Es lógico que un individualista sea ateo, porque en su espacio exclusivo y excluyente Dios no habita (2 B 2021)

Estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: 

«Este es el Cordero de Dios.» 

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. 

El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: 

«¿Qué quieren?» 

Ellos le respondieron: 

«Rabí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?» 

«Vengan y lo verán», les dijo. 

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. 

Eran como las cuatro de la tarde (la hora décima). 

Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: 

«Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. 

Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: 

«Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro” (Jn 1, 35-42).

Contemplación

Maestro donde habitas.

En el mosaico de Rupnik se representan dos tiendas: una de la tierra, que cubre a Jesús y a los discípulos, y otra del cielo, hacia la que Jesús señala con su mano indicando la apertura llena de color. Él habita en el Padre, en la intimidad de la tienda del Padre, mientras camina y habita nuestra tierra. “Puso su tienda entre nosotros”, dice Juan.

La pregunta de los discípulos – “donde vives”- tiene varios sentidos. Uno de lugar y de tiempo: donde se aloja, donde reside, donde habita de modo permanente. Quieren ir a su casa para charlar con tranquilidad. 

Otro sentido -más profundo- es el de un “permanecer” espiritual: donde estás arraigado, quiere decir; donde tienes tu fuente, tu origen y tus deseos. Uno habita espiritualmente en sus afectos, en sus pensamientos, preocupaciones y anhelos que giran en torno a los que ama: a su familia, a sus amigos, a su pueblo. Amar tiene que ver con habitar en el sentido concreto de que las personas que uno ama tienen “su espacio” dentro de nosotros. Se ve claro en el hecho de que, cuando pensamos en alguien querido, dejamos que este pensamiento ocupe su espacio y se tome su tiempo. Y lo hacemos con gusto. Mientras que a los pensamientos sobre otros (que nos llegan por un WhatsApp de alguien no muy conocido, por ejemplo) los hacemos esperar o les ponemos límites. Habitar en y con los que amamos no significa estar todo el día juntos, pero sí tener la llave de la misma casa, poder entrar y salir, encontrarnos familiarmente, poder quedarnos y que el otro se quede lo que desee. 

La expresión es fuerte porque el Señor la usará para hablar de la relación que tiene con el Padre: “yo vivo en el Padre y el Padre vive en mí”. Este “vivir en otro” quiere decir que esa persona opera continuamente en nosotros por su influencia y energía, que puede hacerlo sin que sintamos que se entromete, como dejamos que uno de casa nos prepare algo rico o nos pida que hagamos algo por él como si fuéramos su misma mano (sosteneme esto un momento, pasame aquello). Pequeñas cosas que cuando hay amor se hacen con natural espontaneidad y cuando no hay amor pueden causar infinita molestia (agarralo vos!).  

El Señor también usará este término -habitar, permanecer-  para decir que el que lo ama permanece en Él, en el sentido de que está arraigado en Él, como el sarmiento en la Vid;  unido a Él, por el Espíritu Santo que nos ha dado. 

A veces tenemos la imagen de que el envío del Espíritu Santo, que Jesús y el Padre prometen y realizan no solo en Pentecostés, sino siempre que pedimos “envíennos su Espíritu”, fuera como el envío de un paquete, de alguien que luego no sabemos dónde poner.  Es verdad que el Espíritu viene a habitar entre nosotros, a estar a nuestro lado como Paráclito,  como abogado defensor y Compañero fiel. Pero esta es solo una cara de una relación dialogal. El Espíritu no se suma como uno más a nuestra vida, sino que por ser Él quien es, el Espíritu creador y dador de vida, entrando humildemente en nuestra historia nos abre un espacio absolutamente nuevo para habitar: el espacio del reino de Dios. Es así que, al recibirlo, nos incorporamos a un nuevo ámbito de vida, a una nueva casa: en el Espíritu el Padre y Jesús habitan en nosotros, pero siempre como inclinando suavemente la balanza a que seamos nosotros los que habitamos en ellos. Es como una madre que al entrar en la habitación de su hijo pequeño que ha quedado toda desordenada, poniendo cada en cosa en su lugar, hace que el niño habite en una habitación que se ha transformado y ha quedado como nueva. Toda la familia habita en la misma casa y se puede decir que unos habitan en los otros, pero la realidad es que lo que llamamos “ nuestra casa “ se ordena y organiza en el corazón y en las manos de nuestra madre. Es bien clara la diferencia entre “la que habita volviendo habitable” para todos el espacio común y los que habitamos haciendo que con nuestros descuidos de cosas tiradas por cualquier lado, el mismo espacio sea distinto: menos agradable, menos de todos. 

Rabí -Maestro- ¿dónde vives?

Vengan y lo verán», les dijo. 

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. 

Eran como las cuatro de la tarde (la hora décima). 

Bendita sea aquella hora décima, la hora del comienzo del tiempo de los llamados (allí tuvo su comienzo también mi vocación), la hora de los encuentros maduros, de los encuentros entre los que desean permanecer juntos para siempre, perseverar en ser el uno en el otro, gozar en ser el uno para lo que el otro necesite y quiera. 

Aquella tarde nació en la primera Iglesia, o mejor se hizo Iglesia, casa común, la casita o habitación en la que el Señor vivía. Sería seguramente la casa de alguna familia amiga, en la que le habían reservado un lugar después que él dejara su casa de Nazaret. Pero con la pregunta y el deseo de los discípulos de ver donde vivía y de pasar allí su tarde con Él, esa habitación se transformó en Casa de Dios para los hombres. 

Aquella tarde los discípulos aprendieron la dinámica cristiana que es la de primero hacer casa, la de encarnarse, inculturarse, compartir el espacio donde vive el otro, crear un espacio común donde vivir, y luego sí, allí, predicar y escuchar el evangelio que ya se empezó a vivir en este habitar en común.

Es importante caer en la cuenta de que antes de revelar que la santísima Trinidad viene a habitar en nuestro corazón Jesús inició con sus discípulos un largo camino que comenzó aquella tarde en que habitaron juntos en su pequeña casita. Notemos también que los discípulos fueron de a dos y que inmediatamente corrieron a buscar a Simón Pedro. Captaron existencialmente que vivir y habitar el mismo espacio con Jesús implica haber salido del individualismo y tender con todas nuestras fuerzas a incluir a todos los hombres, nuestros hermanos.  Para poder permanecer en Jesús y que Dios permanezca en nosotros nuestro espacio interior debe ser algo más que un mero espacio individualista tal como lo concibe mentalidad posmoderna. Si consideramos nuestro interior como ese espacio individual en el que “yo con mi cuerpo hago lo que quiero”, es difícil imaginar que pueda querer venir a habitar allí la Santísima Trinidad: tres Personas a las que les apasiona hacer lo que quiere el Otro, por decirlo de manera simple.

La dificultad actual de muchos de creer en Dios, de creer en un Dios que habita en nuestro interior, que nos da fuerza, nos ama y nos perdona, quizá provenga de la manera como concebimos nuestro interior. Es lógico que un individualista sea ateo, porque en su espacio exclusivo y excluyente, Dios no habita. Pero si ahondamos un poco, es obvio que solo se puede ser individualista si uno tiene detrás o una familia o una sociedad de consumo que lo sostiene (en la medida en que tiene dinero). En ese espacio individualista Dios no está, no se lo puede sentir, y es lógico ser ateos. Pero hay que avivarse: que no esté allí no significa que Dios no habite en ninguna parte. Basta salir (entrar) en los espacios comunitarios de amor de solidaridad y de servicio para que inmediatamente aparezca la estrella y se haga sentir la presencia del Espíritu que habita nuestra casa común recreándola cada día como una madre que ordena su casa y la deja como nueva. 

Diego Fares sj