Aprender de Jesús, pacífico y pobre de corazón, a rezar como niños (14 A 2020)

“En aquel momento de gracia Jesús dijo: Te alabo (te confieso con agradecimiento = exomologeo), Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes se las has revelado a los niños pequeñitos (nepion). Sí, Padre porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar. Vengan a mí todos los que están exhaustos y agobiados, y Yo les daré un descanso. Tomen el yugo mío sobre ustedes y aprendan de mí, (habituense a ser como yo) pues soy manso (praus) y humilde (tapeinos) de corazón, y encontrarán descanso para sus almas, pues mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 25-30).

Contemplación

El Evangelio de hoy es un compendio de las palabras más queridas de Jesús: Padre, alabanza, niños pequeñitos, descanso del agobio de no poder más (la cruz), corazón pacífico, dulce, pobre. Cada una de estas palabras es un tesoro y todas ellas están escondidas en el Corazón de Jesús, el Corazón abierto para todo el que quiera entrar en relación de corazón a corazón con Él. 

Aprendan de mí, dice el Señor. Aprendan en el sentido de habitúense a sentir y gustar las cosas como Yo. Acostúmbrense a soportar todo pero con la mansedumbre y la ternura con que lo soporto Yo, por amor al Padre, por amor a mis amigos. Habitúense. 

Los niños pequeñitos aprenden por mímica, imitando las poses, los tonos de voz y las actitudes de los papás y de las mamás. Por este lado va lo de «hacerse pequeñitos como niños»: por la capacidad mimética de aprender que tiene un niño, que es algo admirable. Mirando y escuchando a nuestros padres aprendemos a hablar una lengua en tres años! Imaginemos si miramos y escuchamos con esta predisposición a nuestro Padre del Cielo siguiendo las indicaciones de nuestro Maestro, de nuestro Rabbuní Jesús! 

Escuchar como niños pequeños

Dicen que a partir de los seis o siete meses de gestación el bebé escucha en el vientre de su madre lo que ella habla o canta. Por eso escuchar siempre tiene algo de niño. Cuando uno se dispone a escuchar adopta poses de niño, se «compone» -digamos- como cuando era un niño pequeñito y su mamá lo sentaba para hablarle bien de cerca, mirándolo a los ojos y gesticulando de manera tal que uno comprendía perfectamente que le estaban enseñando algo importante. Todo este mundo de la infancia tiene su base en una estructura más profunda y misteriosa todavía que son los primeros sonidos que escuchamos en el vientre materno y que fueron configurando nuestras neuronas de manera dialogal, abiertas al otro. Por eso escuchar la Palabra de nuestro Padre, escuchar a Jesús, nos hace bien. Escuchar los Salmos, repetirlos en voz alta, rezar las oraciones vocales, el Ave María, el Padre nuestro, el Gloria, nos estimulan a entrar en contacto con nuestro Dios de manera afectiva y viva. 

Aprendan de mí, dice Jesús, que rezaba así: invocando a su Abba, a su Papá, como un Niño pequeño. No se trata de una actitud que luego se «supera», sino todo lo contrario: es una actitud a la que hay que volver. Siempre es así a la hora de incorporar algo nuevo: uno debe ponerse en actitud de niño. Es así para aprender una nueva lengua. Y lo mismo sucede con cualquier arte, con cualquier ciencia. El manejo del computer va unido a la habilidad lúdica de jugar con el mouse y de tocar investigativamente la pantalla como tocábamos las cosas de chicos. Son cosas que de grandes «perdemos». Por eso los niños aprenden tan rápido a manejar los aparatos y a los grandes nos cuesta más. 

Bueno, se entiende lo que queremos decir con esto de «escuchar como niños pequeños»: Se trata deabrirnos con toda nuestra capacidad de recibir en plenitud algo totalmente nuevo, sin prejuicio alguno, como sólo podemos hacer si reeditamos nuestra niñez. Esa niñez interior que siempre está intacta y activa, aunque muchas veces tapada, en nuestro interior. Eso sí, cada uno se debe conectar con «su» niño interior. Con lo que más le gustaba jugar, con lo que mejor aprendió a hacer de niño. Para uno será bailar, para otro pintar,  para este gatear y corretear, para aquel mimar e imitar. Uno aprendía mirando: llevándose los objetos a los ojos, otros gustando su sabor con la boca; este toqueteaba todo, aquel olía, el otro hacíasonar las cosas cerca de su oído. 

Llorar como niños pequeños

El primer sonido que ejercitamos y al que nos habituamos es el llanto: los gemidos, el sollozo, el quejido, el llanto desconsolado. A esto nos tenemos que habituar mirando llorar a Jesús, mirándolo suspirar y sollozar de compasión y pena. El Espíritu Santo es Maestro interior en esto de «convertir en palabras los gemidos», como dice la oración Ven Creador. Primer se gime, como un niño pequeño, y luego el Espíritu nos enseña a ponerle palabras a ese llanto. Así rezamos con lo más nuestro, con lo más entrañable, con lo más necesario. Si no, uno puede estar rezando con palabras ajenas a su situación existencial, que no lo conectan con su interior. 

Nombrar, balbucear, arrullar, como niños pequeñitos

Nombrar, balbucear, arrullar… son los pasos siguientes del aprendizaje de los niños pequeños. Jesús nos muestra cómo Él estaba atentísimo a las expresiones que brotaban espontáneas de los labios de la gente sencilla cuando lo veía pasar. Eran nombres (de las primeras cien palabras que los niños aprenden, un gran número son los nombres de las personas queridas) y balbuceos: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí! Mi maestro, que yo vea! Sáname. Si tú quieres, puedes limpiarme! 

El evangelio convirtió todos estos balbuceos del pueblo sencillo en oraciones litúrgicas. Pero nosotros tenemos que recuperar el tono infantil con que nacieron! También están las palabras «arrulladas», el Ave María que rezamos como escuchamos rezar de niños, mirando los labios de nuestra madre o de nuestra abuela. El Ave María nunca pierde su carácter de arrullo y conforta en los insomnios, en las enfermedades, en los momentos en que uno no sabe qué rezar. Es la oración para cada «ahora» y para la hora de nuestra muerte.

Aprendan de mí! Habitúense a rezar como Yo! -dice el Señor. Recuperen su modo de escuchar -mimético- de niños pequeños; recuperen su llanto básico; recuperen su nombrar a los que quieren, sus balbuceos más imperativos y sus arrullos más amorosos. Así su oración crecerá como un río que se desborda, como un árbol que echó raíces y se eleva en poco tiempo, como un niño que aprende a hablar y admira a todos, porque habla como un adulto. 

Especialmente en estos tiempos tan duros, de tanto miedo, encierro e impotencia, recuperar la oración de niños es un descanso y un consuelo. Mimar – en el doble sentido, de acariciar y de imitar- a Jesús es el camino. 

Diego Fares sj

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