La imagen de un cielo «inimaginable» (Ascensión A 2020)

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de El; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo…» (Mateo 28, 16-20).

… Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.» Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos varones con vestiduras blancas, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir” (Hechos 1, 1-14).

Contemplación

Al contemplar las pinturas y cuadros sobre la Ascensión del Señor al Cielo siempre me pregunto si nuestro imaginario cristiano no se quedó con una imagen congelada de aquel momento en que los discípulos estaban mirando al cielo. La imagen quedó como imagen de cabecera, fijada, estática. Pero la realidad fue que esa actitud duró solo un momento: el Señor mandó inmediatamente a dos ángeles que los despertaron y los pusieron en movimiento. Y los apóstoles, después de recibir el Espíritu que les envió el Señor, salieron a predicar incansablemente. 

Quiero decir: no se quedaron en el cenáculo a pintar en el techo un hermoso cuadro de la Ascensión. Eso lo harían las generaciones posteriores, después que el Imperio nos regaló esos templos inmensos que había que decorar. 

La Iglesia no nació mirando al cielo, sino caminando hacia todos los senderos de la tierra: nació en salida, como dice Francisco, yendo a anunciar el evangelio a todos los pueblos. 

Pero en muchas épocas, en muchos lados, en liturgias e instituciones eclesiales, sucede que reeditamos aquella escena: es como si la Iglesia en vez de salir al mundo quisiera hacer entrar al mundo en una sala donde proyecta una imagen congelada sí misma mirando al cielo. 

La frase del ángel: «ese Jesús que les ha sido quitado» prevalece en muchos casos y no se tensiona bien con la otra frase del ángel: «ese Jesús vendrá de la misma manera que lo han visto partir». Si uno mira los «cuadros de la ascensión», el imaginario se focalizó en un Jesús aéreo. Hasta hay una, un tanto surrealista, en la que se le ven solo los pies, porque el resto se lo ha «tragado» por así decir un agujero redondo de cielo. Pero estas son las imágenes de una generación de artistas. El hecho evangélico es más personal: el Señor va y sube «al Padre», con el Padre nos envían «al Espíritu Santo». Además, nos dice que estará todos los días «con nosotros». 

Son realidades difíciles de pintar y podemos comprender que los pintores hayan ido por el lado más fácil, pero terminaron metiendo a Jesús en una burbuja, haciéndolo desaparecer en la luz del sol y sentándolo en un trono desde el que mira la tierra como por desde una ventana. Estas cosas «se pegan» a la imagen de la Ascensión y es necesario «desarmarla» para leer en su fondo y «rearmarla» completándola con otros cosas que nos revela el evangelio. 

El cielo antiguo

En aquella época «el cielo» era físicamente inalcanzable pero a la vez era un cielo abierto, su trascendencia estaba ahí nomás, los ángeles bajaban y subían fácilmente por la «escalera de Jacob». De ahí surgen esos cuadros en los que el Padre y Jesús se «asoman» como si en el cielo se abrieran ventanas. 

En la menta de la gente, estas imágenes de un cielo «alto, pero abierto y cercano» les hacía sentir juntas las dos realidades de las que habla el evangelio: que el Señor había «ido al Padre» y a la vez que «estaba siempre con nosotros». 

Hoy esa imagen del cielo no ayuda. Nuestro imaginario del cielo es distinto. Tenemos que asumir un fenómeno inverso: nuestro cielo está físicamente más cerca -de nuestros aviones, cohetes, sondas espaciales y simuladores que lo replican partiendo de datos que captamos- pero la trascendencia ha cambiado de lugar. No es que subiendo, uno llegue al límite del cielo y «lo trascienda». Sabemos que el espacio y el tiempo son relativos y que no podemos viajar hasta «el extremo del universo». Por un lado, porque parece que se expande con nosotros adentro. Por otro porque no podemos lograr una velocidad que nos permita hacerlo en un tiempo razonable, como para ir y volver y contar lo que vimos. Todos estos datos e hipótesis hacen que se rompa la imagen plástica que unía «cielo-subida-trascendencia». 

Pero no hay que «reírse» de la simplicidad de los antiguos. Ellos, con los datos científicos que tenían, pensaban y pintaban la trascendencia haciendo «subir» a Jesús y abriendo ventanas en el cielo o creando «burbujas de trascendencia». Nosotros, con los datos que tenemos acerca de la complejidad e inmensidad del universo, estas imágenes no nos ayudan: nos traen a la imaginación al Dios cristiano, pero revestido con los atributos de los dioses míticos. Un Dios sentado en su Trono celestial con corona y bastón de mando, contemplando el mundo como por una ventana. 

Tampoco hay que pensar que esto fue algo malo. Por el contrario: fue una «inculturación» que hicieron los creyentes para dialogar con el mundo en que vivían. Esta es la verdad honda de nuestra fe: la fe se incultura y dialoga con las culturas, usa sus imágenes en la medida en que le ayudan, pero esto no significa que quede encerrada y limitada a ellas. Me causó gracia cuando leí que algunos cristianos «cultos» de Europa se habían escandalizado al ver las imágenes de la Pacha Mama de los pueblos amazónicos en el vaticano. Han olvidado que sus antepasados incorporaron imágenes como la Zeus griego y el Júpiter romano. Se ríen de los sombreros de plumas de los indios y usan bonetes renacentistas en forma de tricornios rojos! 

Todas las «imágenes» que nos hacemos de Dios brotan de un diálogo entre evangelio y cultura. Y con el oído del corazón atento a las palabras de Jesús en el Evangelio, debemos aprender a usar y a dejar las imágenes que nos hacemos, según nos ayuden a adorar al verdadero Dios y a progresar en la fe o no. 

En el caso de la fiesta de hoy, podemos afirmar que nuestra fe no está atada a la imagen de Jesús subiendo a un cielo que arrastraba imágenes mitológicas y hoy arrastra imágenes científicas. 

Rearmar nuestra imagen acerca del tipo de presencia permanente de Jesús

Ahora bien, si no lo imaginamos a Jesús en el «cielo» (ni en el antiguo ni en el moderno), cómo lo imaginamos? Tenemos que «rearmar» nuestra imagen acerca de cómo está presente el Señor. 

Lo primero, creo yo, es «imaginar el cielo» usando el dato paulino de que es «inimaginable»: «ni ojo vio ni oído oyó, ni han entrado en la imaginación del hombre las cosas que Dios preparó para los que le aman» (1 Cor 2, 9). En nuestra época, tan llena de imágenes, en la que se mezclan las de todos los tiempos, lo mejor es «no imaginar» el cielo, prepararnos para que nos sorprenda el Señor.

Pero «inimaginable» no significa «poner la mente en blanco» o imaginarlo a Jesús en un ámbito abstracto. Uno puede «dinamizar» la mente proporcionándole otros datos que le ayuden a sentir una presencia del Señor que sea más libre, abierta a hacerse sentir de distintas formas, sin atarse a una imagen o a un concepto solo. 

Podemos potenciar el contenido de la bienaventuranza a Tomás y «creer» en el Señor sin necesidad de «verlo», creer escuchando el testimonio de otros que lo han visto, creer sirviéndolo en los pobres con un cariño como el que pondríamos si lo viéramos a Él, podemos creer saboreando la Eucaristía con los ojos cerrados… 

Podemos tomar el final de todos los evangelios y constatar que no todos hablan de la ascensión. Más aún, las distintas formas de «terminar» los evangelios que tiene cada evangelista (y los autores que los completaron y que la Iglesia asumió como canónicos) tienen más de punto de partida que de punto final. 

Mateo, como vemos hoy, termina con un movimiento de Jesús no de irse sino de «acercarse» a los discípulos que lo adoran y sin embargo dudan. Y su última palabra es «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo». 

Marcos tiene el famoso final «trunco», al que se le agregan los versículos 9-20 en los que se dice que Jesús «fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios». Pero la última imagen es la de un Jesús que «actuaba junto con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que la acompañaban». 

Lucas será el que más claro describa el momento de la Ascensión, tanto en su evangelio como en los Hechos. «Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado arriba, al cielo». 

Juan nos dejará dos finales: el de la bienaventuranza de los que creen sin ver» (Jn 20, 29) y la de Jesús que se pone en camino y le dice a Pedro: «Tú sígueme». Cada una de estas dos escenas concluye con una «consideración» de Juan acerca de las cosas que hizo Jesús que no quedaron escritas y que no bastarían todos los libros del mundo para contenerlas. Sin ser exegeta, lo que yo saco es que los evangelistas «ponen punto final a sus escritos» de modo tal que los sintamos como un punto de partida a nuevos modos de presencia y actuación del Señor. Ascender significa un «movimiento» de Jesús que nos «atrae» a una presencia suya más alta que la del puro ver, a un «creer»; un movimiento de Jesús que nos hace sentir que «estando con el Padre» son más efectivos con respecto a influir íntimamente en nuestra vida y en la historia: eso significa que nos envían de lo Alto al Espíritu Santo que se mete dentro de nuestra vida sin los límites de una presencia y actuación física, puntual.

El hecho de «no verlo» y de que «vaya al Padre», por tanto, no tienen por qué quedar atados a la imagen de un cielo que termina «teniendo una ventana». Como si la intercesión con que caracteriza su actuar Jesús la hiciera desde su trono mirando la vida a través de una ventana. 

Nada de eso. El dinamismo ascendente del Señor nos dice que: «Ser elevado al cielo» y «sentarse a la derecha de Dios» (Mc 16, 19) van juntos con «actuar junto con ellos» y con «confirmar la Palabra (que anuncian los suyos) con señales» (Mc 16, 20). «Bendecirlos mientras se separa de ellos y es llevado al cielo» (Lc 24, 53) va junto con esperar a la orilla del lago (con el pan y los peces asándose al fuego) a los discípulos y con la imagen de ponerse en pie y decir a Pedro «sígueme». La presencia del Señor en los pobres y en la Eucaristía es una presencia real, no simbólica. Tanto es así que nos manda celebrar la Eucaristía cada día y nos juzgará por nuestros actos concretos con los pobres, que son cosa de cada día. 

Lo que intento decir es que la Ascensión no pone punto final a la presencia real y concreta del Señor en nuestra historia. El Espíritu no «reemplaza» al Señor. Tiene su tarea propia, que es la de recordarnos y enseñarnos todo lo que el Señor dijo. Pero para nada significa esto que «Cristo se fue al cielo» y punto. La bienaventuranza de «felices los que creen sin ver» no significa «los que creen que «está en el Cielo» no viéndolo «en la tierra». De nuevo aquí, no ayuda la imagen «espacial del cielo» como trascendencia ya que nos juega en contra, nos separa, nos desconcierta al no saber «dónde poner a Cristo resucitado». La mentalidad antigua, al «ponerlo» en un Cielo que para ellos estaba alto pero ahí cerca, les ayudaba a sentirlo «actuando con ellos». A nosotros, nos lo manda a Jesús a un «lugar mítico» que lo aleja del mundo que nos describe hoy la ciencia. Para nosotros, creer sin verlo, en cambio, es creer que está en los pobres, mientras los servimos muy directamente. Creer sin verlo es creer comulgando cada día. Creer sin verlo es ponernos en pie y seguirlo, yendo a anunciar el evangelio a donde el Espíritu nos impulsa, como hicieron los apóstoles.

Diego Fares sj

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