ella, si quiere tener de Él alguna respuesta, tiene que tratarlo como una persona viva. Y esto significa “rezar”. 

Rezar es tratar de amistad con quien sabemos que nos ama, como dice Teresa. Es un razonamiento muy iluminador. Con la razón, no va más allá de lo que esta puede dar. Pero, así como no puede “probar” que Dios existe, tampoco es racional pretender probar que no existe. El salto que da luego es como el de Nicodemo. Si puede ser que exista Alguien así como un Dios (Alguien que es mi Padre y mi Salvador) no puedo acercarme como un estudioso que pone a ese Dios bajo el microscopio de su razón y lo va probando, sino que tengo que tratarlo yo como hijo. Esto es nacer de nuevo, nacer de lo alto, nacer “eligiendo” ser libremente el hijo que soy naturalmente. 

El otro punto que me toca en el evangelio de hoy tiene que ver con el reclamo que hace Jesús. Es un reclamo de amor. ¡Se trasluce en ese “tanto” amó Dios al mundo! Digo que el tono es el de un reclamo amoroso y no el de alguien que quiere probar algo objetivamente. Esto es propio de un verdadero padre y amigo, de alguien que nos quiere y no nos dice simplemente que nos quiere, sino que nos dice que nos quiere tantísimo, como diciendo que no podemos no darnos cuenta de un amor así. Y a esta Luz poderosa del “tanto amor” del Padre se suma la otra Luz, la de que el Hijo vino para salvar y no para condenar a nadie. Salvar sí o sí, cueste lo que cueste (y le costó la vida) es la prueba de tanto amor. Con menos que eso, no sería tanto. Quizás un amor justo, pero no “tanto amor”. 

La fe, entonces, no tiene mucho que ver con un creer en la idea de un Dios que debe existir de alguna manera misteriosa, sino que la fe es fe en tanto amor, fe en un Jesús que hace todo por salvar a todos. Eso es “lo Alto”. La altura del tanto, de lo exagerado, de lo sin condiciones del Amor del Padre y la altura del cueste lo que cueste de la salvación que se propone Jesús y que lo lleva a ser alzado en lo alto de una cruz. Hay que nacer de lo alto, dice Jesús. La fe no es creer al menos un mínimo, sino que creer es solamente creer lo máximo. Y actuar en consecuencia, es decir: rezar. Hablarle a ese Dios como un hijo a su padre o un amigo a otro amigo. ¡Hablarle! Tratarlo como una persona, que nos quiere no “lo justo”, sino “¡tanto!”, que viene para salvarnos y que tengamos vida y no para que cumplamos y zafemos.

Siempre recuerdo a ese pobre hombre que me llamaron para que saliera a ver porque estaba sentado en la vereda del Hogar, flaquito y derrumbado, que no respondía a lo que le preguntaban, todo sucio y desaliñado. Los que hacen la fila para entrar a desayunar no están en las mejores condiciones de higiene y vestido y que este les hubiera impresionado tanto habla por sí solo de la condición triste y desesperada en la que se encontraba este pobre ser humano. No me respondía tampoco a mí ni me miraba así que con la ayuda de otros lo alzamos en vilo y lo hicimos entrar en el hogar. Uno de los encargados fue a buscar ropa limpia mientras otro lo ayudó a bañarse. Yo seguí con otras cosas y como a la media hora me llamaron de nuevo para que fuera a verlo al comedor. El hombre estaba sentado tomando su te con leche y facturas. Hablaba con todo el mundo y sonreía. Era obvio que primero no hablaba porque estaba sucio y hambriento. No hablaba, pero se hizo entender como si gritara. Y cuando se sintió tratado con dignidad, empezó a hablar normalmente. Yo no se por qué, pero le apliqué el ejemplo a Dios y ahora me vino de nuevo la escena. Pensé -pienso- si no será que el silencio de Dios que muchos experimentan se debe a que está como este hombre, esperando a que lo tratemos como una persona. Solo que, en el caso de Dios, tratarlo como persona no significa bañarlo a Él, sino bautizarnos nosotros (ayudando a que se pongan en condiciones dignas también nuestros hermanos). Ahí sí que nuestro Dios comienza a hablar con todos y se vuelve luminoso su amor y vemos posible su salvación.

Diego Fares sj

Los celos por tu Casa me han devorado (3 B cuaresma 2021)

Se acercaba la Pascua de los judíos.

Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas:

«Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre un mercado.»

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: 

“Los celos por tu Casa me han devorado” (Sal 69, 9). 

Entonces los judíos le preguntaron: 

«¿Qué signo nos das para obrar así?» 

Jesús les respondió: 

«Destruyan este templo y en tres días lo levanto.» 

Los judíos le dijeron: 

«Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» 

Pero él se refería al templo de su cuerpo.  Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado. 

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque él conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: Él sabía lo que hay en el interior de cada uno (Juan 2, 13-25).

Contemplación

Y los discípulos recordamos todos lo mismo: ‘Los celos por tu casa me han devorado’, como dice nuestro salmo 69. Veníamos de la fiesta apacible de las bodas de Caná, con el sabor del vino bueno aún en la boca, y después de pasar por Cafarnaún, con María y con los parientes de Jesús, a todos nosotros, sus discípulos, la subida a Jerusalén nos había llenado de alegría el corazón. ¡Íbamos con el Maestro a orar al templo! 

Pero de golpe, lo vimos enrojecer (qin-ah, rojo, es la palabra que usamos para calificar el enrojecimiento del rostro que nos provocan los celos) y comenzar a actuar como alguien que está fuera de sí. Nosotros estábamos apreciando las cosas que se vendían en la escalinata del templo, eligiendo cada uno algún regalito para comprar, y no va que Él se enfurece, agarra un látigo y comienza a voltear las mesas de los cambistas y a sacar a latigazos a todos, hombres y animales. Con los únicos que tuvo un gesto de amabilidad fue con los que vendían palomitas. Lo curioso fue que lo que nos vino a la mente no fue la palabra “bronca”, sino celos. Y en ella nos quisiéramos detener, porque cuando, después, se lo comentamos al Señor, Él no nos dijo que no, y, de alguna manera, aceptó nuestra interpretación. 

Al igual que las autoridades del templo tampoco nosotros entendimos qué quería decir cuando habló de reconstruir en tres días el templo. Recién comprendimos esto cuando el Señor resucitó. Pero lo de los celos, lo captamos enseguida. Es que los celos son algo que todos conocemos por experiencia. Quién no sintió celos por la llegada de un nuevo hermanito o al ver algún regalo especial que nuestros papás le hacían a alguno de nuestros hermanos el día de su cumple; quién no tuvo celos en su adolescencia, al ver que la persona de la que estábamos secretamente enamorados comenzaba a salir con otro amigo; o, de grandes, al ver que en el trabajo o en el círculo de nuestras amistades, otro recibía mayor atención que nosotros. Todos reconocemos cuando hay celos. 

Ahora bien, cuando al ver la reacción del Maestro pensamos en celos, la imagen no fue la de los celos normales, sino que la imagen fue la de celos devoradores. Son esos celos que surgen cuando vemos que el amor que alguien querido nos tenía otro lo acapara para sí con engaños. Y es alguien que no merece ni le importa ese amor y que lo usará para mal. Todo esto hace que los celos se dupliquen y se conviertan en indignación, de modo tal que muchas veces uno pasa a la acción violenta en su intento de evitar un daño seguro. Estos celos no surgen de un día para otro, sino que se cultivan por años. Y así como es destructivo cultivar celos devoradores si están enfermos de egoísmo, cultivar el celo por las cosas santas es constructivo, ya que se rebela contra lo malo sin hesitar. Estos celos no son para oponerse a cualquier mal, porque hay males con los que hay que tener paciencia, como nos enseña el mismo Señor en la parábola del trigo y la cizaña. Son para atacar ese mal absoluto que consiste en robarle con engaño a un hijo el amor incondicional por su padre bueno. Ese mal no tolera componendas. 

Algo así fue lo que sentimos que le pasó a Jesús: al verlo reaccionar tan mal y de una manera para nada habitual en Él -siempre tan manso y pacífico-, inmediatamente nos vino a la mente que estaba celoso, pero que no se trataba de una cuestión meramente ética o de simple justicia, en el sentido de que cada cosa tiene que tener su lugar -hay un lugar para adorar a Dios y un lugar para comerciar-, sino que lo que le indignó al Señor fue comprobar que le habían ocupado la Casa de su Padre, que es el lugar santo donde el pueblo va a rezar, y se lo habían convertido en un mercado. Es decir, que había gente que aprovechaba un lugar tan santo sin tener en cuenta que distraía a la gente de algo tan vital y único como es tener un espacio sagrado en el que adorar al Padre. 

Más que “celo por  casa” (referido al Padre) es “celo por nuestra casa”, por la casa de todos nosotros (también de los comerciantes, ya que incluso ellos deben tener un lugar para rezar), rebajada de lugar de adoración a lugar de comercio. 

Los celos del Señor le venían porque sentía que le estaban robando a su pueblo esa casa paterna a la cual como hijos pródigos siempre podemos regresar para recuperar nuestra condición de hijos amados. Esto es lo que causó y causa indignación en el Corazón del Señor”.

El celo de Jesús al ver profanado el espacio sagrado de la Casa del Padre es algo que se fue gestando a lo largo de mucho tiempo, en cada subida con sus padres a Jerusalén. La consideración que Jesús mostró con los vendedores de palomas nos hizo pensar en sus padres, que habían ofrecido por él un par de tórtolas, y ese detalle nos llevó a concluir que lo de Jesús no fue una reacción, sino una acción largamente preparada y medida. Una escena de celos, sí, pero no fruto de una pasión descontrolada, sino de una pasión rezada y discernida, que con los gestos que realizó deseaba imprimir, como de hecho hizo, en el recuerdo de los que lo vimos actuar así, un signo claro y profético de algo que desagrada a Dios de manera intolerable: que le roben a sus hijos el espacio sagrado de su Casa -el Templo-, donde podemos adorar y obtener Misericordia. El amor extremo de Jesús se muestra en estas dos actitudes complementarias: la de su mansedumbre de Cordero que recibe en sus espaldas los azotes que mereceríamos nosotros por nuestros pecados y la de la furia del Pastor que echa a latigazos a los lobos que, disfrazados de ovejas, ocupan el lugar sagrado del Templo.

La “medida” de los celos, que medimos con nuestro “celómetro” interior – que es muy sensible-, debe ser bien pesada, calibrada y dialogada, para que sea justa, ya que a veces nuestra percepción puede verse empañada o exagerada por nuestro egoísmo o por nuestros prejuicios. Pero el “sentido de celosía”, como el sentido de justicia o el sentido de sinceridad, es algo propio de nuestro ser humano y, por lo que vemos en el evangelio de hoy, es algo también propio de Dios. Nuestro Dios es un Dios celoso de sus hijos y de su pueblo. Reacciona cuando siente que le quitan el amor de sus hijos. No porque tenga Él una carencia y la proyecte en otros, como a veces nos pasa a nosotros, sino porque no tolera que el demonio, el padre de la envidia -que es un tipo de celos radicalmente viciado y dañino- nos robe con engaños a nosotros sus hijos nuestro amor de predilección por nuestro Padre, que es la fuente de nuestra autoestima y de nuestra fraternidad humana. 

Dejando la perspectiva de lo que pensarían los discípulos (sugerida por Juan al contar la escena diciendo lo que “sus discípulos pensaron”) pasamos a nuestra realidad actual. 

El estereotipo es reducir la fuerza de esta escena imaginando que Jesús desarmaría los puestos de venta de estampitas que se sitúan en la entrada de los santuarios. Creo que la reprensión del Señor frente a estas actitudes sería como la que les hizo a los vendedores de palomitas. En todo caso, los comerciantes a los que el Señor empujó fueron objeto de un maltrato directo y momentáneo y quizás ellos mismos hayan estado entre esos “muchos” que Juan dice que “creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba”. El gesto del Señor, que sirvió y sirve para corrección de la gente humilde, no sirvió para cambiar a las autoridades del templo que, astutamente, aprovecharon para cuestionar al Señor. Habrán pensado que Jesús había metido la pata, que se había calentado, y que eso lo llevaría al desprestigio… El Señor los enfrenta en otro terreno que no es el de un simple empujón o rebencazo. Ellos son los verdaderos comerciantes del templo, los que no dejan que la gente se acerque a adorar a Dios con sus leyes formales (que ellos mismos no cumplen, aunque aparenten lo contrario). La actitud diferente que el Señor adopta frente a estos fariseos, que terminarán por matarlo en nombre de la ley, contrastada con la actitud directa que muestra ante los vendedores, nos hace pensar en el misterio del mal. Tendría que bastarnos un reto para darnos cuenta de lo tontos que somos al dejarnos robar el Amor de nuestro Padre por las ventajas de comerciar chucherías al servicio de algún ídolo. Y sin embargo no basta. El Señor más que dar dos latigazos tendrá que recibirlos Él, para que, al verlo tan herido en la Cruz, creamos que no vino a condenar sino a salvar. Tendrá que perder todo, incluso la vida, para que -comerciantes como somos- no creamos que Dios es también un comerciante, interesado en servirse de nosotros o de sacarnos algo. 

Los celos tienen una virtud: la de hacer patente un valor que estaba oculto. Son señal de amor. Los celos enfermizos y exagerados son señal de un amor enfermo. El que es celado mal siente que el enojo del que lo cela se debe a que quiere poseerlo él y no a que desea que no lo engañe otro. Pero los celos buenos de quien solo busca nuestro bien y, aunque se exceda en alguna medida, tiene la lucidez de elegir el mejor momento posible para hacernos sentir su indignación por el engaño del que estamos siendo víctimas, es señal de un amor especial. Estos celos buenos son una de las características más lindas de Jesús y nos revelan cómo es el Corazón del Padre. Un Dios al que le importamos. Tanto como para estar celoso de nuestro amor. Cuando uno entiende estas cosas, que son básicas entre enamorados, se libera de muchas imágenes falsas de Dios: del Dios del deber y del formalismo y del Dios indiferente y lejano. 

Diego Fares sj