Dejarse ayudar con la cruz (26 A 2020)

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué les parece a ustedes?: Un hombre tenía dos hijos. Acercándose al primero le dijo: ‘Hijo mío, ve hoy a trabajar en la viña’. El, respondiendo, dijo: ‘No quiero’-, pero después, arrepentido, cambió de parecer y fue. Acercándose al otro le habló de manera similar. Este, respondiendo, dijo: ‘Voy, señor’-, pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? ‘El primero’-, respondieron. Les dijo Jesús: ‘En verdad les digo: los publicanos y las prostitutas se les adelantan a ustedes en el reino de los cielos. Vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia y no creyeron en Él; los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; pero ustedes, aún viendo esto, no se han arrepentido ni han cambiado de parecer para creer en Él (Mt 21, 28-32).

Contemplación

Así como a la parábola del Hijo pródigo la fuimos aprendiendo a ver como la parábola del Padre misericordioso, a está de los dos hijos, el que dice que no, pero después va a trabajar en la viña, y el que dice que sí, pero después no va, también podemos aprender a contemplarla como la parábola del Padre que pide ayuda a sus hijos.

Es el mismo Padre que salía a contratar obreros este que ahora sale de sí a pedirle una mano a sus hijos. Sale de ese silencio en el que a veces los padres le dan vueltas a las cosas discerniendo en su corazón a ver si le piden o no ayuda a sus hijos. 

Nos remansamos contemplando esta imagen de un Dios que pide ayuda, o mejor, colaboración: «Hijo mío, ven hoy a trabajar en la viña». Digo «colaboración» porque en familia «rica» uno puede suponer que no es que «necesite» ayuda; si necesitara, podría salir a contratar más obreros para realizar la cosecha. Hay un detalle que da pie a imaginar que aquí se trata de otra cosa, de lo que Jesús llama a la voluntad del Padre, su deseo preferido, la alegría que le da que sus hijos trabajen en la viña. El detalle es que la llama «la viña», no «mi viña». En la parábola anterior el empresario repite muchas veces «mi viña» y deja bien claro que se trata de sus bienes, con los cuales hace lo que quiere. En esta parábola, en cambio, la invitación – sugerencia o mandato-, que dice » ve a trabajar» está abrazada por dos expresiones muy lindas: «Hijo mío» ve a trabajar «en la viña». «Hijo mío» hace sentir todo el cariño del Padre y que el mandato apunta al interior del corazón de su hijo. No es una obligación externa. Esto se entiende al decirle «la viña»; la viña común, la propiedad familiar. Su invitación y mandato es de ese tipo que hace un padre o una madre a sus hijos encareciendo lo lindo que es trabajar en las cosas comunes y deseando que el hijo incorpore como propio lo que puede hacer por el bien común. Aquí no se habla de salario ni de últimos y primeros, sino de quién incorpora lo que le alegra el Padre. 

Creer en Jesús

Ahora bien, como el Señor habla de «hacer» la voluntad de Dios y como el ejemplo que usa es el de ir a «trabajar» a la viña, podemos quedarnos en un hacer exterior. Pero después vemos que aplica la parábola a un «hacer» distinto: Jesús termina hablando de la fe. Le dice a los fariseos que los publicanos y las prostitutas se les adelantan en el reino porque creen en Juan el Bautista y en Él. Tenemos así que lo que le agrada al Padre, lo que quiere que hagamos, es creer en su enviado Jesucristo. «Esta es la voluntad del Padre: que el que contempla al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna» (Jn 6, 40). En esa fe en Jesús es donde toman la delantera los publicanos y las prostitutas. 

La voluntad del Padre es algo que hay que «hacer», en el sentido de que siempre y cada vez se trata de algo concreto que se nos invita a practicar. No es decir: «Señor Señor». Creer es como ir a trabajar en la viña: la fe implica un llamado y una tarea. Pero es un hacer interior, de corazón, y por eso la condición de posibilidad para sintonizar nuestro interior con el del Padre es la fe en Jesús, es mirar al Hijo predilecto, así como un hermanito menor mira a su hermano mayor cuando quiere ver cómo es que hay que hacer las cosas que mandó la mamá o el papá.

 Voluntad es, pues, el deseo preferido, hondo, lo que le agrada más a nuestro Padre, lo que alegra su corazón, lo que más le gusta de nosotros. Y este deseo se centra en una sola cosa: que creamos en su Hijo amado Jesucristo, que lo escuchemos. Esta es la única voluntad del Padre. Jesús después explicitará esta voluntad de muchas maneras: en las bienaventuranzas, en las obras de misericordia, en los consejos evangélicos. Pero trabajar en la viña es, antes que ninguna otra cosa, creer en Jesús. El Señor lo dirá claramente: «El que no cosecha conmigo, desparrama».

Contentos de trabajar con Jesús

 Trabajar en la viña es colaborar con Jesús, no simplemente hacer las cosas, sino hacerlas a su estilo, a su ritmo, a su manera. Cómo dice Ignacio en la meditación del rey que a todos llama diciendo: «El que quiera venir conmigo estará contento de trabajar como yo, de modo que siguiéndome las penas me siga también en la gloria». Dolores Alexaindre consagró la unión de estas tres condiciones del llamado a trabajar en la viña: «conmigo, trabajar y contento». Ella nos ayuda discernir donde renguea nuestra respuesta. Están los que trabajan con Jesús, pero no contentos, sino con cara de vinagre; están los que trabajan contentos, pero no con Jesús. Trabajan porque son entusiastas y le gusta trabajar (en lo que quieren y al modo suyo). Y están los que están con Jesús muy contentos, pero no trabajan. No trabajan en las obras de misericordia.

El trabajo, entonces, la obra que Dios quiere que hagamos desde el interior del corazón, es creer en Jesús. Creer con esa fe que opera por la caridad, como dice Pablo: una fe que se traduce en obras de misericordia y que tiene el sabor de la bienaventuranzas. 

Un Dios que se deja ayudar

Pero volvamos a la imagen de un Dios que se deja ayudar, al que le place trabajar con otros, co-laborar. Jesús dice muchas veces que el Padre es el viñador, que siempre está trabajando y que Él , su Hijo, siempre está colaborando con el Padre, haciendo lo que le agrada. Ir a trabajar a su viña -qué es toda la creación y en ella, todos los pueblos-, es entrar en este círculo de estrecha colaboración entre Jesús y el Padre. Y aquí todos tenemos que cambiar un chip. Tenemos que cambiar el chip del «qué me pide Dios que cumpla» por el chip de «cómo me está ayudando Jesús a crecer como persona en la adoración y el servicio». Por qué esta es la primera fe: que Jesús vino ayudarnos y que lo podemos ayudar a Él a llegar a los demás.

El Padre de la parábola ayuda a sus hijos a crecer como personas haciéndose ayudar, haciéndole ajustar el trabajo por la familia en la viña común. Jesús vendría ser como el tercer hermano, el que responde al Padre «aquí estoy para hacer tu voluntad» y no sólo lo dice, sino que lo hace y lo hace hasta el final: «nos amó hasta el extremo».

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Cómo me decidí a ir contando algunas experiencias de fe en esta etapa en que me estoy haciendo análisis para poder hacer una biopsia del húmero (este miércoles, si Dios quiere) y luego de 20 días, seguramente una intervención, les comparto algo que tiene que ver con esto de dejarse ayudar. (Siempre he contado historias en las que acompañaba a alguno yendo al hospital o en alguna situación en que necesitaba ayuda, y discerní que no era auto-referencial contar estas pequeñas historias en las que en vez de acompañar, doy testimonio de que soy acompañado).

La doctorcita me estaba sacando sangre. Eran muchos tubitos -siete- y al quinto le estaba por elogiar su destreza para cambiarlos con una mano, pero me quedé callado para no distraerla y justo ahí no va que se distrae ella como si hubiéramos estado pensando lo mismo y con un movimiento involuntario hizo que se corriera la aguja y se trabara la salida de la sangre. Realizó varios intentos, pero como no pudo arreglarlo rápido, llamó a la jefa que solucionó con profesionalidad la cosa. Cuándo se fue la jefa, ahí sí la elogié: «Te hiciste ayudar rápido!» «Sí, -me dijo- adonde no llego, no tengo vergüenza de hacerme ayudar». «Ese es el secreto», le dije. Y sonreímos con Rosana.

Todo pasó en un instante, pero yo quedé contento con el moretón en el brazo porque a la mañana, en la oración, había hecho un trato con Jesús: le había propuesto no pretender «ver su presencia» en las cosas que salían bien y sin problemas, sino allí donde algo se trababa o daba un pequeño sufrimiento. Es decir, en las crucecitas que aparecían durante el día. Por mi parte, le pedía saber descubrir, en esas cruces, una oportunidades para brindarme -para excusar al otro, para quedar a su disposición y humor y no al mío…-. Esta petición que nunca se me había ocurrido antes, creo que tiene que ver con la gracia que descubrió San Pedro Fabro una Nochebuena en la que se sentía desolado y frío, sin fervor espiritual. Se dio cuenta de que estando así, se parecía más al pesebre, y que esa falta de consolación era propicia para que naciera Jesús en él, mejor que se hubiera estado adornado y calentito como un palacio. Bueno, en estos días en que las cosas no siempre salen bien o en el tiempo y modo en que uno quisiera, yo pedía la gracia de ver a Jesús en estas dificultades, sintiendo que como están y son bien concretas tendría la oportunidad de ver más veces al Señor que si sólo lo buscara en lo que sale bien. Por ahí resulta medio complicado pero en realidad es simple: no buscar la presencia de Jesús en el consuelo, sino en una cruz que se presenta; y el consuelo, en cambio, buscarlo no en recibir algo lindo, sino en el poder darme. 

Por eso, cuando se le corrió la aguja y empezó a pinchar de nuevo me alegró la crucecita en medio de algo que ni siquiera dolió y que fundamentalmente salió bien. Y la pude consolar no en su destreza que me venía bien a mí, sino en su hacerse ayudar por otra cuando vio que me hacía doler un poco. 

Hoy en la oración, meditando sobre el modo como Jesús abraza la Cruz, sentía la dulzura de su mirada, y era como si el Padre me dijera lo mismo que yo le había dicho a la doctorcita: «Ese es el secreto: Dejate ayudar por mi Hijo muy amado!»

Cuatro ayudas de Jesús

Cuatro son fundamentalmente las ayudas a las que se aplica Jesús cumpliendo su oficio artesanal de consolar a sus amigos.

La primera ayuda la da como Maestro. Es la ayuda de su Palabra que nos enseña a discernir lo que le agrada al padre y encontrar el modo de servir a nuestros hermanos en cada situación. Para hacer efectiva esta ayuda, el Señor dio testimonio y predicó su Evangelio y nos dedicó nada menos que a la Persona del Espíritu Santo, que es el que nos enseña en cada momento lo que tenemos que hacer.

La segunda ayuda la da como servidor humilde. Siendo que es Nuestro Señor se inclina a lavarnos los pies, a bautizarnos en su amor y a purificarnos de todo lo que nos daña y nos impide amar y creer y esperar.

La tercera ayuda consiste en partirnos el pan. No cualquier pan, sino el pan en el que Él mismo se convierte, para alimentarnos y ayudarnos a caminar en comunión con los hermanos.

La cuarta ayuda es abrazar nuestras cruces y dejarse ayudar por nosotros como se dejó ayudar por el Cireneo. Cargar con Jesús nuestra cruz nuestra y la de los demás es el gesto clave: el secreto. Abrazarla con Jesús. Porque Él es el único que la abraza sin culpa. Nosotros, cuando aparece una cruz en nuestra vida, en parte le echamos la culpa a otros y en parte pensamos que la culpa es nuestra. En este chicaneo de quién se hace cargo de cada cruz se nos pasan nuestros días. El Señor nos enseña abrazarla directamente, sea una cruz grande o pequeña. A cargarla abrazándola y a seguirlo a Él, que nos ayuda a llevarla. 

El Señor abraza la Cruz así como predica, parte el pan o lava los pies. Es que el amor necesita mediaciones concretas: que nos sentemos a escuchar la palabra, que compartamos el mismo pan, que nos dejemos lavar los pies… Y cuando hay una Cruz, nuestra o de otro, que la abracemos con Jesús. Como si el amor no se pudiera dar directamente, sino en medio de estos pequeños gestos que realizamos juntos con mucho amor. 

Diego Fares sj