La idea es que Jesús nunca deja de confiar en nosotros (Pascua 3 A 2020)

He aquí que dos de los discípulos iban aquel mismo día a un pequeño pueblo distante unos 12 km. de Jerusalén, de nombre Emaús. Iban charlando entre sí de todas estas cosas que habían acontecido. Y sucedió que en medio de la conversación y de la discusión, el mismo Jesús se les aproximó y caminaba con ellos. Pero sus ojos estaban como retenidos para que no lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué son estas palabras que intercambian entre ustedes mientras van caminando? Ellos se detuvieron tristes y le respondió uno llamado Cleofás, diciéndole: «¡Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de las cosas que estos días ocurrieron en la ciudad?  «¿Cuáles?», les preguntó. Ellos respondieron: «Las de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han dejado sorprendidos: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron». 

Jesús les dijo: “¡Qué necios son y qué lentos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No ven que era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?” Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca de su pueblo, hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.» El entró y se quedó con ellos. Y estando sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo y después de partirlo se lo daba. Entonces les fueron abiertos los ojos y lo reconocieron, pero él se les hizo invisible. Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y abría para nosotros las Escrituras?» En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (Lc 24, 13-35).

Contemplación

Ayer en Radio María, Javier Cámara me preguntó: “En el fondo de tu corazón, padre, ¿qué significa ‘creer’?”. Y yo me acordé de otra pregunta que me hizo una vez un sacerdote del cual me olvidé la cara y el nombre pero me quedó el tono. Era un intelectual, un profesor de teología. No sé cómo fue que en la conversación salió el tema de qué predicaba cada uno y yo dije: yo predico a Jesús. Recuerdo que me miró un poco como diciendo “Obvio! Todos predicamos a ‘Jesús’.  Pero ‘qué Jesús’?”. En esa época se hablaba del Jesús de la fe y del Jesús de la historia y se daban esas discusiones teológicas. Yo no supe responder más que redoblando la palabra: “yo predico a Jesús Jesús”. Y agregué: “El primer Jesús es el que conozco yo y el que conocés vos. El segundo Jesús es el que se mete en la conversación cuando nos ponemos a hablar de Él. Se mete en medio y nos predica Él algo nuevo, algo que nos hace arder el corazón como una brasa, algo atractivo para los dos”. 

Hoy el Papa en Santa Marta habló de la fe y dijo que “la fe es misionera o no es fe. La fe te hace salir de vos mismo para ir a comunicarla, con el testimonio del servicio antes que con las palabras”. 

El evangelio de Emaús nos muestra cómo Jesús practica lo que dice. El anuncio que despierta la fe lo hace “caminando con ellos”. Acompañándolos en esos 12 km – sesenta estadios – que los iban alejando de Jerusalén y de la comunidad de los discípulos, a la que volverán corriendo después que Jesús les abra los ojos y les parta el pan. Jesús anuncia su Buena noticia, la noticia de que la pasión y la muerte en cruz fueron necesarias y que el Padre lo ha resucitado, y lo hace “en medio de la conversación y de la discusión” en que ellos estaban metidos. 

“En camino” y “en medio de la conversación”. En un camino que, en este caso, parece que va de mal en peor. Jesús no nos acompaña solo cuando vamos camino del bien, también se vuelve cercano cuando vamos por mal camino. Es importante descubrir esto, porque más allá de “a dónde vamos”, el hecho es que el Señor resucitado se mete en la dinámica del caminar, que siempre es algo bueno en sí mismo. Basta ver la creatividad con que cada uno se las ingenia para buscar y hallar lo que le interesa, más allá de si busca sus propios intereses (su propia gloria) o los de Cristo. En la dinámica del caminar entre Cristo, y nos acompaña por el camino.

Y se mete “en medio de la conversación”. No impone la suya, entra en la nuestra, interesado por lo que nos pasa, por los sentimientos que nuestras palabras expresan. En este caso la conversación les había vuelto triste el rostro. El Señor es la Palabra y no les teme a nuestras palabras. Si a alguna le teme es a las palabras abstractas, las que se van destilando hasta no ser de nadie, hasta no tener rostro, porque no se sabe quién las dijo. En cambio no les teme a las palabras que expresan lo que uno siente en el corazón, en el hígado y en la panza. Estas palabras cargadas de afecto se pueden discernir. A ellos, después que los escucha lamentarse a gusto, les reprocha con fuerza su necedad y lentitud de corazón para creer en las palabras de la Escritura. Esta pedagogía del Señor se debe a que si uno se anima a hablar sinceramente expresando todo lo que le pasa, puede comparar sus palabras con las palabras de vida de la Escritura. En esta discusión entra el Señor y luego de entrarles hondo con la espada del discernimiento haciéndoles sentir que la tristeza no viene de los hechos sino de la ceguera de su mente y de la dureza de su corazón, le hace arder el corazón con su versión de los mismos hechos narrada en clave de fe y de esperanza.

Qué significa esto para nuestra fe y para nuestro anuncio del evangelio? Que tenemos que convertirnos al estilo de Jesús. Con su ejemplo nos invita a salir de nosotros mismos, de nuestras teologías abstractas que son una especie de “anti-prédica” porque las palabras que usamos no buscan el oído y el corazón de los otros, sino que son palabras que se miran al espejo como quien se prueba un vestido, palabras que se hablan a sí mismas, destilando más y más su significado hasta terminar en fórmulas que solo entienden los especialistas. La palabra evangélica no es palabra que se mira a sí misma, es palabra humilde y servicial, que se ofrece al otro acompañándolo e interesándose por su corazón, por lo que siente. La servicialidad de la palabra evangélica se interesa por escuchar con precisión lo que al otro le pasa en su corazón. No le interesa “definir” cuál es su ideología, sino cuál es su situación espiritual. Y cuando el otro muestra su corazón, el que discípulo misionero de Jesús le dice la palabra del Señor que puede iluminar su situación. Es una palabra  que busca llegar al corazón del otro, pero no para instalar algún sistema de ideas ni para influir en los comportamientos morales del otro, sino para despertar en él otros sentimientos que lo lleven a elegir dentro suyo otras palabras que ya tiene sembradas, esas que el Sembrador sembró en su corazón y que el Espíritu puede hacer florecer y dar fruto. 

Un pequeño ejemplo – o más bien una pequeña parábola- acerca de cómo el Espíritu de Jesús lleva adelante este modo de evangelizar hoy, en la vida cotidiana de una familia. Me escribe una mamá joven amiga: “Te escribo porque quería contarte algo que reflexionamos con Feli en catequesis. Estamos viendo la parábola del buen sembrador. La seño de catequesis les mandó un video con una canción que contaba esta parábola y Feli dijo que el buen sembrador era Jesús. Ahora, cuando terminó de verlo, una de las preguntas de la seño era “qué es lo que más te llamó la atención” y Feli dijo: “Que Jesús tire semillas en tierra seca”. Él quería decir que no entendía por qué Jesús “desperdiciaba” semillas, cuando en realidad él puede ver cómo está tu corazón. “Para qué tirar semillas si está espinado?”, nos preguntó. Logramos pensar que en realidad Jesús no desperdicia, sino que nos regala posibilidades, porque sus semillas son infinitas. No se desperdician, porque cuando crecen, crecen más posibilidades y nuevas semillas. Quedó contento y cerró diciendo: “Entonces la idea es que Jesús nunca deja de confiar en nosotros”. Me pareció maravilloso. Esa simpleza de los chicos… Nada, solo quería compartirlo con vos. Te quiero mucho. Y espero que Jesús siga sembrando aún en mi corazón, que está más seco y lleno de piedras que otra cosa. Beso enorme”.

Yo le respondí: “Qué genio! Bueno, ese es el Espíritu Santo que inspira a los pequeños cuando leen la Palabra con su mamá y su papá y los evangelizan a ellos”.

Emaús, hoy.

Diego Fares sj

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