El leproso y la fuente de vida que atrae (6 B 2021)

Y viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

  • “Si quisieras puedes limpiarme”.

Y profundamente compadecido, extendiendo su mano lo tocó y le dice:

  • “Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Y adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

  • “Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo,

y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios.

Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

Contemplación

¿El Señor se podía contagiar? ¿O era inmune a las enfermedades físicas? 

La pregunta me surge porque en la imagen se ve cómo el leproso le toca el pie al Señor con su mano vendada y cómo Jesús, llenándose de compasión, lo toma de la otra mano y lo pone en pie, y tocar al leproso sería como acercarse estrechamente y darle la mano a una persona con Covid 19. En el mosaico, el Señor no solo toca al leproso, sino que se deja tocar: ambos están ligados con pies y manos. El movimiento con el que el pobre hombre se arrodilla y toca el pie del Señor se transforma en el movimiento con que Jesús lo toma de la mano y lo atrae hacia sí, mientras lo mira a los ojos lleno de compasión. El cuadro está en la Cripta de la Iglesia inferior de San Pio de Pietrelcina, en San Giovanni Rotondo – Italia. Allí también está otro mosaico en el que San Francisco de Asís besa al leproso. 

Hacerme la pregunta de si Jesús era inmune me escandaliza un poco. No la quiero formular, porque me parece que hay algo del mal espíritu, que mete con insidia un pensamiento que dice: “Claro, como no se podía contagiar, él tocaba a todos”. Sin embargo, enfrentando la pregunta y mirando al Señor, se me revela claramente todo lo contrario: lo que nos hace sentir el Evangelio no es que Jesús no se contagiaba virus, sino que Él “contagiaba y contagia salud y vida” con su propio cuerpo. Más que ser inmune a las enfermedades como individuo, Jesús inmuniza a los que se le acercan y entran en contacto con Él. La gente del pueblo sencillo lo intuía perfectamente y por eso querían tocarlo, le llevaban cerca los enfermos, hacían cualquier cosa por entrar en contacto con Él. El Señor es la salud y la vida y la resurrección. 

Que no era “inmune” físicamente de manera absoluta lo vemos en la pasión, en los golpes y heridas mortales que recibió y que acabaron con su vida joven. San Ignacio expresa este misterio haciéndonos contemplar cómo en la pasión “se esconde la divinidad”. El Señor se despoja de su vitalidad sanadora y queda expuesto al daño que le hacen los golpes. Se vuelve vulnerable voluntariamente. 

Además, este misterio del Señor que es fuente de salud y vida y en vez de contagiarse, sana, se profundiza más aún al ver que Jesús no era inmune al mal espiritual, a las incomprensiones, al rechazo, a las acusaciones y calumnias, al desprecio y al odio de sus enemigos. En el evangelio de hoy vemos que no lo aísla la lepra física, sino la espiritual. El que ha sido sanado lo desobedece y cuenta a todos que Jesús lo ha curado y a partir de ese momento el Señor no puede entrar en las ciudades, sino que tiene que permanecer en lugares solitarios. Queda en distanciamiento social, aislado y como en cuarentena.

Por una parte, es verdad que el Señor queda con los efectos de la lepra, queda aislado. Pero, por otra parte, llama la atención que el leproso que “viene a Él” hace que, de todas partes la gente, “venga a Él”. El Señor comienza a trabajar “por atracción”, que es lo propio suyo: “Atraeré a todos hacia mi”. 

            Venir a Él, tocarlo, dejarnos tocar por su mano llena de compasión, dejarnos mirar por sus ojos misericordiosos, dejar que nos limpie nuestras lepras y virus, y que nos ponga en pie. San Francisco de Asís intuyó que la manera de “tocar a Jesús” era “besar al leproso”. ¡No solo tocarlo, sino besarlo! El Señor es que inaugura e instala este “movimiento de atracción” como el modo de acercarse a su Persona, de ser limpiado y sanado, revitalizar, por Él. 

            Jesús no se salva, ni se preocupa por salvarse, de la discusión de palabras e interpretaciones que su Persona suscita. Pero obra de tal manera que, mientras los que no quieren creer, discuten y provocan dudas, los que quieren vida se le acercan. Y nosotros podemos acercarnos a los que se le acercan: a los pobres y leprosos, a los excluidos y marginados de hoy. Acercarnos no solo para compadecerlos y ayudarlos (esto también, pero nosotros no somos Jesús y tenemos poco para dar). Acercarnos porque en los pobres y enfermos, en los vulnerables, late más fuerte la vida y se deja sentir mejor la presencia de Jesús vivo, no de Jesús “idea” teológica. Los enfermos, los pobres, los vulnerables, son fuente de vida porque su deseo de vida es más consciente y humilde que en los sanos, los ricos y los invulnerables. En los fuertes, ricos y famosos, la vida brilla y atrae con fuerza pero, al mismo tiempo que nos atrae como espectáculo, nos aleja existencialmente. Es como si los que tienen todo se lo atesoraran para sí y no dejaran que se les caigan ni las migajas. En cambio, los que nada poseen y tienen que mendigarlo todo -ayuda, cuidado, protección- de alguna manera ponen al que se les acerca en contacto con la fuente de la vida que ellos anhelan. Generando compasión despiertan el deseo de ser nosotros compadecidos al mismo tiempo que nos compadecemos de ellos. 

Si quieres puedes limpiarme (ayudarme, darme una mano, una caricia, una limosna…) nos dice el leproso. Y ese “llenarse de compasión” que experimenta Jesús es el sentimiento vivo que nos comunica con su propio ejemplo. También nosotros nos “llenamos de compasión” y recibimos la gracia de compadecer a los demás cuando estos nos imploran. Gracias a los pobres experimentamos lo que puede “llenar” nuestro corazón como solo la compasión puede llenarlo. Todo lo contrario de los que hacen que nos llenemos de envidia o de resentimiento, con su mal uso de las riquezas y el poder. 

Como dice Francisco: “Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas”. 

“Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia». Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener «los mismos sentimientos de Jesucristo» (Flp 2,5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una «forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia». Esta opción —enseñaba Benedicto XVI— «está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza». 

Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” (Evangelii Gaudium 198).

Esto que salió hoy en la contemplación del Evangelio es algo que venimos compartiendo a lo largo de muchos años en las Contemplaciones y que acaba de convertirse en un librito que ha editado Agape: 

CONTEMPLAR EL ROSTRO DE CRISTO EN LOS POBRES

Diego Fares

https://www.agape-libros.com.ar/web/detalle-libro/Z/contemplar-el-rostro-de-cristo-en-los-pobres-fares-diego-AGAPE-LIBROS.lib/codigo/28123/#