José, La Virgen, los pastores y los colores de Dios (Navidad B 2020)

 

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto,

ordenando que se realizara un censo en todo el mundo.

Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria.

Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David,

salió de Nazaret, ciudad de Galilea,

y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David,

para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre;

y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales

y lo reclinó en un pesebre,

porque no había lugar para ellos en la posada.

En esa región acampaban unos pastores,

que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche.

De pronto, se les apareció el Ángel del Señor

y la gloria del Señor los envolvió con su luz.

Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo:

«No teman, porque les traigo una buena noticia, 

una gran alegría para todo el pueblo: 

Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.

Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido 

envuelto en pañales 

y acostado en un pesebre.»

Y junto con el Ángel,  apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, 

paz a los hombres amados por él!» 

Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros:

«Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido

y que el Señor nos ha anunciado.»

Fueron rápidamente y encontraron a María, a José,

y al recién nacido recostado en el pesebre.

Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados  de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.

Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido (Lucas 2, 1-20).

Contemplación

Esperando la misa de la noche buena, mientras leo el Evangelio, me vienen ganas de hablar de San José y de los pastores. De San José la Virgen y los pastores, se entiende, Porque en el Evangelio cuando se habla de alguien siempre se incluye a los demás . 

En este tiempo de andar por los hospitales me ha tocado encontrar mucha gente como San José la Virgen y los pastores, gente sencilla, quiero decir, gente que en medio de su trabajo sabe levantar la mirada y aprovechar la magia de un encuentro lindo. Cosa que no suele suceder tan a menudo en los bancos o en el supermercado… 

Nada más decir esto y se me llenan los ojos de imágenes como lágrimas recordando tantos encuentros llenos de ternura y de humanidad en medio del gris de las salas de espera y del tono neutro del lenguaje hospitalario.Porque las salas de espera especialmente cuando hay mucha gente son grises. (Aunque no todas, porque debo decir que en el hospital Regina Elena las indicaciones de los recorridos tienen colores – fucsia verde azul- y las habitaciones el reparto de ortopedia, por ej. están pintadas cada una con un motivo. A mi me tocó “el jardín”, con pinturas de árboles y flores y dos pajaritos que a mi compañero Massimiliano y a mi nos representaban simpáticamente). En realidad, lo que es gris es el tono que tenemos los que estamos esperando, los pacientes. Pero apenas alguien toca una cuerda humana a alguno de los presentes se le enciende un color. 

Así pasó en la Noche buena, en qué con el blanco de unos pañalitos cuidadosamente extendidos en los que recostaron al Niño Jesús, San José y María llenaron de luz aquel  pesebre de Belén. No sé si sea la misma la palabra en griego y no tengo tiempo ahora de mirar pero el texto del Evangelio que uso así como dice que la Virgen envolvió en pañales a Jesús también dice que la gloria del Señor envolvió a los pastores con su luz. 

Y por aquí se me encamina la reflexión de hoy que quiere ser muy sencillita, pero con lindos colores, sobre la gente como San José la Virgen y los pastores – y  también Jesusito- que son gente que se deja envolver por los colores de Dios.

Los colores de Dios tienen sus particularidades. Algunos pintores como El Greco o Rupnik hacen ver cómo la luz de Dios, que es envolvente, ilumina brotando de adentro hacia afuera. En el mosaico del nacimiento que está en la capilla de nuestra casa San Pedro Canisio es muy notable cómo el dorado que brota del niñito Jesús traspasa la oscuridad de la cueva y se sobrepone a la luz de la estrella. 

Esto es lo que me conmueve de la gente sencilla: iluminan desde adentro hacia afuera aun cuando se dejan iluminar por otro. Es gente que ya tiene su lucecita encendida, pero no trasciende, sino cuándo se cruza con otro que también tiene la mirada encendida. 

Por eso la iluminación de los pastores no es una escena en la que los Ángeles ponen un reflector sobre la oscuridad de la campaña. El fueguito y la esperanza que alentaban el corazón de los pastores fue atraída como un imán por la luz que bajó del cielo, como pasa con los relámpagos que parece que vienen de arriba y sin embargo brotan de la tierra. Que tenían luz dentro de sus corazones se ve en cómo les brotó enseguida la fe, en cómo esa fe se les convirtió en ir corriendo a ver lo que les habían anunciado los Ángeles y esa fe se convirtió en fe anunciada, lo cual se ve por cómo contaban a todos – llenándolos de admiración – lo que habían visto y oído. Lucas dice que volvieron alabando y glorificando a Dios, que es como decir que volvieron pintándolo todo con la luz de Dios.

Me gusta esta imagen del imán: tu color y una luz que te brota de adentro, atraen el color y la luz que brotan de adentro del otro. 

Decía que los colores de Dios tienen sus particularidades : una es la de envolverlo todo -incluyen mansamente-, otra es la de brotar desde adentro, lo cual, cualitativamente, nos habla de autenticidad, y esta tercera, la del imán, que es la de atraerse las luces entre sí, contagiándose alegría y creando fraternidad.

Vuelvo a la relación entre los pañalitos blancos que envolvieron a Jesús y la luz de los Ángeles que envolvió a los humildes pastores. La hermandad entre Jesús y los pobres creo que no se debe a que cuando estamos en situación de pobreza o de enfermedad (que es una forma de pobreza) seamos mejores que cuando estamos en situación de riqueza o de salud. Esto es algo que descubrí en el cottolengo de Don Orione cuando hacía el mes de hospital. Me llamaba mucho la atención la alegría contagiosa qué reinaba en los pabellones en medio del dolor, de la enfermedad y las deformidades. Me di cuenta de que allí el mal se había externalizado y había dejado limpio el ámbito interior de los corazones llenos de inocencia de los cotolenguinos. No es que la enfermedad y la pobreza nos hagan más buenos por sí mismas, pero de alguna misteriosa manera le allanan el camino a la ternura y a la luz de Dios: cuando estamos pobres y enfermos nos dejamos envolver con más facilidad por la ternura, como el Niño Jesús, y por la luz de los Ángeles, como los pastores. Nos volvemos más atentos y abiertos a los gestos amables y a las buenas noticias, que nos pintan el rostro con los colores de Dios.

 …..

La sala de espera de Oncología Médica es amplia y fría. Alguien ha abierto una gran ventana por miedo al Covid y entra un chiflete de aire helado. Me siento en el único lugar libre debajo televisor y quedo mirando al resto de la gente – unas 20 personas esparcidas respetando el distanciamiento social-. Paola y Mima (después me dijeron que se llamaba así) conversan entre ellas de lo larga que se les hace la espera. Paola se acaricia una mano hinchada mientras cuenta que ha viajado 5 horas desde el sur, qué hace 3 horas que está esperando y no sabe si podrán permanecer, ya que tiene el tren de regreso en dos horas. En cierto momento dice qué hace una semana que no duerme y yo sin saber por qué me meto en la conversación y le pregunto por qué no duerme. Ella no me mira raro ni me dice y a usted qué le importa, sino que me incluye la conversación y dice que son los pensamientos…, que no puede hablar con nadie para no preocupar a la familia y que por eso no duerme. sin pensarlo me levanto y le doy un Rosario que siempre llevo y que ella recibe con un poco de embarazo pero enseguida comienza a acariciar el lugar de hacerlo con su mano mientras Mima le muestra el suyo que lleva siempre colgado al cuello ya que es el Rosario de la patrona de su pueblo. Le digo que es la medicina cuando uno no puede dormir y que no se preocupe que la llamaran pronto seguramente, ya que tienen en cuenta a los que vienen de lejos. Salgo un momento a tomar un café y cuando vuelvo veo que ninguna de las dos está, que ya las han llamado.

A la media hora sale Paola por otra puerta caminando apresurada. De golpe se detiene se da vuelta y me busca con la mirada: ya me llamaron me dice y le brillan los ojitos. Nos deseamos una feliz Navidad y parte a buscar su tren. Me deja a mí en una sala de espera que de repente se ha vuelto cálida y luminosa.