La fe no le molesta nunca al Señor (20 A 2020)

Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer siro-fenicia, saliendo de aquellos confines, comenzó a gritar:

– “Apiádate de mí, Señor! Hijo de David: mi hija está malamente atormentada por un demonio”.

Pero El no le respondió nada.

Sus discípulos se acercaron y le pidieron:

– “Señor, despídela (dale lo que pide) que nos persigue con sus gritos”.

Jesús respondió:

– “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.

Pero la mujer fue a postrarse ante Él y, adorándolo, le dijo:

– “Señor, ¡socórreme!”.

Jesús le dijo:

– “No es lindo tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorritos”.

Ella respondió:

-“¡Pero sí, Señor! Los cachorritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños”.

Entonces Jesús le dijo:

-“ ¡Oh Mujer!, ¡qué grande es tu fe! Hágase como deseas”.

Y en ese momento su hija quedó sana (Mt 15, 21-28).

Contemplación

La fe. El señor se admira de la fe de esta mujer, de esta mamá. “Qué grande es tu fe. Hágase como deseas”, le dice.

Cómo se da cuenta Jesús de que la mujer tiene una gran fe? Por un lado por su insistencia. Pero más aún por su respuesta ingeniosa. Esto nos hace ver que al hacerla esperar y al decirle esa frase despreciativa, el Señor estaba probando su fe. Probandola no en el sentido de que tuviera dudas, si no estimulándola para que creciera. 

Este detalle de la pedagogía de Jesús puede ayudarnos en nuestra oración. Cuando estamos rezando y pidiendo alguna gracia si se nos cruza alguna frase que nos choca, prestemos atención. Puede ser una frase de Jesús como esta que le dijo a la mujer. Algunos se desaniman enseguida ante un pensamiento negativo. Pero es bueno sacar a relucir nuestro ingenio evangélico y probar a retrucar la frase que nos choca, como hizo esta mujer. 

Eso sí, estamos en el ámbito de la fe, no en el ámbito de cualquier discusión teológica o de otro tipo. Cuando me refiero a frases que chocan estoy hablando de frases que van contra la fe. En el pasaje de hoy esto está claro: la mujer le dice al Señor “ayúdame, socorreme, ten piedad de mí, que mi hija está enferma”. Y Jesús le responde que “no está bien sacar la comida a los hijos y dársela a los cachorros”. Ella le pide misericordia y Jesús le responde con una palabra especial: “Kalon”, “sappir”, qué significa “lindo y bueno”, “precioso”. Simón Pedro la usa en la transfiguración, cuando le dice a Jesús “es precioso estar aquí, que lindo que es estar aquí”. Jesús la usa con la Samaritana cuando ésta le dice “no tengo marido”. Jesús le responde: “está lindo lo que has dicho”, “que precioso lo que dijiste”, en el sentido de: “qué bueno qué has dicho la verdad”; “has hablado bien”. 

Es la manera que tiene Jesús de reafirmarnos cuando decimos algo sincero y que está bien. Aquí la unión de la belleza con el bien se nota más porque se ve que a Jesús le encantó el ejemplo que dio la mujer de los perritos que comen las migas que caen de la mesa de los hijos. Es como si Jesús le dijera a la mujer (y para que sintieran los demás): “Qué genia! Me encanta cuando la gente responde así”. 

Gracias a esta libanesa tenemos entonces una frase certificada por Jesús. Una frase con la cual probar si una palabra contra la fe es de Jesús o es del mal espíritu. Aunque en el fondo no importa tanto la causa, porque, sea una tentación del mal espíritu o una prueba de Jesús, si respondemos con fe a una frase que trata de desalentarnos, el Señor se va a poner contento.

Es decir, cuando una frase va contra la fe en Jesús siempre hay que rebatirla. Como uno pueda. La fe es un don que el Señor nos ha ganado dando testimonio de su amor en la cruz. Así que no hay nada que pueda separarnos de la fe en el amor de Cristo. “Cristo nos ama y habita por la fe en nuestros corazones”. Nuestro discernimiento, por tanto, debe ser firme, y confiemos en que el Espíritu Santo siempre viene en ayuda de nuestra fe. 

Cuando sentimos que nuestra fe es poca y que no alcanza a sostenernos, inmediatamente debemos decir como Pedro al caminar sobre las aguas: “Señor ayúdame!”. Y si el Señor no nos tiende la mano inmediatamente y nos hace esperar como hizo con la Siro-fenicia, debemos insistir sin dudar. Y si escuchamos en nuestro interior una frase tipo “no hay que molestar al Señor”, debemos responderle con ingenio. 

Sepamos que Jesús no bromea con la fe. Si a esta mujer la prueba más es porque está seguro de que tiene una fe grande y quiere ponerla como ejemplo, por eso le hace dar  testimonio público de su fe. A otras personas, quizás más débiles en la fe,  apenas le pedían que las curara, el Señor les concedía la gracia. En esto hay una gran variedad en el evangelio. Pero a lo que voy es a que, si en la oración uno siente alguna de esas “frases  hechas” contra la fe, puede estar seguro de que Jesús quiere entablar un diálogo más profundo con uno. Aquí seguimos el criterio de San Ignacio de que “si hay movimiento de espíritus es señal de que uno está rezando bien”. Podemos decir si el Señor nos pincha un poco y nos prueba (o el mal espíritu nos tienta), es señal de que podemos dar un paso adelante en la fe.

Sintamos algunas “frases hechas”. Una clásica es “Para que voy a molestar al Señor”. Es la que le susurran a Jairo sus “amigos” (el mal espíritu) para que deje de pedirle a Jesús ya que su hija ha muerto. Jesús rebate con fuerza esta frase: “Basta que creas”. Es también la frase de los discípulos cuando espantaban a los niños. Jesús los reta y dice: “dejen que los niños se acerquen a mi”. 

La fe nunca molesta el Señor. Más aún es lo único que le interesa. Su tarea principal es despertar nuestra fe. Porque una vez que tenemos fe en Él, podemos recibir todo lo que Él tiene para dar. 

Otra frase hecha se refiere a las cosas pequeñas. Este tipo de frases las suelo escuchar  cuando le digo alguien que les rece a los ojos de la Virgen para encontrar algo que se le perdió. Mucha gente responde diciendo: “No voy a molestar a la Virgen con esta pequeñez”. Como si la fe fuera solo para cosas grandes. Nada de eso! La fe engrandece las cosas, las grandes y las pequeñas. Y nada es pequeño si se hace con fe. Yo suelo retrucar diciendo que a la Virgen le encanta que le mostremos nuestra fe absoluta en ella en cosas pequeñas. Ella está atenta a los detalles. No solo si falta el vino en Caná! Como buena madre está atenta a todas las pequeñas faltas que percibimos en nuestra vida y de manera especial a nuestra falta de fe. Por eso le encanta que comprobemos la eficacia de la fe en ella y en Jesús tomando pie en alguna cosa pequeña.

En este último tiempo al hermano Rizzo se le pierden algunas cosas. Él dice que la memoria le falla por sus 95 años y pide ayuda. Hace unos días se le perdieron los anteojos por estar cortando juncos en el jardín. Por supuesto, le rezamos a los ojos de la Virgen y estuvimos más de una hora buscando entre los juncos los anteojos, que no aparecieron. Yo ya estoy acostumbrado a que por ahí la Virgen hace que nos acordemos donde está algo en dos etapas así que le dije que dejara dormir al asunto y que seguramente a la tarde los encontraríamos. Lo fui a ver después de la siesta y se ve que la Virgen lo había iluminado porque se acordó que había estado en otro lado y era probable que los hubiera perdido en otra parte del jardín. Así que nos reímos un buen rato al comprobar que habíamos estado buscando en el lugar equivocado. 

La cuestión es que fui al otro lado del jardín y tampoco los encontré. Me volvía ya un poco desilusionado cuando veo a nuestro superior que salía también para el jardín a buscar los anteojos. Le dije que había estado mirando y que no los había encontrado. Me respondió que él le rezaba a San Antonio y que iba a mirar un poco más allá, en otro rincón. Qué tenga más suerte, le dije. Y lo bendije interiormente. La cuestión es que los encontró! El hermano Rizzo estaba contento y me cargaba un poco con que no los había encontrado yo si no el Delegado. Pero yo con mi resto de ingenio le respondí que como la Virgen me había visto cansado, lo había mandado a San Antonio para que le hiciera encontrar los anteojos al Delegado. Con lo cual quedamos todos contentos y reconfortados, cada uno en su fe. Yo siempre he sostenido que San Antonio cuando encontró su rosario fue porque les rezó a los ojos de la Virgen: “Haceme ver donde perdí el rosario”, parece que fue lo que le dijo. Y de allí quedó como patrono de las cosas perdidas. Pero a la Virgen no le molesta si le pedimos directamente que nos encuentre alguna cosa. 

Diego Fares sj