Fiesta de todos los santos … y de una santa de la puerta de al lado (31 A 2020)

Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mateo 5,1-12).

Contemplación

En estos días previos a una operación al riñón, que si Dios quiere me harán este viernes a la mañana, me venía insistentemente un pensamiento acerca de cómo hacer para suspender, por un tiempo al menos, los WhatsApp y también las Contemplaciones. Yo solo me he metido en este lío, por contar las cosas que me pasan y responder a cada mensajito lo mejor que puedo. 

Pero no es culpa mía. En general, cuando uno está por operarse o convaleciente y recién operado, con los únicos con los que tiene ganas de comunicarse es con su familia y con algún amigo. Pero ahora que por culpa del Papa Francisco somos “Fratelli tutti” y “Amici tutti”, estamos sonados. Sonados en el buen sentido: con profunda emoción puedo dar testimonio de cuánto se me han hermanado y amigado tantas personas con las que me ha tocado compartir tiempos y lugares de mi vida y misión. Todas se hacen presentes en estos momentos.

El Papa, en descargo, dirá que la culpa tampoco es suya, sino de Jesús, que dijo que el que lo siga tendrá el ciento por uno en madres padres hermanos y hermanas y amigos. Así que por más que las razones para entrar en un tiempo de silencio sean muchas y muy razonables, no he mandado ningún mensajito diciendo que no me manden WhatsApp ni suspendo las contemplaciones (mientras pueda). Los mensajes los leeré y los iré respondiendo cuando pueda, como siempre he hecho.

Con la Contemplaciones del evangelio, como verán los que estén leyendo, estoy adelantando la de este domingo. Desde el 2001, creo que nunca he dejado de hacerlas y enviarlas y eso me hace pensar que es una gracia, porque en ninguna de mis otras actividades he sido tan perseverante ni mucho menos. Pensaba, eso sí, que no voy a poder enviarlas por mail, pero por ahí es un buen momento para que el que quiera leerlas las lea en el blog, al que puede entrar poniendo en google diegojavierfares.com e inscribiéndose para que le lleguen por mail. 

Siempre que empiezo contar estas cosas que me pasan me viene un sentimiento de disgusto que me recrimina diciéndome “¿y qué tiene que ver esto con el evangelio del domingo?”. Pero al final termino siempre rechazando este tipo de pensamientos como tentación. En realidad estas cosas que cuento, anécdotas e historias mías y de gente con la que me encuentro, son todas vueltas que doy para poder entrar en el Evangelio. Entrar, digo, por la puerta de alguna Palabra que el Señor me da a sentir y gustar; una de esas palabras que son para acoger y dejar caer en tierra buena y esperar a que den sus frutos la vida cotidiana. 

Haciendo esto, por ahí, uno ayuda a que otros entren también en el Evangelio y encuentren la palabra que el Espíritu les quiere recordar, haciendo que ilumine alguna situación de su vida. 

A esto apuntan, siempre han deseado apuntar, estas “contemplaciones del Evangelio”, en algún momento se me ocurrió llamar contemplacciones. Siempre se trata de alguna palabra evangélica o de algún suceso de la vida en el que se abre una brecha para que entre la misericordia de Dios. 

La palabra o los gestos que busco compartir siempre son declinaciones de la misericordia. De la Misericordia del Padre, que abraza a todos sus hijos y no excluye a ninguno. De la Misericordia de Jesús, que va a buscar a los pecadores y comparte la vida con ellos. De la Misericordia del Espíritu Santo, que perdona los pecados y recrea nuestro corazón, dejándolo como nuevo.

La misericordia es la perla preciosa que buscamos entre todas las demás perlas. 

La misericordia es el tesoro en el campo. 

Misericordia el talento que debemos hacer fructificar siendo misericordiosos.

La Misericordia es la semilla que cae en tierra buena y da el ciento por uno: siempre son fecundos los gestos de misericordia.

Hablar y contar historias donde las palabras hacen lugar para que entre la misericordia no va contra el deseo de silencio (De paso un aviso: Si Dios quiere pronto saldrá a la luz un librito con aquellas contemplaciones en las que hay alguna historia con los más pobres, especialmente con la gente con la que compartí el trabajo en El Hogar de San José).

Cómo dicen Madeleine Delbrêl, el silencio no es mutismo, sino “no quitarle la palabra a Dios”. Ella pone ejemplos de las actitudes con que a veces “le quitamos la palabra a Dios” y entre esas actitudes no sólo están la de los charlatanes, los fanfarrones, los vanidosos y los chusmas, sino también las de los que se quedan callados y no cuentan todas las buenas noticias que el Señor quiere que anuncien no sólo con palabras, sino con toda su vida. 

Madeleine dice que no es difícil, cuando hablamos, no caer en alguna de esas actitudes que “le quitan la palabra Dios”, pero también hace ver que hay personas a las que podemos sentir hablar por horas enteras sin que tengan el aire de estarle sacando la palabra Dios. Las palabras de estas personas son como un ECO de la Palabra de Dios; eco que puede ser más o menos completo, más o menos fuerte, pero es siempre un eco de la Palabra de Jesús. 

Como habrán adivinado, hoy quería rezar y hablarles de Madeleine Delbrêl y la entrada fue por el lado de mostrar una tentación bajo apariencia de bien con respecto al silencio y aprovechar las reflexiones de Madeleine sobre lo que es el verdadero silencio, ese en el que -en medio del mundo- escuchamos a Dios. Más aún, ella dice que no se trata de irse a lugares silenciosos para que Dios hable, porque eso implicaría salirnos del mundo, sino de no quitarle la palabra en medio del mundo como es, con sus ruidos y rumores. 

Esto es Madeleine Delbrêl (octubre 1904-1964): una mujer que situó su vida en medio de las barriadas pobres marxistas y ateas de Ivry, Francia, para escuchar allí ese Evangelio que según ella cuenta “le explotó” a los 20 años, convirtiéndola de atea en creyente fiel. 

Madeleine es la mujer que, para escuchar a Dios, no se va al desierto de arena, sino al desierto de las multitudes, al medio de la calle, al subte, a los barrios más pobres…: va con la actitud de la que quiere ser hermana de todos y servir a todos y escuchando a cada uno, aprender a escuchar la voz de Dios, que habla siempre a través de los más pequeñitos y abandonados. 

Madeleine es una de las Santas de la puerta al lado de las que habla el papa Francisco, y me parecía una linda imagen para compartir en esta fiesta de todos los santos.

Y ahora sí, removida un poco la tierra, traduzco libremente algunos párrafos de Madeleine sobre las bienaventuranzas del evangelio de hoy. En este último tiempo me he devorado todos sus escritos. Sus palabras sobre las bienaventuranzas no son literatura, sino evangelio vivo. Ella que tanto amaba el Papa gozaría hoy mucho con el Papa Francisco. 

“Dado que las palabras no están hechas para permanecer 

inertes en nuestros libros, 

sino para tomarnos y correr el mundo en nosotros, 

deja, oh, Señor, que de aquella lección de felicidad, 

de aquel fuego de alegría que encendiste un día sobre el monte, 

algunas llamitas nos toquen nos muerdan 

nos revistan nos invadan. 

Haz qué penetrados por ellas, cómo “chispas en los rastrojos” 

corramos por las calles de la ciudad 

acompañando la onda de las multitudes, 

contagiosos de bienaventuranza, 

contagiosos de gozo.

Porque la verdad es que ya tenemos bastante 

de todos los anunciadores de malas noticias, 

de noticias tristes: 

ellos hacen tanto ruido 

que tu palabra no resuena más. 

Haz explotar sobre su ruido 

nuestro silencio que palpita de tu mensaje.

Felices los pobres de espíritu … porque de ellos es el reino de los cielos.

Ser pobre no es interesante: todos los pobres lo saben.

Interesante es poseer el reino de los cielos, pero 

sólo los pobres lo poseen.

Por eso no piensen que nuestra alegría consiste en pasar nuestros días en vaciar 

nuestras manos nuestras mentes y nuestros corazones. 

Nuestra alegría es pasar los días cavando 

en nuestras manos en nuestras mentes y nuestros corazones 

un lugar para el reino de los cielos que pasa…

Salgan a su jornada sin ideas prefabricadas 

y sin cansancios a priori;

Sin proyectarse ustedes mismos sobre Dios, 

sin replegarse frente a él, 

sin entusiasmo, 

sin biblioteca, 

sólo a encontrarlo.

Partan sin guía a descubrirlo, sabiendo que Él 

está a lo largo del camino y no solo al final.

No traten de encontrarlo con métodos originales,

sino más bien déjense encontrar por Él en la pobreza 

de una vida como las demás. 

La monotonía es una pobreza: acéptenla. 

No busquen lindos viajes imaginarios. 

La variedad del reino de Dios les baste 

y les de alegría.

Felices los pacíficos … porque serán llamados hijos de Dios.

En cada esquina se desatan pequeñas guerras, 

así como en cada rincón del mundo hay grandes guerras. 

En todas las situaciones de nuestra vida 

podemos hacer la paz o hacer la guerra. 

Sólo los hijos de Dios son totalmente pacíficos. 

Para ellos la tierra es una casa del Padre celestial. 

Todo cuanto existe sobre la tierra le pertenece 

y también la tierra misma. 

Sí, verdaderamente la tierra es una pequeña casa del Padre.

Por eso ellos no desprecian nada: ni un continente ni una pequeña isla ni una nación ni un patio ni las plazas ni las oficinas ni los negocios ni las calles ni las estaciones… 

En todos lados ellos deben crear un clima de familia. 

Los ojos de los pacíficos son benévolos y sus compañeros de camino 

se rescaldan en ellos como junto al fuego. 

Y ellos caminan con una doble alegría: 

alegría de un adviento de paz en torno a ellos,

Quería de escuchar en su interior una voz inefable 

que dice “Padre” en el fondo de su corazón.

Felices los Misericordiosos… porque obtendrán misericordia 

Ser misericordiosos: no parece ser un oficio descansado.

Es ya mucho sufrir las propias miserias, sin tener que agregar 

la pena de aquellos a los que encontramos. 

Nuestro corazón se rehusaría ser misericordioso si hubiera otros medios 

para obtener misericordia.

No nos lamentemos, por tanto, demasiado, si tenemos a menudo 

lágrimas en los ojos 

al cruzarnos por la calle con tantos dolores. 

Es por medio de estos que sabemos qué cosa 

es la ternura de Dios.

Nuestro corazón encuentra su alegría en estar 

junto al incansable fuego de la misericordia del amor de Dios. 

Y nosotros vamos espontáneamente a buscar 

todo aquello que puede permitir a este fuego quemar: 

todo lo que es pequeño y frágil,

todo lo que siente dolor y sufre,

todo lo que peca, se tambalea y cae,

todo lo que tiene necesidad de curación. 

Y llevamos este fuego que arde en nosotros 

a todas las personas dolientes que nuestros encuentros atraen 

para que los toque y los sane.

Felices los mansos … porque poseerán la tierra.

Para cumplir tu obra sobre la tierra, 

tú Señor no tienes necesidad de nuestras acciones sensacionales, 

sino de un cierto volumen de acatamiento amoroso

de un cierto grado de obediente asentimiento

de un cierto peso de ciego abandono,

situado no importa donde en medio de la multitud de los hombres.

Y si en un solo corazón se encontraran juntos 

todo este peso de abandono 

este acatamiento amoroso y este asentimiento,

el aspecto del mundo cambiaría, ciertamente.

Porque este solo corazón te abriría el camino, 

se convertiría en la brecha para la invasión de tu Misericordia, 

en el punto débil donde cedería la rebelión universal.

Un corazón manso tarda mucho tiempo en hacerse. 

Se va haciendo segundo a segundo, minuto a minuto, 

día a día… 

En esta conversación en la que nuestro silencio acoge la palabra de algún otro 

y nuestro pensamiento se inclina frente a otros pensamientos; 

en estas cosas inertes que parecen querérsenos escapar: 

la birome que escribe mal, el calor que nos fatiga, 

el frío que nos devora, 

en esos juicios sobre nosotros en los que no reconocemos 

nuestro rostro; 

en estos pequeños o grandes dolores, 

que nos corroen por dentro, que nos cansan los nervios, en lo profundo, 

donde dejamos que corra nuestra vida… 

con estas paciencias tú vas tejiendo tu mansedumbre en nuestro corazón.

Felices los puros de corazón … porque verán a Dios.

Señor, tú nos ha dicho que sin esta castidad implacable 

nosotros no podremos verte.

Ella es la libertad de todo impedimento, 

y el no ser poseídos por nada 

y el poder ir a Ti de un solo golpe. 

Ella es un amor urgente impaciente celoso 

que no tolera a aquellos que bloquean el camino.

Por eso, su último asalto será en la hora de nuestra muerte. 

Ella nos hará subir al tren que nos llevará 

más allá de nosotros mismos. 

A través de los vidrios, todas las cosas nos harán grandes señales 

de adiós. 

Pero ninguna se ofrecerá a subir con nosotros, 

todas tendrán miedo a tenernos por compañeros.

Todas nos parecerán efímeras, sin otro valor 

que el de una pausa. 

Nosotros lo dejaremos todo. Todo nos dejará.

Y veremos al Dios que nos espera 

una vez que nos haya conducido a Sí 

después de la castidad paciente de nuestra vida

después de la castidad elemental de nuestra muerte”.

Diego Fares sj

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