Jesús se había sentado junto al pozo (Cuaresma 3 A 2020)

“Jesús fatigado del camino se había sentado junto al pozo. 

Eran como las doce del mediodía. 

Llega una mujer samaritana a sacar agua y Jesús le dice: – “Dame de beber” (los discípulos se habían ido al pueblo a comprar algo para comer).

La samaritana le dice: – “¿Cómo tú, judío como eres, me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?” (Es que los judíos no se tratan con los samaritanos)

 Le respondió Jesús y le dijo: -“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’ tal vez tú le pedirías a él y él te daría a ti agua viva”.

Le dice la mujer: – “Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo ¿de dónde sacas entonces agua viva?”

Respondió Jesús: – “Todo el que toma de esta agua tendrá sed de nuevo, pero el que tome del agua que yo le daré no tendrá sed por toda la eternidad, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que brota hasta la vida eterna.”

Le dice la mujer: – “Señor, dame de esa agua, para que se me quite la sed y no tenga que venir acá a sacarla”.

Le dice Jesús: – “Ve, llama a tu marido y vuelve acá”.

Respondió la mujer y dijo: – “No tengo marido”.

Le dice Jesús: – “Dijiste bien que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que tienes ahora no es tu marido; en eso has dicho la verdad”.

Le dice la mujer: – “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte y ustedes dicen que en Jerusalén está el lugar donde hay que adorarlo”

Le dice Jesús: – “Créeme, mujer, llega el tiempo en que ni a ese monte ni a Jerusalén estará vinculada la adoración al Padre. Porque los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Esos son los adoradores que busca el Padre para que lo adoren. Espíritu es Dios y los que lo adoran, deben adorarlo en espíritu y en verdad”.

Le dice la mujer: – “Yo sé que el Mesías tiene que venir, el que se llama Cristo; y cuando venga nos enseñará todo”

Le dice Jesús: – “Yo soy, el que habla contigo”.

En eso volvieron sus discípulos y se sorprendieron de que estuviese conversando con una mujer, pero nadie le dijo “qué preguntas” o “qué hablas con ella”. 

La mujer dejó su cántaro y se marchó a la ciudad a decir a los hombres: – “Vengan a ver un hombre que me dijo todas las que hice. ¿Acaso será éste el Mesías?” Y salieron de la ciudad y venían a él.

Entre tanto los discípulos le rogaban diciendo: – “Rabí, come”.

El les dijo: – “Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen.

(Los discípulos se decían entre sí: “¿Acaso alguien le trajo de comer?)

Les dice Jesús: – “Mi alimento es hacer la voluntad del que me misionó y llevar a cabo su obra…”. ¿No dicen ustedes: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo les digo: Alcen sus ojos y vean los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo los he enviado a segar donde ustedes no se han fatigado. Otros se fatigaron y ustedes sacan provecho de su fatiga”. 

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así como llegaron a él los samaritanos le rogaban que se quedase con ellos. Y se quedó allí dos días. Y muchos más creyeron por la palabra de él. Y le decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú nos has dicho pues por nosotros mismos hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4, 5-42).

Contemplación

Jesús fatigado del camino se había sentado junto al pozo, dice Juan. Y esta es “la composición del lugar” que hacemos. Siempre me ha gustado esta imagen de Jesús sentado, como invitando a charlar. Jesús sentado sin apuro, en el centro de nuestra alma. Porque ese es el brocal del pozo donde el Señor se sienta.

Dice Santa Teresa que el castillo con el que compara el alma es como una perla y como un árbol plantado en las mismas aguas de la vida, que es Dios. 

Nuestra alma está asentada en la fuente misma de la vida!  Cnectarnos con ese manantial, con esa agua viva, es lo más provechoso que nos puede suceder. 

Por eso la Samaritana, cuando se da cuenta de Quién es el que le habla y dónde está sentado, cuando se da cuenta de que la conoce en su interior y por eso le dice “todo lo que ha hecho”, ya no quiere que se vaya más de allí y lo invita a ir a su pueblo y a su casa. 

Esa fuente es en la que uno bebe cuando adora al Padre en Espíritu y en Verdad. Es la fuente del Agua viva que calma toda nuestra sed y la sacia no como si tuviéramos que beberla a tragos por la boca, sino que es como ese manantial del que habla Teresa, que se hinche desde adentro. 

Escuchamos a Teresa. Pero antes aclaro que escribe porque le mandan que lo haga, para que aproveche a otros con su experiencia en las cosas de Dios. Y escribe en medio de un dolor de cabeza y de un zumbido que no la alentaba para nada a tener que escribir. En ese “estado de salud” es que dice cosas como estas: “Los que yo llamo ‘gustos de Dios’, (…) para entenderlos mejor (les propongo que)  hagamos de cuenta que vemos dos fuentes con dos pilas que se hinchen de agua. Yo no hallo cosa más a propósito que el agua para declarar algunas cosas del espíritu; será porque sé poco y el ingenio no ayuda y soy tan amiga de este elemento, que lo he mirado con más advertencia que otras cosas… 

Estos dos pilones se hinchen de agua de diferentes maneras: en uno, el agua viene de más lejos por muchos arcaduces y artificio; el otro está hecho en el mismo nacimiento del agua y se va hinchendo sin ningún ruido, y si es el manantial caudaloso, como es este del que hablamos, después de henchido este pilón se convierte en un gran arroyo. No hacen falta medios artificiales, ni se agota el edificio de los arcaduces, sino que siempre está procediendo agua de allí”.

En esta fuente, viene el agua de su mismo nacimiento, que es Dios, y así como quiere Su Majestad, cuando es servido de hacernos algún don, produce (esta agua) con grandísima paz y quietud y suavidad de lo muy interior de nosotros mismos, yo no sé hacia dónde ni como, (…) se va revertiendo esta agua por todas las moradas del alma”. 

“Dilataste mi corazón” dice el Salmo. Y Teresa agrega que esta dilatación viene de más adentro aún y que debe ser “el centro del alma”. Que brote desde allí esta agua viva es pura gracia “y no hay que trabajar en balde, ya que como no se ha de traer esta agua por ‘arcaduces’, si el manantial no la quiere producir, poco aprovecha que nos cansemos. Sólo se da esta agua a quien Dios quiere y se da cuando más descuidada está muchas veces el alma”. 

Los textos los transcribo para sintonizar con la escena. Para ver cómo venía distraída la Samaritana, como todos los días, a realizar la fatigosa tarea de llevar agua a su casa y se encontró con Jesús. Los textos nos ayudan a ver cómo el Señor, sentándose allí donde todos buscaban -también él- el agua material, con su charla despertó la fuente del agua viva que estaba bloqueada en el centro mismo del alma de la Samaritana. Y al ver esto nos vengan ganas de conversar con Él para que nos habilite nuestro manantial interior, que lo tenemos todos pero no todos lo gozamos.

Cuando vamos a rezar, vamos en busca de beber esta agua. Vamos deseando que quiera brotar y producirse desde adentro de nuestro corazón. Es el agua de la autenticidad que todos deseamos beber y que nos la hace brotar, como Moisés de la Roca, una charla auténtica con Jesús, que es el que nos da el Agua viva -el Espíritu Santo del Padre y Suyo-.

Dice Jesús: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘dame de beber’ tal vez tú le pedirías a él y él te daría a ti agua viva”.  Le dice la mujer: – “Señor, no tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo ¿de dónde sacas entonces agua viva?”.

Ella siente el gusto de la charla pero se mueve en el mundo de la eficacia y de las cosas útiles y por eso se fija en que Jesús no tiene ningún “instrumento” (ni técnica) para sacar esa agua viva que ella cree que sacará del pozo. 

Respondió Jesús: – “Todo el que toma de esta agua tendrá sed de nuevo, pero el que tome del agua que yo le daré no tendrá sed por toda la eternidad, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que brota hasta la vida eterna.”

El Señor no “sacará” agua de ningún pozo, sino que está sentado en el centro mismo del pozo del alma de la Samaritana (que es imagen de nuestra alma), allí donde toda alma “comunica” con la fuente de la vida, con el origen del Creador que la está creando y sosteniendo en el ser. Por eso esa agua “se hará en ella fuente de agua que brota hasta la vida eterna”. 

El Señor es el que, sentado en el brocal de nuestro pozo interior, nos desbloquea para que brote lo que realmente somos, para que fluya la vida que cada uno tiene en su interior y lo haga auténticamente, incontaminadamente. Beber del propio pozo, como decía Gutierrez, es lo que uno desea. Y como ese pozo es como el Pozo de Jacob, el pozo de nuestro pueblo, el pozo común, cuando uno bebe de él bebe con todos el agua viva que es el agua de todos. 

Le dice la mujer: – “Señor, dame de esa agua, para que se me quite la sed y no tenga que venir acá a sacarla”.

En ese momento, en el que el deseo del Agua viva está ya siendo saciado en el alma de la Samaritana (porque como es deseo y no necesidad cuando se despierta es señal de que uno ya está bebiendo del Bien y se dilata el pilón del corazón a medida que bebe más, sin agotarse la fuente sino dilatándose el corazón) el Señor le hace ver, con delicadeza, dónde estaba su bloqueo. Cuál era su “afección desordenada”, con la que estaba “casada”. Más que un problema moral estos “cinco maridos” son signo de un problema espiritual: de estar calmando la sed en fuentes externas sin tomar conciencia de la fuente interior que es la única que sacia (y enciende) nuestra sed profunda.

……..

Jesús está sentado allí. Siempre está sentado allí, en el pozo al que nos lleva nuestra necesidad a buscar aguas que calmen nuestra sed: la sed de amor, la sed de reconocimiento, la sed de cosas, la sed de amistad, la sed con la que cada sentido y cada pasión se lanza hacia lo que la puede calmar. Allí está siempre sentado Jesús, fatigado también Él del camino, ya que viene a nosotros a pie, no como super héroe que cae de lo alto, sino a pie, en la persona de tantos que no parecen Jesús, pero que un día sabremos que lo eran, y que nos piden “dame de beber”, palabra mágica para reconocer al Señor, al que nos da el Agua viva mientras nosotros se la servimos a él.

……………

Un excurso necesario hoy. La pregunta: Y qué tiene que ver esta contemplación espiritual con el Coronavirus? 

Para mí, mucho. La imagen de Jesús fatigado del camino, sentado junto al pozo de Jacob, charlando amigablemente con la mujer Samaritana, es una imagen que me ayuda a discernir muchos comportamientos. Por el buen espíritu que se trasmite en el modo de comportarse de Jesús y la Samaritana, puedo discernir que otros modos de comportarse son del mal espíritu. Y en algunos modos de actuar del coronavirus, según lo que leo que dicen algunos científicos, se encuentran imágenes muy gráficas y concretas para describir al mal espíritu. Imágenes que por lo actuales pueden ayudar más que otras antiguas. La imagen de un virus silencioso que anda buscando millones a quienes infectar es más temible que la de un león rugiente que puede devorar a uno o dos por vez. 

Qué es lo que temo del virus?  Físicamente, que me infecte, que me haga contagiar a los demás -a los que quiero y a los que no conozco- cuando aún no tengo síntomas, que destruya mi sistema inmunitario o lo haga reaccionar exageradamente, inflamando todo… A nivel personal, temo que me vuelva egoísta, insensible, indiferente, sectario, acusador en vez de solidario… Son tantos los comportamientos virales fisicos que se replican a nivel social, económico, político, religioso…! Son comportamientos de mal espíritu, que al verlos actuar realmente en el virus, nos hacen ver lo inhumanos que son cuando se dan a otros niveles.

Es inhumano, porque es parásito, el comportamiento de un mercado financiero que replica el dinero en sí mismo sin que nunca llegue a convertirse en instrumento para que compren pan y remedios los que tienen hambre o están enfermos.

Es inhumano, porque es ilusorio, el comportamiento del que construye muros y cierra fronteras a personas de carne y hueso y se le cuelan virus por el aire, entrando no por barcones sino en vuelos y hasta de primera clase.

Es inhumano, porque egoísta, el comportamiento de producir bienes innecesarios que solo consumen pocos y luego se tiran, cuando hay verdadera necesidad de producir bienes que sirvan a todos…

El comportamiento del Señor, en cambio, es un comportamiento humano, porque amigable y  respetuoso. 

El Señor no invade, no avasalla, espera, está allí sentado, en medio de las fatigas de nuestra vida cotidiana.

El diálogo del Señor dilata el alma de la Samaritana, dilata su corazón desde su fuente interior y el corazón dilatado hace que cada sentimiento, cada pensamiento, cada pasión, encuentre su propia medida. El Señor no “inflama” una pasión para que arrase con las otras imponiendo sus necesidades, como hace la ira, como hace la avaricia, como hace el virus, como hacen las empresas que deforestan. 

El Señor se encarnó en “su” carne, en “su” cultura y en “su” historia. En la nuestra, se encarna en la medida en que libremente nos aliamos en amistad con Él, cuando le abrimos la puerta de nuestra alma, lo invitamos a que se quede en nuestro pueblo y a que se hospede y coma en nuestra casa, como hicieron los Samaritanos.

Fundamentalmente, el Señor se sienta a dialogar con el que quiere, y no invade al que no quiere.

El Señor dilata el espíritu del corazón, no inflama las pasiones ni aturde los sentidos.

El Señor hace alianza y potencia lo mejor de cada uno, no invade ni consume y luego tira.

El Señor suscita la admiración e invita al seguimiento libre, no contagia sin que uno sepa.

El Señor dialoga respetando y enriqueciéndose con la diversidad, no se replica a sí mismo como las ideologías.

El Señor es la Fuente del Espíritu, la fuente del Agua viva, que sanifica lo que toca y neutraliza todo foco de contagio, toda fuente de desolación y de muerte espiritual, que es la única que debemos temer. No los virus que matan el cuerpo, sino a aquel que puede apestar en su centro íntimo la fuente de la vida en la que Dios nos creo y que desea que se convierta en vida eterna.

Diego Fares sj

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