Los odres nuevos de la presencia del Señor “en medio” de nosotros (23 A 2020)

Jesús dijo a sus discípulos:

-“Si tu hermano peca contra ti, anda y corrígelo, entre tú y él solos.

Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. 

Si no te escucha, toma contigo uno o dos más para que ‘el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos’; 

y si no los quiere oír, díselo a la Iglesia. 

Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, considéralo como un pagano o publicano.

En verdad les digo, todo cuanto aten en la tierra queda atado en el cielo y cuanto desaten en la tierra será desatado en el cielo. 

También les digo: Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.

Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 15-20).

Contemplación

Teología kerigmática

Contaba un amigo que uno de los fieles le preguntó a su párroco  por qué no hablaba más de las cosas que predicaba el Papa y el cura le respondió que él «hablaba de Jesucristo», como dando entender que el Papa habla mucho de sociología o de otras cosas que para él no son “teología”. 

Hay gente que piensa así, que el papa Francisco habla mucho de los pobres y que se mete en cosas que no son de su incumbencia, como cuando habla economía. Cuenta muchas historias  de cosas que pasan en la vida cotidiana pero -dicen- habla poco de «Jesucristo». 

Siendo un poco provocativo me animo a decir que la culpa de esto la tiene Jesús, que hablaba mucho de las cosas de la vida y hacía poca «teología» sobre sí mismo. O mejor: su teología es kerigmática, ordena lo que dice a despertar el ardor de la fe en el corazón del que escucha.

En el evangelio de hoy vemos que el Señor se extiende en contar un hecho de la vida cotidiana, un conflicto entre hermanos o amigos, y en el modo de resolverlo evangélicamente. Recién al final hace una afirmación sobre el Padre y otra sobre su Persona; y las hace en términos prácticos no teóricos. 

Hay que estar atentos para evitar dos peligros al leer lo que dice Jesús. Un peligro es quedarnos con la moraleja; el otro es irnos para el lado abstracto. Un peligro es pensar que Jesús está dando ejemplos edificantes acerca de cómo resolver los conflictos como si estuviera dando clases de autoayuda: primero hablar las cosas en privado, después con dos testigos y recién por  último decírselo a la comunidad. No está mal aprovechar esto, pero la moraleja es solo una consecuencia de un discurso más profundo. El otro peligro es irse para el lado de la teología abstracta y ponerse a elucubrar si Jesús está presente espiritual o físicamente, como sucede en las discusiones sobre la presencia real en la Eucaristía. Jesús asegura que Él está! Discutir el «cómo» ayuda si no tapa lo importante, que es la fe en que Él está «en medio».

Una lectura contemplativa es la que se asombra

Una lectura contemplativa tiene que partir siempre, una y otra vez, del asombro. Es asombroso lo que Jesús dice. El Señor afirma que el Padre nos concederá cualquier cosa que le pidamos si nos ponemos de acuerdo para pedírselo. 

Pareciera que esto no sucede en la práctica. Y entonces tenemos que asombrarnos más todavía. Porque, una de tres, o Jesús ha dicho solo una frase linda, una expresión de deseos, o ha dicho algo que tiene alguna cláusula oculta,  o lo que sucede es que no hay casi nadie en esta tierra que se ponga verdaderamente de acuerdo para pedir al Padre. 

Eliminemos la primera: Jesús no habla por hablar y no promete cosas que no cumpla. Aceptemos la tercera: es verdad que hay pocos acuerdos sinceros entre los hombres en esta tierra. Pero en la vida de los santos tenemos testimonios innumerables de que el Padre concede las cosas a los que se las piden cumpliendo esta condición de Jesús de ponerse de acuerdo. 

Miles de misas por la conversión de un cardenal 

Un lindo ejemplo lo encontramos en la vida de Ignacio y los primeros compañeros cuando se pusieron de acuerdo para rezar «algunos miles de misas» por el cardenal Guidiccione. Este cardenal se oponía junto con otros a que el Papa Pablo III aprobase formalmente la institución de la Compañía de Jesús, a pesar de que ya la había aprobado “a viva voz” el 3 de septiembre de 1539. ¡Miles de misas! San Francisco Javier escribe el 17 de marzo de 1541 que ya habían celebrado en las Indias 250 misas por esta intención. Y Rivadeneira dice que se tardaron “algunos años” en celebrar todas las misas que Ignacio había prometido. 

El hecho es que el cardenal Guidiccione experimentó un cambio tan grande y notable que es imposible que se haya dado de otra manera que por una intervención explícita de nuestro Padre Dios. Decía este cardenal a quien le quisiera oír: «A mi no me parece bien que se creen nuevas órdenes religiosas, pero esta no puedo dejar de aprobarla: porque me siento interiormente tan afeccionado y experimento en mi corazón movimientos tan extraordinarios y divinos, que allí donde la humana razón no me inclina, veo que me llama la divina voluntad, que me hace abrazar con afecto aquello que por la fuerza de la razón humana aborrecía». De ser el mayor enemigo de la Compañía pasó a ser su más amable y apasionado defensor. Eso sí, la unión de ánimos y el acuerdo entre Ignacio y sus compañeros jesuitas fue un acuerdo de esos que no se ven todos los días: ¡miles de misas celebradas por estos santos amigos en el Señor!

Pero vayamos a la cláusula oculta. Es muy audaz la revelación de Jesús y hay que leer bien todo el pasaje para notar que hay un «porque». Jesús dice que el Padre nos concederá cualquier cosa que le pidamos poniéndonos de acuerdo porque donde dos están reunidos en su nombre Él está en medio de ellos. Es decir, el Señor se pone como garante de nuestro acuerdo ante el Padre. 

Además, estamos hablando no de dos que se ponen de acuerdo para pedir plata, sino de dos que se reúnen en el Nombre de Jesús, es decir deseando cosas que pueden llevar su marca. Se trata pues de un ponerse de acuerdo sobre las cosas de Jesús, no sobre cualquier cosa. Y estamos en el ámbito de la Iglesia, en el ámbito del evangelio, de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia. 

Amigos que se ponen de acuerdo para pedir en favor de los pobres

Yo puedo dar testimonio de que en el Hogar todas las cosas que pedimos a través de San José para poder hacer mejor el bien a los más pobres, nuestro Padre nos las concedió siempre. Y viene bien hoy, que es aniversario de la muerte de Ricardo Servente y de Ricardo Ferrari, dos amigos del grupo fundador de Manos Abiertas, recordar con alegría cómo se pusieron de acuerdo con sus esposas y otros amigos para proponerle al padre Rossi institucionalizar la ayuda que espontáneamente se estaba brindando a los pobres. Ver hoy a Manos Abiertas ayudando en todo el país nos confirma en la fe que el Padre concede estos deseos evangélicos a los que se animan a soñar juntos en nombre de Jesús.

Los sínodos de Francisco y su ir a lo esencial

Reunirnos el nombre de Jesús y ponernos de acuerdo para pedir algo al padre implica, entre otras cosas, tener  una actitud sinodal en torno a lo esencial del Evangelio: esto es lo que propone, una y otra vez, nuestro Papa Francisco.

Sin embargo muchos discuten precisamente esto y no se ponen de acuerdo en las cosas esenciales que se pueden pedir en nombre de Jesús y hacen que esta  extraordinaria  promesa del Señor quede tapada por discusiones secundarias e inútiles.

Es notable cómo Jesús nos revela cosas del Padre y suyas pero no lo hace para darnos datos sobre su esencia en sí misma, sino  en relación a nosotros: nos revela cómo actúa el Padre y dónde se hace presente Él para que lo aprovechemos de manera concreta. En ese sentido podemos decir que Jesús no habla de Jesús. O mejor: habla de «Jesús con nosotros y para nosotros». No hace un tipo de teología de definiciones abstractas sobre Dios. La suya es más bien una teología de la vida, de las cosas que nos suceden todos los días y del modo que tiene Dios de intervenir y de comportarse en ellas.

Jesús nos revela dónde y cómo Dios se mete en nuestra vida. 

Es muy consolador saber de labios de Jesús que nuestro Padre se mete allí donde nos ponemos de acuerdo los hijos para pedir algo  que tiene que ver con los sentimientos de Jesús, el Hijo amado.

Un último detalle. Advirtamos Jesús nos dice dónde está presente: en medio de los que rezan y obran en su nombre.

Los odres nuevos son los otros

Ese «en medio» me trae al corazón la parábola de los odres, la que dice que el vino nuevo tiene que estar en odres nuevos. Siempre he meditado qué representan esos odres nuevos: si un corazón más puro, o una mente iluminada por la fe… Ayer se me hizo claro que no es ningún «recipiente» interno mío, sino que «el odre nuevo son los otros». Las cosas de Jesús, «el amor con que nos ha amado» se debe «poner» en los otros. Y hoy veo que ese odre nuevo es un “otro” comunitario. La comunidad es el espacio que se vuelve recipiente de la presencia de Jesús cuando nos juntamos en su nombre.

Por tanto, y dado que el señor nos da una clave práctica, en vez de hacer especulaciones es sensato ir directamente a confirmar su palabra en la práctica, poniéndonos de acuerdo con otros para pedir algo en nombre de Jesús.

Emaús

Termino con una reflexión sobre el episodio de los discípulos de Emaús. Diría que cumplen el mínimo de lo requerido por Jesús: están reunidos en nombre de Jesús aunque su reunión de dos sea para irse de la comunidad y aunque el nombre de Jesús sea el de una ilusión que tuvieron y de la cual se han desilusionado. En este mínimo mínimo se hace presente Jesús, él rescata que no se haya ido cada uno por su lado, sino que se vuelvan juntos y rescata también el diálogo que sostienen acerca de su persona, aunque sea desolado.  

Aquí creo que entramos muchos: los desolados por las cosas que Jesús «no hace en  su Iglesia como pensamos que debería hacer».  También en medio de nosotros el Señor está. Reteniéndonos los ojos a su presencia. Para ver si aún en nuestras desolaciones teológicas somos capaces de ponernos de acuerdo en hospedarlo en la persona de tantos refugiados y sin techo que encontramos por el camino. Como a los de Emaús, al poner en medio a los pobres, el Señor se nos hará presente partiéndonos el pan.

Diego Fares sj