Discernir el mal espíritu religioso: ni se te ocurra creerle! (4 B 2021)


Entran en Cafarnaún (Jesús con los cuatro primeros discípulos), y luego que fue sábado enseñaba en la sinagoga.
Estaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y poder y no como los escribas-letrados (gramáticos).
Había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro que de pronto se puso a gritar diciendo: «¿Qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Viniste a aniquilarnos? Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.»
Y Jesús lo conminó, diciendo: «Cállate y sal de él.»
Y sacudiéndolo violentamente el espíritu inmundo, gritando con un gran alarido, salió del hombre.
Quedaron todos pasmados, de manera que se preguntaban unos a otros:
«¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva… y con autoridad…!
Impera a los espíritus impuros y lo escuchan y obedecen»
Y se extendió rápidamente su renombre por todas partes, en toda la región de Galilea (Marcos 1, 21-28).

Contemplación
Jesús entra en Cafarnaún y va a enseñar a la sinagoga. El papa Francisco hacía notar la semana pasada que Juan el Bautista predicaba en el desierto, como si dijéramos “a las personas que iban hacer un retiro con él”, en cambio Jesús va a los lugares donde se encuentra la gente, en este caso a la capilla del pueblo.
Suceden allí dos cosas al mismo tiempo: que la gente se da cuenta de una diferencia entre la predicación de Jesús – su doctrina nueva – y la de los “gramáticos”, la de los escribas y letrados, que explicaban la Biblia. Marcos lo expresa diciendo que la gente “estaba admirada”. De qué? De que la doctrina de Jesús tenía poder y autoridad prácticas. Es decir, era una enseñanza que tocaba el corazón y que lo movía a uno a cambiar de conducta. La de Jesús era y es una palabra que incide en la vida concreta de la gente, una palabra que da vida.
Es la diferencia que uno siente cuando escucha tanto palabrerío y de pronto se da cuenta de que alguien está hablando distinto: que le habla a uno, que es alguien coherente y sabio y que lo que dice llega el corazón.
En ese mismo momento en que el Espíritu Santo mueve los corazones de la gente a escuchar la palabra de Jesús y le da alegría y entendimiento, se despertó el mal espíritu. Lo notable es que no era un loco suelto de esos que suelen entrar en la iglesia. Era uno de la sinagoga. Uno de esos que quizá escuchaban las predicas un poco en babia, prestando atención medio distraídamente y de golpe le surgió algo que este pobre hombre no sabía que tenía en el fondo de su corazón: un mal espíritu » religioso «, diría yo.
Jesús al comienzo mismo de su predicación, después de haber combatido el mal espíritu en su propio corazón en el desierto, viene ahora a combatirlo en el lugar religioso donde se ha metido: en la parroquia, en la iglesia.
Este mal espíritu no es, digamos así, uno que lleve a cometer pecados de ira, de lujuria, de envidia…, sino un mal espíritu que va contra la Palabra de Dios que, como una semilla sembrada en terreno bueno, da fruto.
El grito que pega este señor me da la sensación de que es una primera táctica del demonio: cuando la semilla cae en medio del camino, se la roba como un pajarito que la come apenas cae. El grito es una especie de muestra de poder que se contrapone a la mansedumbre y a la suavidad de la palabra de Jesús llamando la atención. La gente dice: si alguien grita así es que acá debe haber algo raro. Y el oído que se había abierto totalmente a recibir lo que el Señor tenía para decir, medio que se cierra.
Veamos un poco las tres expresiones de este mal espíritu religioso.

«¿Qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno?

Sin hacer mucha exégesis, sino tratando de leer a la luz de lo que el Espíritu Santo me ver sencillamente en el corazón (esta mañana apenas me puse a rezar y, como siempre, con el cestito entre las manos, le pedí al Señor que me diera “una limosna de oración”, inmediatamente me vino esta inspiración de discernir con su ayuda esté mal espíritu contra la Palabra de Jesús que busca impedir que se encarne en nuestra vida), lo primero que me llama la atención es que es un espíritu que encierra muchos: dice “nosotros”. Son un mal espíritu que se ha vuelto “sentido común”; que se posesiona de la gente y habla como si estuviera hablando uno: como cuando uno dice » y este que se cree » y lleva a otros a sentir y decir: “eso, qué se cree”. Debemos estar atentos cuando la frase que dice alguno en los medios, por ejemplo, nos hace sentir que sintoniza “perfectamente” con lo que nosotros pensamos. Hay que estar atentos, digo, para no masificarnos. Uno tiene que ser dueño de su voz y expresar las cosas tomándose el trabajo de formularlas por si mismo y no dejar que otro hable por uno.
El discernimiento aquí viene de la regla de San Ignacio que dice que uno debe estar atento y discernir bien los pensamientos que se nos ocurren en el tiempo “que sigue” a una consolación, en el que a veces uno hace propósitos que no tienen que ver con la gracia inicial. A veces alguien entra con la nuestra, diciendo alguna frase que nos calza como anillo al dedo, y luego saca una conclusión que nosotros no formularíamos así, es decir: nos lleva para su bando.
La frase “que hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno” nos suena como la que Jesús le dice a su Madre en Caná. Es una expresión común en el Antiguo Testamento y no es difícil de traducir si uno entiende el fondo de lo que quiere expresar: una separación de intereses. Es como si el mal espíritu, que le habla a Jesús, en realidad hablara para la gente, que está embobada con su doctrina. Es como cuando uno dice: » Nada que ver !”. “Esto que está diciendo Jesús no tiene nada que ver”. Notemos que al mal espíritu no le interesa Jesús en si mismo, sino la gente.
Hemos discernido que es un mal espíritu contra la Palabra. Entonces, aquí personaliza la cosa en un “nosotros” común, haciendo sentir a la gente que “nada que ver”, que no se entusiasmen tanto, porque Jesús viene con un interés sospechoso.
Veamos la misma frase dicha con buen espíritu del Señor a su Madre: le hace sentir que su hora no ha llegado todavía, que el interés de María por ayudar a los novios con el vino, y el suyo, de hacer la voluntad del Padre, pareciera que no coinciden. Sin embargo, inmediatamente Jesús se pone hacer el milagro que María le pide. Es como decirle: “lo que me pides no tiene nada que ver, está desubicado, y sin embargo me gusta que me pidas esto porque, aunque me haga adelantar la hora, tu pedido va a favor del Evangelio. Este es el buen espíritu, totalmente contrario al otro que va contra la predicación del Evangelio, que hace sentir a la gente miedo de que Jesús se meta en sus intereses; esa es la primera táctica del mal espíritu. “Que hay entre tú y nosotros, qué quieres de nosotros”. Esta tentación se manifiesta a veces en nuestro tiempo como dando por descontado que el entusiasmo por la palabra de Jesús seguramente nos llevará a tener que concederle algo, a que nos pida algo que seguramente será difícil. Es verdad que Jesús tiene la intención de “tener algo contigo” como dice la canción. El Señor siempre actúa buscando a la persona, buscando nuestro corazón, pero no para quitarnos nada, sino para darsenos entero.

¿Viniste a aniquilarnos?

Inmediatamente viene la segunda frase del mal espíritu que muestra a donde apuntaba el grito y el hacer sentir que no tenemos nada que ver con Jesús: «Vienes aniquilarnos?”. La palabra se traduce como «destruirnos, perdernos o arruinarnos», pero en un sentido fuerte de “aniquilarnos definitivamente”.
Es una cualidad que tiene Jesús que hace que su mera presencia haga saltar al mal espíritu y que se manifieste desfachatada y exageradamente. Nosotros discernimos cuando alguien salta y pierde los estribos y nos ponemos un poco a la expectativa, porque nos damos cuenta de que hay un conflicto de intereses que estaba oculto y que alguna palabra sacó a la luz. En este caso el mal espíritu se da cuenta de que Jesús viene a aniquilarlo, a quitarle su poder, a expulsarlo de nuestra vida de manera completa y definitiva. Pero el punto es que con ese “nosotros” le hace sentir miedo a la gente -nos hace sentir miedo a nosotros- de que Jesús, junto con la aniquilación del mal espíritu, también nos afectará a nosotros. Si recordamos el caso del endemoniado geraseno, al que Jesús liberó mandando la legión de demonios a los chanchos, lo que el mal espíritu quiere es hacer que le digamos educadamente a Jesús que mejor se vaya a predicar a otra región. Nos parece muy bien que cure a un pobre endemoniado. No nos parece tan bueno tener que pagar el precio de que se nos ahoguen todo nuestro chanchos.
Así como la primera expresión traducida a nuestro lenguaje es: » nada que ver!”, esta otra expresión es: «algo me va a pedir”. Un “algo me va a pedir” que sentimos como definitivo: “me va a pedir algo que aniquilará mis intereses, todo lo que más me gusta”. “Te va a pedir que te hagas cura o monja”, le hace sentir el mal espíritu a los jóvenes. “Te va a pedir que aflojes ese dinero que tienes guardado» le hace sentir a los adultos. San Agustín dice que cuando se convirtió, sus antiguas pasiones tocaban a la puerta de su corazón llorando y diciéndole: “Nos va a dejar para siempre?. Nunca más los placeres carnales? Nunca más la fiesta con tus amigos?”. Con la palabra “aniquilarnos” el mal espíritu expresa la verdad de fondo: Jesús aniquila el mal. Pero lo aniquila borrándolo de la memoria con su misericordia infinita, lo aniquila con una paciencia de padre que esperar todo lo que su hijo necesite para liberarse por sí mismo del mal, lo aniquila con su amor y su lealtad de amigo, lo aniquila venciendo el mal con el bien.
Vemos en el evangelio que los endemoniados, a los que el Señor les expulsó el mal espíritu que tenían adentro, quedan totalmente pacificados, se convierten, como María Magdalena de la que expulsó siete demonios, en personas alegres, activas, apostólicas, valientes, enamoradas de su Señor.

«Te conozco, sé quién eres: el Santo de Dios.»

La tercera frase con que quiere engañarnos el mal espíritu, que como hemos discernido no le habla tanto a Jesús, sino a nosotros, mirando de reojo el efecto que su frase fuerte contra Jesús produce en nuestro ánimo, es esta frase: “Te conozco, (mascarita)”. El mal espíritu adopta ese tono con que hablan algunos comunicadores haciendo sentir que lo que dice un personaje público “no tiene nada que ver”, que es evidente que el tipo se trae sus intereses escondidos y que “algo nos va a sacar”; él (el comunicador) es alguien que “conoce perfectamente” lo que el otro ambiciona.
En el ámbito religioso esta frase -te conozco- es la que está en el fondo de muchas actitudes farisaicas, actitudes de personas que se creen en posesión de la verdad absoluta y que dicen defender la integridad de la doctrina. Hablan como si tuvieran autoridad divina, y cada vez que alguien, como el papa Francisco, digamos, hace que la palabra toque la vida de la gente, alzan la voz para hacer sentir que “eso no está permitido”.
Jesús simplemente le dice “Cállate! Y sal de él”. Y la gente recupera, redoblada, la admiración y la convicción de que se trata de una doctrina nueva, que tiene poder para expulsar estos espíritus religiosos impuros que no dejan que la palabra de Dios llegue a la vida y toque el corazón de la gente.
Dejemos que Jesús le vuelva decir » Cállate! » a este mal espíritu que se quiere apoderar, bajo apariencia de bien, de nuestra opinión y de nuestra voz. Como dice doña Jovita: «Ni se te ocurra creerle»! «Vendrán para herirte el alma los pensamientos más crueles, los argumentos más cuerdos te harán sentir que no puedes. Deja que pasen de largo, declarate incompetente. Te harán dudar de tu nombre, de tus sueños y quehaceres. Si hay un viento de tristeza, como un bajón que te viene, te anda queriendo engañar: Ni se te ocurra creerle».

Dejemos que Jesús le diga al que tiene este mal espíritu que salga de esa persona y que no se nos contagie a nosotros. Tomemos distancia de toda frase y de todo tono que atenta contra la alegría del Evangelio en nuestra vida, esa alegría que nos hace sentir la palabra cuando echa raíces en lo profundo de nuestro ser y da fruto en medio de la vida cotidiana. Digámosle a Jesús: Tu tienes que ver conmigo, haz venido para darme vida, a librarme de todo lo que me hace daño con tu misericordia infinita y tu bondad de amigo, y la verdad Señor es que no te conozco como quisiera, la verdad es que quisiera conocerte mucho mejor, conocerte y hacerte lugar en mi vida como la persona viva que eres, conocerte dándote espacio como el espacio que se le da a los seres vivientes y que deja que ellos mismos se vayan expresando y contando su verdad. No quiero conocerte por los libros Señor, ni por lo que me dicen los que se consideran sabios y dueños de la doctrina. Quiero conocerte vivo por los efectos que tu vida produce en la mía, y poco a poco, siguiendo tus palabras, ir descubriendo tu Rostro que un día veré cara cara.
Diego Fares sj

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