Desnivelar, para que se abra el Cielo (Bautismo B 2021)

Juan predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al resurgir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección» (Mc 1, 7-11).

Contemplación

El mosaico de Rupnik muestra la fuerza con que se abren los cielos en el bautismo de Jesús. La apertura del cielo es algo más que un hecho físico. Se experimenta por lo que acontece: el descenso del Espíritu Santo sobre Jesús y la voz del Padre que como una caricia ilumina al Señor, testimoniando que es su Hijo amado. 

Está irrupción de la Trinidad en nuestra historia nos hace conscientes de que, antes, el cielo estaba cerrado y que ahora, gracias a la humildad de Jesús que asume nuestra humanidad bautizándose como uno más del pueblo fiel, está abierto. Es decir: no hay ninguna barrera que nos impida interactuar con nuestro Creador y Señor. 

El cielo cerrado es imagen de un Dios inaccesible, tan trascendente que no podemos acceder a su intimidad. Sabemos que no nos hemos creado a nosotros mismos, pero la materia de nuestro mundo hace que rebotemos al querer trascender, al buscar ese sentido más profundo e integral que tiene la vida y que no se ve a simple vista. 

El cielo abierto es imagen de un Dios accesible, cercano, familiar, que camina a nuestro lado en Jesús, que desciende en la Persona del Espíritu, que nos revela la intimidad del Padre y nos permite ascender a Él, es la imagen de un Dios que nos habla y se hace entender, y que nos escucha con el oído amoroso de un Padre.

En el bautismo de Jesús el cielo se abrió para no volverse a cerrar. Y lo lindo es que está abierto para todos. Está abierto, pero requiere ojos capaces de ver esta apertura, corazones capaces de sentir y experimentar las cosas que se dan en este reino de los cielos. 

El cielo está abierto a los ojos de la fe, de la fe activa, que se concreta en obras  y sentimientos de caridad. No se abre enteramente el cielo a los ojos del mero sentido común; tampoco basta la mirada de la ciencia. Estos ojos, cuándo no están nublados por prejuicios, algo pueden presentir y entrever del cielo abierto. Pero no bastan. Y no es algo negativo que no basten. Todo lo contrario. Gracias a que el cielo se abre de par en par a los ojos de la fe del que ama, conservamos nuestro espacio de autonomía y de libertad, que de otra manera perderíamos. 

Esto no es algo extraño a nuestra experiencia humana. También el alma de cada persona es un cielo abierto para los ojos de los que la aman y un cielo cerrado para aquel que mira con indiferencia o mero espíritu de investigación y curiosidad. 

Ahora bien, cómo podemos ayudar a nuestros ojos a que vean el cielo que nos ha abierto Jesús, cómo pueden nuestros oídos escuchar entre los ruidos del mundo la voz del padre que señala Jesús como su hijo amado, cómo podemos hacer que el espíritu se pose sobre nuestro corazón pacíficamente como una paloma y nos impulse a seguir la voluntad de Dios?

Es lindo usar aquí la imagen del desborde que tanto le gusta al papa Francisco. El cielo se abre por un desborde de la misericordia de Dios. Y el desborde lo produce una diferencia de nivel en la tierra, un abajamiento como el de Jesús que al sumergirse en las aguas del Jordán desnivela la realidad y hace que el Padre no puede resistirse a confesar su predilección y que el Espíritu tenga que descender, sí o sí, a este Jesús humilde que atrae sobre sí la misericordia y el amor de Dios.

Sucede así en otros pasajes del Evangelio.

En el preciso instante en el que la Virgen María envuelva en pañales a Jesús y lo recuesta en el pesebre, Lucas nos dice que se abrió el cielo para los pastores que habitaban en la región de Judea y la gloria de Dios los envolvió con su resplandor.

En la transfiguración cuando Jesús se pone a hablar con Moisés y Elías acerca de su éxodo y Simón Pedro, que no sabe bien lo que dice, pero se da cuenta que sería bueno hacer tres tiendas para quedarse allí escuchando este diálogo a cielo abierto, también entonces se escucha la voz del Padre diciendo que Jesús es su Hijo amado.

Junto a estas aperturas grandes del cielo hay una multitud de aperturas pequeñas, personales. Cada vez que Jesús se abaja para servir a alguien -como en el lavatorio de los pies-, para perdonar -como cuando se arrodilla anta la acusación a la adúltera- y curar -como cuando lloró ante la tumba de su amigo Lazaro- , y cada vez que alguno del pueblo de Dios se abaja para adorar al Señor o para tener una actitud de servicio con los demás -como la viuda que dio sus dos moneditas y desniveló el corazón de Jesus-, se produce una apertura del cielo, desciende el Espíritu y el Padre confirma que Jesús es su Hijo amado. Los actos de fe en Jesús y los actos de caridad desnivelan la realidad y atraen el desborde de la misericordia de Dios. 

También nosotros podemos provocar este desnivel que hace que abran las compuertas del cielo y se desborde en nuestra historia la misericordia de Dios. 

Desnivelamos la realidad con nuestros gestos, cuando nos arrodillamos y tocamos el suelo con la frente en  adoración, como Jacinta, la pastorcita de Fatima, que rezaba: Dios mío, creo en tí, te adoro, espero en tí y te amo…

Desnivelamos la realidad con nuestra acción, cuándo nos arremangamos para servir, sin necesidad de muchas explicaciones, como todos los santos y santas «de la puerta de al lado».

Desnivelamos la realidad interiormente, sin que se vea, cuando abajamos nuestras pretensiones y nos ponemos a la altura de la gente común y si es la de los más pequeños mejor.

Desnivelamos la realidad con el pensamiento, cuándo pensamos como Madeleine Delbrêl, que hacer pequeñas cosas por Dios nos hace amarlo tanto como hacer grandes cosas. Porque sabemos que estamos muy mal informados acerca de la medida que tienen nuestros actos. Nosotros no sabemos sino dos cosas: la primera, que todo lo que hacemos no puede ser sino pequeño; la segunda, que todo lo que Dios hace es grande. Esto nos vuelve muy tranquilos a la hora de actuar.

Desnivelamos la realidad con nuestra esperanza, cuando allí donde nadie espera nada somos capaces de volcar toda nuestra angustia en Dios y dejar las cosas en sus manos con la certeza de que el obrará.

Diego Fares sj

2 comentarios sobre “Desnivelar, para que se abra el Cielo (Bautismo B 2021)

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