«Los igualaste a nosotros!» La bendición de ser iguales que la envidia convierte en lamento (25 A 2020)

Lo que sucede en el reino de los cielos es semejante a lo que sucede con un Empresario que salió a primera hora del amanecer a contratar obreros para su viña. Habiendo concertado con los obreros en un denario por día, los misionó a su viña. Salió hacia la hora tercia (a las 9) y vio a otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: ‘Vayan a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Ellos fueron. De nuevo salió cerca de la hora sexta y nona (a las 12 y a las 15) e hizo lo mismo. Saliendo cerca de la hora undécima (a eso de las 17) encontró a otros desocupados y les dijo: ‘¿Qué hacen aquí, todo el día sin trabajar?’ Le respondieron: ‘Es que nadie nos ha contratado’. Y les dice: ‘Vayan ustedes también a mi viña’. Cuando atardeció, el Dueño de la viña dijo a su mayordomo: ‘Llama a los obreros y dales el jornal comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros’. Y viniendo los de la hora undécima recibieron cada uno un denario. Al llegar los primeros, habían calculado que recibirían más, pero recibieron ellos también cada uno un denario. Recibiéndolo murmuraban contra el Empresario diciendo: ‘Estos últimos trabajaron sólo una hora y los igualaste a nosotros, los que hemos soportado el peso del día y el calor’. El, respondiendo a uno de ellos, le dijo: ‘Compañero, yo no te hago ninguna injusticia a ti. ¿No te concertaste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Si yo quiero darle a este último lo mismo que a ti ¿no puedo hacer con lo que es mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos (Mt 20, 1-16).

Contemplación

Esta es una de esas parábolas particularmente provocativas del Señor. Todas lo son, pero esta se mete con la plata, con el sueldo, con lo que uno puede hacer con su dólares, y por eso hace que salten las alarmas de una mentalidad que comulga modo natural con los criterios que se difunden desde las cátedras sagradas del dios dinero.

La penúltima frase del empresario generoso me parece decisiva. Son palabras que pegan fuerte en lo más solapado de la actitud del servidor que se lamenta por lo que considera una injusticia. El patrón le dice: «¿O es que tu ojo es envidioso por culpa de que yo soy bueno?» 

Estamos ante un discernimiento: el patrón destapa una falacia del mal espíritu que ataca la bondad de Dios, que busca justificar un sentimiento de envidia contra un compañero y un sentimiento de indignación contra Dios. 

La parábola de Jesús nos ayuda a discernir un criterio cargado de afectos desordenados que se mete muy hondo en nuestro sentido común de las cosas, allí donde medimos y calculamos comparativamente lo que tenemos, lo que se nos debe y lo que ganan los demás. Impresiona la palabra que usa este trabajador para quejarse: los igualaste a nosotros. Convengamos en que estamos hablando de un día de trabajo. El contrato se supone que es para toda la cosecha y es probable que estos, que fueron bien pagados el primer día, al día siguiente trabajaran más. 

Estas no son meras suposiciones, sino que las podemos deducir del modo de trabajar del empresario: es un tipo que sale a todas horas a contratar obreros para su viña. Esta actitud suya de pagar lo mismo a los últimos y a los primeros quiere marcar un estilo. Quiere hacer ver que lo importante es la viña, cuya cosecha da trabajo a todos y les permite vivir. Él es el dueño, pero sale a buscar trabajadores y los contrata personalmente. Se ve que quiere crear un modo nuevo de hacer las cosas. 

Nos detenemos un momento a gustar la imagen linda de este Empresario evangélico que «sale». Así como el buen pastor sale a buscar a la oveja perdida y el sembrador sale a sembrar, este hombre sale a todas horas a buscar gente para trabajar en la cosecha de su viña. Jesús nos cuenta de las salidas de Dios: la salida a buscar al más frágil, al último, al más lastimado, al descartado por la sociedad, al pecador. La salida a sembrar el Evangelio. Y la salida a buscar a los trabajadores, a proponer cosas creativas, a dar trabajo que sirva para igualarnos a todos en la búsqueda del bien común. 

Afinemos ahora un poco más su actitud para con los últimos. Algún mérito tienen! Vemos que el patrón les reprocha que hayan estado todo el día sin trabajar. Ellos responden que fue porque nadie los contrató. Entonces el empresario los envía su viña sin ninguna promesa de salario. Y ellos van! Si hubieran sido calculadores como el que se quejaba, hubieran pensado: para que trabajar una horita si lo que ganemos no nos va a alcanzar ni para comer. Sin embargo se fiaron del patrón y fueron. Seguramente habrán pensado: «hoy nos pagarán muy poco, pero tenemos trabajo para mañana». Quizás esto fue lo que motivó al patrón a pagarles un denario como a los otros. Estamos en un ambiente de lealtad en el trabajo, no de cálculo mezquino. 

Así podemos interpretar bien la frase más disonante, esa en el que el patrón dice: «¿Acaso no puede hacer con mi dinero lo que quiero?» Es una frase provocativa, pero para hacer reaccionar el envidioso. No es una frase que haya estado en el aire al contratar a los últimos. A ellos el patrón no les dice: «Vayan a trabajara a mi viña y les pagaré lo que quiera». No. La frase que remarca que él es el dueño la usa para desenmascarar la actitud de envidia para con un compañero que carcome el corazón del indignado. La frase expresa algo así: «No me uses a mí que soy el patrón para justificar tu desprecio y tu envidia para con uno de tus iguales». 

Creo que la actitud de fondo que quiere suscitar Jesús con esta parábola tiene que ver con las con los valores esenciales: con la misericordia y el derroche de bondad gratuita que nuestro patrón celestial ha derramado en nosotros y con la actitud justa de sentirnos pares en humanidad y en dignidad con todos los hombres nuestros hermanos. Todos hermanos! Éste es el nombre de la Encíclica que el Papa publicará el 3 de octubre y que nos iluminará mucho en esto de la igualdad entre los hombres. 

Un excurso personal. Meditaba sobre la igualdad en estos días en que me ha tocado hacerme análisis por un problema en el húmero derecho que me tendrán que operar (a eso se deben algunas rarezas de estilo que varios han notado en las contemplaciones: dado que no puedo escribir, le dicto a la compu y después corrijo con la izquierda). Pidiendo turno, haciendo fila, compartiendo la sala de espera con tanta gente…, sentía muy fuerte esto de ser uno más, de que todos somos iguales. Qué tienen de especial mis huesos, mis problemas, mis dolores y esperanzas…, meditaba. En las pocas horas que estuve haciendo resonancias magnéticas, centellograma y tac, compartí la sala de espera con ocho pacientes, todos con problemas de huesos. Un hombre de unos 40, que decía que había sentido mucho calor en la máquina; un joven deportista, que entró y salió como si nada; una chica con discapacidad mental, que se había caído, pobrecita!, y a la que su mamá, ya anciana, cuidaba desde hacía 50 años; un hombre que venía en camilla y se ve que había tenido un accidente y llevaba un rosario en el cuello; una mujer de Moldavia, que me pidió ayuda para completar un formulario y me contó que había sido operada de cáncer hacía dos años y que le había parecido de vuelta algo en la columna; un señor que, al levantarse, se veía que le costaba caminar; y otro de más edad al que encontré luego en la puerta y me dijo que le había ido todo bien. Yo pensaba en nuestros huesos ante los ojos atentos de los médicos, cómo se veían todos parecidos en las pantallas. Para los especialistas que hacían turnos de doce horas en esos subsuelos del hospital Cristo Rey, los centenares de imágenes para analizar no tenían mucho que ver con lo que cada uno de nosotros hacía en la vida y era como persona. Ellos estudiaban nuestra materia ósea común.

En la oración me golpeó esto de no tener nada especial. Digo que me golpeó porque surgió con un sentimiento de disgusto, de sospecha y de desprecio al valor de la fe. Para que te sirve creer y pedirle a Dios que te cure si sos igual a todos los demás. Siempre estoy atento a estos razonamientos mezclados en los que hay verdades y en los que se mete alguna cosa retorcida. Enfrente la objeción e hice un recuento gozoso de todas nuestra igualdades: la misma materia, problemas de salud similares, tratamientos en lugares comunes… cada uno es uno más junto con todos. 

Y de esta igualdad tan básica, tan fundamental y democrática, surgió limpita y con mucha fuerza una única verdad: hay una sola cosa en lo que soy -y puedo serlo siempre que quiera- especial y es mi deseo de darme gratuita y amablemente y mi amor por los demás. Es lo único a lo que le puedo poner mi nombre, y esto consciente de que es pura gracia. Todo lo demás es materia común. Todas las demás diferencias las iguala el tiempo con su olvido. 

Confieso que es muy consoladora esta relación entre « todo lo común» y «lo único especial». Te lleva a no buscar nada especial que no sea el poder ser amable y bueno con los demás. En todo lo demás el gozo es ser uno más, es lo común, no lo especial.

(Bueno, todo el excurso del brazo sirva para pedirles a cada uno una oración para que sane pronto y pueda escribir mejor que con un dedo).

Volviendo a la parábola: cómo reprochar a Dios su modo de distribuir las cosas, fijando la mirada en algo particular que nos parece injusto en un momento, cuando la realidad es que todo es don. Como dice Pablo: «Que tiene que no hayas recibido?» Cómo tener envidia de un hermano porque un día recibe algo de más, siendo que somos tan iguales si miramos la vida de cada uno en su conjunto. 

Una anécdota muy simple y muy linda puede ayudar a visualizar la mentalidad que nos quiere compartir Jesús con su parábola. Se resume en una frase de la hermana Juliana, compradora y cocinera del Hogar de San José. En medio de una entrevista, una periodista le preguntó si en tantos años de servicio los pobres había algo de lo que se arrepentía. Y ella, muy fresca, respondió sin pensarlo dos veces: «Sí. De no haber empezado antes». Esa espontaneidad refleja la mentalidad de alguien que goza con el servicio, totalmente contraria a la del indignado envidioso y quejoso.

Es verdad que las injusticias que vemos en el mundo pueden llevar a actitudes de indignación, de envidia y de queja resentida. Pero también es verdad que pueden llevar a la generosidad y al servicio. No creo que haya una explicación del por qué algunos nacemos con tanto y otros con tan poco fuera de la que se centra en un «para que»: para compartir. El Señor, con su generosidad, nos invita a ser generosos nosotros, a imitarlo en esa misericordia creativa que suscita la lealtad en los corazones agradecidos. 

Diego Fares sj