Compartir lo provisorio. Para que nuestra oración sea Eucarística (5 B 2021)

Jesús salió de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés con Santiago y Juan. 

La suegra de Simón había caído en cama con fiebre, y de inmediato le hablaron a Jesús de ella. Acercándose la levantó tomándola de la mano: la dejó la fiebre y ella se puso a servirlos. 

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados. Estaba la ciudad entera congregada delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él. 

Al amanecer, muy oscuro todavía, levantándose, salió y fue a un lugar solitario; Y allí rezaba. 

Salió a buscarlo Simón con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: 

– «Todos te andan buscando.» 

El les respondió:

– «Vamos a otra parte, a las poblaciones vecinas, para que también allí pueda yo predicar (kerygma), porque para eso he salido.»

Y marchó y anduvo predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios” (Mc 1, 29-39).

Contemplación

Siempre me conmueve la imagen de nuestro Señor Jesús rezando. “Se levantó temprano y se fue a un lugar solitario. Y allí rezaba”, dice el Evangelio de Marcos. Jesús le daba tiempo a la oración (y no era un tiempo que se lo sacara a los demás).  

Imaginar al Señor rezando al Padre y envuelto como con un poncho calentito por el Espíritu me lleva a reflexionar acerca del misterio de la oración. Qué es esta actividad que hasta Dios se ejercita en ella?

Proseúxomai” viene de “prós”, que indica dirigirse a otro, realizar un intercambio, y de “euxomai”, que significa «desear, orar». Propiamente, orar es “intercambiar deseos”; es interactuar con el Señor, intercambiando nuestros deseos humanos (ideas- sentimientos…) por Sus deseos, mientras Él nos comunica el don de la fe, en el sentido de que este intercambio benéfico con nuestro Padre hace que aumente nuestra confianza en Él: acrecienta nuestra fe. 

Imaginar qué tipo de intercambio se daría -y se da- entre Jesús, como Hijo amado, y su Padre y Padre nuestro, hace que nos vengan ganas de rezar. 

El evangelio de Marcos nos cuenta cómo era un día en la vida de Jesús: su presencia benéfica en medio del pueblo, curando a la suegra de Simón, recibiendo con cariño y sanando a todos los enfermos que le traen a la puerta, compartiendo la cena con sus amigos, servida por la suegra de Pedro… En la oración el Señor presenta el Padre, me imagino, a toda la gente que ha visto y con la que ha pasado el día; comparte con el Padre las necesidades de sus hermanos y se llena de la misericordia infinita del Padre que se transforma luego en presencia benéfica para todos. Jesús pasó por la vida haciendo el bien y esta acción benéfica suya brota de la oración. 

Podemos pensar que el intercambio de deseos entre Jesús y el Padre es un intercambio de bien con bien infinitos, de misericordia infinita con misericordia infinita, de ternura de Hijo infinita con ternura de Padre infinita, de alegría de Hijo infinita con alegría de Padre infinita… 

 En nosotros este intercambio se da, como dice San Ignacio, entre nuestra medida virtud y la infinita de Dios. Pero no importa la cantidad, sino la calidad del intercambio. Cada uno da de lo que tiene y puede, y recibe del otro en la medida en que el otro puede dar y uno recibir. Pero lo lindo es esta imagen de la oración como intercambio, como ida y vuelta. Nos hace pensar en un Dios que le interesan nuestras pequeñas cosas, como a los papás les interesan las pequeñas cosas que les comparten sus hijos más chiquitos o las confesiones a veces un poco a cuentagotas que hacen los hijos adolescentes…

Si tenemos en cuenta este sentido de intercambio, la oración es comunión y la comunión es oración. Si uno comulga poco o siente pocos deseos de ir a misa puede que le sea de ayuda reflexionar acerca del intercambio y del paradigma desde el cual comprende. 

En un paradigma individualista orientado al consumo de bienes, la Eucaristía no parece un gran bien. Hay que participar en una ceremonia protagonizada en gran medida por el sacerdote en la que uno no siente que intercambie mucho, salvo el momentito de comulgar y de hablar en intimidad con Jesús. Pero si el paradigma no es individualista sino comunitario social familiar y no está orientado al consumo de un bien sino a compartirlo, o mejor compartirse uno mismo comiendo con otros como se hace en la mesa familiar, entonces la cosa cambia. No se intercambian cosas, sino que se intercambia la propia vida. Esto hace que el tiempo que se dedica a preparar la comida, por ejemplo, y luego comer, se alargue. Uno no invita a los amigos a comer y después le sirve todo apurado para que terminen rápido. Cada momento de la cena tiene sus ritos y sus tiempos que se disfrutan prolongándolos sabiamente. 

La liturgia nace de esta dinámica. El problema se da cuando los gestos y los tiempos nos vienen de generaciones anteriores y no los recreamos a nuestra sensibilidad y gusto actual. Digámoslo claramente: si uno reza apurado o se aburre en misa es que los medios que usa para el intercambio son de otros, no son los propios. En una cena entre amigos es importante intercambiar cosas buenas como un vino especial o un postre exquisito, pero tan importante como lo que se comparte es la preparación de la mesa, la presentación de la comida, los tiempos que lleva cada paso de la cena y la conversación fluida y participativa de todos. Hablo de lo contrario de esas cenas en las que uno acapara toda la conversación o en la que un tema lleva a discutir mal, o en la que todo se basa en lo exterior. Pero no hace falta explicar lo que significa un intercambio rico y lleno de vida tan distinto de” un intercambio formal o interesado. 

Compartir lo provisorio

Quizá una de las claves del deseo de intercambiar y compartir la propia vida radica en lo que Mamerto Menapace cuenta en el relato “Compartir lo provisorio”.

      «Allá en las chacras se vivía prácticamente a la intemperie. No nos defendíamos demasiado de las realidades ni del clima. Más bien compartíamos el ritmo de las cosas; y por supuesto de las personas. 

La noche nos encerraba a todos en los pequeños charcos de luz que creaban nuestras lámparas. Los mismo que las aves acuáticas se reúnen en sus charcos cuando las atropella la sequía. La lluvia también era compartida por todos; para todos era un tiempo de recogimiento bajo techo dejando suceder lo que era imposible conjurar. También se vivía compartiendo los mismos gestos de la primavera, y las mismas humillaciones del verano o del invierno. 

Porque cuando se vive a la intemperie uno no puede hacer provisión de clima. Se vive el clima del momento con intensidad y compartiéndolo, sin reservarse de él nada para el día siguiente. Tal vez lo único que se guardaba de un acontecimiento, bueno o malo, era el recuerdo de haberlo compartido y la capacidad de evocarlo en futuros reencuentros. 

Y lo que sucedía con los acontecimientos, sucedía también con los alimentos. Sobre todo con aquellos más primitivos, que provenían de la caza y de la pesca. Porque en las chacras abundaban las palomas, sobre todo cuando el lino era chiquito, o luego de la desgranada del maíz, o para cuando el girasol empezaba a madurar. Casi siempre cuando se escopeteaba la bandada, solían caer más palomas de las que nosotros podíamos aprovechar. Y como no teníamos la posibilidad de conservarlas, y además era un orgullo el haber tenido buen puntería el resto se mandaba a los vecinos. Y allá íbamos los chicos, hacia distintos rumbos, llevando cada uno un par de palomas gordas, con la esperanza de recibir propina. Y volvíamos luego a nuestro territorio con el orgullo de todo embajador. 

Los lunes la embajada venía del arroyo. Sábado y domingo, Don Pablo los pasaba en la isla o en el monte. Su razón de compartir era mucho más urgente, porque el pescado de los arroyos del norte hay que comerlo fresco. A veces, en lugar del par de pescados chicos sacados a línea y anzuelo, solía venir con n trozo de pescado de los grandes, de esos que traen acollarado el relato de la hazaña. Y si la embajada no venía, todos compartíamos en silencio el fracaso vivido ese fin de semana por Don Pablo. 

Lo mismo sucedía cuando para el invierno se carneaba el chancho. En eso del dar y el recibir, todos los vecinos comíamos presas frescas de las sucesivas carneadas. Y todos participábamos del esfuerzo o de la habilidad de todos. Sentíamos como una especie de alegría de familia grande que nos hacía compartir penas, alegrías, trabajos y fracasos. 

Ahora todo aquello ha cambiado. Casi todos han comprado una heladera. En cada chacra se dispone de una pequeña geografía polar que permite conservar los alimentos perecederos. Lo que antes se compartía, ahora se conserva. Y así Don Pablo se condenó en los últimos años de vida a comer siempre pescado: fresco los lunes, semifresco los martes, y partir del miércoles, pescado conservado. (Lo que no dejaba de encerrar un peligro.) Y ya nadie supo nada de sus éxitos y de sus fracasos. Lo que hizo que para él mismo la pesca perdiera mucho de su encanto. Y también para nosotros en eso de cazar palomas. 

Desde que hemos optado por la heladera, nuestra alimentación y nuestra vida en las chacras ha perdido mucho de su variedad, de su capacidad de sorpresa, de ese sentimiento de totalidad que creaba el compartir. Nos defendemos mejor contra el clima y la intemperie, sí.  Pero nos estamos volviendo menos hombres».

Mamerto Menapace


(Publicado en el libro La sal de la tierra, Editorial Patria Grande). 

“Tal vez lo único que se guardaba de un acontecimiento, bueno o malo, era el recuerdo de haberlo compartido y la capacidad de evocarlo en futuros reencuentros”. En esta apreciación se esconde el deseo profundo de Jesús al instituir la Eucaristía: su pedido de que la hagamos “en memoria suya”, tiene que ver con este deseo que más que el de intercambiar una cosa o un rito es el de intercambiar la propia vida. En la oración eucarística se intercambia todo: los dones gratuitamente dados por el Padre se intercambian con la Acción de gracias que hacemos en Nombre de Jesús (para que, en su persona, el agradecimiento esté a la altura del Don), nuestros pecados los intercambiamos con la Misericordia, el pan y vino de nuestros trabajos, con el cuerpo y la sangre de Cristo… Pero para que el deseo de compartir la vida sea más fuerte que el de comerciar con cosas, es necesario que se comparta en la provisoriedad, como bien dice Menapace. Al fin y al cabo, por eso el Señor quiso quedarse en lo provisorio de cada Eucaristía “hecha de nuevo cada día”, aunque a veces lo encerremos en la heladera del sagrario y no nos urja tener que salir a compartir el pan antes que se endurezca (dicho con todo respeto y sin espíritu de desacralizar nada, pero para hacer sentir que no hay que sacralizar la Eucaristía “cosa” sino la Eucaristía “pan partido, repartido y compartido”. Entonces sí, si esta es la Eucaristía que nos quema en las manos, la oración se convierte en oración viva, en intercambio de deseos entre una humanidad hambrienta y un Dios que se hace pan, entre una humanidad sin alegría ni mucha esperanza y un Dios que se hace vino que alegra el corazón.

Diego Fares sj

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