El Espíritu del Padre y de Jesús y la imagen de la gallina de los huevos de oro (Pentecostés A 2020)

Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo: ‘La paz esté con ustedes’. Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: ‘La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí, Yo también los misiono a ustedes’. Al decir esto exhaló sobre ellos diciendo: ‘Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen y serán retenidos a los que ustedes se los retengan’ (Jn 20, 19-23).

Contemplación

Cuando Juan dice que Jesús «Exhaló sobre ellos diciendo: «reciban el Espíritu Santo», la acción del Señor de exhalar el aire de sus pulmones y la acción de los discípulos de recibir ese Aire Santo -el Espíritu- es una y la misma cosa. La acción de Jesús nos recuerda al Génesis, cuando el Padre «insufló» en las narices de Adán su «aliento de vida» (Gn 2, 7). Se trata por tanto de un gesto único de Jesús que remite al gesto original del Padre: es el gesto que da inicio a una nueva creación.

La creación de una vida nueva en el Espíritu es nueva en cuanto participada. Adán fue creado sin haberlo elegirlo, en cambio el Espíritu que transmite Jesús es -debe ser- recibido libremente. Por eso el Señor no lo transmite sin más, sino que les dice, los exhorta (les ruega?) que lo reciban! 

Rezando con estos pasajes, hace poco recibí la gracia de «comprender como por primera vez» algo de lo que significa el hecho de que el Espíritu sea el Espíritu de Jesús y del Padre. 

Sentí más claro lo que significa que el Espíritu sea también el de Jesús. Esto me lo hace sentir como un Espíritu «encarnado», con historia, con las características humanas de Jesús. No es que Jesús se va al Cielo para enviar desde allí un Espíritu que se había quedado como guardado, no se trata de un Espíritu que viene directamente sólo del cielo, donde existe como Dios en el misterio incognoscible de la intimidad trinitaria. 

Al volver el Señor al Padre, el Espíritu de ambos que nos enviarán será un Espíritu que ha vivido también con Jesús en esta tierra. 

Es el Espíritu «por obra del cual el Hijo se encarnó en María». 

Es el Espíritu que vino «sobre Jesús y lo ungió en el Bautismo». 

Es el Espíritu «en El que el Señor se llenaba de gozo» al ver cómo el Padre revelaba sus cosas a los pequeñitos 

Es el último Aliento entrecortado que exhaló Jesús en la Cruz 

y el Soplo Santo que insufló a los discípulos una vez resucitado. 

Este Espíritu «con historia», es el que recibimos. 

No es ningún tipo de «puro Espíritu» en el sentido de desencarnado, ni ningún tipo de Espíritu «absoluto», en el sentido de desligado de todo lo material. 

Es el Espíritu de nuestro Padre, el mismo que le insufló a Adán cuando lo creó, el mismo que envió a su pueblo cada vez que quiso «hablar por los profetas». 

Es el Espíritu que acompañó a Jesús y lo condujo, inspirando todas sus acciones salvadoras realizadas siempre en unión de corazones con el Padre. 

Y es el Espíritu que nos acompaña a nosotros, a cada uno de sus pequeñitos, a cada pueblo grande o pequeño, a través de las vicisitudes de su historia. El Espíritu que se «hace todo a todos» para revelar las cosas del Padre a los pequeñitos y alegrar así a Jesús. 

El Espíritu nos comunica todo lo del Padre y todo lo de Jesús y lo realiza de una manera especial. Todo lo del Padre nos viene por Jesús, al estilo de Jesús. Y todo lo del Padre y de Jesús nos viene a través del Espíritu, que recrea y dosifica las cosas, adaptándose a cada uno en cada momento y para el bien de todos. Esto es «lo especial».

Es especial también que nos comunica «de modo nuevo» lo que nos han dado el Padre y el Hijo: el Padre nos creó, el Espíritu nos recrea, nos hace una «nueva creación»; el Hijo nos redimió en la Cruz, el Espíritu nos perdona en cada confesión nuestros pecados y nos envía a perdonárselos a los demás. Las obras de misericordia son eso: un modo de «perdonar» los pecados, de reparar los daños que el pecado provocó.

El hecho de que el Espíritu «sea enviado» por el Padre común nos conecta con toda la creación, nos abre a encontrar al Espíritu ya presente en todos los pueblos y en todas las culturas. 

El hecho de que el Espíritu «sea enviado» por Jesús nos conecta con todo lo específico cristiano. El Señor «liga» al Espíritu con tres cosas muy suyas, que en sí mismas pueden parecer «limitadas» pero que son la Fuente viva de todas las gracias: el perdón de los pecados, el anuncio del Evangelio -que el Espíritu concretiza discerniendo qué palabra (y parábola) aplicar en cada momento y cómo hacerlo de buen espíritu-, y la cercanía que nos hace prójimos, hermanos, comunidad y nos defiende del Maligno, del espíritu de división. 

La gallina

Discutíamos apasionadamente con un periodista sobre la libertad y en cierto momento me dijo: 

  • Vos le querés vender tus ideas a la gente.
  • No mis ideas -le contesté-. Mis ideas son comunes, como billetes de cinco pesos. Lo que yo quiero es, no vender, sino compartir con la gente la Fuente viva de las buenas ideas, como si dijéramos la gallina que pone huevos de oro.
  • Je! Lástima que no exista.
  • Claro que existe! Es el Espíritu Santo.
  • Un poco irreverente comparar al Espíritu con una gallina, por más que sea la que pone huevos de oro.
  • Igual de irreverente sería la imagen de la paloma. De hecho, el Espíritu no está atado a ninguna imagen particular y en la Biblia se utilizan muchas para describir su dinamismo: el viento, el fuego, el agua… La de la paloma fue quizás por la forma de descender a posarse suavemente sobre el Ungido, escena que recuerda el inicio del Génesis en que el Espíritu aletea sobre las aguas. Pero si pensamos en la unidad que el Espíritu da a los suyos, reuniéndolos en la Iglesia, ninguna imagen mejor de ese dinamismo de ternura que la de la gallina con sus pollitos. Al fin y al cabo es la imagen que el Señor usa para describir su deseo de juntar a su pueblo. Y si pensamos en los frutos y dones del Espíritu, ningún animalito nos da sus dones más acabadamente que la gallina, que uno se encuentra los huevitos ya «puestos» en el nido y no hay que ordeñarla como la vaca para sacarle la leche. El Espíritu santo nos da sus dones y sus frutos gratuitamente y ya listos para compartir y alimentarnos. 
  • Y por qué lo de los huevos «de oro»?
  • Porque cada palabra que el Espíritu nos recuerda y no enseña, cada carisma que reparte en cada persona para bien de la común humanidad, es un tesoro en sí mismo, tiene valor y consistencia propia, como el oro en comparación del valor más relativo de los billetes de papel. Cuando se trata de pensar, la Fuente viva del pensamiento son las realidades más valiosas, a partir de las cuales se ordena todo lo demás. Huevos «de oro» son los valores reales y absolutos: la vida, la vida de cada persona, la unidad y el bien común de la vida de todas las personas reunidas en familia, en comunidad, en pueblos, en la Iglesia. Desde allí se ordenan las «ideas». Valen las que dan vida, las que la promueven, la cuidan, la hacen crecer y dar más vida. Y el que «da» estos dones que producen ideas verdaderas es el Espíritu: la humilde gallina madre que pone huevos de oro.
    • Diego Fares sj

La imagen de un cielo «inimaginable» (Ascensión A 2020)

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de El; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo…» (Mateo 28, 16-20).

… Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.» Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos varones con vestiduras blancas, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir” (Hechos 1, 1-14).

Contemplación

Al contemplar las pinturas y cuadros sobre la Ascensión del Señor al Cielo siempre me pregunto si nuestro imaginario cristiano no se quedó con una imagen congelada de aquel momento en que los discípulos estaban mirando al cielo. La imagen quedó como imagen de cabecera, fijada, estática. Pero la realidad fue que esa actitud duró solo un momento: el Señor mandó inmediatamente a dos ángeles que los despertaron y los pusieron en movimiento. Y los apóstoles, después de recibir el Espíritu que les envió el Señor, salieron a predicar incansablemente. 

Quiero decir: no se quedaron en el cenáculo a pintar en el techo un hermoso cuadro de la Ascensión. Eso lo harían las generaciones posteriores, después que el Imperio nos regaló esos templos inmensos que había que decorar. 

La Iglesia no nació mirando al cielo, sino caminando hacia todos los senderos de la tierra: nació en salida, como dice Francisco, yendo a anunciar el evangelio a todos los pueblos. 

Pero en muchas épocas, en muchos lados, en liturgias e instituciones eclesiales, sucede que reeditamos aquella escena: es como si la Iglesia en vez de salir al mundo quisiera hacer entrar al mundo en una sala donde proyecta una imagen congelada sí misma mirando al cielo. 

La frase del ángel: «ese Jesús que les ha sido quitado» prevalece en muchos casos y no se tensiona bien con la otra frase del ángel: «ese Jesús vendrá de la misma manera que lo han visto partir». Si uno mira los «cuadros de la ascensión», el imaginario se focalizó en un Jesús aéreo. Hasta hay una, un tanto surrealista, en la que se le ven solo los pies, porque el resto se lo ha «tragado» por así decir un agujero redondo de cielo. Pero estas son las imágenes de una generación de artistas. El hecho evangélico es más personal: el Señor va y sube «al Padre», con el Padre nos envían «al Espíritu Santo». Además, nos dice que estará todos los días «con nosotros». 

Son realidades difíciles de pintar y podemos comprender que los pintores hayan ido por el lado más fácil, pero terminaron metiendo a Jesús en una burbuja, haciéndolo desaparecer en la luz del sol y sentándolo en un trono desde el que mira la tierra como por desde una ventana. Estas cosas «se pegan» a la imagen de la Ascensión y es necesario «desarmarla» para leer en su fondo y «rearmarla» completándola con otros cosas que nos revela el evangelio. 

El cielo antiguo

En aquella época «el cielo» era físicamente inalcanzable pero a la vez era un cielo abierto, su trascendencia estaba ahí nomás, los ángeles bajaban y subían fácilmente por la «escalera de Jacob». De ahí surgen esos cuadros en los que el Padre y Jesús se «asoman» como si en el cielo se abrieran ventanas. 

En la menta de la gente, estas imágenes de un cielo «alto, pero abierto y cercano» les hacía sentir juntas las dos realidades de las que habla el evangelio: que el Señor había «ido al Padre» y a la vez que «estaba siempre con nosotros». 

Hoy esa imagen del cielo no ayuda. Nuestro imaginario del cielo es distinto. Tenemos que asumir un fenómeno inverso: nuestro cielo está físicamente más cerca -de nuestros aviones, cohetes, sondas espaciales y simuladores que lo replican partiendo de datos que captamos- pero la trascendencia ha cambiado de lugar. No es que subiendo, uno llegue al límite del cielo y «lo trascienda». Sabemos que el espacio y el tiempo son relativos y que no podemos viajar hasta «el extremo del universo». Por un lado, porque parece que se expande con nosotros adentro. Por otro porque no podemos lograr una velocidad que nos permita hacerlo en un tiempo razonable, como para ir y volver y contar lo que vimos. Todos estos datos e hipótesis hacen que se rompa la imagen plástica que unía «cielo-subida-trascendencia». 

Pero no hay que «reírse» de la simplicidad de los antiguos. Ellos, con los datos científicos que tenían, pensaban y pintaban la trascendencia haciendo «subir» a Jesús y abriendo ventanas en el cielo o creando «burbujas de trascendencia». Nosotros, con los datos que tenemos acerca de la complejidad e inmensidad del universo, estas imágenes no nos ayudan: nos traen a la imaginación al Dios cristiano, pero revestido con los atributos de los dioses míticos. Un Dios sentado en su Trono celestial con corona y bastón de mando, contemplando el mundo como por una ventana. 

Tampoco hay que pensar que esto fue algo malo. Por el contrario: fue una «inculturación» que hicieron los creyentes para dialogar con el mundo en que vivían. Esta es la verdad honda de nuestra fe: la fe se incultura y dialoga con las culturas, usa sus imágenes en la medida en que le ayudan, pero esto no significa que quede encerrada y limitada a ellas. Me causó gracia cuando leí que algunos cristianos «cultos» de Europa se habían escandalizado al ver las imágenes de la Pacha Mama de los pueblos amazónicos en el vaticano. Han olvidado que sus antepasados incorporaron imágenes como la Zeus griego y el Júpiter romano. Se ríen de los sombreros de plumas de los indios y usan bonetes renacentistas en forma de tricornios rojos! 

Todas las «imágenes» que nos hacemos de Dios brotan de un diálogo entre evangelio y cultura. Y con el oído del corazón atento a las palabras de Jesús en el Evangelio, debemos aprender a usar y a dejar las imágenes que nos hacemos, según nos ayuden a adorar al verdadero Dios y a progresar en la fe o no. 

En el caso de la fiesta de hoy, podemos afirmar que nuestra fe no está atada a la imagen de Jesús subiendo a un cielo que arrastraba imágenes mitológicas y hoy arrastra imágenes científicas. 

Rearmar nuestra imagen acerca del tipo de presencia permanente de Jesús

Ahora bien, si no lo imaginamos a Jesús en el «cielo» (ni en el antiguo ni en el moderno), cómo lo imaginamos? Tenemos que «rearmar» nuestra imagen acerca de cómo está presente el Señor. 

Lo primero, creo yo, es «imaginar el cielo» usando el dato paulino de que es «inimaginable»: «ni ojo vio ni oído oyó, ni han entrado en la imaginación del hombre las cosas que Dios preparó para los que le aman» (1 Cor 2, 9). En nuestra época, tan llena de imágenes, en la que se mezclan las de todos los tiempos, lo mejor es «no imaginar» el cielo, prepararnos para que nos sorprenda el Señor.

Pero «inimaginable» no significa «poner la mente en blanco» o imaginarlo a Jesús en un ámbito abstracto. Uno puede «dinamizar» la mente proporcionándole otros datos que le ayuden a sentir una presencia del Señor que sea más libre, abierta a hacerse sentir de distintas formas, sin atarse a una imagen o a un concepto solo. 

Podemos potenciar el contenido de la bienaventuranza a Tomás y «creer» en el Señor sin necesidad de «verlo», creer escuchando el testimonio de otros que lo han visto, creer sirviéndolo en los pobres con un cariño como el que pondríamos si lo viéramos a Él, podemos creer saboreando la Eucaristía con los ojos cerrados… 

Podemos tomar el final de todos los evangelios y constatar que no todos hablan de la ascensión. Más aún, las distintas formas de «terminar» los evangelios que tiene cada evangelista (y los autores que los completaron y que la Iglesia asumió como canónicos) tienen más de punto de partida que de punto final. 

Mateo, como vemos hoy, termina con un movimiento de Jesús no de irse sino de «acercarse» a los discípulos que lo adoran y sin embargo dudan. Y su última palabra es «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo». 

Marcos tiene el famoso final «trunco», al que se le agregan los versículos 9-20 en los que se dice que Jesús «fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios». Pero la última imagen es la de un Jesús que «actuaba junto con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que la acompañaban». 

Lucas será el que más claro describa el momento de la Ascensión, tanto en su evangelio como en los Hechos. «Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado arriba, al cielo». 

Juan nos dejará dos finales: el de la bienaventuranza de los que creen sin ver» (Jn 20, 29) y la de Jesús que se pone en camino y le dice a Pedro: «Tú sígueme». Cada una de estas dos escenas concluye con una «consideración» de Juan acerca de las cosas que hizo Jesús que no quedaron escritas y que no bastarían todos los libros del mundo para contenerlas. Sin ser exegeta, lo que yo saco es que los evangelistas «ponen punto final a sus escritos» de modo tal que los sintamos como un punto de partida a nuevos modos de presencia y actuación del Señor. Ascender significa un «movimiento» de Jesús que nos «atrae» a una presencia suya más alta que la del puro ver, a un «creer»; un movimiento de Jesús que nos hace sentir que «estando con el Padre» son más efectivos con respecto a influir íntimamente en nuestra vida y en la historia: eso significa que nos envían de lo Alto al Espíritu Santo que se mete dentro de nuestra vida sin los límites de una presencia y actuación física, puntual.

El hecho de «no verlo» y de que «vaya al Padre», por tanto, no tienen por qué quedar atados a la imagen de un cielo que termina «teniendo una ventana». Como si la intercesión con que caracteriza su actuar Jesús la hiciera desde su trono mirando la vida a través de una ventana. 

Nada de eso. El dinamismo ascendente del Señor nos dice que: «Ser elevado al cielo» y «sentarse a la derecha de Dios» (Mc 16, 19) van juntos con «actuar junto con ellos» y con «confirmar la Palabra (que anuncian los suyos) con señales» (Mc 16, 20). «Bendecirlos mientras se separa de ellos y es llevado al cielo» (Lc 24, 53) va junto con esperar a la orilla del lago (con el pan y los peces asándose al fuego) a los discípulos y con la imagen de ponerse en pie y decir a Pedro «sígueme». La presencia del Señor en los pobres y en la Eucaristía es una presencia real, no simbólica. Tanto es así que nos manda celebrar la Eucaristía cada día y nos juzgará por nuestros actos concretos con los pobres, que son cosa de cada día. 

Lo que intento decir es que la Ascensión no pone punto final a la presencia real y concreta del Señor en nuestra historia. El Espíritu no «reemplaza» al Señor. Tiene su tarea propia, que es la de recordarnos y enseñarnos todo lo que el Señor dijo. Pero para nada significa esto que «Cristo se fue al cielo» y punto. La bienaventuranza de «felices los que creen sin ver» no significa «los que creen que «está en el Cielo» no viéndolo «en la tierra». De nuevo aquí, no ayuda la imagen «espacial del cielo» como trascendencia ya que nos juega en contra, nos separa, nos desconcierta al no saber «dónde poner a Cristo resucitado». La mentalidad antigua, al «ponerlo» en un Cielo que para ellos estaba alto pero ahí cerca, les ayudaba a sentirlo «actuando con ellos». A nosotros, nos lo manda a Jesús a un «lugar mítico» que lo aleja del mundo que nos describe hoy la ciencia. Para nosotros, creer sin verlo, en cambio, es creer que está en los pobres, mientras los servimos muy directamente. Creer sin verlo es creer comulgando cada día. Creer sin verlo es ponernos en pie y seguirlo, yendo a anunciar el evangelio a donde el Espíritu nos impulsa, como hicieron los apóstoles.

Diego Fares sj

Benditos pronombres personales que en boca de Jesús lo cambian todo (Pascua 6 A 2020)

Jesús dijo a sus discípulos: «Si Ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y Yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con Ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque permanece a su lado y con Ustedes está. No los dejaré huérfanos, vuelvo a Ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero Ustedes sí me verán, porque Yo vivo y Ustedes vivirán. Aquel día (cuando venga el Espíritu) comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que Ustedes están en mí y Yo estoy en Ustedes. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado de mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.
Le dice Judas – no el Iscariote -: «Señor, ¿qué pasa que vas a manifestarte a nosotros y no al mundo?»
Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Les he dicho estas cosas estando entre Ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho» (Jn 14, 15-26).

Contemplación
Mi amiga misionera en Camerún, Victoria, me envía la exégesis que hacen con un amigo musulmán -Abdelmumin- partiendo de las raíces arameas del Evangelio. Hoy me resuena lo que dicen de los pronombres que usa el Señor. Son tantos en este pasaje de la Cena! Los pronombres le imprimen a cada palabra que Jesús dice y a cada gesto que Jesús realiza un sello enteramente personal.
Parto de su expresión «mis mandamientos». No son los mandamientos, sino mis mandamientos. Su lenguaje es imperativo, pero los pronombres personales le dan un tono especial. No manda en general, como cuando uno describe una situación y concluye «hay que…», «tienen que…». Tampoco ordena el Señor «ámenme», como cuando nos da el mandamiento de amarnos unos a otros. Ahí sí manda: «ámense… como Yo los he amado» (también aquí entra su modo personal de amar).
En este pasaje Jesús usa un condicional: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos». Y cuando Judas Tadeo le pregunta por qué a «nosotros» y no a todo el mundo, le responde con el mismo esquema, ahora en singular: «Si alguna persona me ama, guardará mi Palabra». Más que dar un mandamiento lo que Jesús hace es conectar el amor con la capacidad o incapacidad de cumplir con lo que nos dice y de guardar sus palabras en el corazón. Constata lo que pasa: cuando amamos nos resulta natural hacer las cosas que el que queremos nos manda; ponemos cuidado en recordar y comprender bien lo que quiere y lo cumplimos con gusto. Los imperativos del amor son distintos de los imperativos categóricos. En estos últimos empuja el super yo, el deber ser con sus ecos familiares y sociales. En los imperativos del amor resuena el bien del otro, lo que nos mueve es la alegría de ver contenta a la persona que amamos y nos ama.
También es bueno al leer este pasaje agudizar nuestro oído para escuchar bien cómo suena la otra cara, la negativa: «El que no me ama no guarda mis palabras». No guarda en el sentido de que «no podrá guardar». Las palabras de Jesús no son difíciles, son «imposibles» de cumplir sin la presencia constante de su amor, sin el trabajo conjunto que realizan en nosotros Él, nuestro Padre y el otro Paráclito, el Espíritu Santo.
Detengámonos un momento nuevamente en lo personal: no es lo mismo guardar una frase linda dicha por alguien famoso pero que no conocemos, que guardar una sentencia dicha por nuestra madre o nuestro padre en algún momento especial de nuestra vida. Como dicen mis amigos exegetas: aquí los pronombres «no dejan el menor resquicio de duda sobre Quién es el que habla, a quién y de qué. En este precioso versículo Jesús hace un ovillo con los pronombres para atarse al Padre, para atarnos a Él y atarnos al Padre».
Me gusta esto del «ovillo» y de «atarnos» en el sentido de hacer alianza. La imagen primordial que resuena en estas palabras-lazos que teje Jesús es la imagen del tipo de relación que se da cuando entre un grupo de personas hay lazos familiares y de amistad. Cuando en una mesa familiar y con amigos, los papás llevan bien la conversación, van haciendo que todos participen y puedan decir lo suyo. Vale igual la anécdota graciosa del más pequeño, los monosílabos de los adolescentes, la sentencia paterna acerca de algún comportamiento que hay que modificar en cuanto a los horarios o al orden de la casa y lo que va mechando la mamá para hacer hablar al que le cuesta más… Y si hay un invitado, se lo suma como a uno más. Las palabras valen porque en ellas cada uno se comunica como la persona que es, en medio de todos igualmente queridos y valiosos.
Por eso no es casual que Juan ponga estos discursos íntimos de Jesús en la Cena. Solo en un ámbito así se podían revelar y comunicar las cosas que Jesús compartió. Nos quedamos solo con un detalle que, como decíamos, es propio de la mesa familiar: no se si se dieron cuenta de que todos aquellos que Jesús va mencionando y las cosas que hacen tienen la misma importancia. El modo como los va metiendo en la conversación -como el papá o la mamá que van haciendo hablar a todos y ponderando lo que se dice- hace que se pase del Padre a Judas Tadeo y por él a «alguno que me ame», como dice Jesús. El Señor va mechando las cosas de manera tal que resulta tan importante que el Padre «venga a habitar (!) en nosotros» como que el Espíritu «nos vaya recordando las cosas»; que nosotros «lo amemos y guardemos sus Palabras» (basta «alguno que lo ame») para que esto redunde en revelación para «todo el mundo».
El gesto de lavar los pies a cada pondrá el «sello» a este tipo de «importancia» en el que cada uno vale porque es amado y ama.
Para fijar estas cosas, que las debemos experimentar como se experimenta la armonía de una mesa familiar y que tenemos que conservar en el corazón y rumiarlas para que de ellas salgan frutos, las formulo aunque sea provisoriamente diciendo que: Jesús cambia de una vez y para siempre la imagen de nuestra relación con Dios. Sustituye todas las imágenes de una «jerarquía exterior, estática» -el Padre en lo más alto sobre un trono, el Espíritu bajando como Paloma, Jesús en medio y nosotros abajo- integrándolas en esa jerarquía del amor que se da en torno a la mesa y que es dinámica: el protagonismo se comparte y -sin confusión ni división- el mismo amor se comunica de unos a otros, sin necesidad de que nadie haga valer su rol con signos de autoridad exteriores -posición, vestidos, tiempo para hablar…-.
Jesús «desjerarquiza» la imagen de Dios (lava los pies) para que cada uno la «rejerarquice desde adentro». Sienta en torno a la misma mesa al Padre, al Espíritu, a sus amigos, a todo el mundo y va diciendo lo que hace y hará cada uno, como en una sencilla conversación de sobremesa.
Benditos pronombres personales que en boca de Jesús -La Palabra hecha carne- valen más que todos los verbos y todos los adjetivos calificativos.
Diego Fares sj

La primera Palabra de Jesús, la que hay que escuchar en todas las demás (Pascua 5 A 2020)

Jesús dijo a sus discípulos: «No pierdan la paz del corazón. ¿Creen en Dios?, crean también en Mí. En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; de no ser así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Y a donde Yo voy ya saben el camino.» 

Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino?» 

Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie viene a mi Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.» 

Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.» 

Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y toda­vía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre» (Juan 14, 1-12).

Contemplación

Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Quien me ve a mí, ve al Padre… Qué quiere decir el Señor con esto de estar y de ver al uno en el otro? San Agustín hace una explicación que nos puede ayudar porque es simple y se basa en la forma de hablar de Jesús y no en consideraciones ontológicas: “Así solemos hablar de dos cosas muy semejantes: ‘¿Has visto aquello? Pues también has visto esto’. En la misma forma se dice: Quien me ve a mí, ve a mi Padre. 

Agustín se fija en un detalla: que Jesús reprende a Felipe. Y se pregunta por qué lo reprende? ¿Es digno de reprensión que uno que ha escuchado hablar tanto del Padre quiera verlo junto a Jesús para gozar él mismo de la semejanza que hay entre los dos? 

Pero si el Señor lo reprende es por que ve algo errado, como cuando uno dice a otro “no estás mirando bien” y lo acerca para que mire desde su perspectiva y le da alguna coordenada, como hacemos en la terraza de La Civiltà Cattolica cuando le queremos señalar a algún amigo dónde está una Iglesia: “Ves aquella cúpula, bueno ahora mirá a la izquierda…”. 

Felipe quería ver primero a uno y luego a otro, o verlos uno al lado del otro, para comparar (Agustín dice que quizás pensaba que en el Padre tenía que haber algo “más”, algo distinto, superior a Jesús…). Pero Jesús mismo dirá que el Padre es Mayor. Entonces qué es lo que le corrige? 

Se trata solo de una cuestión de perspectiva? Como si le dijera “no nos tenés que ver uno al lado del otro, sino a uno en el otro?” Como en esas imágenes tridimensionales en las que un color distinto hace que se puedan distinguir una dentro de otra? Me parece que no es esto. Pero entonces tenemos que ir un poco más atrás y más hondo.

Si escuchamos el “tono” que usa el Señor en los Discursos de la Cena vemos que lo que corrige no es algo de los ojos, sino del corazón. Juan 14 comienza con la frase: “No se turbe vuestro corazón”; No pierdan la paz! Es el portal de entreada a la pasión y también a la resurreccion. Porque los discípulos se turbarán por la tristeza y el miedo, pero también por la alegría al ver al Señor resucitado. No se turbe vuestro corazón. 

“Tarasso” significa “enturbiar” y se dice principalmente del agua. Cuando el agua está revuelta no se puede ver lo que pasa en el fondo, y así sucede con el corazón, cuando estamos agitados -tentados-, cuando un pensamiento se nos impone y nos inquieta porque no nos deja ver las cosas en calma y con claridad. Jesús inicia los discursos de despedida enmarcándolos en la Paz del corazón. Esa es su Palabra inicial, el gran criterio de discernimiento para todo lo demás. 

Para verlo a Él, quién es, para entender las cosas que hace, para ver cómo está unido al Padre, lo primero es acoger esta Palabra que nos pacifica el corazón. “Tengan paz” es el primer anuncio, lo primero que hay que escuchar para poder luego comprender todo lo que hace y dice Jesús. 

Él es nuestra Paz, el que aquieta nuestro corazón inquieto, el que con su presencia nos quita el miedo, la culpa, la ansiedad… La paz nos saca de la prisión de la autorreferencialidad, esa cárcel mobil con la que solemos andar a cuestas.

No teman. Paz a ustedes. Esas son siempre las primeras Palabras del Señor, su primer anuncio: no tengan miedo. Soy yo. 

Caminando sobre las aguas del Lago, despertándolos de la visión de la transfiguración, entrando en el cenáculo a puertas cerradas…, siempre “No teman”, siempre “Tengan paz. Soy yo. 

El es el que nos pacifica. Sea lo que sea que vaya a decirnos luego, sea lo que sea que quiera hacer con nosotros -curarnos, perdonarnos, llamarnos, enviarnos…- antes y mientras hace y dice estas otras cosas, nos da la paz. 

Y entonces, este es el otro gran criterio de discernimiento. O el mismo, visto por lo que lo contradice: si algo -cualquier cosa- nos quita la paz, no es una palabra dicha por Jesús. Aunque sean las mismas palabras suyas, si nos quitan la paz es que las está diciendo el tentador. O nos las hemos apropiado nosotros y las hemos metido en un esquema nuestro, dejando afuera su contenido esencial, que es la paz.

Porque el Señor si dice “ven, sígueme” dice “ven en paz, sígueme en paz. Y cuando dice “levántate y camina”, dice “levántate y camina en paz”. Y si dice “Yo te perdono”, dice “queda en paz”. Y si dice: “vayan y anuncien el Evangelio”, dice “vayan en paz, de dos en dos, y anuncien la paz. Y si alguien no la quiere recibir, váynase en paz”. 

La pérdida de esta paz fundamental y continuamente recobrada será el motivo de todos los amorosos reproches a todos sus amigos: a Pedro: “hombre de poca fe, por qué dudaste”. A la Magdalena: “Mujer, por qué lloras, a quién buscas”. A Tomás: “Yo soy el camino. Cómo me preguntas por el camino?” A Felipe: “El que me ve a  mi, ve al Padre. Como me pides muestranos al Padre. No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mi?”

 Son todas frases de llegada, que tranquilizan la ansiedad que da pretender siempre “algo más”. Cuando estamos con Jesús, cuando es Él el que nos habla, estamos ante nuestro Creador: no hay nada más en el fondo;  estamos ante nuestro Redentor, no hay ya ninguna culpa que enturbie la relación; estamos ante nuestro Amigo: no hay nada que explicar… Por eso la paz “aquieta las aguas” y permite enfocar con claridad todo lo demás. 

            No se turbe su corazón. Ustedes creen en Dios, crean también en mi.

Diego Fares sj

Noi, le pecore che Gesù chiama per nome (Pasqua 4 A 2020)

Come presentare coloro che parlano oggi nella contemplazione del Vangelo, secondo l’indicazione di s. Ignazio: «Guardare le persone e ascoltare ciò che dicono»?Avevo iniziato a scrivere immaginando che dicessero: «Siamo le pecore di cui Gesù parla nel Vangelo di oggi». E ho pensato che ad alcuni sarebbe apparsa una cosa negativa: «Ah, ora parlano anche le pecore!? Ci mancavano loro…».

«Egli chiama le sue pecore, ciascuna per nome» (Gv 10,1-10)

Far parlare è proprio della Parola. Di Gesù che è la Parola: «Tutto è stato fatto per mezzo di lui, e senza di lui niente è stato fatto di tutto ciò che esiste» (Gv 1,3). Quando Lui parla, ascoltano il vento e le onde: «Destatosi, sgridò il vento e disse al mare: «Taci, calmati!». Il vento cessò e vi fu grande bonaccia» (Mc 4,39). Se a qualcuno infastidisce il fatto che una qualsiasi creatura lodi il Signore, Lui stesso afferma, come fece quando entrò in Gerusalemme: «Vi dico che, se questi taceranno, grideranno le pietre» (Lc 19,40). Quando è Lui che ci chiama per nome noi, le pecore, rispondiamo ben volentieri.

Un pregiudizio contro noi pecore nasce non dal fatto che parliamo, ma da ciò che rappresentiamo nell’immaginario di alcune culture. Al tempo di Gesù eravamo qualcosa di prezioso. Nel mondo di oggi, invece, una squadra di rugby o di calcio mai ci userebbe come simbolo nello stemma.

Per capire chi davvero siamo bisogna ascoltare Gesù, ciò che Egli dice di noi. Lui si definisce come «il Pastore delle pecore» e noi siamo «le sue pecore». Pensiamo che il Signore ha voluto indicarci come esempio perché ci sono alcune cose in noi che mettono in luce le Sue migliori qualità. Quali?

Una, appunto, è quella di essere Pastore; un’altra è saperci guidare solo con la voce; una terza può essere quella di riuscire a mettere insieme molti che sono tra loro diversi. Anche l’immagine della pecora sulle sue spalle fa capire la sua grande misericordia verso i piccoli e gli indifesi come noi, e la sua grande tenerezza.

Ci sono tante cose belle che Gesù ha rivelato contemplandoci, noi pecorelle della sua terra! Ecco perché, anche se siamo come siamo, non ci facciamo scrupoli di sentirci chiamare «pecorelle di Gesù Buon Pastore». Se solo qualcuno provasse a mettersi nella nostra lana, a intrufolarsi in un piccolo gregge e a sentire il piacere di essere uno dei tanti – sconosciuto – insieme a tutti gli altri, vedrebbe che è una bella esperienza quella di sentirsi uno con tutti, piccolo come un agnellino.

Noi, le pecore del Vangelo, siamo come le altre pecore, in un piccolo gregge, che si sentono parte del grande gregge sparso in tutti i Paesi e attraverso tutti i tempi della storia. Siamo contente che Gesù ci definisca «coloro che ascoltano la sua voce». Siamo pecore come le altre e abbiamo una sola qualità: quella di tornare in gregge quando il Buon Pastore fischia per chiamarci.

Chi ha altre qualità resta molto sorpreso da questa nostra attitudine. Perché loro coltivano virtù che li differenziano, li separano, li distinguono. Non sanno quanto sia bello potersi unire in un attimo ad altre pecore molto diverse tra loro e, anche se solo per pochi giorni, formare un solo gregge sotto un solo pastore. È buffo vedere quanto alcune persone si innervosiscano quando ci vedono insieme apparentemente senza motivo, come se rispondessimo tutte insieme a un fischio inudibile per loro; e non riescono a gestirci, ad approfittarsi di noi per le loro statistiche.

Quando Qualcuno ci raduna, pensano che «quello» sicuramente sia un populista. O parlano con disprezzo di noi, ci sminuiscono dicendo che siamo sentimentaliste, delle «pecore» appunto, che per loro significa essere «senza coscienza critica»: un «gregge», che per loro è il contrario di essere persone. E invece non è cosi. Si può avere coscienza individuale e allo stesso tempo godere di essere una persona uguale ad altre. Ma noi le capiamo queste persone, non ci arrabbiamo.

Perché questa grazia di rimanere insieme e di sopportarsi a vicenda, senza richiamare un’attenzione speciale per ciascuna, non è qualcosa di spontaneo e che nasca all’improvviso.

In generale, tutte noi che ci raduniamo docilmente intorno al Buon Pastore siamo pecore «ritornate al gregge». Se ce lo chiedeste, scoprireste che quasi tutte noi abbiamo una storia di smarrimento, di ricerca e di ritrovamento. Moltissime di noi siamo state pecorelle smarrite che il Buon Pastore ha riportato a casa sulle sue spalle.

La grande maggioranza di noi non appartiene al gregge «ufficiale»: facciamo parte invece di quelle «altre pecore» che Gesù dice di avere e «che non sono di questo ovile». Afferma anche che Lui ci deve «guidare», e sa che noi ascoltiamo la sua voce; e che un giorno «diventeranno un solo gregge e un solo pastore» (Gv 10,16). Cioè, siamo quelle che nessuno ha mai riunito intorno a sé o è venuto a cercare, ma noi non abbiamo mai perso il desiderio o la nostalgia di essere insieme, e così, quando si presenta l’occasione, la cogliamo.

Conosciamo anche quei pastori che, pur non essendo affatto dei mercenari (Gv 10,12), hanno i loro piccoli interessi personali. Quando ci si avvicinano, noi non scappiamo, ma un po’ li evitiamo… Nessuno di questi pastori riesce a riunirci tutte insieme. Ed è proprio questo il segno della nostra comunione interiore: che nessuno che non sia il Buon Pastore ci può riunire tutte.

Noi sappiamo – in qualche modo lo sappiamo – che quando è Lui a fischiare, tutte riconosciamo la sua voce. Siamo le sue pecore, quelle che tremano di spavento insieme e sanno camminare insieme, al passo delle più piccole. Abbiamo un cuore solo e agiamo come un gregge, è vero. Ma Lui ci conosce e ci chiama a ciascuna per nome.

Papa Francesco ama riferirsi a noi come «il santo popolo fedele di Dio». E a noi questo piace tanto.

Diego Fares si