La cercanía del Reino y nuestra inmediatez para entrar: cuestión de madurez, no de tiempo (3 B 2021)

Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo está maduro: el Reino de Dios se ha aproximado y está a la mano. Conviértanse y crean en la Buena Noticia.» 

Y pasando por la ribera del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. 

Jesús les dijo: «Síganme y Yo haré que lleguen a ser pescadores de hombres.» 

Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron. 

Avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron” (Mc 1, 14-20).

Contemplación

En el mosaico de Rupnik, que está en la Capilla de la Nunciatura apostólica, en París,   contemplamos el momento en que Simón Pedro con los ojos fijos en Jesús (cuyo mosaico está en la pared de enfrente), sale de la barca y, poniendo un pie en la arena, lo deja todo en el gesto de dejar las redes y sigue a Jesús. 

Dos frases  me resuenan con fuerza en este Evangelio: una, que el tiempo está maduro, que el Reino se ha vuelto cercano; que “está a la mano”, como dice Jesús; la otra, que los discípulos lo siguieron apenas los llamó, inmediatamente. Dejaron todo y lo siguieron. 

Esta es la primera gracias a incorporar en la contemplación de hoy: cuando Jesús dice que el Reino está cerca hay que hacer como los primeros discípulos: seguirlo a Él, inmediatamente. Seguirlo como dice Nuestra Señora en Caná: haciendo cualquier cosa  que Él nos diga, aunque parezca algo muy pequeño o simple (en general el Señor pide cosas muy simples y para las que estamos maduros).  Algún ejemplo? “ Llenen las tinajas de agua “-a los servidores; “Echen la redes” – a los pescadores; “Toma tu camilla y camina” – al paralítico curado; “Basta que creas “- hay que se hace lío con su fe… son cosas sencillas que el Señor nos manda hacer en su Nombre.

Cuando Jesús sale a predicar es porque “el tiempo se ha cumplido”, en el sentido de que está maduro. Uno puede seguirlo sin dudar porque el Señor sabe adónde va y lo que comienza lo llevará a término. La prontitud de los discípulos no es valentía heroica ni inconsciencia, sino madurez. Su tiempo también estaba maduro. Habían deseado y esperado al Mesías junto a Juan el Bautista y ahora, apenas lo ven y escuchan su voz, lo reconocen y lo siguen sin vacilar.

Madeleine Delbrêl, en una charla que dio a sus compañeras de comunidad en 1956, tiene unas reflexiones muy hermosas y prácticas acerca de saber aprovechar los  momentos en que se nos vuelve cercano Jesús. 

La charla era sobre la oración. Porque es en la oración donde se nos aproxima Jesús, donde maduran la apertura del Reino y nuestra capacidad para entrar en él. Madeleine afronta el problema actual de que no tenemos tiempo ni espacios adecuados para rezar. No los tenemos tal como imaginamos que deben ser un lugar y un tiempo de oración, según una imagen un poco idealizada de la vida contemplativa. Ella nos hace ver que la oración es encuentro con Jesús vivo y para las personas vivas siempre hay tiempo y espacio, aunque no sea el ideal. Y hace una consideración muy interesante acerca de una cercanía que, si no se da “horizontalmente”, siempre se puede dar “en profundidad”. Recuerda que en la antigüedad, para obtener calor había que quemar madera o sacar carbón, lo cual requería trabajar sobre grandes extensiones de tierra. Hoy se “perfora” un pozo petrolífero y se obtiene un combustible aún mejor. La cuestión es que el deseo de calor y de energía es lo que mueve a buscar los medios. En la oración es igual: el deseo de Jesús es el que crea espacios de oración y encuentra momentos maduros en donde sea que uno se encuentre.

Escuchamos a Madeleine sobre los “espacios y tiempos para rezar”: 

“El retiro al desierto puede consistir en cinco estaciones del subte al fin de un día en el cual estuvimos perforando un pozo (profundizando con nuestro deseo de Jesús) hacia esos mínimos instantes que la vida nos regala. Y por el contrario, el desierto mismo puede ser sin “retiro” si hemos esperado a estar allí para empezar a desear el encuentro con el Señor. Nuestras idas y nuestros retornos -y no solamente aquellos que se hacen de un lugar a otro, sino también  los momentos en los que nos vemos obligados a esperar -ya sea para pagar en la caja, para que se libere el teléfono o para que se haga un lugar en el micro -, son momentos de oración preparados para nosotros en la medida en que nosotros nos hayamos preparado para ellos. A ver los momentos desperdiciados porque no estábamos listos, podemos considerarlos como aquello que son: un pecado venial. Pero si un día en nuestra relación con el Señor no se tratará más de considerar pecados, sino amor, quizá tomaríamos conciencia de haber sido ridículos amantes”. 

“Ridículos amantes!” Qué bien captado lo esencial y que bien expresado. El que ama aprende rápido de sus errores sin necesidad de que otro se lo diga. 

La cercanía o lejanía del Reino en la cosmovisión de Delbrêl es cuestión de amor. El que está enamorado y profundiza todo el día en el deseo de encontrar a la persona amada no se pierde la oportunidad de un encuentro porque sea breve; al contrario, si se trata de un encuentro casual en el que se tiene poquísimo tiempo se aprovecha mejor y da una alegría más grande que si se hubiera planeado. Así el que está atento a la venida del reino sabe atrapar la ocasión al vuelo. Lo vemos en el anciano Simeón que espera toda la vida la venida del Mesías y cuando el Espíritu le dice que ha llegado, va con prontitud a su encuentro en el templo y lo toma en brazos. Lo vemos en los discípulos: si lo dejan todo en un instante es porque habían estado deseando la llamada del Señor; en el discipulado junto a Juan el Bautista se habían preparado para esta llamada. Lo vemos en el ciego Bartimeo, que había madurado en su interior la respuesta que le daría a Jesús cuando pasara y le preguntara qué quieres que haga por ti: “Señor haz que yo vea”.

Continúa Madeleine:

“Harían falta muchísimos ejemplos para hacer comprender que en el Evangelio no es el tiempo o el lugar lo que más cuenta.

Entre personas que se aman el tiempo que han tenido para decírselo a veces ha sido brevísimo. Cada uno ha tenido tal vez que salir para su trabajo o para cumplir con una obligación. Pero ese trabajo y esa obligación no habrán sido ese día otra cosa que el eco de las pocas palabras dichas con amor en pocos minutos.

Si hemos perdido a alguien a quien amamos y nos encontramos con una carta suya o con alguna nota que nos dicen un poco de su vida nos parece haber encontrado un tesoro. Y nuestro espíritu queda verdaderamente pleno con este tesoro. Y si por casualidad estas notas hablaran acerca de lo que esta persona amada pensaba de nosotros, lo que deseaba que nosotros hiciéramos, esas palabras se convertirían en nuestro pensamiento dominante. 

El Evangelio es un poco todo esto para nosotros o, al menos, debería serlo.

Si lo queremos estudiar desde el punto de vista histórico o teológico el Evangelio requerirá tiempo. Pero si en el Evangelio buscamos algo del Señor vivo que todavía ignoramos: su palabra, su pensamiento, su modo de obrar, aquello que quiere de nosotros; en fin, algo de Él mismo, éste Él mismo que buscamos en todos los lugares donde Él nos dice que está y que nunca encontramos tanto como querríamos, para esto no es de tiempo que tenemos necesidad. Más exactamente: es de todo nuestro tiempo que, en un cierto sentido, tendremos necesidad. En efecto, vivir no exige tiempo: se vive todo el tiempo, y el Evangelio debe ser antes de todo vida para nosotros.

Para que puedan realizar su trabajo de vida nosotros, las palabras del Evangelio que hemos leído, que hemos rezado, y que quizá hemos estudiado, es necesario llevarlas con nosotros todo el tiempo que le es propio a cada palabra, para que la luz que le es propia nos ilumine y vivifique”. 

….

Éstas son reflexiones de  tiempo de Hospital, como yo le llamo. Como dice mi amigo Paolo: al hospital se sabe cuando se entra pero no cuando te atienden. Gracias a Madeleine Delbrêl que me abrió los ojos con sus oraciones en el subte y haciendo fila mientras esperaba turno, el Señor me da la gracia de poder aprovechar los momentos en que las esperas para ser atendido se hacen largas. Por un lado aprovecho para anotar los nombres de toda la gente que encontré y para rezar un ave María por los que tengo de compañeros de sala de espera. Por otro lado, San José me da a menudo la gracia de la intercesión. El primer paso es identificar aquello que más me molesta o me hace sufrir en este momento; a partir de eso, me imagino a personas concretas que sé que experimentan lo mismo; y uniéndome a ellas de corazón y con compasión sentida en carne propia, intercedo al Señor para que nos ayude. Como en tantos años de sacerdote pocas veces había intercedido así, me doy cuenta de que es una gracia y la aprovecho. Como la gracia me vino tocando con un dedo el borde del manto de una imagen de San José que me regaló un amigo, cuando deseo interceder repito el gesto y me prendo de su vestido, que para mí viene a ser como uno de esos “lugares” donde el Reino de Dios está siempre a la mano.  

Diego Fares sj

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