La perfecta leticia (17 A 2020)

Jesús dijo a la multitud:

– Con el Reino de los cielos sucede como con un tesoro escondido en el campo que un hombre al encontrarlo lo esconde y por la alegría que le da va y vende todas las cosas que tiene y compra aquel campo.

Con el Reino de los cielos sucede también como con un hombre de negocios que anda buscando perlas preciosas. Al encontrar una de muchísimo valor se fue a vender todo lo que tenía y la compró.

También, así sucede con la llegada del Reino de los cielos, a saber, como cuando se echa una red al mar y junta todo género de peces; entonces, cuando la red está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen los peces buenos en canastas y arrojan afuera los malos. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. 

– ¿Comprendieron todo esto?

– Sí -, le respondieron.

Entonces agregó:

– Así todo escriba que se ha convertido en discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que extrae de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. (Mt 13, 44-52).

Contemplación

Jesús nos habla hoy de los misterios de Su reino y lo hace en clave de alegría. Que es la que el oído fino del papa Francisco ha sabido percibir en medio del ruido de nuestra época, como ese “hilo de silencio sonoro” en el que Elías reconoció la voz de Dios. 

La alegría de la que habla Jesús tiene sus características particulares. 

Es la alegría que habrá en el cielo por un pecador que se arrepiente (Lc 15, 7).

Es el gozo y la perfecta alegría que se apodera de nuestra alma cuando permanecemos en su amor y guardamos los mandamientos -especialmente los más pequeñitos- del Padre (Jn 15, 10-11). Jesús prometió -y Él cumple!- que cuando nos vea otra vez, nuestro corazón se alegrará y “nadie nos podrá quitar nuestro gozo” (Jn 16, 22). Es el “gozo del Espíritu Santo” que nos da la Palabra de Jesús en medio de mucha tribulación ( 1 Tes 1, 6). Un gozo que se puede apoderar de toda una ciudad, como sucedió en Samaría, por la prédica y los hechos de Felipe (Hec 8, 5-7).

Es una alegría para la cual Jesús inventa sus parábolas. Una alegría como la del mercader en perlas finas que encuentra una de gran valor. Aunque uno no sea un mercader de perlas, puede comprender lo que alguien así sentirá. No es facil, porque para sentir algo similar hay que ser un buscador de cosas únicas, y no mucha gente lo es. 

Por eso el Señor la compara con otra alegría, la del que se encuentra un tesoro en un campo. Aunque no sea un buscador de tesoros, puede ser alguien que los aprecie si es que se los encuentra. Eso sí, si uno no es audaz como para vender todo y comprarse el campo donde está el tesoro (que no se puede sacar de allí con facilidad) puede ser que el hallazgo le cause más temores que alegría. 

Por eso el Señor inventa la tercera parábola, la de la red que pesca todo tipo de peces y la alegría de los pescadores consiste en elegir los buenos y desechar los malos. Esta última es una alegría más a nuestro alcance, ya que quien no la ha experimentado cada vez que le toca elegir ropa en una feria, por ejemplo. 

El asunto es “comprender” que el Reino de Jesús un tesoro y que para buscarlo, para ser capaces de vender todo para comprarlo y para saber discernirlo, como se disciernen los peces buenos de los malos, el “criterio” es la perfecta alegría.

Hay un problema, sin embargo. Esa alegría que “nos permite reconocer” el tesoro no es una alegría “standard”, por decirlo así. Es la “perfecta alegría”. La que solo experimentan los personajes de las parábolas de Jesús: los mercaderes especializados en perlas finas, que son los únicos que pueden reconocer una de valor infinito cuando está mezclada con otras (todas las perlas se asemejan); los audaces que están dispuestos a vender todo para comprarse un campo con un tesoro; los pescadores que saben distinguir al tacto los peces buenos de los que no lo son tanto. Es decir: aunque la alegría perfecta está “graduada” y la puede experimentar tanto un sofisticado buscador de perlas como un sencillo pescador de pueblo e incluso uno que se encuentra el reino “por casualidad”, hay algo que tienen en común estos personajes tan distintos y que los hace especiales también a ellos. La capacidad de alegrarse es algo personalísimo e incomunicable. El Señor quiere y puede darnos todos sus tesoros, pero la capacidad de alegrarnos con ellos es algo que debe “cultivar” cada uno. No se improvisa. Hay que seleccionar cientos de pescados, luego de muchas noches de pesca, para que las manos se acostumbren a reconocerlos. Hay que haber hecho muchos negocios para animarse a “vender todo lo que uno tiene” en un solo día para comprar un campo… El brillo del tesoro y el de la sonrisa, se contagian, crecen juntos, se suplen cuando al otro le falta algo. Hay sonrisas que encienden tesoros, no solo tesoros que despiertan la sonrisa. Hay perlas finas que atraen las miradas, pero solo las miradas que buscan perlas finas. 

Les comparto una canción y un librito que tienen ese encanto de la perla del evangelio, del tesoro escondido en el campo y de la red que pesca en grande y luego los pescadores seleccionan los pescados que valen la pena y devuelven los otros al lago.

La canción es de Angelo Branduardi y de su esposa Luisa  Zappa, y refleja hermosamente el famoso “tratadito” de la perfecta alegría, de San Francisco de Asís 

www.youtube.com/watch?v=gd7WI_yKK-8).

“Era el tiempo del invierno ya 

y Francisco Perugina dejó. 

Con León caminaba 

y un viento frío los helaba. 

Francisco en el silencio, 

a espaldas de León, le habló: 

‘Puede ser santa tu vida, 

pero sabe que no es esa la alegría. 

Puedes sanar a los ciegos y expulsar demonios, 

dar vida a los muertos y palabra a los mudos; 

puedes conocer el curso de las estrellas, 

pero sabe que no es esa la leticia. 

Si a Santa María llegamos 

y la puerta no se nos abre, 

atormentados por el hambre, 

bajo la lluvia mojados estaremos: 

afrontar el mal sin murmurar

con paciencia y alegría saber soportar; 

haberse vencido a sí mismo: 

sabe que esa es la perfecta leticia”.

El librito es de Christian Bobin. Me lo hizo mandar por encomienda desde Barcelona una amiga misionera en el Congo, entre los pigmeos, y se llama “El Bajísimo” (Le tres-petit) en alusión al Dios de Francisco, que siendo el Altísimo quiso hacerse pequeñito. Es el libro más lindo que he leido desde El regreso del Hijo Pródigo, de H. Nouwen. Con eso digo todo.

Diego Fares sj

Gente con luz propia, como un cascabel (16 A 2020)

“Jesús propuso a la gente esta parábola: El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los siervos fueron a ver entonces al padre de familia y le dijeron: ‘Señor, ¿no era que habías sembrado semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña?’ El les respondió: ‘Un enemigo hizo esto’. Los siervos replicaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancarla?’ No –les dijo- porque al arrancar la cizaña corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero.

También les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo. Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo.» El les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!» (Mt 13, 24 ss.).

Contemplación

«Los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre», es lo que profetiza el Señor y lo ilustra con las parábolas del trigo y la cizaña, del grano de mostaza y de la levadura. O mejor: con la parábola del padre que apuesta al fruto y no a la apariencia del campo, arruinada por la cizaña que sembró el enemigo; con la parábola del hombre que apuesta al tiempo y confía en que esa pequeña semilla de mostaza se convertirá en un gran arbusto que dará fruto, sombra y cobijo; con la parábola de la mujer que amasa, confiada en la fuerza de la levadura que transforma su trabajo con la harina en un pan. Son todas personas que están en lo esencial, no en lo aparente. Y a su tiempo, asegura el Señor, brillarán. Pero con luz propia, como brilla el sol.

Me gustó esta última frase que cierra el evangelio de hoy, y creo que la clave no es que los justos «brillarán», sino que «brillarán con luz propia», como el sol. Porque se puede brillar con luz prestada.

En realidad, todo es luz prestada, menos el amor. El amor se nos da a todos, pero solo sigue siendo amor si los que lo recibimos lo sembramos y cultivamos, como el granito de mostaza; si lo mezclamos con la harina y amasamos la masa, como la mujer de la parábola; si resistimos -porque el amor es resistencia- las tentaciones de «arrancar la cizaña» que cuando no se soporta y se la arranca antes de tiempo, se lleva gavillas enteras de amor. El amor es lo único que «brilla con luz propia», lo que «no pasará». Nuestros ojos ven con luz prestada, nuestra inteligencia piensa con luz prestada, solo nuestro corazón ama con amor propio, derramado por el Espíritu, sí, pero sembrado y amasado con nuestras propias manos.

El que tiene ojos para ver el «brillo del amor» ve un mundo totalmente distinto al que muestran los medios. Porque el amor brilla -con luz mansa, eso sí- en las personas menos notorias. Brilla en los ojos de los niños y por eso las madres y los papás no les pueden sacar los ojos de encima a sus pequeñitos y viven todo el tiempo que pueden sumergidos en ese resplandor que es el de un solcito, solo visible para los papás y las abuelas… El amor brilla con luz propia en los ojos de los ancianos satisfechos con su vida, agradecidos por haberse dado enteros, con amor. El amor brilla con luz propia en los ojos de los enamorados. El amor resplandece con luz propia en los ojos de los pobres, cuando alguien los trata con respeto y dignidad. El amor brilla en los ojos de los que cumplen con su tarea siempre dando un poquito de más cuando nadie los ve, por puro amor a su trabajo. El amor brilla con luz propia en los que hacen de su trabajo un oficio, una labor artesanal, y ponen un detalle de belleza a lo que producen.

Los justos, los que han vivido las bienaventuranzas y practicado las obras de misericordia, brillarán con luz propia en el reino de su Padre. Ese Padre que «ve en lo secreto» y que «recompensa en lo secreto». No con un salario externo, sino con el pago de amor con amor, como dice el dicho.

El Reino del Padre, no es un lugar al que se entra para ser espectador de su Gloria. Esta es la versión «espectáculo» del Cielo, que no ayuda a nuestra imaginación. La Gloria del Padre es su «Peso». El peso de su Amor que hace gravitar todos los corazones en torno a sí.

Brillar en el Reino del Padre es actuar -girar/danzar- movidos por su Amor, atraídos desde adentro por la fuerza de gravedad de su Amor Misericordioso, como la tierra -con todos sus granos de polvo, sus plantas, animales y personas- nos movemos atraídos al sol. Es un movimiento que no se ve si uno no se imagina saliendo de la órbita terrestre y contemplando nuestro sistema solar como desde afuera. Es un movimiento que no se siente, pero que afecta cada partícula del planeta, cada ola, cada viento. El amor, como la fuerza de gravedad, es real y está activo.

En estos días releo a Martín Descalzo, que es uno de esa multitud incontable de gente que vivió con la luz propia de su granito de mostaza y de sus cucharaditas de levadura, que creció hasta alcanzar toda su estatura, sin preocuparse de cizañas, y hoy resplandece como un justo en el Reino de nuestro Padre. El tiene un artículo brevísimo que ilumina con luz propia lo que Jesús quiere decir hoy. Se titula:

Teoría del cascabel

Toda buena metáfora es como un relámpago que enciende, de repente, la noche. Así me iluminó a mí -hace ya tantos años que apenas lo recuerdo- un viejo texto de Ortega y Gasset que hoy quisiera comentar aquí para mis jóvenes amigos.

«Todos -decía- somos (o más bien deberíamos ser, porque algunos se empeñan en no serlo) como el cascabel, criaturas dobles, con una coraza externa que aprisiona un núcleo íntimo, siempre agitado y vivaz. Y es el caso que, como en el cascabel, lo mejor de nosotros está en el son que hace el niño interior al dar un brinco para liberarse y chocar con las paredes inexorables de su prisión.»

¿Quién, que esté vivo, no ha experimentado alguna vez ese desdoblamiento desgarrador de su vida? ¿Quién no conoce ese algo que quiere volarle dentro y ese encadenamiento en el que vivimos? Las palabras nos atan, el tiempo nos encadena, el hombre cree ser libre, pero es su propia condición quien le maniata. A mi nunca me han preocupado demasiado los condicionamientos exteriores. Desde fuera nadie puede quitamos la libertad. Nos la quita la simple realidad de existir, esa coraza externa que parece rodear nuestros sueños, nuestras aspiraciones. ¿No habéis sentido millares de veces que todo se os queda corto, que cuando amamos, escribimos, construirnos, el amor, los libros o cuánto hacemos no son ni sombra de los sueños con que los proyectamos? Ser hombre es saber que nunca se llegará a serlo del todo, reconocer que en todos los caminos nos quedamos a medias. El cascabel de nuestras esperanzas se encuentra permanentemente encorsetado en la coraza de la realidad.

¿Qué hacer entonces? ¿Aburguesarnos? ¿Amargamos? Un burgués y un resentido es alguien a quien el cascabel se le ha convertido todo él en coraza. Se les ha endurecido lo que tenían de niños, de ilusión; se ha vuelto todo piedra, incluso lo que debía ser ese núcleo íntimo, siempre agitado y vivaz. Son los que cambian ese núcleo por su ambición, por el dinero o por el poder. Ya no podrán sonar nunca, se han vuelto sólidos y estériles.

Los que siguen «sonando» (viviendo, produciendo) son quienes no se resignan a estar muertos y hacen que su alma de niños siga, terca, golpeándose con la realidad, chocando con las paredes inexorables del tiempo, de nuestra prisión. Esa es nuestra verdadera música, la vida despierta.

Un verdadero creador (de su obra o de su vida personal) es alguien permanentemente insatisfecho, alguien que todos los días lanza su alma a la aventura, que no teme a los choques, que- se mantiene terca e insobornablemente adolescente, que nunca se considera maduro o concluido, que vive en un perpetuo redescubrimiento de su propia alma.

Los cínicos, los pasotas, los amargados, se mueren en plena juventud. Los instalados, los que sólo producen dinero, los que no tienen más sueño que el de poseer (lo que sea) están secos. Su campana no suena. Ya no son un cascabel. Cuando más un cencerro.

Diego Fares sj

Felices sus ojos porque ven al Sembrador, felices sus oídos porque oyen la parábola de la semilla (15 A 2020)

“Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía…: 

El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos, y estos, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra linda y buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. El que tenga oídos, que oiga.

Los discípulos se le acercaron y le dijeron: ‘Por qué les hablas por medio de parábolas?’ El les respondió: ‘A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: ‘Por más que oigan no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan y yo no los sane’. Felices, en cambio los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen…” (Mt 13, 1-23).

Contemplación

Felices sus ojos, porque ven; felices sus oídos, porque oyen…

Qué es lo que vemos, para que podamos considerar felices a nuestros ojos? Qué es lo que oímos para sentir que son felices nuestros oídos? Vemos a Jesús, que le habla extensamente a la gente que lo sigue, y escuchamos su parábola: la parábola del Sembrador, los terrenos y la semilla. 

La parábola es muy sencilla. Sencillísima! Tanto que nos parece que ya la sabemos. Es la parábola que ilumina todas las enseñanzas de Jesús. Nos muestra que sus palabras -bellas y sabias en sí mismas, como una linda semilla-, dan fruto en la medida en que se las recibe bien, se las cuida y se las pone en práctica. Pero esta regla que podríamos llamar de la «interactividad de las parábolas» se le aplica también a ella misma. 

Vemos a Jesús que le habla habla largamente a todo tipo de gente: grandes, niños, cultos e iletrados, buenos y distraídos… La pregunta de los discípulos acerca de por qué les habla en parábolas, parece tener como trasfondo el sentimiento de que el Señor se está desperdiciando al dedicarle tanto tiempo a hablar con gente común. Los discípulos le piden al Señor que les explique el significado de las parábolas y vemos que la explicación literal no es nada complicado. Además, en el evangelio de Marcos, el Señor les reprochará que «no entiendan»: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, pues, comprenderéis todas las parábolas?» (Mc 4, 13). Es como si los discípulos estuvieran buscando «significados difíciles» y no creyeran que la gente entendía de verdad al Señor. Porque el pueblo sencillo parecería que entiende, ya que no le piden que les explique! 

Esto me lleva a pensar que el tipo de «interacción con las parábolas» -lo que simboliza la tierra buena»- no debe ser cuestión de inteligencia o de estudios teológicos, sino que se trata de otro tipo de interacción. 

Qué será entonces esa «tierra linda y buena» que le permite dar fruto a la semilla?

Quizás tiene que ver con la bienaventuranza de los ojos y los oídos. La tierra buena no es en primer lugar la de una inteligencia estudiosa, sino -antes- la de unos ojos que ven y la de unos oídos que escuchan. Qué cosa? La parábola del Sembrador, de los terrenos y de la semilla! Jesús bendice a los que lo ven Sembrador y escuchan sus parábolas. Los bendice y los felicita sin más. Los evangelistas nos dicen muchas veces que «la gente se alegraba al ver las maravillas que hacía Jesús» (Lc 13, 17); que lo seguían, que buscaban verlo, que se admiraban de su enseñanza, porque veían que enseñaba con autoridad…

Qué es lo lindo de contemplar a un Jesús que se presenta como Sembrador? Quizás que no es un Dios interesado en cosechar rápido en nosotros; es uno que viene a sembrar, no a cosechar. Viene a dar algo sin apuro, algo que será también nuestro, así como las plantas toman el color y el perfume de la tierra en la que crecen.

 Y por lo que dice luego, es un Sembrador muy particular, ya que siembra en todo tipo de terrenos. Todas las parábolas tienen un detalle sorprendente, algo que parece natural, pero no lo es, como el hecho de que un pastor deje las noventa y nueve ovejas por buscar a una perdida. Aquí el detalle asombroso es que el Sembrador esparce la semilla en todo tipo de terrenos. La parábola es realista: muchos terrenos no dan fruto. Pero Él igual siembra y siembra. Tanto que nos vienen ganas de agradecer que haya tierra buena y al ver cómo algunos terrenos dan tanto fruto, nos alegramos de saber que la semilla era buena! Esta es la Buena Noticia: que hay un Sembrador que es así de bueno, uno que no se cansa de sembrar ni selecciona sus terrenos; que su semilla es tan buena que es capaz de dar el treinta, el sesenta y el ciento por uno en frutos!, y que existe tierra buena en este mundo. Aunque haya mucho terreno inútil y malo, hay tierra buena. 

Con estas tres buenas noticias, podemos ir adelante, con fe y esperanza, en seguimiento del Señor. Vale la pena lo que él siembra. Vale la pena ir a trabajar en su viña, vale la pena salir a cosechar lo que Él ha sembrado y en tantas partes está dando fruto. Alegrarnos en Él como Sembrador, escuchar su Palabra como Semilla buena, equivale a convertirnos nosotros mismos en tierra buena.

Felices nuestros oídos que pueden escuchar de nuevo la parábola del Sembrador y de sus semillas que cayeron en distintos terrenos. Felices nosotros porque las palabras-semillas que escuchamos nos cuentan nuestra historia pasada y nos ofrecen la posibilidad de una nueva historia en el presente. 

Nos cuentan la historia de las palabras que se nos perdieron, la historia de las palabras que arraigaron lo suficiente y la historia de las palabras que nuestras malezas ahogaron. Pero también nos cuentan la historia de las palabras que dieron fruto en nuestra vida. Y nos hacen sentir la alegría de ser «tierra», simple tierra, gente sencilla que si se la trabaja y abona, es tierra buena para que den fruto las palabras-semillas de Jesús. 

Diego Fares sj

Aprender de Jesús, pacífico y pobre de corazón, a rezar como niños (14 A 2020)

“En aquel momento de gracia Jesús dijo: Te alabo (te confieso con agradecimiento = exomologeo), Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes se las has revelado a los niños pequeñitos (nepion). Sí, Padre porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar. Vengan a mí todos los que están exhaustos y agobiados, y Yo les daré un descanso. Tomen el yugo mío sobre ustedes y aprendan de mí, (habituense a ser como yo) pues soy manso (praus) y humilde (tapeinos) de corazón, y encontrarán descanso para sus almas, pues mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 25-30).

Contemplación

El Evangelio de hoy es un compendio de las palabras más queridas de Jesús: Padre, alabanza, niños pequeñitos, descanso del agobio de no poder más (la cruz), corazón pacífico, dulce, pobre. Cada una de estas palabras es un tesoro y todas ellas están escondidas en el Corazón de Jesús, el Corazón abierto para todo el que quiera entrar en relación de corazón a corazón con Él. 

Aprendan de mí, dice el Señor. Aprendan en el sentido de habitúense a sentir y gustar las cosas como Yo. Acostúmbrense a soportar todo pero con la mansedumbre y la ternura con que lo soporto Yo, por amor al Padre, por amor a mis amigos. Habitúense. 

Los niños pequeñitos aprenden por mímica, imitando las poses, los tonos de voz y las actitudes de los papás y de las mamás. Por este lado va lo de «hacerse pequeñitos como niños»: por la capacidad mimética de aprender que tiene un niño, que es algo admirable. Mirando y escuchando a nuestros padres aprendemos a hablar una lengua en tres años! Imaginemos si miramos y escuchamos con esta predisposición a nuestro Padre del Cielo siguiendo las indicaciones de nuestro Maestro, de nuestro Rabbuní Jesús! 

Escuchar como niños pequeños

Dicen que a partir de los seis o siete meses de gestación el bebé escucha en el vientre de su madre lo que ella habla o canta. Por eso escuchar siempre tiene algo de niño. Cuando uno se dispone a escuchar adopta poses de niño, se «compone» -digamos- como cuando era un niño pequeñito y su mamá lo sentaba para hablarle bien de cerca, mirándolo a los ojos y gesticulando de manera tal que uno comprendía perfectamente que le estaban enseñando algo importante. Todo este mundo de la infancia tiene su base en una estructura más profunda y misteriosa todavía que son los primeros sonidos que escuchamos en el vientre materno y que fueron configurando nuestras neuronas de manera dialogal, abiertas al otro. Por eso escuchar la Palabra de nuestro Padre, escuchar a Jesús, nos hace bien. Escuchar los Salmos, repetirlos en voz alta, rezar las oraciones vocales, el Ave María, el Padre nuestro, el Gloria, nos estimulan a entrar en contacto con nuestro Dios de manera afectiva y viva. 

Aprendan de mí, dice Jesús, que rezaba así: invocando a su Abba, a su Papá, como un Niño pequeño. No se trata de una actitud que luego se «supera», sino todo lo contrario: es una actitud a la que hay que volver. Siempre es así a la hora de incorporar algo nuevo: uno debe ponerse en actitud de niño. Es así para aprender una nueva lengua. Y lo mismo sucede con cualquier arte, con cualquier ciencia. El manejo del computer va unido a la habilidad lúdica de jugar con el mouse y de tocar investigativamente la pantalla como tocábamos las cosas de chicos. Son cosas que de grandes «perdemos». Por eso los niños aprenden tan rápido a manejar los aparatos y a los grandes nos cuesta más. 

Bueno, se entiende lo que queremos decir con esto de «escuchar como niños pequeños»: Se trata deabrirnos con toda nuestra capacidad de recibir en plenitud algo totalmente nuevo, sin prejuicio alguno, como sólo podemos hacer si reeditamos nuestra niñez. Esa niñez interior que siempre está intacta y activa, aunque muchas veces tapada, en nuestro interior. Eso sí, cada uno se debe conectar con «su» niño interior. Con lo que más le gustaba jugar, con lo que mejor aprendió a hacer de niño. Para uno será bailar, para otro pintar,  para este gatear y corretear, para aquel mimar e imitar. Uno aprendía mirando: llevándose los objetos a los ojos, otros gustando su sabor con la boca; este toqueteaba todo, aquel olía, el otro hacíasonar las cosas cerca de su oído. 

Llorar como niños pequeños

El primer sonido que ejercitamos y al que nos habituamos es el llanto: los gemidos, el sollozo, el quejido, el llanto desconsolado. A esto nos tenemos que habituar mirando llorar a Jesús, mirándolo suspirar y sollozar de compasión y pena. El Espíritu Santo es Maestro interior en esto de «convertir en palabras los gemidos», como dice la oración Ven Creador. Primer se gime, como un niño pequeño, y luego el Espíritu nos enseña a ponerle palabras a ese llanto. Así rezamos con lo más nuestro, con lo más entrañable, con lo más necesario. Si no, uno puede estar rezando con palabras ajenas a su situación existencial, que no lo conectan con su interior. 

Nombrar, balbucear, arrullar, como niños pequeñitos

Nombrar, balbucear, arrullar… son los pasos siguientes del aprendizaje de los niños pequeños. Jesús nos muestra cómo Él estaba atentísimo a las expresiones que brotaban espontáneas de los labios de la gente sencilla cuando lo veía pasar. Eran nombres (de las primeras cien palabras que los niños aprenden, un gran número son los nombres de las personas queridas) y balbuceos: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí! Mi maestro, que yo vea! Sáname. Si tú quieres, puedes limpiarme! 

El evangelio convirtió todos estos balbuceos del pueblo sencillo en oraciones litúrgicas. Pero nosotros tenemos que recuperar el tono infantil con que nacieron! También están las palabras «arrulladas», el Ave María que rezamos como escuchamos rezar de niños, mirando los labios de nuestra madre o de nuestra abuela. El Ave María nunca pierde su carácter de arrullo y conforta en los insomnios, en las enfermedades, en los momentos en que uno no sabe qué rezar. Es la oración para cada «ahora» y para la hora de nuestra muerte.

Aprendan de mí! Habitúense a rezar como Yo! -dice el Señor. Recuperen su modo de escuchar -mimético- de niños pequeños; recuperen su llanto básico; recuperen su nombrar a los que quieren, sus balbuceos más imperativos y sus arrullos más amorosos. Así su oración crecerá como un río que se desborda, como un árbol que echó raíces y se eleva en poco tiempo, como un niño que aprende a hablar y admira a todos, porque habla como un adulto. 

Especialmente en estos tiempos tan duros, de tanto miedo, encierro e impotencia, recuperar la oración de niños es un descanso y un consuelo. Mimar – en el doble sentido, de acariciar y de imitar- a Jesús es el camino. 

Diego Fares sj