Como a ti mismo -ni más ni menos- (30 A 2020).

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la ley le preguntó con ánimo de probarlo: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «‹Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón (kardía), con toda tu alma (psiché) y con toda tu razón (dianoia). Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: ‹Amarás (agapeseis) a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden la ley entera y los Profetas›» (Mt 22, 34-40).

Contemplación

Ya sabíamos que la pre-hospitalización en el IFO (Istituti fisioterapici ospitalieri) llevaría toda la mañana. Pero como ya tenía hechos tantos estudios pensamos con Paolo, mi ángel custodio enfermero, que sería más breve. Así fue con los análisis de sangre, pero después se alargó la espera del turno con la anestesista y más todavía de la charla con el urólogo del equipo que me operará el riñón. Menos mal que a las 11:30 hs. le dije a Paolo que se fuera, porque al final salí a como a las cuatro de la tarde. 

Lo que quería contar era algo acerca del lindo ambiente que se creó esa mañana – por unos minutos- en la sala de espera de los análisis pre-quirúrgicos . Nos habían dicho por teléfono de estar a las ocho en el Reparto de pre-hospitalización, primer subsuelo del recorrido F (de color fucsia), «Ascensores N, N, O», y de buscar a un tal Antonio. 

Antonio, como aprendimos estando en el lugar, no solo es el que organiza los turnos de la pre-hospitalización, sino que es una especie de nombre mágico en el Reparto de urología. Allí los médicos son inalcanzables, como me dijo después Emanuella: «Primero está el papa Francisco y después el urólogo». Yo me reí y le dije que me parecía que el Papa era más accesible, a lo cual ella asintió. 

Antonio es la única persona a la que todos llaman por el nombre: «tiene que ver Antonio»; «vuelva con la carpeta y muéstresela a Antonio»; «eso se lo tiene que decir a Antonio». Yo terminé de amigarme con el hospital cuando se fue Paolo, y al quedar solo, sentí al mismo tiempo tres cosas: una fue que en medio de las sala de espera repleta de gente caí en la cuenta de que el rumor de todas las voces mezcladas, al que no le prestaba atención mientras estaba acompañado, de repente me sonaba en lengua extranjera (es notable la diferencia cuando te habla una sola persona y cuando hablan muchas al mismo tiempo); la segunda fue el desconcierto cuando la jefa de sala de admisión me dijo que me faltaba un papel y que no había pagado la visita. Ahí fue que usé la palabra mágica y dije que me había mandado Antonio, lo cual hizo que la jefa me dijera que esperara un poquito, a ver cómo hacíamos; la tercera cosa fue la experiencia de la acción del ángel de la guarda (aclaro que en la entrada del hospital hay una estatua gigantesca del Arcángel Rafael indicándole a Tobías como debe curar a su padre con la hiel del pescado, y siempre que entramos al hospital le rezo). Pasó así: mientras esperaba en la fila, vi que salía de Admisión una enfermera peticita, con cara de seria y apurada, y le pregunté si había mucha fila para el urólogo. Ella que había escuchado mi charla con la jefa de sala, me indicó de manera un poco brusca que me dirigiera ella y siguió su camino. En ese mismo momento, en que me sentí de verdad desorientado, noté con el rabillo del ojo que la enfermera pegaba la vuelta como si alguien la hubiera tocado en el hombro. Entró decididamente en la oficina y le dijo a la jefa de sala que se encargaba ella de lo mío. Me adoptó! Demoramos como 25 minutos y ella completó amablemente todos los formularios que faltaban, porque «Antonio -como siempre- los dejaba porque sabía que los llenarían ellas», me indicó dónde tenía que pagar y después me hizo amigar con Daniela, la jefa de sala, a la que, rezándole a los ojos de la Virgen, le ayude a encontrar una formularios que hacía media hora que buscaba y que habían literalmente «desaparecido».

Pero volvamos atrás. Porque la ayuda de este angelito -Emanuella- fue lo que «terminó» de amigarme con el hospital. El inicio del amigamiento se dio en la primera sala de espera.

Cuándo llegamos a las 8:15 hs., ya había unas 10 personas esperando. Como no había números ni nadie explicaba nada, todos nos amontonábamos en la puerta tratando de ver al tal «Antonio». En relación a otras enfermeras y enfermeros que cuando veían que la gente se amontonaba comenzaban a gritar y luego desaparecían, abandonando el campo, vi cómo Antonio con pocas palabras logró tener a toda la gente tranquila: «Tooodos tienen que hacer la pre-hospitalización. Aquí tengo sus nombres» – fue lo único que dijo. Y dejó que nosotros mismos nos ubicáramos y respetáramos el orden de llegada. Cómo dijo una señora -después supe que se llamaba Ana- cuando uno se le coló: «Por amor de Dios, no vamos a discutir por unos minutos más o menos».

La cuestión es que en dos lugares pequeños quedamos así: seis o siete en el espacio al lado del ascensor y cuatro personas en la salita cercana a la puerta de Antonio: una señora, que no se sentaba, porque eso le hacía doler los riñones; un señor de pelo blanco, de mi edad, qué había viajado toda la noche desde Calabria y había venido directamente: «para no molestar a sus parientes», y otro señor más joven que le dejó su asiento a un hombre mayor muy venido a menos al que acompañaba su hijo. Cinco desconocidos un poco ansiosos por entender cómo funcionaban los turnos y no perder el nuestro. Rompió el hielo el calabrés cuando vio que yo me hacía lío con el cabestrillo y la carpeta grande de los análisis al tratar de sacarme la campera. Gentilmente se ofreció a darme una mano. Ahí fue que me animé a entablar el diálogo y le pregunté a cada uno los nombres. Ana -dijo la señora-, de Roma. Mario, dijo el de Calabria. Y ahí fue que el abuelo, que parecía medio dormido, abrió un ojito y dijo Aldo, con una sonrisa linda y ganas de mostrar que estaba bien atento a todo a pesar de sus dolores. 

Mario dijo que no sabía si lo iban a atender a pesar de haber viajado toda la noche y de tener turno, porque se veía que faltaban algunos papeles. «Estamos en las manos de Dios», afirmó abriendo los brazos y mirando al cielo. y agregó: «Y de la Madonna». Ana lo confirmó sonriendo: «Ella sí. Ella hace todo». 

Como vi que la conversación había ido para el lado espiritual, dije que yo era Diego y que era sacerdote. 

La charla siguió muy naturalmente. A Mario y a Aldo apenas los volví a cruzar una vez, les di una bendición y no los vi más. Con Ana, en cambio, nos encontramos una hora después y charlamos lindo mientras esperábamos al urólogo. También a ella le tienen que sacar el riñón. Es su segunda operación, tiene dos hijos, marido y dos nietos que son su vida. Cuando se dio cuenta que había dicho «su vida», me aclaró que los quería igual igual que a sus hijos, como si el haber confesado un amor tan grande por los nietos pudiera despertar celos en los otros, aunque no la pudieran escuchar.

A lo que quería llegar, para compartirlo, es a cómo cambió nuestra actitud después que intercambiamos algunas palabras amables con estas personas. De ser cuatro desconocidos que empujaban -tratando de que no se notara mucho- para entrar primero, pasamos a sentirnos igualados por la espera, por nuestros nombres -que Antonio «tenía» – y por la necesidad de ser atendidos en nuestra enfermedad. 

Cuando la gente me pregunta «cuándo te operan» sintiendo que “la semana que viene” demora mucho, a mí se me vienen los rostros de Ana, de Mario, de Aldo y de todos los demás que no conozco, y siento que si bien deseo que me operen rápido, que mi riñón es uno más junto con los riñones de estos nuevos amigos. Igual que en la sala de espera entraremos tranquilamente por turno, cada uno en su momento, a nuestra intervención. 

Estas cosas sencillas me hicieron caer hoy la ficha de lo que significa: «Como a ti mismo», cuando el Señor explica el mandamiento del amor al prójimo.

Cómo dijo Mario, el calabrés, haciéndome señas amablemente de que pasara yo primero: «Estamos todos en la misma barca de la sala de espera». 

Diego Fares sj

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