La conmovedora identificación de Jesús con sus-nuestros hermanos más pequeños (34 A 2020)

      Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo,

porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer;

tuve sed, y me dieron de beber;

estaba de paso, y me alojaron;

desnudo, y me vistieron;

enfermo, y me visitaron;

preso, y me vinieron a ver.»

Los justos le responderán:»Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?»

Y el Rey les responderá:»Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.»

Luego dirá a los de su izquierda: «Aléjense de mí, malditos;vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles,

porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer;

tuve sed, y no me dieron de beber;

estaba de paso, y no me alojaron;

desnudo, y no me vistieron;

enfermo y preso, y no me visitaron.»

Estos, a su vez, le preguntarán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?»

Y él les responderá: «Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo.»

Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna.» (Mt 25, 35-46)

Contemplación

En la evocación del juicio final, Jesús nos hace poner la mirada en nuestras acciones. Nos revela que nos juzgará por como hemos tratado a los más pequeños: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo”. Nuestros pensamientos, ideologías, sentimientos… valdrán en la medida en que nos hayan llevado a acciones que se caracterizan y definen solo por la misericordia y el amor a los más necesitados.

En su última encíclica el Papa Francisco nos invita a ampliar la misericordia y el amor de manera tal que no se queden solo en gestos particulares, sino que adquieran dimensión universal: social y política. Le pagaste un café con leche y medialunas a un pobre que viste con hambre mientras tomabas tu desayuno en el bar, pero también trabajaste en una ley para que ningún niño de nuestra patria crezca desnutrido, asegurando que las madres tendrán leche de calidad para darle a sus bebés.

Darle una frazada al que tirita de frío en el invierno es algo que brota espontáneo y que hace sentir más calentito al mismo que la dio; instrumentar entre todos los países una política que regule las migraciones y la integración cultural de los que huyen de sus países por la guerra o el hambre es algo que no brota espontáneamente, sino que requiere la colaboración inteligente y generosa de toda la humanidad. Es posible hacerlo, pero vemos cuánto cuesta: incluso ante un peligro mortal como es el COVID-19, no es fácil llevar adelante políticas comunes, no solo a nivel mundial, sino incluso dentro de una misma familia.           

No es fácil. La situación de la pandemia nos ha hecho constatar que no hay líderes capaces de conducir a todos. La autoridad, incluso de los líderes legítimamente elegidos, está contestada. Las ideas, todas las ideas, están en permanente discusión. Las actitudes, aún las más generosas, son puestas en duda. Hay gente que cree que las ambulancias que circulan por nuestra ciudades no llevan a médicos y enfermeras generosos que gastan su tiempo en jornadas agotadoras trayendo y llevando enfermos, sino que van vacías y hacen sonar la sirena con el fin de meter miedo a la gente.

En este contexto de fragmentación y desconfianza, el relato que Jesús acerca de lo esencial para la vida plena, contiene algunas semillas de sanidad mental, las cuales, si caen en tierra buena, pueden dar frutos que, al comerlos, vayan sanando esta enfermedad espiritual que afecta nuestra capacidad de discernir lo que es verdad y de poner en práctica acciones buenas y bellas.

La primera semilla de sanidad mental es la de instalar la fe en que habrá un juicio final. No cualquier juicio, sino solo uno con las características precisas y únicas que describe Jesús con la autoridad moral que solo Él tiene, respaldada por su vida muerte y resurrección.

La idea del juicio final está metida en la raíz misma de nuestra inteligencia y libertad. Y no solo en nuestra dimensión espiritual, sino incluso en la vida natural misma: la vida en sus estadios más simples  crece y se mantiene juzgando lo que le conviene y lo que no.

Puede que haya muchas ideas fantasiosas acerca de juicios finales en las que los hombres inventamos dioses autoritarios y criterios de juicio a la medida de nuestras culturas y conveniencias. Pero no es sano instalar la idea de que no habrá ningún tipo de juicio final, de que es una fantasía humana. De hecho afirmar que la idea de un juicio final es una fantasía humana es, ella misma, un juicio final. Es una afirmación que se muerde la cola, que se contradice a sí misma. Con el agravante de que paraliza la vida: sin esperanza de un juicio final no solo no lucharíamos para que sean juzgados los genocidas y los corruptos, sino que tampoco tendría valor juzgar que es lo mejor para mi familia en el día de hoy.

Pero vayamos al tipo de juicio final que describe Jesús. La primera imagen que deja sentada el Señor es la de la gloria. La existencia misma del universo es gloriosa, espléndidamente bella potente y plena de misterio. Y así como fue esplendoroso su comienzo y es esplendorosa cada primavera, cada salida del sol y el enamoramiento de cada pareja de jóvenes, también esperamos que será esplendoroso el final. Esplendoroso no solo en acontecimientos físicos apocalípticos, sino esplendoroso con el esplendor de la conciencia agradecida que ilumina lo vivido y con el esplendor de la libertad que elige amar el don recibido. Cuando en un caso de delitos contra la humanidad un juez dicta sentencia justa, sentimos que la justicia resplandece iluminando un hecho sombrío y desgarrador con una luz esplendorosa que nos devuelve a la vida. Sin esa justicia no vale la pena vivir. Lo mismo podemos decir que sucede cuando la Iglesia como pueblo de Dios jerárquicamente organizado canoniza a un santo: la luz de la gloria toma posesión de toda su vida, la santifica y permite que todo el pueblo se pueda dejar iluminar y fortalecer por esta luz gloriosa en su vida cotidiana.

La otra imagen que Jesús instala – como semilla de sanidad- es la de que el juicio será personal. El detalle de los pronombres personales -“yo” tuve hambre y “ustedes me” dieron de comer-, es causa de admiración tanto para los benditos como para los malditos. Una admiración que es el corazón de la parábola, porque está antes del agradecimiento o de la queja. Ambos grupos se admiran de que haya sido Jesús en persona ese a quien sirvieron o dejaron de ayudar.

Este es el único tipo de juicio final que no es fantasioso, sino increíblemente real: nos juzgará nuestro Creador, pero no sintiendo lo que podría sentir alguien que crea a otro desde su trascendencia, sino sintiendo el peso de nuestras acciones -de compasión o de crueldad- que afectaron la carne y la vida de sus hermanos más pequeños, con los que el Juez se identifica. Es clave aquí la categoría de hermanos que Jesus utiliza. Por que hace a la realidad de la identificación: todos podemos decir con verdad que lo que le hacen a uno de nuestros hermanos nos lo hacen a nosotros, porque somos de la misma carne y sentimos las cosas en común.

Dicen los estudiosos que aunque este texto del juicio está muy elaborado, el detalle de esa identificación de Jesús con los que tienen hambre, con los que tienen sed, con los que no tienen ropa, con los enfermos, los extranjeros y los presos, es algo que solo puede haber salido de la boca del maestro.

A lo que apunta la parábola es a suscitar esta admiración con respecto a quién es el que nos juzga y quiénes somos los hombres a quien es el define como sus hermanos. En lo más profundo del corazón nos tenemos que dejar conmover por este Jesús que dice: era yo, ese nuestro hermano pequeñito quien ayudaste.

Nuestro juicio juzga de acuerdo a lo que vemos. Por eso el Señor quiere enseñarnos a ver profundo. Nos ayuda el cuadro de Rupnik que representa al buen samaritano y expresa artísticamente -mediante la similitud de los rostros- esta identidad de hermandad entre el Jesús que ayuda y el Jesús ayudado.

No creo que se trate de que al ver al juez en la persona del pobre le ayudemos a este por interés de ganarnos la buena voluntad de aquel. Que no se trata de esto lo podemos ver en el detalle de que ninguno se dio cuenta de que el necesitado era Jesús. Y entre los que no se dieron cuenta estamos todos. No es que después de haber escuchado la parábola nosotros sepamos algo que nos podría dar una ventaja con respecto a otros. Lo que Jesús dice es que todos quedaremos sorprendidos al descubrir existencialmente que ese pobre, al que ayudamos o ante el cual pasamos de largo, era Jesús.

Y si es conmovedor pensar en la altísima dignidad que esta identificación de Jesús le confiere a cada persona, más conmovedor todavía es pensar la riqueza que el Creador siente que le da cada pobre ser humano a Él. Así como uno goza en carne propia cuando alguien le hace bien a un hermano o hermana suyos, así Jesús nos revela que se alegra o sufre cuando alguien ayuda o abandona a uno de sus hermanos más pequeños.

Tenemos así que el tipo de juicio final que revela Jesús en esta parábola es algo único y al mismo tiempo muy humano. Pongamos un ejemplo sencillo. Cuando un papá o una mamá se juzgan a sí mismos luego de haber tenido que premiar o castigar a un hijito pequeño, no se fijan solo en la intención con que tuvieron, sino que tratan de medir el efecto que la alabanza o el reto produjeron en el corazoncito de su hijo pequeño. El amor que sienten por su hijo les permite identificarse con los sentimientos de su hijo y evaluar si una mirada de desprecio o un chirlo, por fugaces y leves que hayan sido en sí mismos, han causado un sufrimiento hondo en la fragilidad afectiva de sus pequeños. Aunque alguien de afuera, e incluso el mismo hijo o hija, diga por ejemplo, que un reto no fue para tanto, el juicio que se hacen a sí mismos los papás que aman, se guía por un criterio interior: el del amor o no amor que imprimieron subjetivamente a su acción exterior. Saben que el hijo percibe la fuente misma de este amor, y que el día en que le toque ser padre comprenderá en profundidad cómo fue tratado.

Al identificarse con los más pequeñitos Jesús nos invita hacernos “hermanos todos”, a  entrar en la dinámica de este amor que juzga y se deja juzgar en sus acciones concretas con respecto a los más necesitados porque allí encuentras el criterio seguro para mejorar, corregirse y crecer. Solo lo más profundo y lo que toca la fibra más íntima de nuestro corazón es universalizable (juzgable); y solo lo que es válido para todos, universal, vale la pena que sea asumido (para que se nos juzgue por ello) en lo más profundo y de la manera más radical. El amor y la misericordia son los valores más íntimos profundos y universales y por eso  serán los únicos validos para el juicio final.  

Leemos ahora con fruto tres párrafos de Fratelli tutti:

“Finalmente, recuerdo que en otra parte del Evangelio Jesús dice: «Fui forastero y me recibieron» (Mt 25,35). Jesús podía decir esas palabras porque tenía un corazón abierto que hacía suyos los dramas de los demás. San Pablo exhortaba: «Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran» (Rm 12,15). Cuando el corazón asume esa actitud, es capaz de identificarse con el otro sin importarle dónde ha nacido o de dónde viene. Al entrar en esta dinámica, en definitiva experimenta que los demás son «su propia carne» (Is 58,7) (Ft 84).

Para los cristianos, las palabras de Jesús tienen también otra dimensión trascendente; implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abandonado o excluido (cf. Mt 25,40.45). En realidad, la fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del otro, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y que «con ello le confiere una dignidad infinita». A esto se agrega que creemos que Cristo derramó su sangre por todos y cada uno, por lo cual nadie queda fuera de su amor universal. Y si vamos a la fuente última, que es la vida íntima de Dios, nos encontramos con una comunidad de tres Personas, origen y modelo perfecto de toda vida en común. La teología continúa enriqueciéndose gracias a la reflexión sobre esta gran verdad (Ft 85).

A veces me asombra que, con semejantes motivaciones, a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia. Hoy, con el desarrollo de la espiritualidad y de la teología, no tenemos excusas. Sin embargo, todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes. La fe, con el humanismo que encierra, debe mantener vivo un sentido crítico frente a estas tendencias, y ayudar a reaccionar rápidamente cuando comienzan a insinuarse. Para ello es importante que la catequesis y la predicación incluyan de modo más directo y claro el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos” (Ft 86).

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