El vestido de Bodas (28 A 2020)

Respondiendo Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo: (Lo que acontece en) el reino de los cielos es semejante a (lo que le pasó a) un rey que preparó las bodas de su hijo; envió a sus servidores a llamar a los que habían sido invitados a las bodas y no quisieron venir. De nuevo envió otros servidores diciendo: ‘Digan a los invitados: mi banquete está preparado, mis toros y animales cebados han sido sacrificados y todo está a punto. Vengan a las bodas’. Pero ellos no haciendo caso se fueron, uno a su propio campo, otro a sus negocios y los demás, echando mano a los servidores los ultrajaron y los maltrataron. El rey se llenó de ira y enviando sus ejércitos, hizo perecer a aquellos homicidas e incendió su ciudad. Entonces dice a sus servidores: ‘Las bodas están listas, pero los invitados no eran dignos, vayan pues a los cruces de los caminos y a cuantos encuentren invítenlos a las bodas’. Y saliendo aquellos servidores a los caminos, reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entrando el rey a ver a los que estaban a la mesa vio allí un hombre que no vestía el vestido de bodas y le dice: ‘Compañero, ¿cómo entraste acá, no teniendo el vestido de bodas’? El no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo a las tinieblas de allá afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son los llamados pero pocos los elegidos” (Mt 22, 1-14).

Contemplación

El vestido de bodas… La palabra «bodas» – que aparece ocho veces en la parábola que Jesús le cuenta a los que lo critican y lo quieren matar- es la clave de la invitación, del banquete y del vestido. Son las bodas del Hijo que el Padre venía preparando desde toda la eternidad: la alianza de Jesús con la humanidad, con la gente, con todos los pueblos y personas que Dios creó. A esta fiesta de bodas no hay excusa que valga para faltar o no estar a la altura.

Pensaba que, para una fiesta de casamiento, el vestido, que es algo muy personal, tiene un sentido social particular. En otras fiestas, actualmente, uno puede ponerse un vestido extravagante, si quiere. En una fiesta de bodas tiene que ser algo lindo y elegante, pero que no desentone, que no llame mucho la atención, ya que lo que importan son los novios. Quizás ese era el sentido de que en los casamientos en la época de Jesús el que invitaba le daba una túnica -un vestido de bodas- a sus invitados. En definitiva, no aceptar el vestido de fiesta es como si hoy uno se llevará su botella de vino personal y no bebiera del que le da el anfitrión: una muestra de desprecio.

Está claro que el Padre es el que hace la fiesta y la celebra, sí o sí: si los invitados no son dignos, invita a otros, a los pobres de los caminos, a buenos y malos. Y si bien la invitación es gratuita, la fiesta tiene su etiqueta rigurosa, que aquí se puede ver en la importancia del vestido de bodas. No se trata de algo difícil, porque el vestido se regala, sino que se trata de hacer la voluntad de otro, de vestirse como le agrada al Padre y no como uno quiere. Y esto no siempre resulta fácil. 

Además este hombre ni siquiera se excusó, se quedó callado, lo cual puede ser signo de uno que no tiene idea de lo que pasa, pero también de alguien muy soberbio que ni siquiera se digna a responder, acostumbrado hacer lo que quiere.

Me gusta pensar en este vestido de bodas como un hábito qué expresa nuestra igual dignidad, nuestro ser “todos hermanos”, como sueña Francisco que soñemos. 

Cuando en la Iglesia entraron en crisis los hábitos entre los consagrados, las consagradas y los sacerdotes, el deseo profundo era el de no distinguirnos de los demás, el deseo de usar el vestido común de la gente. 

No es fácil lograr esto en la práctica. Es verdad que los hábitos pasan de moda y muchos se convierten en algo estrambótico, como ciertos sombreros de monjas y de obispos. Pero también es cierto que en todas las épocas y culturas tendemos a uniformarnos y a distinguirnos. Recuerdo que en nuestra época de estudiantes terminamos inventando un «hábito» que consistía en una mezcla de camisa de cura y jeans. 

Creo que el punto está en que el hábito es dinámico, conlleva una relación entre la espiritualidad que se vive interiormente y lo que se expresa con la manera de vestir. Evangélicamente me parece que lo bueno es que el hábito tenga algo de parábola, algún elemento común que suscite la apertura a la novedad que trae Jesús. En este sentido, creo que en nuestra época es bueno tener libertad interior para usar diversos hábitos. Como aquel cura que cuando iba con los progresistas se ponía la sotana y cuando iba con los conservadores usaba jeans. Pero la dinámica no debe ser la de escandalizar o atraer la atención sobre uno mismo, sino la de ayudar a que las personas con las que uno trata acepten mejor el evangelio. 

Pensaba estas cosas en el hospital Hesperia al que fui a hacerme una biopsia. El hecho de no ir vestido de cura en una tierra donde la imagen del sacerdote está super estereotipada me ayudó a entablar relación con mis compañeros de habitación y con las enfermeras y los asistentes sanitarios de una manera muy natural. Esto hizo que cuando alguno se enteraba de que era cura, la relación cordial que ya habíamos establecido se profundizará en un diálogo más espiritual. Como el que tuvimos con Giuseppe mi compañero de pieza, con el que al segundo día terminamos celebrando la misa. No se sentía “a la altura”, pero aceptó participar cuando le dije que necesitaba un monaguillo, por el brazo. También terminamos rezando con los papás de Beatrice, una nena de Calabria que se había operado de la columna, después que Francesco -el papá-  se me acercó porque dijo que era el único que le había sonreído cuando andaba por el pasillo. Y también terminamos amigos con Carlos, del equipo de radiólogos, que resultó ser jujeño. Sin saber que era cura, al ver que era argentino cambió de idioma mientras me acomodaba en la camilla y comenzó hablarme en español, cosa que me tranquilizó un montón. 

Pero uno de los diálogos con Giuseppe – napolitano papá de cuatro hijos, camionero, que también se operaba de la espalda- no tuvo desperdicio. Charlábamos y entre cosa y cosa salió que él no creía mucho los curas. Yo le dije que yo tampoco y le conté el dicho de mi amigo Francesco, que dice que los curas «estudiamos de noche para jorobar a la gente de día». El napolitano, moviendo la cabeza, pesó la frase apenas un instante y dijo espontáneamente: «Y algunos ni siquiera estudian!» Me hizo largar la carcajada y ahí nomás le mandé un WhatsApp a Francesco, que respondió diciendo: «Un maestro! Entendió todo. Yo había entendido sólo la mitad». La charla era en camiseta y en medio del personal que entraba y salía con remedios y anotaciones varias.

Las bodas son una figura de la Alianza entre Jesús y la humanidad y el vestido de bodas tiene que ser un hábito que haga alianza, no que cause rechazo o establezca lejanías. El hábito, cómo todo lo que hace al estilo cristiano -ritos, costumbres, leyes…-, tiene que favorecer esta Alianza entre Jesús y la gente. En este sentido siempre tiene que ser objeto de un cuidadoso discernimiento. No existe un hábito o un estilo cristiano en sí mismo, que sea igual para todas las culturas y en todas las situaciones. Aquí vale lo de San Pablo de «hacerse toda todos» para ganar al menos alguno para Cristo. Éste «relativismo cultural» es el que permite predicar en su radicalidad absoluta el Evangelio. El hábito de San Francisco lleno de los remiendos que le hacía su amiga e hija espiritual Santa Clara, es una linda imagen de un evangelio que se deja remendar exteriormente por la gente sencilla para poder brillar así con toda la fuerza y el esplendor de su gloria interior.

Diego Fares sj