Estar “pre-venidos” o “con las cosas rezadas” (1 B Adviento 2020)

En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Tengan cuidado y estén despiertos, prevenidos,

porque no saben cuándo llegará el momento oportuno.

Será como un hombre que se va de viaje,

deja su casa al cuidado de sus servidores,

asigna a cada uno su tarea,

y recomienda al portero que permanezca en vela.

Estén prevenidos, entonces,

porque no saben cuándo llegará el dueño de casa,

si al atardecer,

a medianoche,

al canto del gallo

o por la mañana.

No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén despiertos, prevenidos!» (Mc 13, 33-37).

Contemplación

Comenzamos el adviento con esta exhortación de Jesús a a velar a estar despiertos y me gusta la traducción que dice: “estar prevenidos”. Prevenidos o “pre-idos”, en el sentido de estar no solo con la valija lista, disponibles para lo que el Señor pida, sino en el sentido de “haber ido y vuelto ya en la oración”.

En este tiempo de enfermedad me ha tocado estar atento y con todo preparado para cuando me llaman del hospital. Acá en la salud pública italiana, cuando uno pregunta por alguna fecha para una operación o un tratamiento te dicen simplemente: Nosotros lo llamaremos.

Al comienzo cuesta, porque parece que no te van a llamar nunca. Pero después de varias veces en que uno constata que sí te llaman, aprendés a confiar.

Hoy por ejemplo, tuve cita con la oncóloga y con todo el equipo que me trata y  me dijeron que el tratamiento monoclonal (o algo así) podía esperar un poco y que preferían primero fijar con un clavo el brazo. Yo ya estaba preparado para esto desde hace tiempo y cuando pregunté por la fecha me dijeron que en una semana o 10 días. Le pedí al doctor si podía adelantar algo la operación y me dijo que tenía varios pacientes antes… Así que le dije: “Estoy en sus manos”.

Al volver a casa me fui a rezar a la capilla y le dije muy cortito a San José: “Ayúdame. Estoy cansado”. Por un lado estaba contento de que vamos dando pasos, pero por otro sentía que el cansancio me estaba llevando a bloquearme en vez de hablar con el Señor como al comienzo, en que cada paso, lo llevaba a un rato tranquilo de oración.

En la pieza le recé a Bernardita, la Sierva de Dios de las Pobres Bonaerenses a la que le he encomendado el brazo. Y enderecé la estampita que había quedado medio caiducha en la mesa. Comencé a llamar a mis superiores diciendo lo que me habían dicho y no alcancé a hacer dos llamadas que ya vino Paolo a decirme que había llamado el doctor preguntando por mi disponibilidad. Que si podía hacer el hisopado en casa e internarme mañana sábado me operaría el lunes. Por supuesto que ahí mismo dijimos que sí y preparamos todo.

Lo que quería testimoniar es que esto de que estar preparados y prevenidos es rezar. Rezar, como decía, en el sentido de haber ya ido y vuelto en la oración y charlado con el Señor acerca de las cosas en las que estamos embarcados.

Como yo sentía que en esta última semana me había cansado y más que rezar trataba de distraerme un poco, le dije al Señor con mucha sinceridad:  “ayudame porque no me da ni para rezar”.

No se trata de que Dios haga milagros o de que todo salga bien, como decimos hoy en día, sino de crecer en la confianza mutua con Jesús y sus santas y santos, tanto en las cosas que salen bien como en las que no salen tan bien por el momento.

Se ve que esta oración, que fue bien sincera, le gustó, porque me respondió ahí mismo mostrando su gran poder. Ha sido una constante en este tiempo la experiencia de que cuando llego a mi límite y lo charlo simplemente con el Señor, Él me hace sentir todo su poder y lo “toca” a alguno para que se despierte y me de una mano. Y esta mezcla de mi límite – de mi medida potencia, como dice Ignacio en la “Contemplación para cosechar amor” -, y de su omnipotencia, me hace crecer en la fe, que en definitiva es lo que me importa.

A mí lo que me da confianza es sentir que el Señor es el que conduce mi historia, tanto interior como exteriormente, y que Él prepara todas las cosas para bien: mi bien último y más grande que es ganar la amistad de Jesus, dejarme salvar por Él y dar un testimonio que ayude a la fe y al bien de los demás.

Diego Fares sj

La conmovedora identificación de Jesús con sus-nuestros hermanos más pequeños (34 A 2020)

      Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo,

porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer;

tuve sed, y me dieron de beber;

estaba de paso, y me alojaron;

desnudo, y me vistieron;

enfermo, y me visitaron;

preso, y me vinieron a ver.»

Los justos le responderán:»Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?»

Y el Rey les responderá:»Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo.»

Luego dirá a los de su izquierda: «Aléjense de mí, malditos;vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles,

porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer;

tuve sed, y no me dieron de beber;

estaba de paso, y no me alojaron;

desnudo, y no me vistieron;

enfermo y preso, y no me visitaron.»

Estos, a su vez, le preguntarán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?»

Y él les responderá: «Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo.»

Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna.» (Mt 25, 35-46)

Contemplación

En la evocación del juicio final, Jesús nos hace poner la mirada en nuestras acciones. Nos revela que nos juzgará por como hemos tratado a los más pequeños: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo”. Nuestros pensamientos, ideologías, sentimientos… valdrán en la medida en que nos hayan llevado a acciones que se caracterizan y definen solo por la misericordia y el amor a los más necesitados.

En su última encíclica el Papa Francisco nos invita a ampliar la misericordia y el amor de manera tal que no se queden solo en gestos particulares, sino que adquieran dimensión universal: social y política. Le pagaste un café con leche y medialunas a un pobre que viste con hambre mientras tomabas tu desayuno en el bar, pero también trabajaste en una ley para que ningún niño de nuestra patria crezca desnutrido, asegurando que las madres tendrán leche de calidad para darle a sus bebés.

Darle una frazada al que tirita de frío en el invierno es algo que brota espontáneo y que hace sentir más calentito al mismo que la dio; instrumentar entre todos los países una política que regule las migraciones y la integración cultural de los que huyen de sus países por la guerra o el hambre es algo que no brota espontáneamente, sino que requiere la colaboración inteligente y generosa de toda la humanidad. Es posible hacerlo, pero vemos cuánto cuesta: incluso ante un peligro mortal como es el COVID-19, no es fácil llevar adelante políticas comunes, no solo a nivel mundial, sino incluso dentro de una misma familia.           

No es fácil. La situación de la pandemia nos ha hecho constatar que no hay líderes capaces de conducir a todos. La autoridad, incluso de los líderes legítimamente elegidos, está contestada. Las ideas, todas las ideas, están en permanente discusión. Las actitudes, aún las más generosas, son puestas en duda. Hay gente que cree que las ambulancias que circulan por nuestra ciudades no llevan a médicos y enfermeras generosos que gastan su tiempo en jornadas agotadoras trayendo y llevando enfermos, sino que van vacías y hacen sonar la sirena con el fin de meter miedo a la gente.

En este contexto de fragmentación y desconfianza, el relato que Jesús acerca de lo esencial para la vida plena, contiene algunas semillas de sanidad mental, las cuales, si caen en tierra buena, pueden dar frutos que, al comerlos, vayan sanando esta enfermedad espiritual que afecta nuestra capacidad de discernir lo que es verdad y de poner en práctica acciones buenas y bellas.

La primera semilla de sanidad mental es la de instalar la fe en que habrá un juicio final. No cualquier juicio, sino solo uno con las características precisas y únicas que describe Jesús con la autoridad moral que solo Él tiene, respaldada por su vida muerte y resurrección.

La idea del juicio final está metida en la raíz misma de nuestra inteligencia y libertad. Y no solo en nuestra dimensión espiritual, sino incluso en la vida natural misma: la vida en sus estadios más simples  crece y se mantiene juzgando lo que le conviene y lo que no.

Puede que haya muchas ideas fantasiosas acerca de juicios finales en las que los hombres inventamos dioses autoritarios y criterios de juicio a la medida de nuestras culturas y conveniencias. Pero no es sano instalar la idea de que no habrá ningún tipo de juicio final, de que es una fantasía humana. De hecho afirmar que la idea de un juicio final es una fantasía humana es, ella misma, un juicio final. Es una afirmación que se muerde la cola, que se contradice a sí misma. Con el agravante de que paraliza la vida: sin esperanza de un juicio final no solo no lucharíamos para que sean juzgados los genocidas y los corruptos, sino que tampoco tendría valor juzgar que es lo mejor para mi familia en el día de hoy.

Pero vayamos al tipo de juicio final que describe Jesús. La primera imagen que deja sentada el Señor es la de la gloria. La existencia misma del universo es gloriosa, espléndidamente bella potente y plena de misterio. Y así como fue esplendoroso su comienzo y es esplendorosa cada primavera, cada salida del sol y el enamoramiento de cada pareja de jóvenes, también esperamos que será esplendoroso el final. Esplendoroso no solo en acontecimientos físicos apocalípticos, sino esplendoroso con el esplendor de la conciencia agradecida que ilumina lo vivido y con el esplendor de la libertad que elige amar el don recibido. Cuando en un caso de delitos contra la humanidad un juez dicta sentencia justa, sentimos que la justicia resplandece iluminando un hecho sombrío y desgarrador con una luz esplendorosa que nos devuelve a la vida. Sin esa justicia no vale la pena vivir. Lo mismo podemos decir que sucede cuando la Iglesia como pueblo de Dios jerárquicamente organizado canoniza a un santo: la luz de la gloria toma posesión de toda su vida, la santifica y permite que todo el pueblo se pueda dejar iluminar y fortalecer por esta luz gloriosa en su vida cotidiana.

La otra imagen que Jesús instala – como semilla de sanidad- es la de que el juicio será personal. El detalle de los pronombres personales -“yo” tuve hambre y “ustedes me” dieron de comer-, es causa de admiración tanto para los benditos como para los malditos. Una admiración que es el corazón de la parábola, porque está antes del agradecimiento o de la queja. Ambos grupos se admiran de que haya sido Jesús en persona ese a quien sirvieron o dejaron de ayudar.

Este es el único tipo de juicio final que no es fantasioso, sino increíblemente real: nos juzgará nuestro Creador, pero no sintiendo lo que podría sentir alguien que crea a otro desde su trascendencia, sino sintiendo el peso de nuestras acciones -de compasión o de crueldad- que afectaron la carne y la vida de sus hermanos más pequeños, con los que el Juez se identifica. Es clave aquí la categoría de hermanos que Jesus utiliza. Por que hace a la realidad de la identificación: todos podemos decir con verdad que lo que le hacen a uno de nuestros hermanos nos lo hacen a nosotros, porque somos de la misma carne y sentimos las cosas en común.

Dicen los estudiosos que aunque este texto del juicio está muy elaborado, el detalle de esa identificación de Jesús con los que tienen hambre, con los que tienen sed, con los que no tienen ropa, con los enfermos, los extranjeros y los presos, es algo que solo puede haber salido de la boca del maestro.

A lo que apunta la parábola es a suscitar esta admiración con respecto a quién es el que nos juzga y quiénes somos los hombres a quien es el define como sus hermanos. En lo más profundo del corazón nos tenemos que dejar conmover por este Jesús que dice: era yo, ese nuestro hermano pequeñito quien ayudaste.

Nuestro juicio juzga de acuerdo a lo que vemos. Por eso el Señor quiere enseñarnos a ver profundo. Nos ayuda el cuadro de Rupnik que representa al buen samaritano y expresa artísticamente -mediante la similitud de los rostros- esta identidad de hermandad entre el Jesús que ayuda y el Jesús ayudado.

No creo que se trate de que al ver al juez en la persona del pobre le ayudemos a este por interés de ganarnos la buena voluntad de aquel. Que no se trata de esto lo podemos ver en el detalle de que ninguno se dio cuenta de que el necesitado era Jesús. Y entre los que no se dieron cuenta estamos todos. No es que después de haber escuchado la parábola nosotros sepamos algo que nos podría dar una ventaja con respecto a otros. Lo que Jesús dice es que todos quedaremos sorprendidos al descubrir existencialmente que ese pobre, al que ayudamos o ante el cual pasamos de largo, era Jesús.

Y si es conmovedor pensar en la altísima dignidad que esta identificación de Jesús le confiere a cada persona, más conmovedor todavía es pensar la riqueza que el Creador siente que le da cada pobre ser humano a Él. Así como uno goza en carne propia cuando alguien le hace bien a un hermano o hermana suyos, así Jesús nos revela que se alegra o sufre cuando alguien ayuda o abandona a uno de sus hermanos más pequeños.

Tenemos así que el tipo de juicio final que revela Jesús en esta parábola es algo único y al mismo tiempo muy humano. Pongamos un ejemplo sencillo. Cuando un papá o una mamá se juzgan a sí mismos luego de haber tenido que premiar o castigar a un hijito pequeño, no se fijan solo en la intención con que tuvieron, sino que tratan de medir el efecto que la alabanza o el reto produjeron en el corazoncito de su hijo pequeño. El amor que sienten por su hijo les permite identificarse con los sentimientos de su hijo y evaluar si una mirada de desprecio o un chirlo, por fugaces y leves que hayan sido en sí mismos, han causado un sufrimiento hondo en la fragilidad afectiva de sus pequeños. Aunque alguien de afuera, e incluso el mismo hijo o hija, diga por ejemplo, que un reto no fue para tanto, el juicio que se hacen a sí mismos los papás que aman, se guía por un criterio interior: el del amor o no amor que imprimieron subjetivamente a su acción exterior. Saben que el hijo percibe la fuente misma de este amor, y que el día en que le toque ser padre comprenderá en profundidad cómo fue tratado.

Al identificarse con los más pequeñitos Jesús nos invita hacernos “hermanos todos”, a  entrar en la dinámica de este amor que juzga y se deja juzgar en sus acciones concretas con respecto a los más necesitados porque allí encuentras el criterio seguro para mejorar, corregirse y crecer. Solo lo más profundo y lo que toca la fibra más íntima de nuestro corazón es universalizable (juzgable); y solo lo que es válido para todos, universal, vale la pena que sea asumido (para que se nos juzgue por ello) en lo más profundo y de la manera más radical. El amor y la misericordia son los valores más íntimos profundos y universales y por eso  serán los únicos validos para el juicio final.  

Leemos ahora con fruto tres párrafos de Fratelli tutti:

“Finalmente, recuerdo que en otra parte del Evangelio Jesús dice: «Fui forastero y me recibieron» (Mt 25,35). Jesús podía decir esas palabras porque tenía un corazón abierto que hacía suyos los dramas de los demás. San Pablo exhortaba: «Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran» (Rm 12,15). Cuando el corazón asume esa actitud, es capaz de identificarse con el otro sin importarle dónde ha nacido o de dónde viene. Al entrar en esta dinámica, en definitiva experimenta que los demás son «su propia carne» (Is 58,7) (Ft 84).

Para los cristianos, las palabras de Jesús tienen también otra dimensión trascendente; implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abandonado o excluido (cf. Mt 25,40.45). En realidad, la fe colma de motivaciones inauditas el reconocimiento del otro, porque quien cree puede llegar a reconocer que Dios ama a cada ser humano con un amor infinito y que «con ello le confiere una dignidad infinita». A esto se agrega que creemos que Cristo derramó su sangre por todos y cada uno, por lo cual nadie queda fuera de su amor universal. Y si vamos a la fuente última, que es la vida íntima de Dios, nos encontramos con una comunidad de tres Personas, origen y modelo perfecto de toda vida en común. La teología continúa enriqueciéndose gracias a la reflexión sobre esta gran verdad (Ft 85).

A veces me asombra que, con semejantes motivaciones, a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia. Hoy, con el desarrollo de la espiritualidad y de la teología, no tenemos excusas. Sin embargo, todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes. La fe, con el humanismo que encierra, debe mantener vivo un sentido crítico frente a estas tendencias, y ayudar a reaccionar rápidamente cuando comienzan a insinuarse. Para ello es importante que la catequesis y la predicación incluyan de modo más directo y claro el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos” (Ft 86).

Economía y Reino (33 A 2020)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:

“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:

“Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo:

“Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene.

Contemplación

El primer sentimiento que identifiqué que se movía en mi interior al leer hoy la parábola de los talentos fue el del miedo. Me vi reflejado en ese “tuve miedo” del tercer servidor. Como a él lo llevó a un modo de obrar equivocado, discerní rápidamente que era tentación. Con las cosas del Señor nunca hay que tener miedo. De hecho es lo primero que Jesús nos enseña a discernir. Siempre que se acerca dice “no tengan miedo”.

¿Qué es lo que me da miedo? Creo que confrontarme con todo lo que me ha dado el Señor y constatar la desproporción que hay entre sus dones y mis esfuerzos. El resultado siempre muestra una gran negligencia de mi parte. Y con el miedo viene el reproche. Me reprocho no tener esa simplicidad de tanta gente santa que es capaz de decir con sencillez: “Me diste cinco talentos, me diste dos, aquí tienes otros cinco, aquí tienes otros dos”. Siempre he soñado con practicar esa santidad que se concentra alegremente solo en dar fruto con los dones del Señor. Como decía un amigo hablando del Papa Francisco: “Es un tipo concentrado. Desde que se levanta hasta que se acuesta no piensa en otra cosa, sino en servir a la gente, en servir a la Iglesia”.

Sin embargo, haciendo memoria agradecida de los frutos que el sacerdocio ha dado en las misiones en que me ha tocado servir, aun con todos mis miedos y negligencias, creo que no soy de los que entierran los talentos. Me encuentro reflejado más bien en la imagen del que aprecia lo que valen los dones del Señor y los pone en el banco, para que den interés. No es la imagen neta del que recibe cinco y con su trabajo puede mostrar que ganó otros cinco (la meritocracia no es mi fuerte) sino quizá la de uno que recibió cinco, negoció bien dos y con los otros tres sacó interés abundante.

Este regateo que hago en mi contemplación, buscando acomodar la parábola a mi realidad, no tiene como fin justificarme, sino que me ayuda a ver dónde está el punto -lo original- de la parábola: entre dos extremos, el de los que cumplen con su deber y dan todo de sí y el del que es negligente y perezoso, lo que se destaca es la imagen del que pone los talentos a dar interés. Esta imagen sale del ingenioso razonamiento que Jesus pone en boca del patrón.

Creo que es su manera de hacernos ver que todo es don. No solo los talentos en sí mismos, sino también la capacidad de dar fruto. En esto, los talentos son como el dinero: dan interés.

La dinámica de la parábola invita, por tanto, a hacer rendir los dones del Reino, no según la lógica del servidor vago, sino según la lógica de Jesús. Esta lógica es la que quiere inculcarnos Pablo cuando nos exhorta y nos dice: «Tengan los sentimientos de Jesús». No se trata de sentimientos meramente «sentimentales», sino de sentimientos ligados a la puesta en práctica del amor y de la compasión, sentimientos que dan fruto para bien de los demás.

Llama la atención este ejemplo que usa el patrón, ya que rebate la lógica del servidor vago y negligente con su misma lógica, la lógica del dinero, llevada, eso sí, hasta el extremo. Puede resultar hasta un poco escandaloso, porque el Señor cuando habla del dinero, suele hacerlo para advertir acerca de su peligrosidad, ya que fácilmente se nos convierte en un ídolo. Aquí, sin embargo, usa el dinero como ejemplo concreto de cómo debemos negociar bien los talentos del reino. El ejemplo tiene la ventaja de usar un lenguaje que todos entendemos. No se trata del dinero en sí, sino de su dinámica: el dinero da interés y tiene este dinamismo de favorecer al que tiene más. ¡Lo mismo pasa con los talentos de Jesús: dan interés! ¡Y cuanto más se los trabaja, más aumentan!

En el mundo vemos cómo hay gente que no sabe qué hacer con el dinero, lo malgasta o deja que se le desvalorice; otra gente, en cambio, lo hace rendir.

Don Zatti, nuestro santo enfermero de la Patagonia, que conocía el valor del dinero, siempre decía que había que “hacerlo circular”. Tenía la famosa alcancía con el letrero: “si necesita, saque; si tiene, ponga”. En este sentido, yendo a lo macro, me animaría a decir que la crítica más fuerte al capitalismo actual sería la de estar quedando entrampado en uno de sus mecanismos, que es el del sistema financiero. Es bueno que el dinero de interés. Pero si uno se engolosina demasiado con el interés y no lo hace trabajar para que llegue a los bolsillos de la gente y produzca bienes reales, el dinero, como el agua estancada, termina por corromperse. Está bien guardar algo de dinero para los tiempos de necesidad, pero mejor que guardar demasiado es ganarse amigos con ese dinero, ya que en los tiempos de necesidad serán estas personas las que nos “tenderán una mano”. Eso es lo que nos enseña Jesús en la parábola del administrador astuto.

Con esta sola enseñanza bastaría por hoy: “Tender una mano al pobre” -lema de esta Jornada mundial de los pobres- no solo es un acto de caridad, sino que es la mejor inversión, porque nos lleva, usando un bien perecedero y de intercambio como es el dinero, a ganarnos un bien imperecedero, como es la amistad y el agradecimiento de nuestros hermanos. Este es el tesoro que adquirimos en el Cielo al dar limosna, un tesoro que no se corrompe ni se devalúa.

Pero profundicemos un poquito más en la paradoja de que el Señor use como ejemplo la lógica del dinero para hacernos comprender la lógica del reino. Nosotros tendemos a pensar que la lógica del dinero la tenemos clara. Hay cristianos que piensan que la tienen tan clara que incluso se dan el lujo de corregir al Papa cuando habla de economía. Sin embargo, siendo parte de un país que no logra salir adelante a pesar de ser rico, podríamos ser un poco más autocríticos y pensar que precisamente lo que nos sucede es que no comprendemos el verdadero valor del dinero. Y lo que Jesús nos dice es que si no comprendemos bien la lógica del dinero menos comprenderemos la lógica del reino. Si esto es así “estamos en el horno”.

¿Cuál sería el verdadero valor del dinero? Como dice agudamente Yuval Harari: “El dinero es el más universal y más eficiente sistema de confianza mutua que jamás se haya inventado. Personas que no creen en el mismo dios ni obedecen al mismo rey están más que dispuestas a utilizar la misma moneda”.

Si esto es verdad, los argentinos estamos entre los más desgraciados de los pueblos.

Porque tener dos monedas va contra la esencia misma de lo que es una moneda: un sistema de confianza mutua.

Aunque solucionar esto es algo que nos excede a cada uno como individuo al menos la humildad de reconocer que no sabemos manejar el dinero puede ayudarnos a bajar el tono en otros temas, en los que, socialmente, demostramos mucha soberbia.

Me detengo en un solo punto que dice así: la lección que nos permite aprender a conocer el valor real del dinero (y de los talentos del Reino) es una lección que no se aprende individualmente, sino socialmente.

De niños, en cada familia, cada uno experimenta el valor que sus padres dan el dinero y de allí saca una lección importante. Como ciudadanos, cada uno experimenta el valor que los otros conciudadanos le dan el dinero y saca también de allí otra lección importante.

Lo que quiero decir es que cada uno tiene que reflexionar sobre su propia familia y su contexto social para profundizar en sus criterios a la hora de comprender y usar el dinero.

Yo en la mía, por ejemplo, aprendí mucho de la confianza absoluta que tenía mi padre en la Providencia. De aquí me vino la confianza en Dios a la hora de llevar adelante económicamente las cosas del Hogar de San José.

En mi contexto social, administrando 20 años El Hogar de San José, una enseñanza clave me la dio uno de los miembros de la Cooperativa de trabajo padre Hurtado. Recuerdo siempre algo que dijo un día en que le pidieron que diera testimonio de lo que significaba “ser socio de una cooperativa de trabajo”. Dijo: “Ser verdaderamente socio de la cooperativa es estar dispuesto a compartir… las pérdidas”. Lo dijo medio queriendo hacer un chiste, pero ahí mismo se le iluminaron los ojos porque se dio cuenta de la gran verdad que había expresado: “Sí, reafirmó, ser parte de la Cooperativa es estar dispuesto a compartir las pérdidas”. A mí me enseñó que la clave del buen funcionamiento tanto de una empresa como de un país es que haya gente que esté dispuesta a compartir las pérdidas, no solo las ganancias. Jesús piensa lo mismo, por eso advierte a sus seguidores que el que lo siga tiene que estar dispuesto a cargar su cruz. Como decía Ignacio, a seguirlo contento en las penas y en los trabajos para después seguirlo también en la gloria. El Señor no engaña a nadie, y por eso dice sinceramente que su amistad, en algunos momentos de la vida implicará compartir penas. Y esta lección suya acerca del reino pienso que también puede servir para iluminar cuál debe ser nuestra actitud de fondo al participar en la vida económica del país.

Diego Fares sj

Gente prudente, con aceite de más (32 A 2020)

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola.

«Sucederá con el Reino de los Cielos como les sucedió

a diez jóvenes que, habiendo tomado sus lámparas,

salieron al encuentro del esposo.

Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas,

pero sin proveerse de aceite,

mientras que las prudentes tomaron sus lámparas

y también llenaron de aceite sus frascos.

Como el esposo se hacía esperar,

les entró sueño a todas y se quedaron dormidas.

Pero a medianoche se oyó un grito:

«Ya viene el esposo, salgan a su encuentro.»

Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.

Las necias dijeron a las prudentes:

«¿Podrían darnos un poco de aceite?,

porque nuestras lámparas se apagan»

Pero estas les respondieron:

«No va a alcanzar para todas.

Es mejor que vayan a comprarlo al mercado.»

Mientras tanto, llegó el esposo:

las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial

y se cerró la puerta.

Después llegaron las otras jóvenes y dijeron:

«Señor, señor, ábrenos.»

Pero él respondió:

«Les aseguro que no las conozco.»

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora» (Mt 25, 1-13).

Contemplación

Toda actividad humana tiene su propia prudencia y su propia necedad. No existe una prudencia en abstracto, quiero decir. En la tarea de iluminar al novio que entra en la casa de la novia el día de la boda, la prudencia de las cinco jóvenes que Jesús alaba consistió, no solo en llevar sus lámparas encendidas, sino también en llevar aceite de más. Y luego, la prudencia estuvo en no dividir su aceite con las otras, previendo que no alcanzaría para todas. Mejor cinco antorchas brillando en toda su plenitud que diez antorchas mortecinas.

Prudente es el que tiene claro el fin de su acción -el bien- y, haciendo un discernimiento en cada encrucijada que le presenta la vida (o frente a cada tentación del mal espíritu), elige los medios más adecuados para concretarlo. La tarea de las jóvenes tenía como fin iluminar la entrada del novio en la fiesta. Un momento breve pero muy especial, de esos que no se repiten y tienen que salir perfectos. Vemos así como el Señor toma un sencillo ejemplo de la vida cotidiana: una ocasión en la que uno tiene que estar atento y bien preparado para poder dar lo mejor de sí y cumplir con su parte protagónica en una fiesta.

La parábola quiere alertarnos acerca de una particular característica del Reino de Dios. Esa característica es que el reino lo da Jesús, es don. Nosotros no sabemos ni el día ni la hora en que Él vendrá a darnos ese regalo-a instaurar su Reino- pero, de nuestra parte, el don requiere que estemos preparados.

Estar preparados significa “estar en nuestro puesto de trabajo”, como el portero que espera la llegada de su señor; estar “cumpliendo nuestra tarea”, como el servidor fiel que distribuye la comida a su tiempo; estar como las muchachas prudentes que “tenían aceite de repuesto para sus antorchas”.

Esta característica del Reino, de llegar de manera sorpresiva, de hacerse esperar y de exigir todo de nosotros en el momento justo, no solo es algo que se dará en la última venida del Señor, sino que es algo que acontece en todas las situaciones donde el reino de Dios irrumpe en nuestra vida. Al Señor y al Espíritu les gusta actuar por sorpresa y tenemos que entrenarnos y estar preparados para dejar lo que estemos haciendo y obedecerles apenas sentimos que el Señor nos llama o el Espíritu nos sugiere hacer o rezar algo.

Como decíamos, en cada actividad la prudencia se rige por el fin, es decir por el bien. Tener claro el bien hace que uno discierna bien los medios. En el caso que elige Jesús resulta claro para cualquiera que la entrada del novio debe ser gloriosa. Eso es lo que motiva a las jóvenes prudentes a no compartir su aceite con sus compañeras necias. En vez de pedir, las necias tendrían que haber dicho: “Uy! Se nos acabó el aceite. Vayan ustedes que tienen más, así no arruinamos la fiesta”.

Hubiera sido una falsa solidaridad si las prudentes hubieran querido tapar el error de las necias diciendo: “Nos equivocamos todas”.

Destacamos dos características lindas que hacen a este “estar preparados” para participar en el don que Jesús nos trae.

Una es “proveernos con aceite de más”. Es decir, en lo esencial para nuestra misión, no ir “con lo justo”. Como se trata de un don que el Señor da gratuitamente es Él el que maneja los tiempos, y por eso conviene estar preparados por si se retrasa.

La otra es, que ese aceite que nos procuramos de más, “no podemos dejar que termine por ser ineficaz” por una caridad malentendida.

Se trata de dos modos de estar atentos cuando uno hace un discernimiento. Ante lo esencial, hay dos tipos de personas: los que siempre llevan de más y les sobra, y los que van con lo justo y siempre les faltan “cinco pa’l peso”.

Siempre recuerdo un momento en mi vida en que me di cuenta de que, en mi misión principal como sacerdote -cuando confesaba o celebraba-, tenía que dar mi tiempo de manera tal que el otro sintiera que sobraba (y no estar “mirando el reloj”). Esto implicaba, a veces, tener que «robarle tiempo” de hecho a otras tareas, por ejemplo administrativas o de profesor, aunque eso hiciera que no salieran tan perfectas. Me di cuenta porque constaté que por darle tiempo a «las cosas» (a mi mismo, en el fondo), se lo robaba a las personas (a los otros).

Pasa también en la familia, cuando los padres dedican tiempo extra para cumplir con un deber en el trabajo (y no recibir una queja) y se lo quitan al jugar con los chicos. Nos pasa con el Señor, con el que solemos medir el tiempo que le damos a la oración en vez de ir con la actitud de “perder un rato” gratuitamente con Él.

Lo de la caridad malentendida, que termina haciendo ineficaz el aceite que llevábamos de más, tiene que ver unas veces con las circunstancias, otras, con la gente a la que no sabemos decirle que no, o con las cosas que «no podemos evitar»…. Son tentación porque al final se nos lleven ese tiempo de más que teníamos para darle a los que amamos, a los que tienen derecho a recibir en plenitud -y con yapa- nuestro amor, aquellos que el Señor nos ha encomendado.

El mal espíritu suele tentarnos en estas cosas bajo apariencia de bien. Uno termina mintiéndose a sí mismo, diciendo que no es un sacerdote o un padre o una madre alegre -que brilla de amor en su iglesia y en su hogar-, por culpa de otros a los que ha tenido que darles parte de ese óleo de alegría que tenía para ungir su misión principal. No es verdad. Así como no hay excusa que valga para arruinar una fiesta, tampoco hay excusa que valga para no estar preparados cuando viene Jesús a regalarnos su reino.

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Al leer ayer la parábola, antes de esta “meditación” de arriba, lo primero que me vino a la mente -y al corazón- fue que las cinco jóvenes prudentes seguro que eran enfermeras (aclaro que, por el aislamiento, en esta semana todo mi trato ha sido con enfermeros enfermeras médicos y personal sanitario).

Para “situar” el evangelio en la vida, fui recordando, una por una, todas las enfermeras que me han atendido en este tiempo. Ninguna necia. Unas más amables, otras más bruscas, algunas más eficientes, otras algo distraídas por el agotamiento de los sobreturnos de este tiempo de COVID-19, pero necia, ninguna.

Prudente, decíamos es la persona que tiene claro el fin de su tarea y elige los medios más adecuados para concretarlo. En ese sentido estas “enfermeras de alma”, como las llama el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, ayudan a que cada paciente se ponga en pie y sea dado de alta lo antes posible. Lo hacen todas dando como pueden lo mejor de sí, cumpliendo horarios dobles, reemplazando compañeras, brindándose de manera constante.

Pienso en Emanuela, cuyos pasos reconozco por cómo arrastra las crocs por el corredor (al que no nos podemos ni asomar, para guardar el aislamiento). Está exhausta luego de 12 horas ininterrumpidas de trabajo, solo ella y otra enfermera para todo el piso.

Primero me tenté de impaciencia con ella, porque veía que se olvidaba las cosas, que dejaba lo que estaba haciendo a medio hacer para ir a atender a otro. Después me di cuenta de que, en realidad, ella era la primera que acudía; y siempre con buena voluntad, aunque no le diera la vida. Fue la única que me dio un mismo consejo dos veces: “Cuanto antes te pares, más rápido te vas”. Curiosamente, desde su cansancio existencial, su palabra fue más eficaz que la de otros. A mí me hizo concentrarme no en lo que ella lograba hacer a medias, sino lo que yo tenía que hacer por mí mismo. Emanuela es una de esas enfermeras prudentes que tienen claro el bien del paciente. Todos te dan el mismo consejo pero ella, desde su cansancio, me lo dio de manera tal que me entró, con un aceite que te unge y te da fuerza y no solo se te impone con la luz de la evidencia abstracta.

Así fue. Me interné un viernes a las 7 de la mañana; a las 9 entré (por la ventana, porque no se puede pisar el suelo y te pasan de una camilla a otra por una ventana), a la sala de operaciones; a las 11:30 me despertó Ana, en reanimación, y el domingo a la mañanita, cuando el dr. Alfredo me vio de pie y que me había vestido solo, me dijo que si los análisis daban bien me podía ir ese mismo día. Así, siguiendo el consejo de Manuela y gracias a tantas oraciones de los amigos y amigas, salí caminando del hospital, los 100 ms que hay hasta el estacionamiento, a las 2 de la tarde del tercer día. (Salí, como Lázaro, que “anduvo bolú…” un tiempo, como dice el chiste, pero salí).

La segunda imagen de gente prudente me la dio el doctor que me operó. No solo las enfermeras, sino también los médicos me han ayudado a reflexionar acerca de la prudencia evangélica. Sin desmerecer a otras, los que ejercen estas profesiones tienen la gracia de que no te deja mentir. Quizás por eso ha progresado tanto la medicina. El bien que buscan es el bien del otro y esto los lleva a aprender de sus errores. Si algo le hizo bien al paciente, le hizo bien; si no tienes la vacuna contra el COVID, no la tienes. Y allí donde los políticos mienten por años, los profesionales de la salud se van corrigiendo minuto a minuto.

La cuestión es que la sala de operaciones me pareció bellísima, de otro mundo, algo así como la NASA. La doctora Mariaconsiglia (que luego me sostuvo con infinita delicadeza el brazo hasta que el dr. Baldi -mi ortopédico, que vino solo para eso-, me lo acomodó con un tutor rígido para fijar la posición y poder operar) me recibió del otro lado de la ventana y me llevó ella misma empujando la camilla, haciéndome saber que era una de mis cirujanos. Cuando dije “qué belleza”, debió haber pensado que había escuchado mal, porque me preguntó si me refería al quirófano. Yo le dije que sí, y ella se ve que miró con otros ojos su lugar de trabajo.

Vestida de astronauta, como todos, la dra. me llevó hasta mi lugar: una camillita despojada y mullida, en el medio de una sala que daba la impresión de ser amplísima, quizás porque estaba poderosamente iluminada. Rodeaban la camilla unos aparatos gigantescos que no sabría describir. Entre ellos, el famoso robot, con el que el dr. Simone -el capo- te extirpa un riñón casi sin hacerte daño.

El dr. Simone, a quien no conocía porque las entrevistas las hacen sus ayudantes, en su reino, me recibió con el saludo oficial: “Cómo le va, señor Fares”. Sonriente, jugó un poco con mi segundo nombre, “Yavier”, con esa “jota” que a los tantos les gusta y que no pueden pronunciar bien. Noté que, así como me había ido a buscar la cirujana ayudante, la vía de canalización me la puso Simone, en vez de dejarle esta tarea a una enfermera. ¡Aceite de más! En términos de parábola.

Se notaba que era el jefe. Los otros le dejaban la palabra y hacían sentir que él dirigía la orquesta. La cuestión es que todo parecía una escena de “Gray’s Anatomy”, pero como me viene pasando en este tiempo con las canalizaciones en el brazo izquierdo, también al capo, para sorpresa suya (no mía), en un pequeñísimo descuido, se le salió la aguja y tuvo que recolocarla y limpiar la sangre, que yo no vi pero “sentí” en su exclamación “Oh-oh!”. El dr. venía charlando con todos muy amablemente y esto como que lo hizo prestar atención y concentrarse.

Yo no dije nada porque para mí, estos errores con las vías son una señal y una especie de cábala: si eso pequeño se tranca, de alguna manera lo grande saldrá bien. Esto viene de una oración en la que le había pedido a Santa Teresita la gracia de que cuando alguna cosa saliera mal, pudiera ver, en esa pequeña cruz, la mano de Jesús, que tiene todo en Su poder.

La gracia de la oración fue, como ya conté, el mismo día en que a la primera enfermera que me sacó sangre se le escapó la aguja en un descuido. Pareció que había sido un desastre porque, al llenar mal el frasquito, no pudieron hacer a tiempo el hemograma. Eso impidió que la biopsia me la hicieran allí, en mi hospital cabecera, y tuve que ir a hacérmela a Modena. Pero lo que parecía que retardaba todo terminó siendo una gracia, porque los amigos de Módena no solo hicieron bien una biopsia que venía complicada, sino que aceleraron los resultados y al fin terminamos ahorrando tiempo.

Pero lo que quería hacer notar es lo que me pareció percibir en ese “oh- oh” del médico: su pequeño error lo hizo cambiar en el acto el tono distendido con que comenzaba la primera operación del día. Por el resultado de mi operación, veo que no se volvió a distraer.

Además, me gustó lo de “Señor Fares”. Sentí que allí trataban a todos por igual. Que sus delicadezas no eran por ser yo cura, sino una de las cien nefrectomías totales que hacen por año con profesionalidad y cariño. Fuera de esa sala, que es el reino donde ponen en práctica la misericordia curando con todo lo que saben y pueden, no te dan mucha bola. Pero allí te dan todo y más.

Como dijo el doctor Baldi: “Somos un poco brutos, pero estamos atentos y hacemos las cosas bien. Durante todo este tiempo de su tratamiento aunque no me vea yo voy a estar al tanto de todo”.

Gente prudente que tiene claro el bien que puede hacer y por eso discierne bien los medios que pone.

Diego Fares sj