Invocando a mi Jesús y a nuestro Padre en el Espíritu de toda la comunidad (Trinidad A 2020)

Dijo Jesús: Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no es condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios (Jn 3, 16-18).

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes (2 Cor 13, 13).

Contemplación

Padre, Padre mío! (Mc 14, 36); Mi Maestro -Rabbuní- (Jn 20, 16) Jesús, mi querido Maestro!; Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28); Espíritu Paráclito que estás con nosotros – con cada uno y con todos juntos- para siempre! (Jn 14, 16).

Invocamos a nuestro Dios, a nuestra querida Trinidad Una y Santa, Cercana e Inefable. 

Jesús, nuestro Señor, ruega a tu Padre para que nos envíe a nosotros, su Espíritu, tu Espíritu (Jn 14, 16)

Padre, en el Nombre de Jesús tu Hijo amado, envíanos -envíennos- su Espíritu.

Espíritu Santo que estás con nosotros, derrama en nuestro corazones -pobres, pequeños, inquietos- el amor con que se los ama a ustedes, divinas Personas, Trinidad Santa, único e indivisible Dios nuestro. 

Invocamos a nuestro Dios, a nuestra Santísima Trinidad, así, con todos los pronombres personales que podamos agregar, como Jesús que no decía solo “Padre”, sino que inmediátamente agregaba Padre mío, mi papá. Como el ciego Bartimeo y María Magdalena, que no decían a Jesús Maestro, sino “mi Maestro”, “mi querido y amadísimo Maestro” que es lo que expresa la palabra “Rabbuní”. Como el Padre que cuando hablaba de Jesús decía “Mi Hijo predilecto”; como el padre de la parábola que le decía a su hijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo”. 

Una cosa es hablar con nuestro Dios, invocarlo, adorarlo, suplicarle, agradecerle, pedirle que nos ayude y otra hacer teología, hablar de Él en tercera persona. “El Espíritu Santo” es esto y hace esto y aquello”, decimos. Y ya se nos aleja, como la Paloma que es, que una cosa es que se pose sobre nuestras cabezas y como llamitas de fuego sobre nuestros corazones, como hizo en Pentecostés, y otra cosa es que se nos aleje con unos saltitos, como las palomitas en la plaza. 

“El Padre” -decimos-, o “Dios” (más abstracto todavía) en vez de invocarlo: Padre nuestro, Padrecito mío de mi corazón. Jesús mío. Jesucito. Mi Sagrado Corazón. 

Y al Espíritu lo tenemos que invocar diciendole: Tú eres, Espíritu, “el que está para siempre con nosotros”, eres Espíritu de todos, Espíritu de la Comunidad, Espíritu de nuestro Pueblo, Espíritu que escribes la ley de la caridad en nuestros corazones, como dice Ignacio en nuestras Constituciones. 

Si a nuestro Padre nunca hay que sacarle el “nuestro”, menos a nuestro Espíritu Santo, aunque nos hayamos acostumbrado así y hablemos de “el” Espíritu, como quien dice “esa realidad misteriosa”. Misterioso, sí, pero no “esa realidad” sino nuestro Misterioso amigo, nuestro Defensor más eficaz – el que nos defiende a todos nosotros, no a algunos en particular-. 

La fiesta de nuestra Santa Trinidad es apropiada para tratar este problema. Digo porque apenas trato de hablar “de la Trinidad”, el lenguaje se me vuelve fastidioso y se me enfría el fervor del corazón con esos números que dicen que son tres y uno y se empieza a hablar de “la” esencia y de “las” personas. En cambio, apenas digo mi Jesús, mi Maestro y escucho sus palabras en el Evangelio cuando dice “ustedes son mis amigos”, todo cambia. El lenguaje se me vuelve precioso, gracias a esos pronombres personales, gracias a esos posesivos. Apenas digo Padre nuestro, siento la presencia de todos los que rezan, de tantas religiones y creencias. Me achico hasta volverme pequeñito, uno más entre miles de millones; me igualo en nuestra común cualidad: todos hijos, solo hijos, nada menos que hijos suyos! Con nuestro Espíritu cuesta más, porque la costumbre del lenguaje teológico lo ha vuelto impersonal. Justamente a Él, que es la Persona que hace que lo común se vuelva personal: El es el que hace que el Pueblo de Dios tenga un corazón común, como dice siempre Francisco cuando habla que los pueblos tienen un corazón que late en su cultura. 

No tenemos que confundirnos: cuando uno quiere mucho a una persona y siente que de golpe esa persona creció y se le vuelve misteriosa, en el sentido de que uno se da cuenta de que el otro tiene una riqueza y una vida más grande de lo que uno estaba acostumbrado a compartir, si de verdad la quiere, no se aleja, sino que crece con ella. Eso pasa con un hijo o una hija, cuando trae a casa a la persona con la que se va a casar o cuando comparte una vocación que lo llevará lejos del hogar. Los padres “crecen” con sus hijos, incorporan lo que sus hijos aman, lo integran, lo vuelven familiar. Así con nuestro Dios: cuando Jesús comenzó a hablar de su Padre enseguida lo hizo “nuestro Padre” y sus discípulos lo incorporaron. Y cuando comenzó a hablar del Espíritu que era de su Padre y suyo y que nos lo enviarían para que estuviera siempre con nosotros, los discípulos lo fueron incorporando. Tanto que al comienzo decían: El Espíritu Santo y nosotros… hemos decidido esto y queremos hacer aquello. El Espíritu Santo y nosotros. 

No sé en qué momento comenzamos a hablar en general. Quizás fue por las discusiones que se suscitaban y para tratar de explicar mejor las cosas y corregir errores. Pero la cuestión es que creció mucho el hablar de Dios y no tanto el hablar con nuestro Dios. O quizás fue que crecieron cada cosa por su lado y se volvieron cosas distintas, como cuando se habla de teología y espiritualidad o se distinguen la dogmática de la pastoral. San Pablo le dice a Timoteo que vendrán días en que los hombre “no tolerarán la sana doctrina” y cada uno seguirá a maestros según su capricho que le hablarán de fábulas. La sana doctrina no consiste solo en el uso de sustantivos y adjetivos calificaficativos (como cuando se discutía si Jesús o el Espíritu eran “Dios” iguales al Padre, o como cuando se discute hoy sobre el alcance “doctrinal” de lo que predica el Papa), sino que la sana doctrina consiste también en los pronombres personales que hacen que nuestro hablar con nuestro Dios sea oración y no contar fábulas. Esas fábulas  que hoy se llaman “el relato político” y “el paradigma científico” pero son tan fábulas (impersonales) como las de Esopo: hacen hablar hasta a los animales pero no se animan a conversar francamente con nuestro Dios.

Toda manera de hablar puede ser buena y necesaria, pero hay que cuidar que no se enfríe nuestro lenguaje. Un poco como pasa en la mesa familiar, que se tocan todos los temas y a veces hay que explicar algún tema “más técnicamente”, como cuando se trata de una cuestión juirídica, médica o de un deporte que practica alguno y los otros no tienen ni idea de las reglas, pero cuando el que habla se pone muy profesoril, enseguida la familia le baja el discurso a la realidad de las personas que tiene delante comiendo.

Que en esta fiesta de nuestra querida Trinidad, nuestro querido Espíritu Santo nos ilumine los ojos del corazón para que nos dejemos abrazar y envolver por el Amor de nuestro querido Padre que nos quiere como a su Hijo Predilecto, su Jesús, en quien todos podemos sentirnos comprendidos, perdonados y amigados, con Ellos tres y entre nosotros, todos, todos los hombres, todos sin exclusión. 

Pd. Lo de los pronombres, como decía hace poco, me viene de una charla a distancia con dos personas con las que tengo una relación de amistad muy particular -como sucede en toda amistad, que siempre es única, pero en ésta lo “único” es más particular todavía, en cuanto tiene muy poco de “vista” y consiste más que nada en “palabras”). Una es Victoria Braquehais (Ushindi) (misionera en Camerún), con la que nos comunicamos por whatsapp y mail desde hace unos años. La amistad nació en torno al interés común por los Ejercicios Espirituales y ha crecido con el tiempo. El otro es alguien cuyos escritos  conocí a través de Ushindi. Su nombre musulmán es Abdelmumin Aya. Ellos hacen la exégesis del Evangelio partiendo de sus raíces arameas. No he tenido trato directo aún con Abdelmumin, sino a través de las palabras del evangelio que elige comentar y que me ayuda a paladear. De este gusto común pasé a buscar en internet quién era y voy descubriendo muchas cosas de su vida. Pero lo que quería compartir de esta “triangulación de mails” entre Ngovayang, Sevilla y Roma, es que puede nacer una trinidad de personas muy diversas unidas por un hilo al comienzo invisible: el del amor a palabras de Jesús tan pequeñas como esos pronombres personales que Él usa. Palabras que a medida que se tejen con las otras palabras conforman algo pleno de vida y rico de significados: Una trinidad que existe solo cuando los pronombres personales y los posesivos ponen en relación las otras palabras, como acontece cuando compartimos nuestros mails con mis dos amigos.

Diego Fares sj

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