Jesús, esa Palabra a la que el Espíritu le pone música (2 B Navidad)

Bailarina – Joan Miró (1925)

Al principio existía la Palabra,

y  la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios.

Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra

y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

En ella estaba la vida,

y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la acogieron.

La Palabra era la luz verdadera

que ilumina a todo hombre

viniendo a este mundo.

Ella estaba en el mundo,

y el mundo fue hecho por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

Vino a los suyos y los suyos no la recibieron.

Pero a todos los que la recibieron,

a los que creen en su Nombre,

les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Ellos no nacieron de la sangre,

ni por obra de la carne,

ni de la voluntad del hombre,

sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne

y habitó entre nosotros.

Y nosotros hemos visto su gloria,

la gloria que recibe del Padre como Hijo único,

lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de él al declarar:

‘Este es Aquel del que yo dije:

El que viene después de mí me ha precedido,

porque existía antes que yo’.

De su plenitud todos nosotros hemos participado

y hemos recibido gracia sobre gracia:

porque la ley fue dada por medio de Moisés,

pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Nadie ha visto jamás a Dios;

el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, 

que está en el seno del Padre (Juan 1, 1-5. 9-18).

Contemplación

La Iglesia nos invita a comenzar el año con Jesús, la Palabra encarnada.

Con esa Palabra que no es ningún concepto abstracto, sino que tiene Madre: María. 

Con esa Palabra a la que el Espíritu le pone música. Y así, como dice el salmo 119: se convierte en “lámpara para nuestros pasos y luz en el camino”. Lámpara para el pequeño y alegre paso que puedo dar hoy en el amor y en la fe. 

Es decir: con una Palabra que no tiene nada que ver con las ideologías. Vieron que la ideología se puede ver? Yo me doy cuenta de que alguien está ideologizado cuando me transmite la emoción de un sentimiento auténtico pero un brillo opaco en su mirada revela que no me mira a mí, sino a su propia idea, que no me habla a mí, sino que discute con lo que considera otra ideología.   

La palabra qué es Jesús no es el envase descartable de las ideas de Dios. Es más bien como las palabras de esos cuentos que nos contaba nuestro papá y que aunque ya conocíamos de memoria el argumento nos encantaba escuchar de nuevo cada noche antes de dormir.  

Pero antes de seguir hablando yo me gusta escuchar al comienzo del año lo que dice sobre la palabra una querida amiga, Madeleine Delbrêl. Como presentación para los que no la conocen baste decir que era una joven atea a la que en cierto momento de su vida “le explotó el Evangelio” y la dejó para siempre “deslumbrada con Dios”. Ella dice algo sobre nuestras discusiones que puede hacernos bien en estos tiempos en qué discutimos tanto usando las verdades del Evangelio.

Madeleine dice que tenemos que dejarnos evangelizar, una y otra vez. Especialmente cuando tenemos que defender una verdad del Evangelio. Si nuestra actitud no es la de dejarnos evangelizar por esa palabra que defendemos fácilmente se nos transforma en una ideología.  

“No podemos evangelizar a otros si no nos hacemos conscientes de que nosotros mismos estamos siendo evangelizados – que hemos “recibido” la buena noticia, que “se nos ha dado”. Lo que pensamos que «naturalmente creemos» no nos sentimos en deuda de proclamar – nos parece normal que esto se sepa. Esta fe que asimilamos a una «buena mentalidad» se reduce dentro de nosotros a los límites de una mentalidad humana – ya no podemos proponérsela a los demás como personas que han recibido libremente un tesoro y quieren compartirlo. De ser indiscutible, se vuelve, en un medio ateo, discutible, como una opinión filosófica. 

Nuestras certezas, las de la fe y las de nuestra mentalidad, hoy están siendo cuestionadas. Visceralmente, las defendemos. Dondequiera que haya materia para la discusión humana, afirmamos absolutos. Donde hay materia para la evangelización discutimos ideas, no damos testimonio de una vida. No anunciamos las buenas noticias. Porque el Evangelio ya no es noticia para nosotros: estamos acostumbrados a él, es una noticia vieja. El Dios vivo no es una felicidad prodigiosa y abrumadora – es algo debido, el telón de fondo de nuestras vidas. No nos damos cuenta de lo que la ausencia de Dios sería para nosotros; por lo tanto no nos damos cuenta de lo que es para los demás. Discutimos una idea cuando hablamos de Él, no damos testimonio de un amor recibido y dado. Defendemos a Dios como nuestra propiedad, no lo anunciamos como la vida de toda la vida, como el vecino inmediato de todos los seres vivos. No somos anunciadores de la eterna novedad de Dios; sino polémicos que defienden una visión de la vida que debería durar. Así que sería inútil estar lo suficientemente cerca para ser escuchado, hablar el idioma de nuestros semejantes, estar presente y existir para ellos si, cumplidas todas estas condiciones, nosotros mismos no hubiéramos encontrado el mensaje de la eterna novedad de Dios”.

Me hace bien la lucidez con que Madeleine discierne cómo una verdad que es “indiscutible, se vuelve, en un medio ateo, discutible, como una opinión filosófica”. Esto sucede porque, “cuando hablamos de Él, discutimos una idea, no damos testimonio de un amor recibido y dado”. 

Esto nos pasa cuando “defendemos a Dios como nuestra propiedad, no lo anunciamos como la vida de toda la vida, como el vecino inmediato de todos los seres vivos”.

Esto acontece cada vez que “no somos anunciadores de la eterna novedad de Dios; sino polémicos que defienden una visión de la vida que debería durar”.

No es acaso esto de lo que nos acusaban en el Congreso cuando decían que defendíamos el “status quo”, que criticábamos la nueva ley pero no ofrecíamos ninguna propuesta nueva?

Más allá de que esto sea verdad o no,  si en los oídos de los otros el Evangelio que nosotros predicamos no deja que primero resuene el timbre de su novedad (la Buena Nueva) ningún contenido que transmitamos tocará su corazón.  

Cuando hablaba Jesús y luego cuando hablaban sus apóstoles si de algo se daba cuenta la gente -tanto amigos como enemigos- era de que se trataba de algo nuevo, de una palabra que antes no habían escuchado. La novedad es lo que abre el oído y hace escuchar la música del Espíritu que da sentido a nuestros pasos.

Como dice Madeleine:

“Si estuviéramos contentos de ti, Señor,
no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda
el mundo y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta hacernos danzar, siguiendo los pasos de tu Providencia.

Porque pienso que debes estar cansado
de gente que habla siempre de servirte
con aire de capitanes;
de conocerte con ínfulas de profesor;
de alcanzarte a través de reglas de deporte;
de amarte como se ama un matrimonio envejecido.

Y un día que deseabas otra cosa
inventaste a San Francisco
e hiciste de él tu juglar.

Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar
para ser gente alegre que dance su vida contigo.

Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir, ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.

No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa,
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado, 

saber detenerse 

y deslizarse en vez de caminar.

Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.

Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor”.

Qué más decir de Madeleine? 

Qué se puede decir de alguien capaz de imaginar esta poesía del “baile de la obediencia”. Igual me gustaría agregar que fue capaz de parafrasear así el Padre nuestro: “Hágase tu voluntad en casa nuestra como en el cielo”. 

Y para terminar de empezar el año alegremente  ya que Madeleine nos habla de San Francisco como juglar de Dios, comparto un recuerdo no muy conocido de San Ignacio:

Se sabe que un día en París, estando enfermo un discípulo espiritual suyo, le fue a visitar. Estaba el otro muy triste por la enfermedad. 

– “¿Qué es lo que puedo hacer por vos?”, le dice Ignacio. 

–  “Nada! Esto no tiene remedio” – le contesta el enfermo, que era vasco. 

–  “Si algo hay en que te pueda ayudar, aquí estoy”.

El enfermo animado por la repetida petición, le contesta: 

– “Una cosa le pido, si usted cantare y bailare como se hace en Vizcaya, esto creo que me daría mucho contento y alegría”.

 – “¿De esto recibirías mucha alegría?”

 – “Grandísima” – le contestó el enfermo. 

El padre Ignacio que tenía buena voz, empezó a cantar y bailó un zortziko vasco. Y enseguida de terminado, le dijo al enfermo: 

– “Mira, que no me pidas esto otra vez, pues no lo haría”. 

Fue tanta la alegría que recibió el enfermo, que a los pocos días quedó curado y libre de toda tristeza y melancolía. 

Diego Fares